miércoles, 11 de marzo de 2020

SOMOS LO QUE ESCRIBIMOS


SOMOS LO QUE ESCRIBIMOS
La escritura y la ortografía entre los profesores

NOÉ AGUDO

Si un profesor no se preocupa por señalar las faltas ortográficas a sus alumnos, mucho menos por corregirlas o ayudarlos a que las superen, seguramente lo hace por dos motivos: porque no le interesa hacerlo o porque tiene las mismas dificultades que ellos en gramática.


            ¡Claro!, puede esgrimir como excusa que eso no le corresponde; que es obligación del profesor de Taller de Lectura y Redacción, sin considerar que el cuidado de la ortografía es responsabilidad de todos y que en el aprendizaje de cualquier materia se requiere el uso correcto del idioma.
            Esto no significa que los profesores del área de Talleres de Lenguaje las tengan todas consigo; sorprenderían sus faltas ortográficas, sus problemas de redacción y su escaso ánimo por escribir, aunque más de uno se excuse al decir: “Eso no es lo mío”, o “No me gusta escribir”.
            En general somos muy parecidos a los miembros de una comunidad ágrafa, es decir, aquella donde nadie quiere escribir o no le gusta hacerlo por temor a la crítica. Pocos escriben, la mayoría lo hace mal y por tanto evade la responsabilidad de enseñar el buen uso del idioma.
            La comunicación se reduce a niveles muy elementales; los pocos escritos que  se producen son documentos indispensables para lograr una promoción, para solicitar una prórroga o un permiso, para denunciar un hecho o para cualquier otra necesidad básica, y resultan deplorables en su redacción, lo cual les augura pocas posibilidades de éxito. Basta leer los órganos de comunicación interna para observar su escaso léxico, mala puntuación, faltas ortográficas y ni hablar de la existencia de un estilo.  
Que esto suceda en un medio en donde la escritura no se requiere de forma primordial ni redactar bien sea un asunto central, como en una fábrica o un centro comercial, puede pasar; pero en un ambiente donde la enseñanza de la lengua es fundamental, adonde acuden millares de jóvenes para aprender a leer y escribir correctamente, resulta inadmisible. La escuela es una “comunidad letrada” ha dicho Delia Lerner (Escribir y leer en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario, FCE, 2008), así que desentenderse de esta obligación es lisa y llanamente la evidencia de un fracaso. De la institución, de sus directivos y sobre todo de los profesores.
¿Por qué sucede lo anterior? ¿Cuándo descuidamos la escritura y llevamos su empleo a niveles tan ínfimos? ¿Se debe tal vez a la especialización del conocimiento, que nos obliga a concentrarnos en nuestra área y hace desentendernos de otros temas? ¿Lo provocan los medios audiovisuales y su bombardeo constante de imágenes y sonidos que hacen de la lectura una actividad arcaica y aburrida? ¿Se debe a la abundancia de información que nos inhibe y nos impele a no generar más escritos, so pena de contaminar el planeta? ¿O es consecuencia del neoliberalismo, que impuso su influencia nefasta incluso en la ortografía?
            Son varios los factores, pero se pueden resumir en tres palabras: pérdida de exigencia. Cualquier profesor que rebase la cincuentena de años (mayoría en el CCH) podrá recordar la época cuando la profesora de primaria o de secundaria se esmeraba porque sus alumnos aprendieran ortografía e imponía trabajos extras, obligaciones adicionales y algunas veces castigos a quien no quisiera aprender o se mostrara renuente a la disciplina. En el nivel medio superior se enseñaba a redactar y se aprendía a escribir todo tipo de textos y la calificación más alta se obtenía con un trabajo bien hecho.
            De pronto esta exigencia desapareció. Con la explosión demográfica de la población estudiantil, la modificación de los modelos educativos, la apertura de nuevas instituciones y los cambios políticos que los acompañaron el panorama se transformó. El problema fue que nunca se pensó ni se creó nada eficaz para reemplazar aquella exigencia.
