lunes, 18 de julio de 2016

EL ACOSO

El acoso
NOÉ AGUDO

La relectura de una novela sucede generalmente por dos razones: porque el lector no la entendió del todo o porque la comprendió y la disfrutó tanto que desea experimentar nuevamente ese placer. Por la primera razón releí una novelita de Alejo Carpentier que conocí en mis años adolescentes. Me había dejado la sensación de no haberla entendido cabalmente; sólo recordaba que en menos de un centenar de páginas había tal cantidad de términos, casi todos desconocidos para mi léxico de aquellos días, que tuve que leerla con el Pequeño Larousse al lado.
            Se trata de El acoso, una novela corta publicada por primera vez en 1956, pero escrita seguramente durante el primer lustro de los cuarenta, pues en 1945 el autor permitió a una lujosa revista parisina publicar parte de ella. Es una obra maestra cuya lectura exige atención y concentración para no perderse en la sutil trama que, si el lector no la atiende, puede confundirse y perder la historia, como a mí me sucedió. Por supuesto, requiere también el auxilio del diccionario, porque el lenguaje de Carpentier es como tomado de un voluminoso tesauro, resultado de su vasta cultura y de sus conocimientos de arquitectura (su padre fue un reconocido profesionista de esta disciplina), música (actividad a la que su madre lo indujo), el hecho de dominar varios idiomas, y ser un hablante afrocaribeño. Circunstancia que sus lectores agradecemos, por cuanto enriquece y precisa nuestro léxico.
            Compuesta por apenas tres capítulos, la novela es una delicada y compleja pieza narrativa, donde la narración en tercera persona, el monólogo, el flash back, algunos pocos diálogos y las mudas en las voces narrativas, así como los cambios de perspectiva, narran una historia que el lector deberá completar atendiendo además las numerosas elipsis. Dentro de la narrativa hispanoamericana tal vez ésta sea la primera novela que inicia por el final (escrita mucho antes que La muerte de Artemio Cruz o Crónica de una muerte anunciada), lo que revela una trama inteligentemente urdida y que, al decir de los críticos, guarda un paralelismo estructural con la Sinfonía Núm. 3 de Beethoven, conocida como la Heroica.
            La historia inicia precisamente durante el intermedio en la interpretación de esta sinfonía, en una sala de conciertos. Alguien lee un libro con información relativa a la Heroica, cuando se desata un turbión (fuerte aguacero con viento). Ante la lluvia los asistentes vuelven a la sala y entonces llega un hombre corriendo, agitado. Solicita con urgencia un boleto y, sin esperar el cambio de un billete de alta denominación que entrega, pasa corriendo a la sala. En realidad es un perseguido que intenta ocultarse, pues inmediatamente después de su ingreso llegan dos hombres que, sin comprar boleto, entran directamente a la sala a buscarlo. Esto es observado por el taquillero, que es quien lee El testamento de Heiligenstadt (carta escrita por Beethoven a sus hermanos Kaspar y Nikolaus) y sonríe con indulgencia ante lo que él considera un exagerado interés por la música del perseguido y perseguidores, el primero porque no esperó su cambio, y los segundos porque ni siquiera se detuvieron a pagar sus boletos. Acaricia el billete, planea qué hacer con él, mientras observa a lo lejos un mirador donde se ha congregado mucha gente después de la lluvia. Decide que irá a investigar lo que allí sucede, pues conoce a la habitante del lugar. Mientras, el perseguido se ha metido en un palco. Allí se siente observado por todos y trata de pasar inadvertido pero, para su mala suerte, aplaude cuando no debe, por lo que algunos lo callan y murmuran escandalizados ante lo que consideran la peor falta de alguien que no sabe comportarse en una sala de conciertos, aparte de carraspear y toser.
            Agitado, temeroso, avergonzado y sintiéndose observado por todos, el hombre (nunca sabremos su nombre) inicia un soliloquio que logra transmitir el estado de febril aprensión, desesperación y temor en que se encuentra; reza, recuerda y va aportando algunos datos que permiten ir conociendo su historia. Astutamente, el narrador parece olvidar a los dos hombres que lo persiguen, nada sabremos de ellos hasta el final. Mientras el taquillero, al conocer bien la sinfonía, sabe que dispone de suficiente tiempo, así que sale con el billete de gran valor y decide gastarlo con una prostituta que vive por allí cerca. Al llegar a la casa de ésta, ella mira el billete y, como si ya lo conociera, le dice que es falso, por eso el taquillero debe regresar frustrado a la sala.
            Estas son las coordenadas generales de una historia que podría considerarse común en la narrativa hispanoamericana: la persecución de un hombre condenado a morir, pero que antes tiene la posibilidad de recapitular su vida y con ello explicar cómo llegó a esa situación. Un estudiante provinciano, pobre, con muchos esfuerzos de parte de sus padres, tiene la oportunidad de ir a estudiar a la capital y allí se enrola en la universidad con un grupo de opositores, quienes pasan de las manifestaciones y protestas pacíficas a la violencia y los atentados criminales. Apenas si es necesario decir que la historia se sitúa bajo el gobierno de Gerardo Machado en Cuba (1924-1933), el cual se caracterizó por un pujante desarrollo económico, pero también por la violencia entre grupos armados y la represión contra de las fuerzas opositoras.
El acoso, cuenta Carpentier en una entrevista, se debe a un tiroteo que tuvo lugar en la Universidad de La Habana en el momento en que, como técnico de sonido, estaba sincronizando una representación de Las coéforas de Esquilo ante un enorme público. Dada esta clave, resulta claro que haya capítulos enteros de El acoso que proceden de este hecho”.
