viernes, 30 de mayo de 2014

PROFESORES: HELOS AHÍ

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (15/MAYO/2014)
       
Helos ahí

Helos ahí, plantados en su oficio cual centenarios ahuehuetes en su persistente labor de crear savia nutricia para reverdecer su follaje, fortalecer sus raíces y extender sus ramas para recibir a diario a las numerosas aves que buscan conocimiento y aprenden a volar entre su fronda.
    Helos ahí, pacientes y tolerantes ante los denuestos y epítetos que los medios de información −sobre todo los pertenecientes a empresas que desearían ver privatizada la educación− arrojan contra ellos, especialmente cuando levantan la voz para exigir respeto a su trabajo, un sueldo justo y reclamar la dignidad para su oficio.
    Helos ahí, pacientes y prudentes ante ese acoso cuyo nombre mismo es carcelario, el rondín, una afrenta porque quienes los ordenan saben bien quiénes son los que faltan, quiénes cobran y no trabajan y sólo aparecen los días de quincena.
    Helos ahí, rodeados de basura, muebles destrozados, pizarrones manchados, muros acribillados por el grafiti, impartiendo una educación a contracorriente de la televisión, la internet, las omnipresentes pantallitas de los celulares y otras prótesis cuyo efecto común es la pérdida de atención y concentración del estudiante, pero que ellos tienen la obligación de restituir.
    Helos ahí, adustos y estoicos ante las borrascas generadas por pillos y bribones disfrazados de líderes sindicales, los vivillos de siempre, y las burocracias doradas que los usan como botín político o escala para trepar.
    Helos ahí, divididos y confundidos, porque no hay mejor forma de control que crear la división y de paso engañarlos con el señuelo de las plazas de carrera, los mejores sueldos, los estímulos, y sembrar la insidia de que hay unos más competentes que otros, o más preparados que otros, o mejores que otros. Todo ello a sabiendas de que jamás habrá suficientes plazas para todos, pues sólo se trata de una perversa forma de control.
    Helos ahí, con la tentación del retiro, pero indeclinables en el esfuerzo de trabajar hasta el último aliento, pues saben que pensión y retiro son sinónimos de indigencia, dados los sueldos miserables que sólo servirán para pagar la casa, la hipoteca o las medicinas para enfermedades y achaques, lo único seguro al final de una vida de entrega.
    Helos ahí, envejecidos sus troncos y angostadas sus raíces, pero firme la mirada en el horizonte, a la espera de ese día luminoso en el que todos puedan contar con una plaza digna, estabilidad en el empleo y una justa retribución a su trabajo. Helos ahí, mis colegas, mis compañeros, mis hermanos. Yo mismo como la esperanza que extiende su mano hacia el futuro.
Final de semestre
Desalentador el panorama que se nos ofrece cada fin de cursos: un desplome brutal de la educación, sólo alterado por dos o tres alumnos, los infaltables de siempre, cuyo buen rendimiento es más bien para confirmar la regla, mas no constituye un indicio con el cual nos podamos reconfortar un poco. ¿Qué pasaría si sólo aprobáramos a los dos o tres sobresalientes de cada grupo? ¿Qué hemos hecho para que el nivel de exigencia y rigor hayan caído tan bajo? ¿De verdad somos los profesores los responsables de esta situación?
    Son preguntas retóricas, por supuesto. A diario converso con colegas que se actualizan, que preguntan por cursos para adquirir nuevos aprendizajes y habilidades, que se han inscrito para realizar una maestría o un doctorado, que se esfuerzan por ser mejores. ¡Y cómo no, si en ello se juegan la posibilidad de que les asignen grupos, un mejor horario o aspirar a una mejor plaza!
    El déficit de conocimientos con que los alumnos concluyen su bachillerato se debe a numerosos factores, de los cuales los profesores somos solamente uno, y ni siquiera el principal. En primer lugar está la falta de motivación de los estudiantes, provenientes de un contexto social difícil, con hogares problemáticos, donde no se comprende aún el bienhechor efecto de la educación, y sólo se envía a los jóvenes a la escuela con el fin de entretenerlos un poco mientras terminan de crecer para poder trabajar.
    En segundo lugar están los modelos que propone una sociedad con una profunda desigualdad: con una clase gobernante y política corrupta e inepta; con empresarios voraces y acostumbrados a ganar sólo mediante trampas y sobornos; con medios de información masiva manipuladores y engañosos; con modelos de éxito reservado a los criminales, ladrones y toda suerte de transgresores. En esta sociedad el trabajo, la educación, la constancia y la honradez son valores que se ven más bien como obstáculos y no como indispensables para lograr una vida digna.
    Al hablar de medios debemos considerar otro hecho que las escuelas han ignorado hasta hoy: en qué aspectos contribuyen realmente esos medios a la educación y en cuáles sólo son un profundo distractor, o agentes de perturbaciones todavía mayores. Cualquier profesor de lectura sabe que ya casi nadie lee o es incapaz de emprender sesiones prolongadas de lectura. Y lo mismo sucede con la escritura. ¿O acaso ya no son necesarias? ¿Acaso la televisión, Internet, los videojuegos y los teléfonos celulares son ajenos a esta situación?
    La escuela tiene su responsabilidad en esta caída del rigor y la calidad, por supuesto, y casi siempre debe actuar a contracorriente cuando su deseo de luchar contra esta situación es sincero. Pero más que escuela debemos hablar de sistema educativo. Hoy nos amanecimos con la noticia de que casi mil quinientos profesores del estado de Hidalgo, todos nacidos en 1912, cobran como mínimo 148 mil pesos mensuales. Me conformaría con conocer a uno de esos profesores centenarios. También nos enteramos que 70 profesores, casi todos de Veracruz, ganan 193 mil pesos mensuales. ¡Más que el presidente de la República, y sin considerar otras prestaciones como aguinaldo y vacaciones! El colmo es que en Oaxaca, uno de los estados más pobres y con mayor atraso en la educación, vive un tal A. Ramírez Z., quien cobró 603 mil pesos mensuales en el último trimestre. Según el Instituto Mexicano para la Competitividad, se gastan 33 millones de pesos diarios en nóminas fantasmas. Y de 24 mil 230 nóminas de escuelas fantasmas, 14 mil 650 están en Oaxaca. Bien, pues todo esto no sería posible sin un sistema educativo uncido a las prácticas corporativistas y corruptas de un gobierno que ha empleado a millones de profesores para ganar votos, imponer sus políticas y mantener durante décadas el control del magisterio.
    Por eso he dicho que en la UNAM la crítica y la denuncia de la corrupción y la ineptitud no constituyen un derecho sino una obligación. Si no lo hacemos en poco tiempo nos pareceremos a ese sistema del que hoy se empieza a conocer el desastre en que hundió a la educación básica del país. Afortunadamente, hoy estrenamos dirección general y dirección del plantel Vallejo. En las pláticas que hemos sostenido con el director general, y con el director del plantel, ambos se han comprometido a actuar con transparencia, con apego estricto a la normatividad y sin preferencia por ningún grupo o persona. El propósito es lograr esa educación de calidad de la que tanto se habla pero pocos hacen algo por lograrla. Un ejemplo: el caso de las plazas de carrera a contrato, las que fueron otorgadas van de regreso y se someterán a concurso. Y la atribución que los directores tienen de otorgar dichas plazas por el Artículo 51, el doctor Ceja Pizano renuncia a ella y, sólo si fuera necesario, se hará mediante la aprobación de una comisión de profesores que actúen con imparcialidad y probidad. La lista jerarquizada se limpiará, se rehará en un marco de transparencia, para que la asignación de grupos se haga conforme a derecho y no beneficiando a familiares o favoritos.
    Si nuestros directivos son capaces de corregir los vicios que tanto perjudicaron la vida del Colegio, los auténticos profesores estaremos con ellos para apoyarlos en esa tarea. Es el momento de presentar propuestas, estudios y proyectos que recuperen la vida académica, que superen los obstáculos para lograr esa enseñanza de calidad que todos anhelamos. Un ejemplo: debemos hacer que las maestrías, diplomados y cursos sean para mejorar como docentes y no sólo para obtener constancias y ocupar un mejor lugar en el escalafón. Debemos pugnar por un mayor egreso, es cierto, pero que los estudiantes adquieran conocimientos útiles para continuar sus estudios. Etcétera.
    Un logro poco conocido y visto de la nueva administración del plantel fue desalojar toneladas de basura que se amontonaban en una zona de las instalaciones. ¡Que este logro sea una metáfora de las transformaciones más profundas que se requieren y han de venir!


