martes, 16 de octubre de 2018

VINDICACIÓN DEL CORRECTOR


NAUFRAGIOS

Vindicación del corrector
NOÉ AGUDO (16/X/2018)


Nadie como él conocía la fatalidad de una errata en las primeras páginas para la lectura y el libro: una letra cambiada, la ausencia de alguna o la duplicación de otra, despertaba las alarmas y la lectura se volvía una actividad bajo sospecha. Pocos como él advertían el silencioso pero contundente rechazo que al lector avezado provocaba la frase hecha, el lugar común, la expresión trillada o el ripio canceroso, y con un leve ademán de asentimiento bajaba la cabeza y sonreía si el lector retiraba el libro, casi con repugnancia, al descubrir un error ortográfico, la ausencia de sintaxis, la puntuación arbitraria o el uso de términos equívocos e imprecisos.
                Él, que a los diez años apenas podía comunicarse en su deficiente español, que era zaherido y remedado a esa edad por su curiosa forma de expresarse. No olvida el día que la profesora lo envió a recoger una bolsa con hielos para los refrescos. “Ayuda a la maestra Aurora”, le dijo, “llegará al estacionamiento”. Fue corriendo y regresó más rápido aún. Todos lo miraron expectantes cuando abrió la puerta y agitaron sus vasos de cartón en señal de que urgían los hielos. “¿Y, qué pasó?”, preguntó la maestra. “Falta llega”, respondió en voz alta, con inocencia. Los alumnos lo miraron, observaron a la maestra, lo volvieron a mirar y soltaron una estruendosa carcajada.   Atónito, él se quedó inmóvil en la puerta. “Se dice aún no llega o todavía no ha llegado”, lo corrigió amable la maestra. “Ve y espérala, no tarda en llegar”. Regresó y se preguntó por qué su respuesta había causado tanta risa, si así decían y se comunicaban con singular eficacia en su hogar.
                 Tomó muy en serio los estudios. Advirtió que la única forma de hablar y escribir correctamente era leer muchos libros, y preferentemente buenos. Identificaba estos porque desde las primeras páginas le  obsequiaban nuevas palabras para enriquecer su vocabulario; porque su lectura lo introducía en un silencioso ritmo cuyo vaivén lo mecía y lo hacía adquirir una velocidad con la que ya no podía parar de leer; los buenos libros eran aquellos que, como un sagaz salteador, le arrojaban de tanto en tanto por el camino enunciados perfectos en forma de adagios, máximas, sentencias y aforismos: concentrados de sabiduría que brotaban espontáneamente de la narración. Al principio le ayudaron a identificar los buenos textos, luego disfrutaba con calma los enunciados, los leía varias veces, meditaba en lo que decían, después los subrayó y terminó copiándolos en un cuaderno. Llenó varios de estos.
                Le recomendaron estudiar letras, pero él prefirió algo relacionado con ellas, no asumirlas como disciplina central. Quería preservar su lirismo, que él entendía como un cantante con buena voz no porque estudiara canto o aprendiera a modular su voz, sino como una cualidad natural que poseía naturalmente. Así fue como derivó al periodismo. Se vio investigando archivos, hablando con mucha gente, entrevistando personajes, acudiendo a los lugares más inverosímiles para escribir reportajes reveladores, crónicas indelebles o entrevistas que mostraban aspectos desconocidos de los personajes. Pero por su responsabilidad, constancia y empleo cuidadoso del idioma sus patrones lo sentaron a un escritorio y lo hicieron coordinador.
                Su relación con las letras se redujo a la supervisión y corrección de los textos; su tarea como coordinador lo llevó a viajes, comidas, fiestas, mujeres, cocteles, actividades todas donde dilapidó salud, juventud, dinero y talento. Olvidó sus sueños de escritor o gran periodista. Un día se vio viejo, cansado y pobre. Sobrevivía corrigiendo textos, pero hasta ese empleo perdió cuando sus conocidos desaparecieron. Sus trabajos eran perfectos: dejaba los textos transparentes, pulidos y precisos como los huesos que pacientemente roía su perro. Vivía con la única hija que pudo conservar después del naufragio matrimonial y la pérdida de los bienes que un terremoto destruyó. Pudo rescatar algunos libreros, donde colocó los volúmenes más queridos que fue posible salvar. Un día su hija le advirtió.
ꟷPapá, tienes que deshacerte de esos libreros. Necesitamos más espacio y tú ves lo reducido que es el departamento. Mi marido te aprecia, pero ya no tenemos espacio. Digo, a menos que te quieras ir a otra parte. Yo te ayudaré, aún conservas tu casa en provincia.
Aspiró profundamente. Miró sus hermosos libros. Comprendió que el fuego cruel y violento que arrasaba el mundo era consecuencia de la pérdida y perversión del lenguaje. Sin lenguaje no hay ideas, sin ideas no hay pensamientos, sin pensamientos no existen las emociones, sin emociones no hay sentimientos. Sólo queda el instinto ciego y rapaz de la sobrevivencia.
Bien se dijo, viviré solo, moriré de hambre de ser necesario, pero siempre rodeado de mis libros, de mis indispensables libros.
Y empezó a colocarlos uno a uno, amorosamente, en una caja de cartón.


