Los perros y las
pesadillas
Las drogas siempre resultan fascinantes cuando se las usa
como un medio de conocimiento, ajenas al embrutecimiento o al fácil placer del
hedonista. Un amigo, cuyas inmersiones alcohólicas duran alrededor de ocho días
o más, bebiendo día y noche, con breves lapsos de descanso y sólo cuando lo
derrumba la bebida, me platica su experiencia de las cuales él es el principal
observador:
“Jamás bebo por placer. Tomar la
primera copa tiene algo de diabólico, no importa la bebida que sea; el vino con
el que acompaño mis comidas es otra cosa (lo uso como alimento cuando ya estoy metido
de lleno en mis días de alcohol). A la euforia conocida de las cuatro o cinco
primeras copas sigue una etapa de embrutecimiento que se prolonga hasta la
madrugada o el amanecer. Entonces la desolación, el arrepentimiento por haber
caído otra vez, me inducen a seguir bebiendo y debo salir a la calle.
“Recorro las calles del barrio,
visito las esquinas donde hay otros alcohólicos como yo y ellos me convidan del
peor alcohol o a veces, milagrosamente, tienen una botella de tequila o ron
pasable. Saben que llevo dinero y se portan generosos. Pronto se alinean dos o tres
que siempre me acompañan, serán mis soldados y, conforme avanza el día, me
preguntan si vamos por una botella. A las ocho de la mañana ya están abiertas
al menos dos de estas tienditas y allí compramos vasos, una botella de anís y otra
de agua. Nos calentamos la piel con el sol tibio, y las entrañas con el líquido
ardiente que resulta esa bebida espesa, dulce y demasiado pesada que estoy
condenado a beber durante cuatro o cinco días seguidos por la mañana, mientras
dura mi larga borrachera. Alguno dice que debemos comer algo y allá vamos: unos
tacos, los huesos mondados pero bien fritos, las quesadillas que una señora,
horrorizada de nuestro aspecto, nos despacha.
“Reviso mis bolsillos y me doy cuenta
que nos alcanza para beber whisky en un bar de mala muerte, donde me ponen videos
de Jim Morrison, casi todos donde aparece pacheco, loquísimo, haciendo padecer
a sus compañeros que deben seguirlo con los acordes de la guitarra y el órgano,
mientras él delira frente al micrófono. O las más vanguardistas canciones de
Pink Floyd (“Welcome to the machine”). ¡Cómo se adelantaron estos cabrones a su
tiempo! Aquí ya estoy en otro plano. La mesera nos ofrece comida, pero yo
prefiero seguir bebiendo. Empiezo a sentirme como un hilo que alguien arrastra
por los aires y me dejo ir. Antes de que caiga dormido llevo el vaso frío de
whisky a mi boca y eso me reanima. Así es esto, bebo día tras día, y sólo bebo.
Anís, tequila, whisky, acaso un ron. De pronto se me acaba el dinero y tomamos
un taxi para ir por más efectivo al cajero.
“Cuando regresamos al bar otros
parroquianos han cambiado la música y ahora escuchan corridos de narcos, bandas
gruperas o cantantes vestidos de vinil y chaquira que se acompañan de trompetas
y acordeones. ¡Pura basura! ‘Ahorita ya va a terminar y pongo tu música’, dice
la mesera. Me da igual; a mi cerebro sólo lo controla su parte reptílica. Nada
de esto recordaré cuando vuelva a la conciencia. Poco a poco mis compañeros se
han ido quedando por allí, tal vez alguno se quedó tirado en el parque, yo
continúo y para no caer bebo y bebo más. Un rapto de lucidez me hace pedir un
taxi. No sé cuánto dinero he pagado entre cuentas que liquido una y otra vez, o
el billete que le doy para que alguien vaya por el taxi y que vuelvo a regalar.
“Llego a mi casa. Por suerte traigo las
llaves y un vaso donde cabe un litro de bebida que me han servido para el
camino. Pongo música, bebo hasta agotar el brebaje y ya es la madrugada otra
vez. El cansancio me derriba. Pronto amanecerá, despertaré y agradeceré que no
me quité las botas. Simplemente me pararé, palparé mis bolsillos para saber si
traigo dinero (aunque sean cincuenta pesos) y la tarjeta, y después saldré. Con
eso estaré en la esquina nuevamente. Pero, aquí viene lo que quiero contarte:
“Después de seis o siete días de
estar bebiendo así, llega un rapto de lucidez: me doy cuenta que apesto, estoy
en mi cama aún vestido, me quito las botas y el hedor de mi boca me hace ir al
baño donde la enjuago. Me atrevo a mirar al espejo y al monstruo que en él se
refleja: ojos hinchados, ojeras profundas y negras, los largos cabellos
desordenados, una barba que resultará difícil quitar con el rastrillo, manchas sobre
mi pecho y alrededor de la boca. La misma ropa, los mismos calcetines, siento
que un aire maloliente y espeso pudre mi recámara. ¿Dónde estuve? ¿Cuál es este
día? ¿Qué y dónde comí? Quisiera que la noche no se fuera nunca pero poco a
poco se van imponiendo la claridad y los ruidos de la mañana. Me siento
moribundo, débil, infinitamente culpable; sin ánimos para ir al baño, abrir la
llave de la regadera, tomar el jabón y fregar esa cabellera y cuerpo donde se
han impregnado los pecados más viles de la tierra.
