SOMOS LO QUE ESCRIBIMOS
La escritura y la ortografía entre los profesores
NOÉ AGUDO
Si un profesor no se preocupa por señalar las faltas
ortográficas a sus alumnos, mucho menos por corregirlas o ayudarlos a que las
superen, seguramente lo hace por dos motivos: porque no le interesa hacerlo o
porque tiene las mismas dificultades que ellos en gramática.
¡Claro!, puede
esgrimir como excusa que eso no le corresponde; que es obligación del profesor
de Taller de Lectura y Redacción, sin considerar que el cuidado de la ortografía
es responsabilidad de todos y que en el aprendizaje de cualquier materia se
requiere el uso correcto del idioma.
Esto no
significa que los profesores del área de Talleres de Lenguaje las tengan todas
consigo; sorprenderían sus faltas ortográficas, sus problemas de redacción y su
escaso ánimo por escribir, aunque más de uno se excuse al decir: “Eso no es lo
mío”, o “No me gusta escribir”.
En general
somos muy parecidos a los miembros de una comunidad ágrafa, es decir, aquella donde
nadie quiere escribir o no le gusta hacerlo por temor a la crítica. Pocos
escriben, la mayoría lo hace mal y por tanto evade la responsabilidad de
enseñar el buen uso del idioma.
La
comunicación se reduce a niveles muy elementales; los pocos escritos que se producen son documentos indispensables
para lograr una promoción, para solicitar una prórroga o un permiso, para
denunciar un hecho o para cualquier otra necesidad básica, y resultan
deplorables en su redacción, lo cual les augura pocas posibilidades de éxito.
Basta leer los órganos de comunicación interna para observar su escaso léxico,
mala puntuación, faltas ortográficas y ni hablar de la existencia de un estilo.
Que esto suceda en un medio en donde
la escritura no se requiere de forma primordial ni redactar bien sea un asunto
central, como en una fábrica o un centro comercial, puede pasar; pero en un
ambiente donde la enseñanza de la lengua es fundamental, adonde acuden millares
de jóvenes para aprender a leer y escribir correctamente, resulta inadmisible.
La escuela es una “comunidad letrada” ha dicho Delia Lerner (Escribir y leer en la escuela: lo real, lo
posible y lo necesario, FCE, 2008), así que desentenderse de esta
obligación es lisa y llanamente la evidencia de un fracaso. De la institución,
de sus directivos y sobre todo de los profesores.
❷
¿Por qué sucede lo anterior? ¿Cuándo descuidamos la escritura
y llevamos su empleo a niveles tan ínfimos? ¿Se debe tal vez a la
especialización del conocimiento, que nos obliga a concentrarnos en nuestra
área y hace desentendernos de otros temas? ¿Lo provocan los medios
audiovisuales y su bombardeo constante de imágenes y sonidos que hacen de la
lectura una actividad arcaica y aburrida? ¿Se debe a la abundancia de información
que nos inhibe y nos impele a no generar más escritos, so pena de contaminar el
planeta? ¿O es consecuencia del neoliberalismo, que impuso su influencia
nefasta incluso en la ortografía?
Son varios
los factores, pero se pueden resumir en tres palabras: pérdida de exigencia.
Cualquier profesor que rebase la cincuentena de años (mayoría en el CCH) podrá
recordar la época cuando la profesora de primaria o de secundaria se esmeraba
porque sus alumnos aprendieran ortografía e imponía trabajos extras,
obligaciones adicionales y algunas veces castigos a quien no quisiera aprender
o se mostrara renuente a la disciplina. En el nivel medio superior se enseñaba
a redactar y se aprendía a escribir todo tipo de textos y la calificación más
alta se obtenía con un trabajo bien hecho.
De pronto
esta exigencia desapareció. Con la explosión demográfica de la población
estudiantil, la modificación de los modelos educativos, la apertura de nuevas
instituciones y los cambios políticos que los acompañaron el panorama se
transformó. El problema fue que nunca se pensó ni se creó nada eficaz para
reemplazar aquella exigencia.
