HORAS AHORCADAS
NOÉ
AGUDO (19/mayo/2014)
De
la utopía a la distopía
Uno no puede leer a Orwell y salir incólume. Después
de la lectura de El león y el unicornio y
otros ensayos, la claridad de su pensamiento y la honestidad de sus
argumentos me indujeron a releer Rebelión
en la granja y 1984, esta última
una profecía que poco a poco se ha ido cumpliendo, si bien no en la forma como
él la predijo. De paso, advierto muy a nuestro pesar que muchos aspectos de las
principales anti-utopías creadas en el siglo XX se han ido haciendo realidad, a
tal grado que –como en la neolengua imaginada por Orwell en su novela 1984− hemos tenido que poner en
circulación un nuevo término para referirnos a esa sociedad totalitaria, opresiva
y de pesadilla que es lo contrario de la utopía: me refiero a la distopía.*
Como es
sabido, con el advenimiento del Renacimiento y la primacía de la razón, el conocimiento científico de la naturaleza y el
rescate del humanismo, el hombre creyó que era posible crear sociedades ideales
donde existieran las condiciones para el desarrollo pleno del individuo, donde
fuera posible la convivencia armónica, donde se hiciera factible la
satisfacción de las necesidades básicas y, en síntesis, donde el hombre dejara
de ser lobo del hombre. Así surgieron las grandes utopías, de las cuales la Utopía (1516) de Tomás Moro, La
ciudad del sol (1602) de Tommaso Campanella, y La nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon, son los modelos
clásicos más sobresalientes. Si bien ninguna de estas utopías pudo realizarse,
influyeron en hombres bondadosos y visionarios como Vasco de Quiroga, “Tata
Vasco”, quien gracias a la lectura de la Utopía
de Tomás Moro pudo hacer realidad en el Nuevo Mundo parte de sus postulados:
los numerosos hospitales por él fundados, las colectividades agrícolas y
artesanales que impulsó, pero sobre todo las enseñanzas con que dignificó la
vida de los purépechas en Michoacán en el siglo XVI, deben a las utopías gran
parte de su inspiración.
Con la
revolución industrial y la instauración del capitalismo un nuevo tipo de utopía
aparece en el horizonte: aquella que soñaba que sobre las bases de la ciencia y
la industria se podría crear una nueva sociedad. Así es como Charles Fourier
propuso en 1822 la creación de las Falanges o Falansterios, unidades de
producción y consumo basadas en un cooperativismo integral; sus seguidores
trataron de crear estas comunidades en La Reunión, Texas, y en Nueva Jersey,
con la Falange Norteamericana; sin embargo poco pudieron lograr. Henri de Saint
Simon, a su vez, propone en su libro El
nuevo cristianismo (1825) organizar una sociedad en la que el objetivo
político del estado fuera el desarrollo de la producción, para lo cual el
gobierno se debería integrar por obreros, campesinos e industriales de todo
tipo; en esta sociedad los científicos ocuparían el lugar de los clérigos, y la
religión sería la guía de las clases más bajas para mejorar su vida. Menos utópico
por haber trabajado casi toda su vida a partir de los diez años, Robert Owen
propone desarrollar un sistema económico alternativo y más justo que el
capitalismo, basado en cooperativas de producción y distribución. Aunque
pretendió establecer esta sociedad en Indiana, llamándola New Harmony
(1825-1828), lo cierto es que fracasó y en el intento perdió casi todo su
capital. No obstante, sus ideas contribuyeron para la formación de los grandes
sindicatos obreros y demostraron que existían alternativas al capitalismo
expoliador e inhumano, como son las cooperativas de producción. Hubo otras
propuestas, pero sin duda éstas son las más destacadas y se les debe reconocer
que contribuyeron en mucho a mejorar la situación de la clase trabajadora y a
darle un rostro menos cruel al capitalismo.