 Toda insistencia en el esfuerzo, en el trabajo paciente, tenaz y constante fue considerada una expresión autoritaria y manifestación del sistema caduco que se combatía en calles, espacios políticos y escuelas. ¿Ortografía? ¿Gramática? ¿Sintaxis? ¿Exámenes? ¿De qué me sirven si soy explotado y, en todo caso, sólo servirán para que me exploten mejor? ¡Libertad, es lo que debemos exigir! La escuela sin muros, la autogestión, la cancelación de toda forma de evaluación; esto es por lo que debemos luchar. Que los alumnos califiquen a los profesores, que baste nuestra asistencia para comprobar que estudiamos, que haya pase automático para todas las profesiones, que existan múltiples opciones de titulación, que nos aseguren empleo una vez concluidos nuestros estudios. ¡Eso es una escuela realmente de vanguardia y revolucionaria!
Y aquí estamos, convertidos en víctimas y victimarios del desplome educativo que trajo consigo esa pérdida de exigencia y esfuerzo, entre otros factores. Si no conocemos las normas gramaticales, lo más seguro es que nuestros alumnos tampoco las conozcan y mucho menos lograrán dominarlas. Si no sabemos leer ni redactar es seguro que ellos tampoco puedan hacerlo. Si no sabemos hacer un resumen ni enseñamos cómo hacerlo, ¿cómo pedirlos a nuestros estudiantes? ¿O reseñas, ensayos y artículos que tampoco enseñamos su redacción? ¿Cómo vamos a contagiar el gusto por la lectura si no leemos?
Cada vez nos enteramos de los desastrosos resultados obtenidos en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Y eso, que debería avergonzarnos porque son los mismos desde que iniciaron las evaluaciones (año 2000), nos deja indiferentes. En todo caso, nos consolamos diciendo que estamos por encima de Haití, Burundi y El Salvador. Peor aún, achacamos el desastre a un modelo económico que nos discrimina y condena a perpetuidad. ¿Para qué existen las escuelas, entonces? ¿Para qué enseñamos si no creemos que la educación es la única forma de prepararse para lograr la movilidad social?
Algún despistado dirá que ni la UNAM ni sus bachilleratos participan en esas evaluaciones y esto supondría que sus egresados son mejores en matemáticas, ciencias y  comprensión lectora, pero sabemos que no es así. Comparten las mismas insuficiencias educativas que los egresados de otros bachilleratos. El desplome educativo es general y poco consuelo produce saber que el CCH logra un egreso cercano al 70%, si estamos conscientes de la calidad de los aprendizajes con que los estudiantes egresan. Que existan uno o dos alumnos sobresalientes, como siempre, son tan sólo excepciones que confirman el lamentable aprendizaje que logra la mayoría.
            Quizá nada exhiba mejor nuestro papel de víctimas en este desastre que la incapacidad para entender y aceptar el desplome y proponer medidas para atenderlo (en lo que a nosotros compete, es obvio). También es signo de esto nuestra incapacidad para mirarnos y reaccionar ante lo que el diáfano espejo de nuestra escritura nos entrega: trabajos mal escritos, apatía por la escritura, lecturas insuficientes, apego a dos o tres fórmulas mal aprendidas desde nuestra época estudiantil e incapacidad para realmente actualizarnos. Carecemos de un sentido autocrítico, cuando son justamente nuestros escritos los que mejor dicen nuestra condición de víctimas y victimarios del desplome educativo. Como decía el escritor y crítico inglés Samuel Johnson acerca de un mal colega: “No sólo es un idiota sino que provoca la idiotez de los demás”.
Habría que reflexionar, por otra parte, cuál es la imagen que proyectamos a través de nuestra escritura. ¿Qué imagen damos a nuestros alumnos, amigos y conocidos, a los medios de información y a la sociedad en general cuando ven nuestros escritos, nuestras pancartas y mantas con enormes faltas de ortografía?
            Con el reciente cierre de las escuelas miraba los noticieros de TV y veía Preparatoria No 8, No 9 o No 3; o C.C.H./ U.N.A.M., y reflexionaba que tal vez esa actitud (cerrar de inmediato las escuelas ante cualquier problema) es la causa de que en un centro de enseñanza se ignore que número no se abrevia No sino Núm., y que no va punto entre las letras que forman una sigla, como son CCH y UNAM. Una falta nimia, dirán, pero que dice mucho si se trata de una escuela y sobre todo si la exhibe en sus muros y puertas. No debemos olvidar que en 2013 la Secretaría de Educación Pública cometió 117 errores ortográficos en los libros de texto gratuitos. Así escala el descuido y, como bien advierte Octavio Paz: “Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje.”  