                En el capítulo siguiente nos enteramos que no son agentes del gobierno quienes persiguen al hombre, sino sus propios compañeros. La violencia que prevaleció durante esos años en Cuba originó numerosas bandas armadas, en una de las cuales participa el personaje. Estas bandas son usadas por los mismos miembros del gobierno, quienes las aprovechan para deshacerse de enemigos o para quitarse obstáculos en su ascenso al poder. Luego de algunas acciones exitosas de su grupo, nuestro personaje es detenido en un atentado fallido, es torturado y ante la amenaza de que lo castrarán, decide delatar a sus compañeros. Por eso son ellos quienes lo buscan para matarlo y él trata infructuosamente de hablar con un alto funcionario del gobierno, para quien realizaron el atentado, para que lo ayude a salir de Cuba.
Recurso frecuente de Carpentier es no poner nombres ni apellidos a sus personajes. Esto exige una lectura atenta, pues de otra forma se puede perder de vista quién realiza la acción. Es lo que sucede entre el hombre de la taquilla y el personaje principal. El de la taquilla va con la misma prostituta con quien ya ha estado el perseguido, y por eso ella ya sabe que el billete es falso. Cuando el acoso  inicia, él la visita (uno puede intuir que además de ser su cliente ella lo ayuda en sus actividades clandestinas), la envía por comida y le encomienda entregar una carta al alto personaje del gobierno para quien realizaron el atentado. Estrella (así se llama la prostituta y es la única que tiene nombre) obedece pero regresa acompañada de policías y un taxista, indignado por el billete falso. Como sea, ella se compromete a resolver el problema (pagará con su cuerpo al taxista), pero él debe huir por la ventana trasera.
De la misma forma, el lector podría confundirse también cuando el hombre de la taquilla dice que irá a ver qué ocurre con la gente arremolinada en el mirador; allí vive una anciana negra que él conoce y que, coincidentemente, es la mujer con la que el padre del estudiante lo recomendó para ir a vivir cuando llegó a La Habana, pues es una conocida suya. La anciana está enferma, casi moribunda, y la familia la ha instalado en ese mirador con dos puertas: una que da hacia la azotea y otra que comunica a la escalera que asciende del piso inferior donde habita el resto de la familia. Allí también se refugia nuestro personaje y se produce una de las situaciones más chuscas dentro de la sobria narración:
Durante el acoso el perseguido lleva cuatro días sin comer, recuerda la casa donde vivió recién llegado a La Habana (uno siempre recurre al pasado en los momentos críticos) y decide pedir ayuda a la anciana. La encuentra postrada, inconsciente, y por eso atranca por fuera la puerta que da a la azotea para tirarse a sus anchas junto a la puerta. Pronto se da cuenta que la anciana ni siquiera toca los alimentos que una sobrina le sube, así que entra y no sólo devora el plato de la enferma, sino que también se come a puñados un bote de avena que allí encuentra. Cuando la sobrina sube y ve que los alimentos han desaparecido, sólo exclama: “Usted no puede comer tanto, tía”.
La anciana muere y él, ante la demasiada gente que acude, debe presentarse como un doliente más para salir de su escondite. A nadie extraña su presencia, pues saben que fue inquilino de la mujer, pero con la muerte de ésta debe seguir huyendo y ya no le queda ningún lugar dónde ir. Cerca de la playa encontrará a un compañero estudiante borracho, que lo invita a beber, pero al sorprender por azar a una pareja que hace el amor por allí cerca, debe continuar la fuga. Regresa al centro de la ciudad, entra a un café y allí lo descubren sus perseguidores. De estos va huyendo cuando irrumpe en la sala de conciertos.
El desenlace es previsible. Exhausto, paralizado por el miedo, harto de huir, decide que se quedará acostado sobre la alfombra de la sala. Esperará a que apaguen las luces, allí dormirá, se repondrá  y así no se expondrá a que lo descubran. Los empleados aguardan en el vestíbulo a que salgan los últimos asistentes, ha empezado a llover nuevamente, escuchan un estallido pero creen que se trata de un trueno. Dos hombres parsimoniosos en su andar son los últimos en abandonar la sala.
***
Nunca he tenido más presente la reflexión de Gabriel Zaid (Leer, pág. 63, Edit. Océano, 2012) acerca del Quijote que durante esta relectura. Estaba en un país extranjero, cuenta Zaid, donde sólo se hablaba una lengua que él no comprendía bien. Por azar descubrió un Quijote y empezó a releerlo. “Me acompañaba cuando peor me sentía. ¿Era un escape a través de sus aventuras? No exactamente. Era una especie de liberación, sí, pero que estaba en la manera de ver los episodios, más que en los episodios. Me identificaba con el narrador, no con el protagonista. Me reía de la vida y de mí; y, en el segundo grado autoral, borraba pueblos, desfacía entuertos, me sentía libre y soberano. La novela era yo.” Es decir, disfrutar una novela no consiste tanto en conocer su historia sino en descubrir cómo está contada. Si en los setenta la respuesta estaba en el viento, hoy día está en la lectura analítica, la que se debe aplicar para entender cómo está escrito un texto. Con ese tipo de lectura he disfrutado como nunca El acoso.

                El ejemplar de la novela que poseo (la mejor de Carpentier, desde mi punto de vista) viene en un volumen titulado Guerra del tiempo y es de la editorial chilena Orbe. La acompañan tres magníficos relatos: El camino de Santiago, Viaje a la semilla y Semejante a la noche. El acoso se encuentra también en las Obras Completas de Carpentier editadas en México por Siglo Veintiuno Editores.

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