miércoles, 28 de mayo de 2014

EL VACÍO ANTE LA PÁGINA EN BLANCO

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (27/MAYO/2014)

 El vacío ante la página en blanco

Cuatro son los grandes motivos por los cuales escribimos, según George Orwell: primero, por egoísmo puro y duro, por el deseo de parecer inteligentes, que se hable de uno y que se le recuerde después de muerto; segundo, por entusiasmo estético, por la sensibilidad de alguien capaz de percibir la armonía de las palabras, su adecuada disposición, la firmeza de una buena prosa; tercero, por impulso histórico, es decir, por tratar de ver las cosas como son, por explicarlas para hallar la verdad, y cuarto, por un propósito político, es decir, por el deseo de contribuir con las ideas a que el mundo avance en una dirección determinada. Si usted no se gana la vida con las palabras, ni lo impulsa ninguno de estos motivos, seguramente le irá mejor como ferrocarrilero.
    Pero un profesor obtiene su sustento con las palabras. Son su principal medio de comunicación y las emplea de manera oral y escrita. Si sólo se comunica de manera oral y rehúye la escritura es alguien incompleto, y seguramente su comunicación oral será deficiente porque la una influye en la otra. Además, está el hecho inevitable de que debe revisar los escritos de sus alumnos y enseñarles a comunicar adecuadamente sus ideas. Por tanto sale sobrando la excusa de que no es un profesor de enseñanza del idioma.
    El impedimento principal para no escribir no es tanto el desconocimiento del uso de la lengua, sino la falta de disciplina, esa sensación de que uno no está preparado para escribir o no tiene los elementos suficientes para arrancar el proceso de escritura. “El horror ante la página en blanco” que ha sido señalado por tantos. Casi siempre, la impotencia ante la página en blanco es sólo el reflejo de la carencia de disciplina. Uno tiene las ideas, mentalmente ha repasado una y otra vez lo que necesita decir, pero no se atreve a hacerlo. Le da vueltas al asunto, rumia constantemente los temas y así se van las horas y los días. Esto le sucede a cualquiera que no haya desarrollado ese atributo llamado disciplina, tanto para escribir como para leer.
    Quien tiene la obligación de entregar cada día un número determinado de cuartillas escritas, o la disposición para sentarse a escribir cierto número de horas, vence ese vacío ante la página en blanco con disciplina. Sin embargo, hay mucha distancia entre el periodista que debe entregar a cierta hora dos o tres noticias, y a veces las mal redacta para cumplir con la orden del día, al escritor profesional que se levanta a las siete de la mañana y escribe sin cesar hasta las dos o tres de la tarde. A uno lo impele la obligación de su tarea, al otro lo guía la disciplina pero también la creatividad.
    En el centro difuso están quienes no son periodistas ni escritores profesionales, pero deben trabajar con la palabra escrita. Entre ellos los profesores. Para éstos van algunos consejos, que pueden tomarlos como trucos o recomendaciones y que son el resultado de alguna familiaridad con el oficio de escribir:
TRUCOS:
1.      Dice García Márquez: “Nunca te eches a dormir sin haber escrito las primeras líneas del día siguiente.” Esto funciona realmente: la escritura es en su mayor parte un proceso de corrección, así que no hay nada como tener algo qué corregir al iniciar un nuevo día. Escriban cualquier cosa, el esbozo de lo que deseen comunicar, incluso con faltas gramaticales, de concordancia, de estilo, etc., lo importante es plasmar las ideas y tener algo de lo que se pueda partir en una  siguiente etapa.
2.      Lean un poema: la escritura es la otra cara de la lectura, así que un buen verso, la eufonía de ciertos términos, la audaz combinación de adjetivos y sustantivos, un enunciado inspirador, etc., pueden ser la semilla para que germine la escritura. ¿Pensarían el título de sus novelas al finalizarlas Hemingway y Faulkner cuando escribieron Por quién doblan las campanas y El sonido y la furia, respectivamente, o fueron los versos de Donne y Shakespeare los que las inspiraron?
3.      Empleen técnicas como la viñeta, el retrato, el monólogo o la redacción de una carta. La idea más compleja puede exponerse con suma facilidad si imaginamos que  la platicamos o nos la contamos a nosotros mismos. Así han iniciado la  exposición de disciplinas y teorías tan intrincadas como el psicoanálisis de Freud o el estudio del lenguaje de Heidegger.
4.      Sean sensibles a las miradas, los gestos y los comentarios de las personas y de todo ser vivo. Milan Kundera explica en su novela La inmortalidad que es el gesto de Agnes, una de las heroínas, lo que definirá la totalidad de su persona y su historia. Muchas veces un comentario, negativo o favorable, es la inspiración para escribir un artículo y hasta un ensayo completo. Un texto es siempre el reflejo de la necesidad de dialogar y responder a los estímulos de los demás.