“¡Cómo diablos caí otra vez! ¡Cómo
caí nuevamente! En mi cerebro rebotan palabras, frases y trozos de música
asimilados en no sé cuál momento. He dormido apenas unos minutos y dejar de
beber provoca que mis ojos no se puedan fijar en nada. Si los cierro, con la
mente veo rostros grotescos, burlones, pesadillescos. Doy vueltas una y otra
vez. De pronto tengo frío, de pronto calor; imagino que alguien tocará la
puerta y podrá tirarme con solo pronunciar mi nombre en alto. Afuera escucho
risas, algunas palabras y pienso que son los borrachos que me han acompañado y
me esperan. Me asomo y estoy dispuesto a ir con ellos otra vez. Sólo así podré
quitarme esta extrañeza de mí mismo, el miedo a no sé qué, la imposibilidad de
hablar, el temor a revisar mi pantalón y descubrir que no me queda ni una
moneda y ni siquiera la tarjeta. Recuerdo esas monedas que he arrojado a un
bote por allí, las juntaré y tal vez con ellas reúna para una botella más de
anís. Huelo mal.
“No, lo mejor es meterme al baño. Voy
al refrigerador en busca de alguna cerveza que por descuido haya dejado por allí,
pero solo hay agua fresca y leche. Las bebo sin más. Mi estómago gruñe. Siento
que vienen los calambres. ¿Quién podrá correrme un trago? Sólo con uno podré
asentar y aquietar estos monstruos que me reclaman. Pero huelo tan mal que
reúno todas mis fuerzas y en un supremo esfuerzo estoy ya desnudo bajo la regadera.
Restriego con furia el jabón sobre mi cabellera y luego lo paso por entre mi
cuerpo una y otra vez. Tiemblo. Sé que me dolerá pero arrastro el rastrillo
sobre mis mejillas, mi mentón y la parte más delicada, bajo la nariz, donde el
bigote aparece más duro. Mi mano se acalambra, debo poner el rastrillo sobre el
lavabo y estirar los dedos; veo cómo se retuercen, como si el diablo disfrutara
haciéndome “manita de puerco”. Lavo los calzones pestilentes de siete días que
despiden un olor a amoniaco y demoníaco. Todo está impregnado de un sentimiento
de maldad, odio y afán destructivo.
“Al fin salgo del baño. Me pongo ropa
interior blanca y sé que aquí comenzará mi calvario.
“Acorto la narración. Esta noche y
las tres siguientes no podré dormir. Horribles pensamientos me atenazarán.
Pensaré en el suicidio. Daré decenas, tal vez cientos de vueltas sobre la cama
y no podré conciliar el sueño. Mentalmente haré la cuenta de cuánto dinero he gastado,
más lo que perdí. Recordaré fragmentos de las barbaridades que dije o cometí,
como aquel día, en que intenté tener relaciones con esa chica detrás de la
iglesia. Por suerte no me golpearon, parece que estoy íntegro, aunque me duelen
los brazos y la espalda.
“A la tercera o cuarta noche sobrio,
ya sea por agotamiento o porque he empezado a comer, por fin puedo dormir unas
horas. Pero entonces llegan los sueños horrendos y las pesadillas. La última
vez caí de la cama y me disloqué un pie por la voltereta que me hizo dar la
pesadilla. Allí descubrí lo que te quiero comunicar:
“Mis perros son conscientes de lo que
sufro en esos días. Se me quedan viendo con ojos lastimeros y de un salto
trepan a la cama. Se echan a ambos lados, se juntan a mí, pero me dejan
inmovilizado y si algo necesito en esas horas es dar vueltas para encontrar una
posición que me permita dormir por unos minutos. Sin embargo ellos saben algo
más. Parecen adivinar que tendré pesadillas y se colocan a mis lados para
impedir que lleguen. Ven que esos sueños terribles me aniquilan. Lo observé la
otra noche. Llovía y la tormenta arrojaba truenos y más truenos. Los dos se
metieron debajo de la cama por el susto y me quedé solo; fue cuando más pesadillas
tuve y caí de la cama. A la siguiente los dejé que durmieran junto a mí y tuve
un sueño tranquilo; eran lapsos breves pero apacibles.
“Esto he aprendido de mis
borracheras. Sé bien que es un conocimiento insignificante pero espero que
sirva a alguien: los perros detienen las pesadillas y malos sueños. No los
dejan llegar o impiden que broten de tu cerebro enfermo después de tantos días
de alcohol. De verdad, ojalá les sirva esta observación.”
Escuché ensimismado la voz de mi
amigo. Si me hubiera dicho: “Los perros impiden las pesadillas”, habría pensado
que su cerebro estaba definitivamente dañado por el alcohol. Narrada así su
experiencia, recordé el relato “Insolación”, de Horacio Quiroga. Sí, los perros
pueden ver muchas cosas que nosotros ni siquiera imaginamos.