Cunde patraña a lo Maduro
Tal como el dictadorzuelo que agobia al pueblo venezolano, que se inventó un atentado para tratar de atenuar el repudio en su contra por parte de la población, y culpar del pretendido intento de asesinato a, entre otros países, México, Colombia y, por supuesto, los Estados Unidos, los integrantes de la asamblea interuniversitaria del plantel Naucalpan inventaron la patraña de que su vocera había sido agredida por parte de unos desconocidos que, supuestamente, el sábado 13 de  octubre, cerca de las 18:30 horas y en los alrededores de la estación Cuatro Caminos del Metro, descendieron de un automóvil, la amenazaron y apuñalaron, no sin antes advertirle que era la primera y que después “vamos por el que sigue”.
Ni los hospitales, ni los ministerios públicos, ni los vecinos o peatones ni mucho menos las cámaras de seguridad del C4 registran ningún incidente de este tipo en la zona, ni existe denuncia o el ingreso de alguien con esas características a algún hospital el día señalado, y ni siquiera los que crearon el infundio han podido proporcionar el nombre de la inexistente vocera, porque saben que, de hacerlo, esto los desnudaría cual burdos y torpes farsantes pues la UNAM cuenta con el registro de todos sus verdaderos estudiantes.
La última noticia al respecto es la que publica hoy el diario Reforma, que difunde la fotografía de una herida que muy bien puede ser un montaje o tomada de internet. Si la UNAM indaga afanosamente el nombre de la alumna no es para perjudicarla, sino para apoyarla y lograr dar con quienes la agredieron, si de verdad la agresión existió. Pero resulta francamente inverosímil que sus compañeros, padres y abogado se nieguen a proporcionar su nombre “por motivos de seguridad”, y le permitan salir a declarar que se trata de una “cortina de humo para dañar el movimiento”. Huele a embuste.
                ¿Quién desearía asesinar a un individuo repugnante y despreciable como Nicolás Maduro, si el único peligro que representa es para el pobre pueblo venezolano, al cual ha condenado a la miseria, a la hambruna y a la represión? Digo, muchos venezolanos estarían felices con su desaparición, pero esto es algo que compete exclusivamente a ellos, y seguramente en algún momento lo depondrán, incluso con las armas de la insurrección, pero a ningún país le gustaría hacer un mártir a una persona tan vulgar y primitiva como el heredero de Hugo Chávez.
                Respecto a la agresión a la supuesta “vocera”, ¿quién desearía atacarla? ¿Qué autoridad puede ver un riesgo en un grupo de jóvenes manipulados, que a falta de encontrar eco a sus torpes demandas, actúan con prepotencia y franca insolencia? La necedad con que exigieron que el propio rector recibiera su pliego petitorio, su amenaza y chantaje de que no dejarían salir a ningún empleado de la torre de la Rectoría hasta que no se presentara el doctor Enrique Graue, a quien hicieron regresar del aeropuerto a pesar de que acudía a una reunión de trabajo en Monterrey, han sido los únicos actos represivos que hasta ahora hemos visto, y fueron ampliamente condenados por la opinión pública. ¿Así esperan que uno crea que las autoridades federales, estatales, municipales y universitarias se unieron para reprimirlos? ¿En qué cabeza caben semejantes infundios? Por supuesto que la agresión es falsa, es sólo un invento, y debería darles vergüenza manchar así la imagen de una  juventud que en otras épocas forjó un signo distinto de lucha: esa que sabe actuar con coraje e inteligencia, pero también con honestidad y nobleza.
                Que unos jóvenes perviertan así sus ideales no sorprende en un país donde han sucedido tantos horrores, lo que sí sorprende es la desfachatez de quienes los manipulan y pretenden crear un conflicto en la UNAM a cualquier precio y de cualquier modo. ¿Qué desean, qué buscan, de qué tamaño es su ambición? Es evidente que buscan la desestabilización, y con ello lograr su ambición de encaramarse a los puestos directivos. Así lo demostró el conflicto iniciado en el plantel Azcapotzalco hace unas semanas, y así lo exhibe hoy la imputación inmediata que hacen a las autoridades universitarias, entre ellas al director del plantel Naucalpan y al director general del CCH, de un hecho inventado con el cual buscan desesperadamente atizar el fuego.
                Son tan torpes y ambiciosos que no pueden ocultar sus propósitos y actúan cada vez con mayor descaro. A falta de conflictos reales qué reclamar no dudan en inventarlos, y manipulan y pagan para generar la inestabilidad. Olvidan que viven gracias al CCH y a la Universidad, que gracias a los puestos que ocuparon,  y aún ocupan algunos, tienen recursos para vivir holgadamente, aunque no lo merezcan, pues sólo causaron desastres a su paso y los siguen causando. En lugar de investigar, crear y retribuir con aportaciones científicas y académicas a una institución que tanto los benefició allí colocaron y favorecieron a sus familias, allí aún trabajan sus hijos, sobrinos y demás familiares, estudian sus nietos y siguen cobrando buenas sumas gracias a las categorías que como docentes se lograron adjudicar, en lugar de eso juegan al golpismo y desean permanecer por siempre en los puestos directivos. Esto es lo que buscan, por eso sus acciones descabelladas.
Deberían recordar y reconocer los privilegios que disfrutan, porque hoy profesores y estudiantes, padres de familia, medios de comunicación, la opinión pública en general (y seguramente también las más altas autoridades universitarias), sabemos quiénes son, cómo actúan y los mezquinos propósitos que buscan. Deberían recordarlo… Porque las patrañas a lo Maduro ya no tienen futuro.