RECOMENDACIONES:
Por supuesto, el conocimiento del lenguaje es el mejor recurso para iniciar la escritura de cualquier texto. Maria Teresa Serafini explica en su libro Cómo se escribe (Paidós, 2002) los principales tipos de párrafos. Bien, pues si uno sabe que existen párrafos de enumeración, párrafos de secuencia, párrafos de comparación/contraste, de desarrollo de un concepto, de causa/efecto, y los conoce y domina, allí puede estar la receta o fórmula para iniciar un escrito. Muchos temas requieren de ese tipo de calzado para dar el primer paso. A continuación presento de la misma autora el resumen de algunas recomendaciones para generar ideas.
Generación de ideas por analogía: Una vez encontrada una analogía entre dos ideas, es posible desarrollar otras o pasar a distintos temas. Ejemplo: “Así como el desarrollo del individuo ayuda a comprender la evolución de la especie, así una sociedad plenamente desarrollada ayuda a comprender otras menos avanzadas o desarrolladas”.
Por el contrario: Esta licencia no sólo resulta fructífera sino incluso poética si es bien formulada, pues genera figuras retóricas como el epigrama o la antítesis: “No es la conciencia del hombre lo que determina al ser social, sino es el ser social el que determina su conciencia.”
Por la causa: Esta asociación es útil para la exposición de premisas en un texto argumentativo; las ideas se hacen explícitas y se perciben con una claridad diáfana: “No se puede acusar de vándalos a quienes se les ha coartado la posibilidad de expresión y sólo les resta la furia.”
Por consecuencia: Pone en relación un hecho con otro que describe sus consecuencias. “Si un hombre aprende a dominarse a sí mismo, es factible que logre dominar lo que se proponga.”
Por precedencia: Es la respuesta implícita a la pregunta de qué ha sucedido anteriormente a un hecho o situación; dos fenómenos pueden no tener relación de causa/efecto, pero sí mantener una relación temporal: “Antes de exigir a los docentes una eficiencia que ni siquiera se puede definir, está la comprensión de la educación como un fenómeno multifactorial.”
Por el empleo de citas: El empleo de refranes, adagios, frases célebres u otro tipo de máximas es un buen recurso siempre y cuando se adapten de forma natural al escrito; las citas deben ser piezas que encajen armoniosamente en el escrito, y no deben sentirse ajenas ni traídas forzadamente. Nuestro idioma es particularmente rico en el empleo de estos giros, así que todo consiste en elegir el más idóneo.
   Hay muchos otros recursos. No he incluido aquí la sucesión, la generalización, el ejemplo, el empleo de tipologías, la experiencia personal, la apelación a autoridades, etc. Sirvan éstas como ejemplo. Y recuerden, los profesores vivimos de la palabra, así que más nos vale dominarla en las formas como las usamos: oral o escrita.
    Así pues, el vacío ante la página en blanco es algo que se llena con disciplina, con técnica, con el empleo de ciertos recursos que dan pauta a las ideas y con el conocimiento de cómo se desarrollan éstas. Algo posible de realizar por cualquiera que viva de las palabras.
    Texto preparado para una de las sesiones del curso “Cómo se escribe un artículo” a impartir en los próximos días en el plantel Vallejo.