Toda insistencia en el esfuerzo, en el trabajo
paciente, tenaz y constante fue considerada una expresión autoritaria y
manifestación del sistema caduco que se combatía en calles, espacios políticos
y escuelas. ¿Ortografía? ¿Gramática? ¿Sintaxis? ¿Exámenes? ¿De qué me sirven si
soy explotado y, en todo caso, sólo servirán para que me exploten mejor?
¡Libertad, es lo que debemos exigir! La escuela sin muros, la autogestión, la
cancelación de toda forma de evaluación; esto es por lo que debemos luchar. Que
los alumnos califiquen a los profesores, que baste nuestra asistencia para
comprobar que estudiamos, que haya pase automático para todas las profesiones,
que existan múltiples opciones de titulación, que nos aseguren empleo una vez
concluidos nuestros estudios. ¡Eso es una escuela realmente de vanguardia y
revolucionaria!
Y aquí estamos, convertidos en víctimas
y victimarios del desplome educativo que trajo consigo esa pérdida de exigencia
y esfuerzo, entre otros factores. Si no conocemos las normas gramaticales, lo
más seguro es que nuestros alumnos tampoco las conozcan y mucho menos lograrán
dominarlas. Si no sabemos leer ni redactar es seguro que ellos tampoco puedan
hacerlo. Si no sabemos hacer un resumen ni enseñamos cómo hacerlo, ¿cómo pedirlos
a nuestros estudiantes? ¿O reseñas, ensayos y artículos que tampoco enseñamos
su redacción? ¿Cómo vamos a contagiar el gusto por la lectura si no leemos?
Cada vez nos enteramos de los
desastrosos resultados obtenidos en comprensión lectora, matemáticas y
ciencias. Y eso, que debería avergonzarnos porque son los mismos desde que iniciaron
las evaluaciones (año 2000), nos deja indiferentes. En todo caso, nos consolamos
diciendo que estamos por encima de Haití, Burundi y El Salvador. Peor aún, achacamos
el desastre a un modelo económico que nos discrimina y condena a perpetuidad.
¿Para qué existen las escuelas, entonces? ¿Para qué enseñamos si no creemos que
la educación es la única forma de prepararse para lograr la movilidad social?
Algún despistado dirá que ni la UNAM
ni sus bachilleratos participan en esas evaluaciones y esto supondría que sus
egresados son mejores en matemáticas, ciencias y comprensión lectora, pero sabemos que no es
así. Comparten las mismas insuficiencias educativas que los egresados de otros
bachilleratos. El desplome educativo es general y poco consuelo produce saber
que el CCH logra un egreso cercano al 70%, si estamos conscientes de la calidad
de los aprendizajes con que los estudiantes egresan. Que existan uno o dos
alumnos sobresalientes, como siempre, son tan sólo excepciones que confirman el
lamentable aprendizaje que logra la mayoría.
Quizá nada
exhiba mejor nuestro papel de víctimas en este desastre que la incapacidad para
entender y aceptar el desplome y proponer medidas para atenderlo (en lo que a
nosotros compete, es obvio). También es signo de esto nuestra incapacidad para
mirarnos y reaccionar ante lo que el diáfano espejo de nuestra escritura nos
entrega: trabajos mal escritos, apatía por la escritura, lecturas
insuficientes, apego a dos o tres fórmulas mal aprendidas desde nuestra época
estudiantil e incapacidad para realmente actualizarnos. Carecemos de un sentido
autocrítico, cuando son justamente nuestros escritos los que mejor dicen
nuestra condición de víctimas y victimarios del desplome educativo. Como decía
el escritor y crítico inglés Samuel Johnson acerca de un mal colega: “No sólo
es un idiota sino que provoca la idiotez de los demás”.
❸
Habría que reflexionar, por otra parte, cuál es la imagen que
proyectamos a través de nuestra escritura. ¿Qué imagen damos a nuestros
alumnos, amigos y conocidos, a los medios de información y a la sociedad en general
cuando ven nuestros escritos, nuestras pancartas y mantas con enormes faltas de
ortografía?
