lunes, 16 de noviembre de 2020

 

Jamás adoctrinar

Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas

de una doctrina,

inculcarle determinadas ideas o creencias.

Diccionario de la Lengua Española

Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y como tal debe ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no puede realizar su trabajo crítico si se afilia a un partido, es seguidor de una doctrina o de una ideología. El buen profesor debe enseñar a pensar, a dudar, a ser escéptico, a analizar y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.

Puede simpatizar con una causa, un partido o ideología, luchar e incluso ser militante de alguna organización si lo hace puertas afuera de la escuela; nunca hacer de ésta una posición de su lucha partidaria. Hacia adentro debe dejar de lado toda militancia para inculcar con su actitud la auténtica crítica, que es la de valorar con independencia de criterio cualquier asunto. Si la ejerce tratando de ganar simpatías hacia un personaje, partido o causa, distorsionará su visión de la realidad y cancelará su independencia intelectual, pues la atará a aquello con lo que simpatiza.

Menos aún lo puede hacer en espacios universitarios, cuya característica fundamental es la tolerancia, el respeto a todas las ideas, la pluralidad y la libertad de expresión.

            Los marxistas salvaban estos límites aduciendo que ellos tenían la versión científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica a su doctrina, y donde obtuvieron el poder se volvieron los más feroces censores y perseguidores de quienes disentían de sus ideas. Desde luego, ya no eran las ideas de Marx sino la versión que sus intérpretes habían hecho de ellas. Pero hoy, vistos los fracasos prácticos y los errores teóricos de aquella supuesta ciencia, advertimos que se trata tan sólo de una ideología más, mejor construida y más sofisticada tal vez. Pero quienes siguen creyendo en la validez científica del marxismo, a pesar de sus fracasos teóricos y prácticos, o bien no saben lo que es la ciencia o creen en el marxismo como en una religión, es decir, basados solamente en su fe.

            Muchos piensan que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El funcionamiento de gobiernos, la actuación de los militantes y partidos de izquierda ha demostrado que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios, ambiciones, errores y obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la izquierda. Las decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen signo ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda. Así que las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para estigmatizar a quien se atreve a pensar diferente y para señalarlo como adversario o enemigo, cuando es tal vez el que con mayor fidelidad recupera lo más valioso de las ideas de Marx: el ejercicio del pensamiento crítico.

El poder es el poder y  requiere cooptar o anular a todo aquel que lo critica o disputa, y esto lo saben y practican partidos, líderes e ideólogos de cualquier tendencia; incluso la persecución es más encarnizada entre compañeros del mismo partido. La URSS, China y más cerca Cuba nos dieron muestras escalofriantes de este hecho: millones de muertos y casi todos antiguos compañeros y aliados, acusados después de disidentes y herejes.

Por eso los más acertados teóricos de la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas, instituciones y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica y la participación ciudadana. Los sistemas políticos que mejor permiten esta serie de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el poder no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de información, de expresión y asociación, y también existe la posibilidad de cambiar a los gobernantes mediante el voto y no por la violencia, que perjudica a generaciones enteras. En México aún hace falta hacer más eficaces estos mecanismos.

No tengo nada contra el marxismo. Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y obras clásicas. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y la de Lenin son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber que siempre hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.

Con los que no simpatizo es con quienes vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de sus problemas porque antes debe respetar la doctrina. Uno se transforma en un catecúmeno, en un sectario que primero debe velar por la pureza ideológica y sólo después decide si puede participar, sobre todo si cuenta con la anuencia de los líderes. Esto impide trabajar por cualquier cambio que beneficie a una sociedad o comunidad, pues el individuo se vuelve tan solo una pieza en la organización que obedece las indicaciones del líder.

Lo que caracteriza al ser humano es la diferencia, la capacidad de apreciar y valorar cada uno de forma distinta los problemas. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión única de la realidad y esto lleva a riñas como las que existieron y existen entre las sectas religiosas por un la pureza de un dogma o doctrina.

Mucho de las peleas y división de la izquierda proviene de esas ideas. Recuerdo mis años de estudiante en el CCH. Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas, guevaristas, castristas, estalinistas, etcétera, y su denominador común era el desprecio por los demás, a quienes consideraban "los enemigos". No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de actuar conjuntamente. Algunas veces nos atrevimos a desechar la pureza ideológica y así logramos actuar por fin juntos, pero fue en muy pocas ocasiones. Nos unían la ingenuidad, la amistad y el deseo de aventura, pero nos separaban las doctrinas e ideologías.