DE LA VOCACIÓN DE SERVICIO…
He dicho que gran parte de la pérdida del prestigio, de la calidad y el carácter innovador del CCH se perdió cuando sus autoridades, directivos y ciertos profesores trocaron la vocación de servicio por el servicio para su beneficio. No son pocos los puestos que el Colegio debe cubrir ni su administración escapa al apetito de poder de los ambiciosos. ¿Cuántos de los que se proponen para un cargo tienen en verdad un proyecto, un plan o al menos una idea para mejorar el espacio que se proponen ocupar? ¿Cuántos de verdad están preparados para hacerlo? ¿Cuántos poseen la templanza, la ética y el conocimiento de la normatividad para no cometer actos deleznables que perjudiquen la vida de la institución y la convivencia armónica de su comunidad?  Porque lo único que hemos visto en las últimas administraciones es la degradación de esa vocación de servicio: inclusión de familiares y amigos en todo tipo de puestos; nombramiento de amigos e incondicionales en los cargos más importantes y de mayor responsabilidad; contratación de personal sin ningún tipo de planeación y transgrediendo la normatividad universitaria; empleo de los recursos del Colegio para arreglar cuestiones particulares e incluso para solapar graves delitos; beneficios y canonjías para los más obsecuentes e ineptos; otorgamiento de plazas de carrera a los incondicionales, etc. ¿Qué pensaría usted, maestra o maestro, si sabe que el funcionario con la más alta responsabilidad de un plantel, por ejemplo, organiza a sus ex empleados para demandar a la UNAM por despido, tan sólo porque no entiende que su administración terminó? ¿Qué pensaría si sabe que ese mismo funcionario empleó recursos del Colegio, digamos cien mil pesos, para rescatar a uno de sus favoritos de una investigación policiaca? ¿Qué diría si sabe que antes de dejar el cargo saqueó hasta el último centavo de los recursos del Colegio?  Pues bien, ese funcionario, aparte de tener nombre y apellido, mereció el alto puesto gracias a que alguien lo puso allí. Y demostró no tener programa ni proyecto ni ideas sino solo un gran apetito por el poder y sus beneficios. Y esto es lo que perjudicó y perjudica al Colegio. Y esto es lo que no debemos permitir más. Nunca más.


DE LA UTOPÍA A LA DISTOPÍA

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (19/mayo/2014)
De la utopía a la distopía