            La ortografía sí importa, y en una comunidad letrada la imagen que proyectamos con ella es mucho más importante que nuestra apariencia física. Porque nuestros escritos dicen mucho acerca de nuestra preparación, cultura y eficacia como docentes. ¿Qué revelan nuestros textos? ¿Qué dicen nuestras palabras y frases mal dichas cuando las pronunciamos en voz alta? Reflejan nuestra educación, el respeto hacia nuestros interlocutores y tal vez estén diciendo, sin que nos lo propongamos, qué tan inteligentes o ignorantes somos.
            Por ejemplo, si empezamos a leer un libro y en la primera página descubrimos tres o cuatro errores ortográficos, lo más seguro es que lo abandonemos. Nuestra atención y estima por ese autor decaen. Igual si alguien nos entrega un escrito repleto de faltas de ortografía, frases repetidas, vocabulario pobre e ideas poco claras, lo más seguro es que pensemos: “¡Pobre cuate, le falta mucho!” ¡Qué distinta es la reacción que provoca un trabajo limpio, claro, sin errores gramaticales y bien estructurado!  
            Encuentro esta cita en el blog del profesor Carlos Melero, que sintetiza muy bien la idea: “Nadie va a morir de ortografía, ni de educación, pero la ortografía es un reflejo de la educación y la educación está detrás de todos los problemas. Escribir bien significa respetar al interlocutor, a quien le estás hablando, a quien le diriges tu mensaje. La ortografía no es la perfección, ni una falta ni dos ni ninguna, la ortografía es una actitud.”
            Considero que los profesores cometen errores, más que por ignorancia, por algunas actitudes: descuido, pose, imitación, deseo de hacer notar su pertenencia a cierta comunidad.
            El descuido es un pecado capital. Pocos tienen la costumbre de revisar una y otra vez lo escrito. Escribir es fácil. Revisar una y otra vez lo redactado, cotejar datos, saber si la palabra que se ha puesto expresa bien lo que queremos decir, analizar el texto auxiliado de un buen diccionario, darlo a leer a otra persona antes de presentarlo, etc., son pasos que casi nadie da. No saben que escribir un texto es apenas la mitad, corregirlo es la otra. La mayoría descuida la revisión.
            La pose es la pretensión de parecer lo que uno no es. Pasar como un gran académico, como una persona conocedora, culta o experta; ésta nos hace poner a nuestros escritos términos que dan lustre o que consideramos otorgan calidad: sororidad, expertise, empoderamiento, coaching, accesar, etcétera, o llenamos de referencias inútiles nuestro trabajo. Los textos académicos ahuyentan a sus potenciales lectores por estas vanas suposiciones.
            Me parece que la escena más graciosa de la película Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940) es cuando todos terminan imitando la manera de hablar de Cantinflas. Así sucede en algunas comunidades, para mimetizarse uno habla como los demás: usa los mismos términos y hasta emplea el mismo tono. Muchas frases hechas, latiguillos y ciertas palabras son típicos del CCH o de la comunidad universitaria: a nivel de, implementar, al interior de, abocar, avocar, etc. Escucho o veo estas palabras en un escrito sin saber quién lo hizo y de inmediato pienso: su autor es del CCH. Así en el periodismo, en la abogacía, en el ámbito del espectáculo y en muchas otras comunidades.
Aunque me he apartado un poco de la ortografía y he aludido a cuestiones gramaticales y de estilo, es necesario porque de todos estos vicios adolecen nuestros escritos. Para centrarnos otra vez en aquella, sinteticemos las consecuencias negativas que traen su descuido u olvido:
1.      Sin su empleo adecuado los escritos generan confusión, poca claridad y no logran su propósito de comunicar e informar.
2.      Cancelan la posibilidad de lograr los objetivos que nos hemos propuesto mediante el escrito.
3.      Cuando los lectores identifican una ortografía deficiente su atención hacia el texto decae de inmediato.
4.      Nada hace perder más rápido la credibilidad y la confianza en alguien que los errores ortográficos.
5.      Un escrito con errores de este tipo molesta a nuestro destinatario y lo predispone en contra de nuestra propuesta y aun de nosotros mismos.
6.      La carencia del uso correcto del idioma puede impedir que se consiga un empleo.
7.      La imagen de corporaciones, industrias, comercios e instituciones depende en una parte muy importante de la ortografía.
8.      Las faltas ortográficas nos hacen ver menos inteligentes de lo que somos.
9.      La ortografía dice más que la sonrisa, el estilo de vestir y la apariencia en general.
10.  Las personas con mala ortografía son menos atractivas.