Pero
tuvieron también otro efecto: el de fortalecer la vieja idea platónica de que
el gobierno de la sociedad debía estar encomendado a un grupo especial de
hombres. Si para Platón ese grupo especial debía ser el de los filósofos, porque
han sido educados para gobernar y han podido acceder al conocimiento del Bien y
de la ciencia verdadera, para los creadores del llamado socialismo científico
este grupo debía ser el partido que encarnara la clase obrera o proletaria. Por
eso la nueva utopía se llamó sociedad socialista o comunista, y el partido que
encabezaría la lucha por lograrla sería el partido comunista. Y por eso también
el magistral libelo redactado por el principal teórico de esta doctrina inicia
con el siguiente enunciado: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…”
Éste es el paso previo a la distopía: la conquista del poder.
Al dar la
vuelta el siglo XX, el fantasma se hizo realidad con el triunfo de la
revolución bolchevique. Encabezado por Vladimir I. Lenin, el Partido
Bolchevique (después Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS) y la
sociedad que se propuso construir ya no fue una utopía, sino una realidad: una
sociedad centralizada, con todos los medios de producción, la tierra y las
riquezas naturales controlados y administrados por el estado; con todos los
órganos de gobierno en manos de los principales dirigentes del partido; con un
programa, objetivos e ideología conducidos y vigilados por el partido; con una
prensa, medios de comunicación, educación y actividades culturales y artísticas
controladas por el partido, y por encima de éste un férreo núcleo central, y
por encima de todos y de todo el gran dirigente conocido como “el padrecito de
los pueblos”, José Stalin. Así es como la utopía deviene en distopía.
Quienes
primero se dieron cuenta de la pesadilla que ayudaron a crear fueron los
propios revolucionarios desplazados, y más adelante los intelectuales,
profesores, profesionistas, científicos, artistas y todo aquel que quisiera
tener y expresar opiniones propias. Purgas, destierros, encarcelamiento,
desapariciones y asesinatos de miles de revolucionarios, primero, y luego de
millones de personas comunes fue el saldo de esa revolución que llenó de
esperanza a los pueblos del mundo entero. Obnubilados por lo que se creía un
gran triunfo de la humanidad en su avance contra la desigualdad, la explotación
y la injusticia, intelectuales y políticos permanecieron ajenos a este drama.
Quienes se atrevían a disentir, en las décadas de los 30 a los 50 del siglo
pasado especialmente, eran acusados de reaccionarios o de aliados del
capitalismo. Unos cuantos lo hicieron: George Orwell con su novela Rebelión en la granja (1945), Arthur
Koestler (La espuma de la tierra,
1941), André Gide (Regreso de la URSS,
1936) y Octavio Paz a su regreso del Congreso de Escritores Antifascistas
celebrado en Valencia, España (1937). Sólo ellos se atrevieran a dar cabida a
las escasas noticias que lograban filtrarse de este proceso dictatorial y
sangriento. Muchos periodistas e intelectuales eran invitados a recorrer las
principales ciudades de la Unión Soviética y regresaban hablando maravillas de
la “sociedad del futuro”. Tuvo que ser el mismo dirigente del Partido Comunista,
Nikita Kruschev, el que revelara la mentira en su “Informe Secreto al XX
Congreso del PCUS”, celebrado en febrero de 1956. En ese documento se pudo
conocer el culto a la personalidad de José Stalin, y parte de los crímenes y de
los sistemas de vigilancia y control que caracterizaron su dictadura. Pero ni
así lo creyeron millones de militantes de los partidos comunistas del mundo, y
durante décadas se siguieron engañando con la utopía “felizmente realizada”.
Quien
primero que nadie reveló la instauración de una sociedad totalitaria, opresiva
y ferozmente vigilada fue Yevgueni Zamiantin, quien en su novela Nosotros, publicada en Inglaterra en
1924, exhibe una sociedad futura donde la opresión y represión por parte de la
clase dirigente sobre los demás es total. Aunque ya estaba prohibida en la
URSS, en las sociedades occidentales pasó casi desapercibida hasta su edición
francesa, en 1929.