                 




sábado, 6 de octubre de 2018

EL PUMA EN SU LABERINTO


El puma en su laberinto
NOÉ AGUDO (12/IX/2018)

Asaeteado sin piedad por la turba infame, el felino se revuelve iracundo en el foso. Sabe que si levanta sus poderosas garras, más piedras y palos lloverán sobre su cuerpo. Sabe que si permanece inmóvil, los más cobardes lo incitarán a que manifieste su furia, arrojándole tierra, lodo, basura, fragmentos de sevicia y vileza, que sólo pueden comprenderse debido al pavor que le tienen. Lanza un gruñido estruendoso y camina lentamente hacia uno de los extremos del foso. Algunos, los que más incitan a la muchedumbre, reculan. Aunque está allí abajo, a cuatro metros de profundidad, lo creen dueño de poderes extraordinarios. Piensan que si se lo propone puede tomar impulso y salvar el foso hasta alcanzar la libertad. Creen que en algún momento levantará la cabeza, los mirará con sus ojos ámbar ígneo y quienes los vean caerán adormecidos, como aquellos cazadores que han intentado matarlo en las montañas.  
            “¡Acabemos de una vez con él!”, grita uno. “¡Debemos matarlo antes de que se escape!”, urge otro. “¡Sí, matémoslo ya!”, corea la mayoría, y algunos han acercado piedras, otros han traído palos con puntas afiladas y hasta mujeres y niños se aprestan a arrojar su aportación de odio. Una mirada de desprecio, un gruñido estremecedor y unos pasos lentos para mostrar la majestuosidad de su caminar son la respuesta del felino, que de paso exhibe sus magníficos colmillos.
            Lleva allí varios días, casi una semana, y ni la sed ni el hambre han logrado amansarlo. Quienes instigan a la multitud creen que, debilitándolo, lograrán domesticarlo y hacer de él una diversión, un juego; por eso no desean matarlo. Además, piensan que si lo tienen a su lado les transferirá parte de su poder. No es una decisión sencilla acabar con él. Lo mejor es domesticarlo, hacerlo su mascota. Muerto sólo servirá su piel y, maltratada como está, ni siquiera pagaría una porción de los numerosos trabajos que tomó llevarlo ahí. Por eso incitan a la turba, pero la controlan también, porque no pueden mostrar sus verdaderas intenciones.   
            El noble felino advierte esta situación, ya la ha vivido antes y sabe que parte de la población también la conoce. Por eso intuye que lo mejor es resistir, soportar mientras la mayoría, que ha permanecido ajena y ni siquiera se ha acercado al foso, decide intervenir. Después de todo es el rey de la montaña, la gente lo venera y, aunque algunas veces  individuos ambiciosos y ruines azuzan a la masa contra él, sólo lo logran por un breve tiempo. Como ahora. Se ha echado y recogido junto al muro, con lo que protege uno de sus flancos. Mira indiferente el piso de tierra y sabe que su tarea es resistir, resistir y resistir.