Son varias más las consecuencias (no aprobar un concurso o una evaluación, por ejemplo) de una mala ortografía en el ambiente académico, pero éstas las incluyen. Son varias también las opciones para corregirla o mejorarla (desde tomar cursos, leer buenos libros e incluso manuales de gramática). El lenguaje es algo siempre perfectible y no puede haber nadie que considere dominarlo totalmente.
      Lo fundamental es rescatar las dos condiciones que hemos abandonado para el estudio: la exigencia y el esfuerzo personal, porque su aplicación a todo lo que hacemos implica no sólo mejorar nuestros escritos sino también mejorar como personas.
      Todos sabemos que en la escuela se forma no sólo a los futuros profesionistas, sino también a los futuros ciudadanos. Conocemos también la importancia del lenguaje para plantear ideas y propuestas, para evaluar y analizar problemas, ideologías y hechos, para debatir razonadamente, con argumentos y claridad. En síntesis, para elevar el nivel y la calidad del diálogo que se requiere en una sociedad crispada, enrarecida y polarizada como la actual, en donde, básicamente, ha sido un lenguaje reduccionista, con una profunda ambigüedad y que ha extraviado su significado, lo que ha generado tal ambiente. 

Conclusión
El campesino que prepara pacientemente su pedazo de tierra para sembrar; el obrero que pule bien la pieza de un mecanismo que no sabe ni en cuál vehículo embonará; dos niñas que se esmeran incansablemente para que los pasos de su danza resulten perfectos; el pianista que ensaya una y otra vez la pieza que deberá interpretar; el lector que recorre con fervor ciertas páginas y se levanta a hacer anotaciones aunque no sepa por ahora para qué le servirán; el relojero que revisa pacientemente el funcionamiento de un engrane; aquél que intuye que un poco más de dedicación y esmero le entregarán la fórmula que anhela… Estas personas, que se afanan por sí solas, conocen los frutos de la exigencia y el esfuerzo personales.
            Debemos recuperarlas y hacerlas nuestras, porque para la enseñanza y el estudio son virtudes cardinales. Como insuperablemente lo ha escrito José Emilio Pacheco a propósito de un escritor que se esmeró por escribir la mejor prosa:

Muchos juzgan exceso este rigor:
nada queda en traducción de frases como las suyas.
Pero todo escritor debe honrar
el idioma que le fue dado en préstamo, no permitir
su corrupción ni su parálisis, ya que con él
se pudriría también el pensamiento.
Su obligación consiste
en escribir prosa o verso de la mejor manera posible.

José Emilio Pacheco, fragmento de “El centenario de Gustave Flaubert. [Un artículo en verso]”  



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