Uno no puede leer a Orwell y salir incólume. Después de la lectura de El león y el unicornio y otros ensayos, la claridad de su pensamiento y la honestidad de sus argumentos me indujeron a releer Rebelión en la granja y 1984, esta última una profecía que poco a poco se ha ido cumpliendo, si bien no en la forma como él la predijo. De paso, advierto muy a nuestro pesar que muchos aspectos de las principales anti-utopías creadas en el siglo XX se han ido haciendo realidad, a tal grado que –como en la neolengua imaginada por Orwell en su novela 1984− hemos tenido que poner en circulación un nuevo término para referirnos a esa sociedad totalitaria, opresiva y de pesadilla que es lo contrario de la utopía: me refiero a la distopía.*  
    Como es sabido, con el advenimiento del Renacimiento y la primacía de la razón, el  conocimiento científico de la naturaleza y el rescate del humanismo, el hombre creyó que era posible crear sociedades ideales donde existieran las condiciones para el desarrollo pleno del individuo, donde fuera posible la convivencia armónica, donde se hiciera factible la satisfacción de las necesidades básicas y, en síntesis, donde el hombre dejara de ser lobo del hombre. Así surgieron las grandes utopías, de las cuales la Utopía (1516) de Tomás Moro,  La ciudad del sol (1602) de Tommaso Campanella, y La nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon, son los modelos clásicos más sobresalientes. Si bien ninguna de estas utopías pudo realizarse, influyeron en hombres bondadosos y visionarios como Vasco de Quiroga, “Tata Vasco”, quien gracias a la lectura de la Utopía de Tomás Moro pudo hacer realidad en el Nuevo Mundo parte de sus postulados: los numerosos hospitales por él fundados, las colectividades agrícolas y artesanales que impulsó, pero sobre todo las enseñanzas con que dignificó la vida de los purépechas en Michoacán en el siglo XVI, deben a las utopías gran parte de su inspiración.
    Con la revolución industrial y la instauración del capitalismo un nuevo tipo de utopía aparece en el horizonte: aquella que soñaba que sobre las bases de la ciencia y la industria se podría crear una nueva sociedad. Así es como Charles Fourier propuso en 1822 la creación de las Falanges o Falansterios, unidades de producción y consumo basadas en un cooperativismo integral; sus seguidores trataron de crear estas comunidades en La Reunión, Texas, y en Nueva Jersey, con la Falange Norteamericana; sin embargo poco pudieron lograr. Henri de Saint Simon, a su vez, propone en su libro El nuevo cristianismo (1825) organizar una sociedad en la que el objetivo político del estado fuera el desarrollo de la producción, para lo cual el gobierno se debería integrar por obreros, campesinos e industriales de todo tipo; en esta sociedad los científicos ocuparían el lugar de los clérigos, y la religión sería la guía de las clases más bajas para mejorar su vida. Menos utópico por haber trabajado casi toda su vida a partir de los diez años, Robert Owen propone desarrollar un sistema económico alternativo y más justo que el capitalismo, basado en cooperativas de producción y distribución. Aunque pretendió establecer esta sociedad en Indiana, llamándola New Harmony (1825-1828), lo cierto es que fracasó y en el intento perdió casi todo su capital. No obstante, sus ideas contribuyeron para la formación de los grandes sindicatos obreros y demostraron que existían alternativas al capitalismo expoliador e inhumano, como son las cooperativas de producción. Hubo otras propuestas, pero sin duda éstas son las más destacadas y se les debe reconocer que contribuyeron en mucho a mejorar la situación de la clase trabajadora y a darle un rostro menos cruel al capitalismo.
    Pero tuvieron también otro efecto: el de fortalecer la vieja idea platónica de que el gobierno de la sociedad debía estar encomendado a un grupo especial de hombres. Si para Platón ese grupo especial debía ser el de los filósofos, porque han sido educados para gobernar y han podido acceder al conocimiento del Bien y de la ciencia verdadera, para los creadores del llamado socialismo científico este grupo debía ser el partido que encarnara la clase obrera o proletaria. Por eso la nueva utopía se llamó sociedad socialista o comunista, y el partido que encabezaría la lucha por lograrla sería el partido comunista. Y por eso también el magistral libelo redactado por el principal teórico de esta doctrina inicia con el siguiente enunciado: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…” Éste es el paso previo a la distopía: la conquista del poder.   
