El acoso
NOÉ AGUDO
La relectura de una novela sucede generalmente por dos
razones: porque el lector no la entendió del todo o porque la comprendió y la disfrutó
tanto que desea experimentar nuevamente ese placer. Por la primera razón releí una
novelita de Alejo Carpentier que conocí en mis años adolescentes. Me había
dejado la sensación de no haberla entendido cabalmente; sólo recordaba que en
menos de un centenar de páginas había tal cantidad de términos, casi todos
desconocidos para mi léxico de aquellos días, que tuve que leerla con el Pequeño Larousse al lado.
Se trata de El acoso, una novela corta publicada por
primera vez en 1956, pero escrita seguramente durante el primer lustro de los cuarenta,
pues en 1945 el autor permitió a una lujosa revista parisina publicar parte de
ella. Es una obra maestra cuya lectura exige atención y concentración para no
perderse en la sutil trama que, si el lector no la atiende, puede confundirse y
perder la historia, como a mí me sucedió. Por supuesto, requiere también el
auxilio del diccionario, porque el lenguaje de Carpentier es como tomado de un voluminoso
tesauro, resultado de su vasta cultura y de sus conocimientos de arquitectura
(su padre fue un reconocido profesionista de esta disciplina), música
(actividad a la que su madre lo indujo), el hecho de dominar varios idiomas, y
ser un hablante afrocaribeño. Circunstancia que sus lectores agradecemos, por
cuanto enriquece y precisa nuestro léxico.
Compuesta
por apenas tres capítulos, la novela es una delicada y compleja pieza narrativa,
donde la narración en tercera persona, el monólogo, el flash back, algunos
pocos diálogos y las mudas en las voces narrativas, así como los cambios de
perspectiva, narran una historia que el lector deberá completar atendiendo
además las numerosas elipsis. Dentro de la narrativa hispanoamericana tal vez
ésta sea la primera novela que inicia por el final (escrita mucho antes que La muerte de Artemio Cruz o Crónica de una muerte anunciada), lo que
revela una trama inteligentemente urdida y que, al decir de los críticos,
guarda un paralelismo estructural con la Sinfonía Núm. 3 de Beethoven, conocida
como la Heroica.
La historia
inicia precisamente durante el intermedio en la interpretación de esta sinfonía,
en una sala de conciertos. Alguien lee un libro con información relativa a la Heroica, cuando se desata un turbión
(fuerte aguacero con viento). Ante la lluvia los asistentes vuelven a la sala y
entonces llega un hombre corriendo, agitado. Solicita con urgencia un boleto y,
sin esperar el cambio de un billete de alta denominación que entrega, pasa
corriendo a la sala. En realidad es un perseguido que intenta ocultarse, pues
inmediatamente después de su ingreso llegan dos hombres que, sin comprar
boleto, entran directamente a la sala a buscarlo. Esto es observado por el
taquillero, que es quien lee El
testamento de Heiligenstadt (carta escrita por Beethoven a sus hermanos
Kaspar y Nikolaus) y sonríe con indulgencia ante lo que él considera un
exagerado interés por la música del perseguido y perseguidores, el primero
porque no esperó su cambio, y los segundos porque ni siquiera se detuvieron a
pagar sus boletos. Acaricia el billete, planea qué hacer con él, mientras
observa a lo lejos un mirador donde se ha congregado mucha gente después de la
lluvia. Decide que irá a investigar lo que allí sucede, pues conoce a la
habitante del lugar. Mientras, el perseguido se ha metido en un palco. Allí se
siente observado por todos y trata de pasar inadvertido pero, para su mala
suerte, aplaude cuando no debe, por lo que algunos lo callan y murmuran
escandalizados ante lo que consideran la peor falta de alguien que no sabe
comportarse en una sala de conciertos, aparte de carraspear y toser.
Agitado,
temeroso, avergonzado y sintiéndose observado por todos, el hombre (nunca
sabremos su nombre) inicia un soliloquio que logra transmitir el estado de
febril aprensión, desesperación y temor en que se encuentra; reza, recuerda y
va aportando algunos datos que permiten ir conociendo su historia. Astutamente,
el narrador parece olvidar a los dos hombres que lo persiguen, nada sabremos de
ellos hasta el final. Mientras el taquillero, al conocer bien la sinfonía, sabe
que dispone de suficiente tiempo, así que sale con el billete de gran valor y
decide gastarlo con una prostituta que vive por allí cerca. Al llegar a la casa
de ésta, ella mira el billete y, como si ya lo conociera, le dice que es falso,
por eso el taquillero debe regresar frustrado a la sala.
Estas son
las coordenadas generales de una historia que podría considerarse común en la
narrativa hispanoamericana: la persecución de un hombre condenado a morir, pero
que antes tiene la posibilidad de recapitular su vida y con ello explicar cómo
llegó a esa situación. Un estudiante provinciano, pobre, con muchos esfuerzos
de parte de sus padres, tiene la oportunidad de ir a estudiar a la capital y
allí se enrola en la universidad con un grupo de opositores, quienes pasan de
las manifestaciones y protestas pacíficas a la violencia y los atentados criminales.
Apenas si es necesario decir que la historia se sitúa bajo el gobierno de
Gerardo Machado en Cuba (1924-1933), el cual se caracterizó por un pujante
desarrollo económico, pero también por la violencia entre grupos armados y la represión
contra de las fuerzas opositoras.
“El
acoso, cuenta Carpentier en una entrevista, se debe a un tiroteo que tuvo
lugar en la Universidad de La Habana en el momento en que, como técnico de
sonido, estaba sincronizando una representación de Las coéforas de Esquilo ante un enorme público. Dada esta clave,
resulta claro que haya capítulos enteros de El
acoso que proceden de este hecho”.