Por mi profesión de profesor y periodista, ahora, me doy cuenta que no puedo afiliarme a ningún partido. Si reclamo libertad para criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debo ser ajeno a todo interés político o ideología. Hoy nada me impide aplaudir la eficacia y honestidad de ciertos políticos, así como de criticar sus errores; sólo el valor civil y las limitaciones que yo mismo me imponga son los límites.

Por otro lado, cuando me hice profesor (treinta años después ser estudiante de bachillerato) me sorprendió la apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y alumnos, al mismo tiempo que habían proliferado vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción. La crítica, la libre expresión y la tolerancia habían desaparecido. Justamente, cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos.

Estoy convencido que las grandes transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos capaces de realizar en nuestro entorno cotidianamente. La democracia no existe si la ciudadanía es incapaz de practicarla, ejerciendo sus derechos y libertades día a día. Por eso ejerzo la que tengo más a mi alcance: la libertad de expresión. Por eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Pienso que un buen propósito del profesor es enseñar a pensar, procurar que sus alumnos formen su propio criterio y aprendan a tomar sus propias decisiones. Jamás adoctrinarlos. En esto creo.

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

     EL DÍA DE SU BODA

Llegó de su mano al CCH. Se sentía seguro y orgulloso de entrar a clases acompañado de esa chica hermosa de pelo rizado, esponjado y rojizo; todos los miraban. Él mismo no sabía si era su novia o sólo su amiga, pero daba igual, se daba cuenta que lo quería. La había conocido en los largos meses de espera al concluir la secundaria e ingresar al bachillerato.

            Ambos trabajaban por las mañanas. Ella en Telesistema Mexicano y él en la Pepsi-Cola; ella era una eficiente publirrelacionista y él quien reparaba las llantas en el taller mecánico de la refresquera. Se conocieron en ese instituto donde se refugiaban quienes deseaban continuar estudiando pero no hallaban lugar en las preparatorias. Iban a aprender un oficio, nociones de algún arte, manualidades, sucedáneos de una auténtica carrera.

            Un día ella lo rescató de una segura golpiza, cuando quiso dar una plática sobre el rock y la política y los porros lo interrumpieron para advertirle que el lugar no “era para grillar”, era un instituto del gobierno. Sin embargo su nombre quedó impreso en un hermoso cartel que conservó mucho tiempo, y a partir de entonces ella se fijó en él. Le regaló un libro y puso: “Para el niño gigante que tanto admiro”, y comenzaron a salir. Acudía por él a la fábrica, iban a comer, al cine, a tomar café y a escuchar canciones. Lo acompañó a realizar su examen y lo abrazó jubilosa cuando supo que estudiaría en el CCH, en aquel lejano 1973.

            Conocer el ambiente del colegio lo transformó: ingresó en una etapa de activismo frenético; conoció a troskistas, guevaristas, militantes del Partido Comunista, seguidores de Lucio Cabañas. Se juntó con un grupo de maoístas, leyó El libro rojo y después las obras completas de Mao. Con un grupo de obreros jóvenes organizó una célula para transformar el sindicato de la empresa; soñaba con independizarlo de la CTM, confederación controlada por el gobierno; invitó a sus compañeros activistas de la escuela, realizaban círculos de estudio y redactaban volantes. Ella se reía de sus escritos, eran virulentos pero los aplaudía. Pronto descubrieron sus intentos de independencia sindical  y lo echaron a la calle.

             Pensativa, un día ella le dijo que había discutido con su novio, quería que la acompañara a sus tocadas de rock, pues era guitarrista de un grupo. ¿Vas a ir?, preguntó. “No sé”, respondió, “me gusta mucho estar contigo”. Entonces surgió la huelga en la Universidad de San Luis Potosí de donde les pidieron apoyo. Se enroló con un grupo de diez muchachos y allá fueron. Los enviaron a  Matehuala, a trabajar con los cortadores de lechuguilla y a hacer teatro para los campesinos. Estuvo allá más de un mes. Cuando regresó su tía le dijo:

            Te ha venido a buscar varias veces esa muchacha.

            Fue a buscarla a su casa, que estaba rumbo al Ajusco. Su madre lo recibió sonriente y le dijo “¡Qué bueno que vino! Hace mucho tiempo que no lo veía!”. Sí, respondió, no estaba en la ciudad, y preguntó de inmediato por ella.

            No está dijo la madre, se fue a vestir. ¿No lo sabe? Hoy se casa.

            Sintió un aire helado en su vientre, se despidió con entereza y dijo que después la buscaría. La señora lo miraba con simpatía, tal vez con lástima, pero no dijo más. Él contempló la ciudad hirviente allá abajo; el humo empañaba su mirada y anegó de lágrimas sus ojos. Con inseguros pasos logró marcharse en silencio.

 

 

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