Pero su
conocimiento y lectura no pasaron de largo para
autores como Aldous Huxley, quien se inspiró en Nosotros para escribir Un
mundo feliz, que se publicó en 1932. Con Zamiantin inaugura el género
literario hoy conocido como distópico, ya que en lugar de la sociedad ideal,
donde los problemas fundamentales del hombre han sido resueltos, lo que tenemos
es una sociedad en la que cada uno de nuestros actos es vigilado, no podemos
hablar y ni siquiera pensar en libertad, y corremos el riesgo de ser
denunciados y aniquilados. Un mundo feliz
retoma muchas de las situaciones de Nosotros,
especialmente la cancelación de la libertad y la renuncia a la individualidad,
aunque agrega cuestiones que las propias sociedades libres aportan para hacer
del hombre un robot deseoso de que dirijan su vida, que anulen sus sentimientos,
la libertad de pensamiento y demás lazos emocionales. La no lectura es una de
ellas. No en balde John “el Salvaje”, quien vive en la Reservación (así se
llama el lugar donde se refugian los únicos hombres libres que restan) ha leído
las obras de Shakespeare y sólo por eso se niega a robotizarse como los demás y
conserva aún sentimientos y deseos.
Si Huxley
propone la ciencia como medio para lograr esa sociedad automatizada y
deshumanizada, Orwell retoma el factor político: en ese mundo dividido en solo
tres grandes estados (Oceanía, Eurasia y Estasia) donde se sitúa 1984, el omnipresente Gran Hermano parece
gobernar los tres, pues las guerras entre ellos sólo sirven como medio de
control. 1984 es la descripción más
acabada de los regímenes totalitarios, donde el Partido es la organización a la
cual deben pertenecer todas las personas (excepto los “proles”, es decir,
irónicamente, los trabajadores). El Gran Hermano es el dirigente infalible, el
juez supremo, el guardián de la sociedad. Su retrato aparece en carteles,
dibujado en los muros y sobre todo en la omnipresente telepantalla, un medio
que no sólo sirve para adoctrinar sino también para espiar. Aunque se vive en
una sociedad carente de lo más indispensable, las telepantallas no dejan de
anunciar los últimos récords de producción superados, así como los triunfos
sobre Goldstein –el líder de la oposición que nadie conoce pero cuyo nombre se
usa para denostar en los periodos conocidos como “la semana del odio” o “la
hora del odio”−, además de los triunfos contra los otros estados. Está por
demás decir que la lectura ha sido proscrita de esta sociedad donde hay
micrófonos ocultos por los lugares menos esperados, como son el campo o los
parque; donde los hijos denuncian a sus propios padres ante el Minimor
(Ministerio del amor) para que sean reeducados por el partido, y donde los
mismos miembros de la resistencia son parte del aparato represor. Uno lee 1984 (Orwell la escribió en 1949) y
revive imágenes que las sociedades cubana, china, soviética o camboyana han conocido muy bien.
Pero, hay
que decirlo, reconoce también rasgos de sociedades supuestamente libres, tales
como los datos que las grandes empresas, banco e instituciones poseen hoy de
nosotros; la presencia ubicua de las pantallas (hoy la gente la lleva
felizmente en los bolsillos), y la proscripción de la lectura; la vigencia de
las frases del partido: por ejemplo, “La ignorancia es Felicidad”. ¿No dijo
Vicente Fox que no había que leer los periódicos para no sentirse mal?
