sábado, 6 de julio de 2019

LOS PERROS Y LAS PESADILLAS


Los perros y las pesadillas

Las drogas siempre resultan fascinantes cuando se las usa como un medio de conocimiento, ajenas al embrutecimiento o al fácil placer del hedonista. Un amigo, cuyas inmersiones alcohólicas duran alrededor de ocho días o más, bebiendo día y noche, con breves lapsos de descanso y sólo cuando lo derrumba la bebida, me platica su experiencia de las cuales él es el principal observador:
“Jamás bebo por placer. Tomar la primera copa tiene algo de diabólico, no importa la bebida que sea; el vino con el que acompaño mis comidas es otra cosa (lo uso como alimento cuando ya estoy metido de lleno en mis días de alcohol). A la euforia conocida de las cuatro o cinco primeras copas sigue una etapa de embrutecimiento que se prolonga hasta la madrugada o el amanecer. Entonces la desolación, el arrepentimiento por haber caído otra vez, me inducen a seguir bebiendo y debo salir a la calle.
“Recorro las calles del barrio, visito las esquinas donde hay otros alcohólicos como yo y ellos me convidan del peor alcohol o a veces, milagrosamente, tienen una botella de tequila o ron pasable. Saben que llevo dinero y se portan generosos. Pronto se alinean dos o tres que siempre me acompañan, serán mis soldados y, conforme avanza el día, me preguntan si vamos por una botella. A las ocho de la mañana ya están abiertas al menos dos de estas tienditas y allí compramos vasos, una botella de anís y otra de agua. Nos calentamos la piel con el sol tibio, y las entrañas con el líquido ardiente que resulta esa bebida espesa, dulce y demasiado pesada que estoy condenado a beber durante cuatro o cinco días seguidos por la mañana, mientras dura mi larga borrachera. Alguno dice que debemos comer algo y allá vamos: unos tacos, los huesos mondados pero bien fritos, las quesadillas que una señora, horrorizada de nuestro aspecto, nos despacha.
“Reviso mis bolsillos y me doy cuenta que nos alcanza para beber whisky en un bar de mala muerte, donde me ponen videos de Jim Morrison, casi todos donde aparece pacheco, loquísimo, haciendo padecer a sus compañeros que deben seguirlo con los acordes de la guitarra y el órgano, mientras él delira frente al micrófono. O las más vanguardistas canciones de Pink Floyd (“Welcome to the machine”). ¡Cómo se adelantaron estos cabrones a su tiempo! Aquí ya estoy en otro plano. La mesera nos ofrece comida, pero yo prefiero seguir bebiendo. Empiezo a sentirme como un hilo que alguien arrastra por los aires y me dejo ir. Antes de que caiga dormido llevo el vaso frío de whisky a mi boca y eso me reanima. Así es esto, bebo día tras día, y sólo bebo. Anís, tequila, whisky, acaso un ron. De pronto se me acaba el dinero y tomamos un taxi para ir por más efectivo al cajero.
“Cuando regresamos al bar otros parroquianos han cambiado la música y ahora escuchan corridos de narcos, bandas gruperas o cantantes vestidos de vinil y chaquira que se acompañan de trompetas y acordeones. ¡Pura basura! ‘Ahorita ya va a terminar y pongo tu música’, dice la mesera. Me da igual; a mi cerebro sólo lo controla su parte reptílica. Nada de esto recordaré cuando vuelva a la conciencia. Poco a poco mis compañeros se han ido quedando por allí, tal vez alguno se quedó tirado en el parque, yo continúo y para no caer bebo y bebo más. Un rapto de lucidez me hace pedir un taxi. No sé cuánto dinero he pagado entre cuentas que liquido una y otra vez, o el billete que le doy para que alguien vaya por el taxi y que vuelvo a regalar.
“Llego a mi casa. Por suerte traigo las llaves y un vaso donde cabe un litro de bebida que me han servido para el camino. Pongo música, bebo hasta agotar el brebaje y ya es la madrugada otra vez. El cansancio me derriba. Pronto amanecerá, despertaré y agradeceré que no me quité las botas. Simplemente me pararé, palparé mis bolsillos para saber si traigo dinero (aunque sean cincuenta pesos) y la tarjeta, y después saldré. Con eso estaré en la esquina nuevamente. Pero, aquí viene lo que quiero contarte:
“Después de seis o siete días de estar bebiendo así, llega un rapto de lucidez: me doy cuenta que apesto, estoy en mi cama aún vestido, me quito las botas y el hedor de mi boca me hace ir al baño donde la enjuago. Me atrevo a mirar al espejo y al monstruo que en él se refleja: ojos hinchados, ojeras profundas y negras, los largos cabellos desordenados, una barba que resultará difícil quitar con el rastrillo, manchas sobre mi pecho y alrededor de la boca. La misma ropa, los mismos calcetines, siento que un aire maloliente y espeso pudre mi recámara. ¿Dónde estuve? ¿Cuál es este día? ¿Qué y dónde comí? Quisiera que la noche no se fuera nunca pero poco a poco se van imponiendo la claridad y los ruidos de la mañana. Me siento moribundo, débil, infinitamente culpable; sin ánimos para ir al baño, abrir la llave de la regadera, tomar el jabón y fregar esa cabellera y cuerpo donde se han impregnado los pecados más viles de la tierra.