¿Prenderá el “movimiento”?

Mi modesto pronóstico es que no. No hay demandas que ameriten ni siquiera mantener el paro, así que mucho menos podrán involucrar otras escuelas en la aventura. Tanto el rector de la UNAM como el director general del CCH han mostrado su disposición a resolver las peticiones estudiantiles que les competen, y colaborar en aquellas donde deben intervenir las autoridades de la ciudad, como la seguridad, por ejemplo. Han reiterado cuantas veces ha sido necesario su empeño en castigar a quienes golpearon a los manifestantes el pasado 3 de septiembre, e investigar y proceder contra quienes los contrataron y pagaron para propinar la golpiza, pues es obvio que son quienes desean magnificar el  conflicto y lograr así sus propósitos. ¿Cuáles son estos?
            Son internos y externos. Los primeros los representan aquellos que desean colocar a sus allegados o llegar ellos mismos a los puestos de dirección; estos son quienes han esgrimido la inaudita propuesta de exigir la renuncia del rector y del director general del CCH. A falta de razones y argumentos, inventan calumnias, bajezas sin límite y propuestas alucinadas, como la de transformar la Ley Orgánica de la UNAM. Algunos profesores ingenuos (por decirlo con suavidad) hacen eco de estas demandas pues ven la posibilidad de “transformar de fondo” a la Universidad.
Los segundos son los que, ante un problema focalizado, se propusieron extenderlo y acrecentarlo y para ello enviaron a los porros. Estos van por más, desean quedarse con la UNAM en su conjunto, más lo que puedan lograr mediante el chantaje. Saben que acaparar la Universidad es como gobernar uno de los estados más grandes y ricos de la República, con el agregado de contar con una enorme caja de resonancia para generarle conflictos al nuevo gobierno. Son los que perdieron en las pasadas elecciones y siempre han hecho de las universidades públicas su trinchera. Los nombres salen sobrando.   
              Hoy mismo leo en la sección de cartas de un periódico muy atendido por la comunidad universitaria, el desmentido de una funcionaria del CCH y la insistencia del reportero en involucrar al director general con los grupos porriles. “Multitud de estudiantes del plantel Naucalpan” lo aseguran: “Pasaban lista y cobraban derecho de piso frente a la dirección” dice Luis Hernández Navarro, reportero de La Jornada. ¿Por qué esa “multitud” no presenta una fotografía o cualquier otra evidencia que compruebe su dicho?
            Porque no hay tal. Lo que sí sabemos es que el doctor Barajas Sánchez, al igual que  los otros directores de los planteles del CCH, le correspondió lidiar por varios años con este problema y pudo salir airoso. No soy ni he sido profesor del plantel Naucalpan, pero me consta la labor académica, editorial y de apoyo a las actividades culturales que Benjamín Barajas realizó en ese plantel cuando lo dirigió. En coedición con la Academia Mexicana de la Lengua, inició allí una colección que da gusto y satisfacción ver y leer, pues aborda temas tan indispensables para los jóvenes como la filosofía, literatura, ciencia e historia, de la mano de autores consagrados como Mauricio Beuchot, Adolfo Castañón, Ruy Pérez Tamayo, Felipe Garrido y Javier Garciadiego, por mencionar algunos.
De verdad, son libros cuya belleza, diseño, contenido y utilidad para los alumnos de bachillerato son realmente adecuados; se equiparan a las mejores colecciones del Fondo de Cultura Económica o de la Dirección General de Publicaciones del antes Conaculta. Y lo mismo lo vi apoyar la edición de revistas, fueran de alumnos o profesores. ¿Un académico con semejantes méritos editoriales ligado a los porros? Sugerirlo simplemente representa una vileza. Espero que esta labor la continúe en la dirección general del CCH, donde lleva sólo algunos meses, y que no lo acosen más los problemas relacionados con los porros, azuzados por quienes desearían deponerlo para ocupar su lugar.