Menos
profunda pero más centrada en el punto donde coinciden las cuatro distopías
elegidas, es Fahrenheit 451, de Ray
Bradbury. En la sociedad que esta novela recrea los bomberos se dedican a
quemar libros, la lectura está prohibida y ellos son los “Guardianes de la
Felicidad”, los custodios de la tranquilidad de espíritu. La gente quiere ser
feliz continuamente, le explica su jefe a Guy Montag (un bombero que empieza a
dudar de su oficio), y para ello qué mejor que ser todos iguales y no temernos
ni dar lugar a comparaciones desfavorables. El entretenimiento único consiste
en ver la televisión mural que Mildred, la esposa de Montag, está pensando
renovar por esos días. Gracias a que conoce a una chica llamada Clarisse, quien
le habla de la libertad y la espontaneidad de pensamiento, a ser diferente en
una sociedad masificada donde todo se estandariza, Montag decide resolver todas
sus dudas y huye con una Biblia que ha robado. Busca a una comunidad de
rebeldes perseguidos de los que ha oído hablar. Ellos viven en el campo y han
memorizado los textos fundamentales de la humanidad. Una vez que los encuentra
y se une a ellos, ven cómo la ciudad es arrasada por una bomba pues la guerra
se ha desatado.
Es cierto, hoy nadie prohíbe la lectura, al
contrario: se la promueve y alienta. Pero la realidad evidente es que se la ha
anulado. Y se ha logrado gracias al otro elemento que aparece en las distopías
descritas: la omnipresencia de las pantallas. Primero fue la televisión, luego
las computadoras y hoy los celulares. Es verdad, aún no hay un Gran Hermano que
vigile nuestros actos y pensamientos, pero los bancos, los burós de crédito y
las bases de datos a veces saben más de nosotros que nosotros mismos. Es
cierto, aún jugamos a hacer el amor y nos enamoramos y amamos, pero cuántos
pueden hacerlo realmente si primero deben pensar en su conveniencia y
sobrevivencia material. Parece que nadie nos vigila, pero los millares de
celulares, cámaras y personas ávidas de extorsionarnos siguen cada uno de
nuestros pasos. ¿Y quién no es teledirigido en el aspecto político, hábitos de
consumo, valores y patrones de comportamiento? Por eso digo que lo peor de las
distopías se ha hecho realidad.
*Distopía se forma con dos vocablos
griegos: dis “malo” y topos, “lugar”, el mal lugar. Es lo
contrario de utopía, término creado
por Tomás Moro para significar un buen lugar imaginario, no existente, pero que
indica una sociedad idealizada. La distopía es así el antónimo de utopía, o una
utopía negativa.
En: e-ducativa.catedu.es/44700165/aula/archivos/repositorio/1250/1268/html/2_distopas.html
LOS COLETAZOS DE LA SERPIENTE II
Intentando ser astuto, el
gobierno de Vicente Fox inventó un engendro llamado “Servicio Profesional de
Carrera”. Con este artilugio legaloide quería mantener un buen número de
cuadros panistas en el aparato de gobierno, viniera a gobernar el partido
político que viniera. Hoy la anterior administración del CCH quiere repetir el
intento de Fox, sólo que de una forma más torpe y ruin. Quienes contrataron y
metieron personal en demasía, sin ninguna planeación, incluso contraviniendo
los requisitos establecidos para la contratación (profesores sin título, sin
examen filtro, sin el perfil profesiográfico correspondiente, aviadores, muchos
sin nombramiento de profesor sino directamente como empleados, etc.), hoy los
andan azuzando para que demanden a la UNAM “¡por despido!” ¿No apenas ayer se
llenaban la boca apelando al espíritu universitario? ¿Por qué esta ruindad? Por
dos razones muy simples: por ineptitud y revanchismo. Ineptitud, porque esos
“profesores” sólo por dedazo pueden conseguir empleo, no por lo que son y conocen
o saben hacer. Por revanchismo, porque quienes los metieron hoy los quieren
aprovechar para crearle problemas a la nueva administración, sin ver que son
los responsables de lo mucho que acusan. Es cierto, todos necesitamos un
empleo, pero quienes están siendo azuzados deben recordar que son los que hoy
los instigan los únicos responsables: los contrataron para usarlos y lo
continúan haciendo. Es fácil prever las consecuencias que puede traer una
demanda contra la UNAM en esta situación. ¡Infórmense!
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