    Al dar la vuelta el siglo XX, el fantasma se hizo realidad con el triunfo de la revolución bolchevique. Encabezado por Vladimir I. Lenin, el Partido Bolchevique (después Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS) y la sociedad que se propuso construir ya no fue una utopía, sino una realidad: una sociedad centralizada, con todos los medios de producción, la tierra y las riquezas naturales controlados y administrados por el estado; con todos los órganos de gobierno en manos de los principales dirigentes del partido; con un programa, objetivos e ideología conducidos y vigilados por el partido; con una prensa, medios de comunicación, educación y actividades culturales y artísticas controladas por el partido, y por encima de éste un férreo núcleo central, y por encima de todos y de todo el gran dirigente conocido como “el padrecito de los pueblos”, José Stalin. Así es como la utopía deviene en distopía.
    Quienes primero se dieron cuenta de la pesadilla que ayudaron a crear fueron los propios revolucionarios desplazados, y más adelante los intelectuales, profesores, profesionistas, científicos, artistas y todo aquel que quisiera tener y expresar opiniones propias. Purgas, destierros, encarcelamiento, desapariciones y asesinatos de miles de revolucionarios, primero, y luego de millones de personas comunes fue el saldo de esa revolución que llenó de esperanza a los pueblos del mundo entero. Obnubilados por lo que se creía un gran triunfo de la humanidad en su avance contra la desigualdad, la explotación y la injusticia, intelectuales y políticos permanecieron ajenos a este drama. Quienes se atrevían a disentir, en las décadas de los 30 a los 50 del siglo pasado especialmente, eran acusados de reaccionarios o de aliados del capitalismo. Unos cuantos lo hicieron: George Orwell con su novela Rebelión en la granja (1945), Arthur Koestler (La espuma de la tierra, 1941), André Gide (Regreso de la URSS, 1936) y Octavio Paz a su regreso del Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia, España (1937). Sólo ellos se atrevieran a dar cabida a las escasas noticias que lograban filtrarse de este proceso dictatorial y sangriento. Muchos periodistas e intelectuales eran invitados a recorrer las principales ciudades de la Unión Soviética y regresaban hablando maravillas de la “sociedad del futuro”. Tuvo que ser el mismo dirigente del Partido Comunista, Nikita Kruschev, el que revelara la mentira en su “Informe Secreto al XX Congreso del PCUS”, celebrado en febrero de 1956. En ese documento se pudo conocer el culto a la personalidad de José Stalin, y parte de los crímenes y de los sistemas de vigilancia y control que caracterizaron su dictadura. Pero ni así lo creyeron millones de militantes de los partidos comunistas del mundo, y durante décadas se siguieron engañando con la utopía “felizmente realizada”.
    Quien primero que nadie reveló la instauración de una sociedad totalitaria, opresiva y ferozmente vigilada fue Yevgueni Zamiantin, quien en su novela Nosotros, publicada en Inglaterra en 1924, exhibe una sociedad futura donde la opresión y represión por parte de la clase dirigente sobre los demás es total. Aunque ya estaba prohibida en la URSS, en las sociedades occidentales pasó casi desapercibida hasta su edición francesa, en 1929.
    Pero su conocimiento y lectura no pasaron de largo para  autores como Aldous Huxley, quien se inspiró en Nosotros para escribir Un mundo feliz, que se publicó en 1932. Con Zamiantin inaugura el género literario hoy conocido como distópico, ya que en lugar de la sociedad ideal, donde los problemas fundamentales del hombre han sido resueltos, lo que tenemos es una sociedad en la que cada uno de nuestros actos es vigilado, no podemos hablar y ni siquiera pensar en libertad, y corremos el riesgo de ser denunciados y aniquilados. Un mundo feliz retoma muchas de las situaciones de Nosotros, especialmente la cancelación de la libertad y la renuncia a la individualidad, aunque agrega cuestiones que las propias sociedades libres aportan para hacer del hombre un robot deseoso de que dirijan su vida, que anulen sus sentimientos, la libertad de pensamiento y demás lazos emocionales. La no lectura es una de ellas. No en balde John “el Salvaje”, quien vive en la Reservación (así se llama el lugar donde se refugian los únicos hombres libres que restan) ha leído las obras de Shakespeare y sólo por eso se niega a robotizarse como los demás y conserva aún sentimientos y deseos.    