Con el
reciente cierre de las escuelas miraba los noticieros de TV y veía Preparatoria
No 8, No 9 o No 3; o C.C.H./ U.N.A.M., y
reflexionaba que tal vez esa actitud (cerrar de inmediato las escuelas ante
cualquier problema) es la causa de que en un centro de enseñanza se ignore que número
no se abrevia No sino Núm., y que no va punto entre las letras que
forman una sigla, como son CCH y UNAM. Una falta nimia, dirán, pero que dice
mucho si se trata de una escuela y sobre todo si la exhibe en sus muros y
puertas. No debemos olvidar que en 2013 la Secretaría de Educación Pública
cometió 117 errores ortográficos en los libros de texto gratuitos. Así escala
el descuido y, como bien advierte Octavio Paz: “Cuando una sociedad se
corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje.”
La
ortografía sí importa, y en una comunidad letrada la imagen que proyectamos con
ella es mucho más importante que nuestra apariencia física. Porque nuestros
escritos dicen mucho acerca de nuestra preparación, cultura y eficacia como
docentes. ¿Qué revelan nuestros textos? ¿Qué dicen nuestras palabras y frases
mal dichas cuando las pronunciamos en voz alta? Reflejan nuestra educación, el
respeto hacia nuestros interlocutores y tal vez estén diciendo, sin que nos lo
propongamos, qué tan inteligentes o ignorantes somos.
Por ejemplo,
si empezamos a leer un libro y en la primera página descubrimos tres o cuatro
errores ortográficos, lo más seguro es que lo abandonemos. Nuestra atención y
estima por ese autor decaen. Igual si alguien nos entrega un escrito repleto de
faltas de ortografía, frases repetidas, vocabulario pobre e ideas poco claras,
lo más seguro es que pensemos: “¡Pobre cuate, le falta mucho!” ¡Qué distinta es
la reacción que provoca un trabajo limpio, claro, sin errores gramaticales y
bien estructurado!
Encuentro
esta cita en el blog del profesor Carlos Melero, que sintetiza muy bien la idea:
“Nadie va a morir de ortografía, ni de educación, pero la ortografía es un
reflejo de la educación y la educación está detrás de todos los problemas.
Escribir bien significa respetar al interlocutor, a quien le estás hablando, a
quien le diriges tu mensaje. La ortografía no es la perfección, ni una falta ni
dos ni ninguna, la ortografía es una actitud.”
Considero
que los profesores cometen errores, más que por ignorancia, por algunas actitudes:
descuido, pose, imitación, deseo de hacer notar su pertenencia a cierta
comunidad.
El descuido
es un pecado capital. Pocos tienen la costumbre de revisar una y otra vez lo escrito.
Escribir es fácil. Revisar una y otra vez lo redactado, cotejar datos, saber si
la palabra que se ha puesto expresa bien lo que queremos decir, analizar el texto
auxiliado de un buen diccionario, darlo a leer a otra persona antes de
presentarlo, etc., son pasos que casi nadie da. No saben que escribir un texto
es apenas la mitad, corregirlo es la otra. La mayoría descuida la revisión.
La pose es
la pretensión de parecer lo que uno no es. Pasar como un gran académico, como
una persona conocedora, culta o experta; ésta nos hace poner a nuestros escritos
términos que dan lustre o que consideramos otorgan calidad: sororidad, expertise, empoderamiento,
coaching, accesar, etcétera, o llenamos de referencias inútiles nuestro trabajo.
Los textos académicos ahuyentan a sus potenciales lectores por estas vanas
suposiciones.
Me parece
que la escena más graciosa de la película Ahí
está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940) es cuando todos terminan imitando
la manera de hablar de Cantinflas. Así sucede en algunas comunidades, para
mimetizarse uno habla como los demás: usa los mismos términos y hasta emplea el
mismo tono. Muchas frases hechas, latiguillos y ciertas palabras son típicos
del CCH o de la comunidad universitaria: a nivel de, implementar, al interior
de, abocar, avocar, etc. Escucho o veo estas palabras en un escrito sin saber
quién lo hizo y de inmediato pienso: su autor es del CCH. Así en el periodismo,
en la abogacía, en el ámbito del espectáculo y en muchas otras comunidades.
❹
Aunque me he apartado un poco de la ortografía y he aludido a
cuestiones gramaticales y de estilo, es necesario porque de todos estos vicios
adolecen nuestros escritos. Para centrarnos otra vez en aquella, sinteticemos
las consecuencias negativas que traen su descuido u olvido:
1.