“¡Cómo diablos caí otra vez! ¡Cómo caí nuevamente! En mi cerebro rebotan palabras, frases y trozos de música asimilados en no sé cuál momento. He dormido apenas unos minutos y dejar de beber provoca que mis ojos no se puedan fijar en nada. Si los cierro, con la mente veo rostros grotescos, burlones, pesadillescos. Doy vueltas una y otra vez. De pronto tengo frío, de pronto calor; imagino que alguien tocará la puerta y podrá tirarme con solo pronunciar mi nombre en alto. Afuera escucho risas, algunas palabras y pienso que son los borrachos que me han acompañado y me esperan. Me asomo y estoy dispuesto a ir con ellos otra vez. Sólo así podré quitarme esta extrañeza de mí mismo, el miedo a no sé qué, la imposibilidad de hablar, el temor a revisar mi pantalón y descubrir que no me queda ni una moneda y ni siquiera la tarjeta. Recuerdo esas monedas que he arrojado a un bote por allí, las juntaré y tal vez con ellas reúna para una botella más de anís. Huelo mal.
“No, lo mejor es meterme al baño. Voy al refrigerador en busca de alguna cerveza que por descuido haya dejado por allí, pero solo hay agua fresca y leche. Las bebo sin más. Mi estómago gruñe. Siento que vienen los calambres. ¿Quién podrá correrme un trago? Sólo con uno podré asentar y aquietar estos monstruos que me reclaman. Pero huelo tan mal que reúno todas mis fuerzas y en un supremo esfuerzo estoy ya desnudo bajo la regadera. Restriego con furia el jabón sobre mi cabellera y luego lo paso por entre mi cuerpo una y otra vez. Tiemblo. Sé que me dolerá pero arrastro el rastrillo sobre mis mejillas, mi mentón y la parte más delicada, bajo la nariz, donde el bigote aparece más duro. Mi mano se acalambra, debo poner el rastrillo sobre el lavabo y estirar los dedos; veo cómo se retuercen, como si el diablo disfrutara haciéndome “manita de puerco”. Lavo los calzones pestilentes de siete días que despiden un olor a amoniaco y demoníaco. Todo está impregnado de un sentimiento de maldad, odio y afán destructivo.
“Al fin salgo del baño. Me pongo ropa interior blanca y sé que aquí comenzará mi calvario.
“Acorto la narración. Esta noche y las tres siguientes no podré dormir. Horribles pensamientos me atenazarán. Pensaré en el suicidio. Daré decenas, tal vez cientos de vueltas sobre la cama y no podré conciliar el sueño. Mentalmente haré la cuenta de cuánto dinero he gastado, más lo que perdí. Recordaré fragmentos de las barbaridades que dije o cometí, como aquel día, en que intenté tener relaciones con esa chica detrás de la iglesia. Por suerte no me golpearon, parece que estoy íntegro, aunque me duelen los brazos y la espalda.
“A la tercera o cuarta noche sobrio, ya sea por agotamiento o porque he empezado a comer, por fin puedo dormir unas horas. Pero entonces llegan los sueños horrendos y las pesadillas. La última vez caí de la cama y me disloqué un pie por la voltereta que me hizo dar la pesadilla. Allí descubrí lo que te quiero comunicar:
“Mis perros son conscientes de lo que sufro en esos días. Se me quedan viendo con ojos lastimeros y de un salto trepan a la cama. Se echan a ambos lados, se juntan a mí, pero me dejan inmovilizado y si algo necesito en esas horas es dar vueltas para encontrar una posición que me permita dormir por unos minutos. Sin embargo ellos saben algo más. Parecen adivinar que tendré pesadillas y se colocan a mis lados para impedir que lleguen. Ven que esos sueños terribles me aniquilan. Lo observé la otra noche. Llovía y la tormenta arrojaba truenos y más truenos. Los dos se metieron debajo de la cama por el susto y me quedé solo; fue cuando más pesadillas tuve y caí de la cama. A la siguiente los dejé que durmieran junto a mí y tuve un sueño tranquilo; eran lapsos breves pero apacibles.
“Esto he aprendido de mis borracheras. Sé bien que es un conocimiento insignificante pero espero que sirva a alguien: los perros detienen las pesadillas y malos sueños. No los dejan llegar o impiden que broten de tu cerebro enfermo después de tantos días de alcohol. De verdad, ojalá les sirva esta observación.”
Escuché ensimismado la voz de mi amigo. Si me hubiera dicho: “Los perros impiden las pesadillas”, habría pensado que su cerebro estaba definitivamente dañado por el alcohol. Narrada así su experiencia, recordé el relato “Insolación”, de Horacio Quiroga. Sí, los perros pueden ver muchas cosas que nosotros ni siquiera imaginamos.

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