    Si Huxley propone la ciencia como medio para lograr esa sociedad automatizada y deshumanizada, Orwell retoma el factor político: en ese mundo dividido en solo tres grandes estados (Oceanía, Eurasia y Estasia) donde se sitúa 1984, el omnipresente Gran Hermano parece gobernar los tres, pues las guerras entre ellos sólo sirven como medio de control. 1984 es la descripción más acabada de los regímenes totalitarios, donde el Partido es la organización a la cual deben pertenecer todas las personas (excepto los “proles”, es decir, irónicamente, los trabajadores). El Gran Hermano es el dirigente infalible, el juez supremo, el guardián de la sociedad. Su retrato aparece en carteles, dibujado en los muros y sobre todo en la omnipresente telepantalla, un medio que no sólo sirve para adoctrinar sino también para espiar. Aunque se vive en una sociedad carente de lo más indispensable, las telepantallas no dejan de anunciar los últimos récords de producción superados, así como los triunfos sobre Goldstein –el líder de la oposición que nadie conoce pero cuyo nombre se usa para denostar en los periodos conocidos como “la semana del odio” o “la hora del odio”−, además de los triunfos contra los otros estados. Está por demás decir que la lectura ha sido proscrita de esta sociedad donde hay micrófonos ocultos por los lugares menos esperados, como son el campo o los parque; donde los hijos denuncian a sus propios padres ante el Minimor (Ministerio del amor) para que sean reeducados por el partido, y donde los mismos miembros de la resistencia son parte del aparato represor. Uno lee 1984 (Orwell la escribió en 1949) y revive imágenes que las sociedades cubana, china, soviética o  camboyana han conocido muy bien.
    Pero, hay que decirlo, reconoce también rasgos de sociedades supuestamente libres, tales como los datos que las grandes empresas, banco e instituciones poseen hoy de nosotros; la presencia ubicua de las pantallas (hoy la gente la lleva felizmente en los bolsillos), y la proscripción de la lectura; la vigencia de las frases del partido: por ejemplo, “La ignorancia es Felicidad”. ¿No dijo Vicente Fox que no había que leer los periódicos para no sentirse mal?
    Menos profunda pero más centrada en el punto donde coinciden las cuatro distopías elegidas, es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. En la sociedad que esta novela recrea los bomberos se dedican a quemar libros, la lectura está prohibida y ellos son los “Guardianes de la Felicidad”, los custodios de la tranquilidad de espíritu. La gente quiere ser feliz continuamente, le explica su jefe a Guy Montag (un bombero que empieza a dudar de su oficio), y para ello qué mejor que ser todos iguales y no temernos ni dar lugar a comparaciones desfavorables. El entretenimiento único consiste en ver la televisión mural que Mildred, la esposa de Montag, está pensando renovar por esos días. Gracias a que conoce a una chica llamada Clarisse, quien le habla de la libertad y la espontaneidad de pensamiento, a ser diferente en una sociedad masificada donde todo se estandariza, Montag decide resolver todas sus dudas y huye con una Biblia que ha robado. Busca a una comunidad de rebeldes perseguidos de los que ha oído hablar. Ellos viven en el campo y han memorizado los textos fundamentales de la humanidad. Una vez que los encuentra y se une a ellos, ven cómo la ciudad es arrasada por una bomba pues la guerra se ha desatado.
     Es cierto, hoy nadie prohíbe la lectura, al contrario: se la promueve y alienta. Pero la realidad evidente es que se la ha anulado. Y se ha logrado gracias al otro elemento que aparece en las distopías descritas: la omnipresencia de las pantallas. Primero fue la televisión, luego las computadoras y hoy los celulares. Es verdad, aún no hay un Gran Hermano que vigile nuestros actos y pensamientos, pero los bancos, los burós de crédito y las bases de datos a veces saben más de nosotros que nosotros mismos. Es cierto, aún jugamos a hacer el amor y nos enamoramos y amamos, pero cuántos pueden hacerlo realmente si primero deben pensar en su conveniencia y sobrevivencia material. Parece que nadie nos vigila, pero los millares de celulares, cámaras y personas ávidas de extorsionarnos siguen cada uno de nuestros pasos. ¿Y quién no es teledirigido en el aspecto político, hábitos de consumo, valores y patrones de comportamiento? Por eso digo que lo peor de las distopías se ha hecho realidad.