Sin
su empleo adecuado los escritos generan confusión, poca claridad y no logran su
propósito de comunicar e informar.
2.
Cancelan
la posibilidad de lograr los objetivos que nos hemos propuesto mediante el
escrito.
3.
Cuando
los lectores identifican una ortografía deficiente su atención hacia el texto
decae de inmediato.
4.
Nada
hace perder más rápido la credibilidad y la confianza en alguien que los
errores ortográficos.
5.
Un
escrito con errores de este tipo molesta a nuestro destinatario y lo predispone
en contra de nuestra propuesta y aun de nosotros mismos.
6.
La
carencia del uso correcto del idioma puede impedir que se consiga un empleo.
7.
La
imagen de corporaciones, industrias, comercios e instituciones depende en una parte
muy importante de la ortografía.
8.
Las
faltas ortográficas nos hacen ver menos inteligentes de lo que somos.
9.
La
ortografía dice más que la sonrisa, el estilo de vestir y la apariencia en
general.
10. Las personas con mala ortografía son
menos atractivas.
Son varias más las consecuencias (no aprobar un concurso o una evaluación, por ejemplo) de una mala ortografía en el ambiente académico, pero éstas las incluyen. Son varias también las opciones para corregirla o mejorarla (desde tomar cursos, leer buenos libros e incluso manuales de gramática). El lenguaje es algo siempre perfectible y no puede haber nadie que considere dominarlo totalmente.
Son varias más las consecuencias (no aprobar un concurso o una evaluación, por ejemplo) de una mala ortografía en el ambiente académico, pero éstas las incluyen. Son varias también las opciones para corregirla o mejorarla (desde tomar cursos, leer buenos libros e incluso manuales de gramática). El lenguaje es algo siempre perfectible y no puede haber nadie que considere dominarlo totalmente.
Lo
fundamental es rescatar las dos condiciones que hemos abandonado para el
estudio: la exigencia y el esfuerzo personal, porque su aplicación a todo lo que
hacemos implica no sólo mejorar nuestros escritos sino también mejorar como personas.
Todos
sabemos que en la escuela se forma no sólo a los futuros profesionistas, sino
también a los futuros ciudadanos. Conocemos también la importancia del lenguaje
para plantear ideas y propuestas, para evaluar y analizar problemas, ideologías
y hechos, para debatir razonadamente, con argumentos y claridad. En síntesis,
para elevar el nivel y la calidad del diálogo que se requiere en una sociedad
crispada, enrarecida y polarizada como la actual, en donde, básicamente, ha sido
un lenguaje reduccionista, con una profunda ambigüedad y que ha extraviado su
significado, lo que ha generado tal ambiente.
Conclusión
El campesino que prepara pacientemente su pedazo de tierra
para sembrar; el obrero que pule bien la pieza de un mecanismo que no sabe ni
en cuál vehículo embonará; dos niñas que se esmeran incansablemente para que
los pasos de su danza resulten perfectos; el pianista que ensaya una y otra vez
la pieza que deberá interpretar; el lector que recorre con fervor ciertas
páginas y se levanta a hacer anotaciones aunque no sepa por ahora para qué le
servirán; el relojero que revisa pacientemente el funcionamiento de un engrane;
aquél que intuye que un poco más de dedicación y esmero le entregarán la
fórmula que anhela… Estas personas, que se afanan por sí solas, conocen los
frutos de la exigencia y el esfuerzo personales.
Debemos
recuperarlas y hacerlas nuestras, porque para la enseñanza y el estudio son
virtudes cardinales. Como insuperablemente lo ha escrito José Emilio Pacheco a
propósito de un escritor que se esmeró por escribir la mejor prosa:
Muchos juzgan exceso este
rigor:
nada queda en traducción
de frases como las suyas.
Pero todo escritor debe
honrar
el idioma que le fue dado
en préstamo, no permitir
su corrupción ni su
parálisis, ya que con él
se pudriría también el
pensamiento.
Su obligación consiste
en escribir prosa o verso
de la mejor manera posible.
José Emilio Pacheco,
fragmento de “El centenario de Gustave Flaubert. [Un artículo en verso]”
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