El fin de los tlaconetes
Tlaconete, babosa y caracol son términos cuyo significado se confunde en México porque son usados como sinónimo. Originalmente tlaconete (nahua) significa “Hijo de la tierra” o “caracol de tierra”, pero en ciertas regiones del país se denomina así a una variedad de salamandra que, para desplazarse, usa sus cuatro patas; el caracol y la babosa, en cambio, no tienen patas y emplean su cuerpo para avanzar; la diferencia entre estos dos es que el caracol tiene caparazón y la babosa no.
Características compartidas por los tres son la viscosidad de su cuerpo y la necesidad de lugares húmedos y oscuros para vivir. El caracol y la salamandra viven entre las hojas,  esta última se halla en extinción porque su hábitat se reduce cada vez más. Son personajes de las sombras. La luz solar simplemente acaba con las babosas, al igual que una pizca de sal; se retuercen, se deshacen y evaporan como fantasmas si se les arroja un puñadito de sal. Por eso viven en las cañerías.
En el “Arte de injuriar”, ensayo incluido en el volumen Historia de la eternidad, Jorge Luis Borges refiere la palabra perro como el único epíteto animal. A mí no me gusta emplearla por la simpatía que guardo hacia los peluditos y porque me parece una falta de respeto comparar la nobleza del can con lo más deleznable del ser humano. En este tema prefiero a Octavio Paz, quien para denostar o justipreciar a sus adversarios o amigos (léase como ejemplo la descripción que hace de José Luis Cuevas, en In/Mediaciones) les adjudicaba con exactitud ciertos rasgos animales.
Comparar a los tlaconetes con los individuos que actúan en las sombras me parece un símil perfecto: viscosos, repugnantes, dañinos e hipócritas; revisten su comportamiento de honorabilidad, honestidad y rectitud, pero en realidad son protervos, viles y falsos. Gustan de usar a otros para lograr sus fines. Su exposición a la luz, la exhibición de su actuación agazapada y despojarlos de su falsa caparazón les resulta letal. La información es para ellos como la sal para sus congéneres de las cañerías. En varios ámbitos proliferan los tlaconetes, pero muy especialmente en el político y el académico. Empero, gracias a los medios de información, y a que el poder ya no se concentra en la punta de la pirámide, la sobrevivencia de los tlaconetes se hace cada vez más difícil. Seguramente esta especie se extinguirá antes que las salamandras.
Vivimos en un país diferente al de hace algunas décadas (por aquellos que desean revivir el 68). Hoy existe una preocupación verdadera, si bien no siempre eficaz, por brindar seguridad a la población en general y a los estudiantes en particular. No hay ningún afán por reprimirlos, ni de parte de las autoridades del gobierno federal, ni de la Ciudad de México ni mucho menos de las universitarias. Por otra parte, están las redes sociales y los medios de información que observan y reportan los hechos; existen organismos como las ONG, la CNDH y CDHDF que intervienen ante los abusos; en la misma Universidad se cuenta con una Defensoría de los Derechos Universitarios. Insuficiente aún, pero ahora existe división de poderes y una competencia partidaria que impide o atenúa los actos arbitrarios de cualquier autoridad.
Este último punto es de suma importancia pues son las organizaciones políticas las que crearon inicialmente a los porros. A ellas les exigimos: ya es tiempo de que desarticulen esos grupos. ¿O no han obtenido sus triunfos gracias a la democracia? Pues en democracia se actúa dando la cara, con valor civil y sin valerse de terceros.
Así que ya no se vale actuar en lo oscurito y manipular subrepticiamente un movimiento. Hoy la protesta estudiantil no solamente es tolerada sino atendida, y si sus demandas son justas y necesarias seguramente se resolverán a su favor. Como lo demostró ayer el rector, que aprobó los nueve puntos del pliego petitorio presentado por los alumnos del CCH Azcapotzalco. Con su juventud y talento los estudiantes pueden contribuir a lograr mejores condiciones de estudio. Exigir grupos con un número razonable de alumnos, por ejemplo, me parece una demanda necesaria y hasta pedagógicamente pertinente. Que todos cuenten con profesores desde el primero hasta el último día de clases, también. Pero para eso se requiere que las puertas de las escuelas y las aulas estén abiertas.
No hay por qué prolongar el paro. Hacerlo sería caer en el juego de quienes buscan sólo sus mezquinos intereses. Punto medular de la solución es desenmascarar a los manipuladores, quienes actúan en la sombra y no les importa perjudicar a quien sea. Incluido lo más indispensable para el desarrollo de un país en general y para mejorar la vida de las personas en particular: la educación.
La solución es simple: exhibir a los manipuladores a la luz pública. Como a los tlaconetes.    
           


 


  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...