*Distopía se forma con dos vocablos griegos: dis “malo” y topos, “lugar”, el mal lugar. Es lo contrario de utopía, término creado por Tomás Moro para significar un buen lugar imaginario, no existente, pero que indica una sociedad idealizada. La distopía es así el antónimo de utopía, o una utopía negativa.
En: e-ducativa.catedu.es/44700165/aula/archivos/repositorio/1250/1268/html/2_distopas.html


LOS COLETAZOS DE LA SERPIENTE II
Intentando ser astuto, el gobierno de Vicente Fox inventó un engendro llamado “Servicio Profesional de Carrera”. Con este artilugio legaloide quería mantener un buen número de cuadros panistas en el aparato de gobierno, viniera a gobernar el partido político que viniera. Hoy la anterior administración del CCH quiere repetir el intento de Fox, sólo que de una forma más torpe y ruin. Quienes contrataron y metieron personal en demasía, sin ninguna planeación, incluso contraviniendo los requisitos establecidos para la contratación (profesores sin título, sin examen filtro, sin el perfil profesiográfico correspondiente, aviadores, muchos sin nombramiento de profesor sino directamente como empleados, etc.), hoy los andan azuzando para que demanden a la UNAM “¡por despido!” ¿No apenas ayer se llenaban la boca apelando al espíritu universitario? ¿Por qué esta ruindad? Por dos razones muy simples: por ineptitud y revanchismo. Ineptitud, porque esos “profesores” sólo por dedazo pueden conseguir empleo, no por lo que son y conocen o saben hacer. Por revanchismo, porque quienes los metieron hoy los quieren aprovechar para crearle problemas a la nueva administración, sin ver que son los responsables de lo mucho que acusan. Es cierto, todos necesitamos un empleo, pero quienes están siendo azuzados deben recordar que son los que hoy los instigan los únicos responsables: los contrataron para usarlos y lo continúan haciendo. Es fácil prever las consecuencias que puede traer una demanda contra la UNAM en esta situación. ¡Infórmense!  



  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...