En el
capítulo siguiente nos enteramos que no son agentes del gobierno quienes persiguen
al hombre, sino sus propios compañeros. La violencia que prevaleció durante esos
años en Cuba originó numerosas bandas armadas, en una de las cuales participa
el personaje. Estas bandas son usadas por los mismos miembros del gobierno,
quienes las aprovechan para deshacerse de enemigos o para quitarse obstáculos
en su ascenso al poder. Luego de algunas acciones exitosas de su grupo, nuestro
personaje es detenido en un atentado fallido, es torturado y ante la amenaza de
que lo castrarán, decide delatar a sus compañeros. Por eso son ellos quienes lo
buscan para matarlo y él trata infructuosamente de hablar con un alto
funcionario del gobierno, para quien realizaron el atentado, para que lo ayude
a salir de Cuba.
Recurso frecuente de Carpentier es no
poner nombres ni apellidos a sus personajes. Esto exige una lectura atenta,
pues de otra forma se puede perder de vista quién realiza la acción. Es lo que
sucede entre el hombre de la taquilla y el personaje principal. El de la
taquilla va con la misma prostituta con quien ya ha estado el perseguido, y por
eso ella ya sabe que el billete es falso. Cuando el acoso inicia, él la visita (uno puede intuir que
además de ser su cliente ella lo ayuda en sus actividades clandestinas), la
envía por comida y le encomienda entregar una carta al alto personaje del
gobierno para quien realizaron el atentado. Estrella (así se llama la prostituta
y es la única que tiene nombre) obedece pero regresa acompañada de policías y
un taxista, indignado por el billete falso. Como sea, ella se compromete a
resolver el problema (pagará con su cuerpo al taxista), pero él debe huir por
la ventana trasera.
De la misma forma, el lector podría
confundirse también cuando el hombre de la taquilla dice que irá a ver qué
ocurre con la gente arremolinada en el mirador; allí vive una anciana negra que
él conoce y que, coincidentemente, es la mujer con la que el padre del
estudiante lo recomendó para ir a vivir cuando llegó a La Habana, pues es una
conocida suya. La anciana está enferma, casi moribunda, y la familia la ha
instalado en ese mirador con dos puertas: una que da hacia la azotea y otra que
comunica a la escalera que asciende del piso inferior donde habita el resto de
la familia. Allí también se refugia nuestro personaje y se produce una de las
situaciones más chuscas dentro de la sobria narración:
Durante el acoso el perseguido lleva
cuatro días sin comer, recuerda la casa donde vivió recién llegado a La Habana (uno
siempre recurre al pasado en los momentos críticos) y decide pedir ayuda a la
anciana. La encuentra postrada, inconsciente, y por eso atranca por fuera la
puerta que da a la azotea para tirarse a sus anchas junto a la puerta. Pronto
se da cuenta que la anciana ni siquiera toca los alimentos que una sobrina le
sube, así que entra y no sólo devora el plato de la enferma, sino que también
se come a puñados un bote de avena que allí encuentra. Cuando la sobrina sube y
ve que los alimentos han desaparecido, sólo exclama: “Usted no puede comer
tanto, tía”.
La anciana muere y él, ante la
demasiada gente que acude, debe presentarse como un doliente más para salir de
su escondite. A nadie extraña su presencia, pues saben que fue inquilino de la
mujer, pero con la muerte de ésta debe seguir huyendo y ya no le queda ningún
lugar dónde ir. Cerca de la playa encontrará a un compañero estudiante
borracho, que lo invita a beber, pero al sorprender por azar a una pareja que
hace el amor por allí cerca, debe continuar la fuga. Regresa al centro de la
ciudad, entra a un café y allí lo descubren sus perseguidores. De estos va
huyendo cuando irrumpe en la sala de conciertos.
El desenlace es previsible. Exhausto,
paralizado por el miedo, harto de huir, decide que se quedará acostado sobre la
alfombra de la sala. Esperará a que apaguen las luces, allí dormirá, se repondrá
y así no se expondrá a que lo descubran.
Los empleados aguardan en el vestíbulo a que salgan los últimos asistentes, ha
empezado a llover nuevamente, escuchan un estallido pero creen que se trata de
un trueno. Dos hombres parsimoniosos en su andar son los últimos en abandonar
la sala.
***
Nunca he tenido más presente la reflexión de Gabriel Zaid (Leer, pág. 63, Edit. Océano, 2012) acerca
del Quijote que durante esta
relectura. Estaba en un país extranjero, cuenta Zaid, donde sólo se hablaba una
lengua que él no comprendía bien. Por azar descubrió un Quijote y empezó a releerlo. “Me acompañaba cuando peor me sentía.
¿Era un escape a través de sus aventuras? No exactamente. Era una especie de
liberación, sí, pero que estaba en la manera de ver los episodios, más que en
los episodios. Me identificaba con el narrador, no con el protagonista. Me reía
de la vida y de mí; y, en el segundo grado autoral, borraba pueblos, desfacía
entuertos, me sentía libre y soberano. La novela era yo.” Es decir, disfrutar
una novela no consiste tanto en conocer su historia sino en descubrir cómo está
contada. Si en los setenta la respuesta estaba en el viento, hoy día está en la
lectura analítica, la que se debe aplicar para entender cómo está escrito un
texto. Con ese tipo de lectura he disfrutado como nunca El acoso.
El ejemplar de la novela que poseo
(la mejor de Carpentier, desde mi punto de vista) viene en un volumen titulado Guerra del tiempo y es de la editorial
chilena Orbe. La acompañan tres magníficos relatos: El camino de Santiago, Viaje
a la semilla y Semejante a la noche.
El acoso se encuentra también en las
Obras Completas de Carpentier editadas en México por Siglo Veintiuno Editores.