miércoles, 28 de mayo de 2014

DE LA UTOPÍA A LA DISTOPÍA

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (19/mayo/2014)
De la utopía a la distopía

Uno no puede leer a Orwell y salir incólume. Después de la lectura de El león y el unicornio y otros ensayos, la claridad de su pensamiento y la honestidad de sus argumentos me indujeron a releer Rebelión en la granja y 1984, esta última una profecía que poco a poco se ha ido cumpliendo, si bien no en la forma como él la predijo. De paso, advierto muy a nuestro pesar que muchos aspectos de las principales anti-utopías creadas en el siglo XX se han ido haciendo realidad, a tal grado que –como en la neolengua imaginada por Orwell en su novela 1984− hemos tenido que poner en circulación un nuevo término para referirnos a esa sociedad totalitaria, opresiva y de pesadilla que es lo contrario de la utopía: me refiero a la distopía.*  
    Como es sabido, con el advenimiento del Renacimiento y la primacía de la razón, el  conocimiento científico de la naturaleza y el rescate del humanismo, el hombre creyó que era posible crear sociedades ideales donde existieran las condiciones para el desarrollo pleno del individuo, donde fuera posible la convivencia armónica, donde se hiciera factible la satisfacción de las necesidades básicas y, en síntesis, donde el hombre dejara de ser lobo del hombre. Así surgieron las grandes utopías, de las cuales la Utopía (1516) de Tomás Moro,  La ciudad del sol (1602) de Tommaso Campanella, y La nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon, son los modelos clásicos más sobresalientes. Si bien ninguna de estas utopías pudo realizarse, influyeron en hombres bondadosos y visionarios como Vasco de Quiroga, “Tata Vasco”, quien gracias a la lectura de la Utopía de Tomás Moro pudo hacer realidad en el Nuevo Mundo parte de sus postulados: los numerosos hospitales por él fundados, las colectividades agrícolas y artesanales que impulsó, pero sobre todo las enseñanzas con que dignificó la vida de los purépechas en Michoacán en el siglo XVI, deben a las utopías gran parte de su inspiración.
    Con la revolución industrial y la instauración del capitalismo un nuevo tipo de utopía aparece en el horizonte: aquella que soñaba que sobre las bases de la ciencia y la industria se podría crear una nueva sociedad. Así es como Charles Fourier propuso en 1822 la creación de las Falanges o Falansterios, unidades de producción y consumo basadas en un cooperativismo integral; sus seguidores trataron de crear estas comunidades en La Reunión, Texas, y en Nueva Jersey, con la Falange Norteamericana; sin embargo poco pudieron lograr. Henri de Saint Simon, a su vez, propone en su libro El nuevo cristianismo (1825) organizar una sociedad en la que el objetivo político del estado fuera el desarrollo de la producción, para lo cual el gobierno se debería integrar por obreros, campesinos e industriales de todo tipo; en esta sociedad los científicos ocuparían el lugar de los clérigos, y la religión sería la guía de las clases más bajas para mejorar su vida. Menos utópico por haber trabajado casi toda su vida a partir de los diez años, Robert Owen propone desarrollar un sistema económico alternativo y más justo que el capitalismo, basado en cooperativas de producción y distribución. Aunque pretendió establecer esta sociedad en Indiana, llamándola New Harmony (1825-1828), lo cierto es que fracasó y en el intento perdió casi todo su capital. No obstante, sus ideas contribuyeron para la formación de los grandes sindicatos obreros y demostraron que existían alternativas al capitalismo expoliador e inhumano, como son las cooperativas de producción. Hubo otras propuestas, pero sin duda éstas son las más destacadas y se les debe reconocer que contribuyeron en mucho a mejorar la situación de la clase trabajadora y a darle un rostro menos cruel al capitalismo.
    Pero tuvieron también otro efecto: el de fortalecer la vieja idea platónica de que el gobierno de la sociedad debía estar encomendado a un grupo especial de hombres. Si para Platón ese grupo especial debía ser el de los filósofos, porque han sido educados para gobernar y han podido acceder al conocimiento del Bien y de la ciencia verdadera, para los creadores del llamado socialismo científico este grupo debía ser el partido que encarnara la clase obrera o proletaria. Por eso la nueva utopía se llamó sociedad socialista o comunista, y el partido que encabezaría la lucha por lograrla sería el partido comunista. Y por eso también el magistral libelo redactado por el principal teórico de esta doctrina inicia con el siguiente enunciado: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…” Éste es el paso previo a la distopía: la conquista del poder.   
    Al dar la vuelta el siglo XX, el fantasma se hizo realidad con el triunfo de la revolución bolchevique. Encabezado por Vladimir I. Lenin, el Partido Bolchevique (después Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS) y la sociedad que se propuso construir ya no fue una utopía, sino una realidad: una sociedad centralizada, con todos los medios de producción, la tierra y las riquezas naturales controlados y administrados por el estado; con todos los órganos de gobierno en manos de los principales dirigentes del partido; con un programa, objetivos e ideología conducidos y vigilados por el partido; con una prensa, medios de comunicación, educación y actividades culturales y artísticas controladas por el partido, y por encima de éste un férreo núcleo central, y por encima de todos y de todo el gran dirigente conocido como “el padrecito de los pueblos”, José Stalin. Así es como la utopía deviene en distopía.
    Quienes primero se dieron cuenta de la pesadilla que ayudaron a crear fueron los propios revolucionarios desplazados, y más adelante los intelectuales, profesores, profesionistas, científicos, artistas y todo aquel que quisiera tener y expresar opiniones propias. Purgas, destierros, encarcelamiento, desapariciones y asesinatos de miles de revolucionarios, primero, y luego de millones de personas comunes fue el saldo de esa revolución que llenó de esperanza a los pueblos del mundo entero. Obnubilados por lo que se creía un gran triunfo de la humanidad en su avance contra la desigualdad, la explotación y la injusticia, intelectuales y políticos permanecieron ajenos a este drama. Quienes se atrevían a disentir, en las décadas de los 30 a los 50 del siglo pasado especialmente, eran acusados de reaccionarios o de aliados del capitalismo. Unos cuantos lo hicieron: George Orwell con su novela Rebelión en la granja (1945), Arthur Koestler (La espuma de la tierra, 1941), André Gide (Regreso de la URSS, 1936) y Octavio Paz a su regreso del Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia, España (1937). Sólo ellos se atrevieran a dar cabida a las escasas noticias que lograban filtrarse de este proceso dictatorial y sangriento. Muchos periodistas e intelectuales eran invitados a recorrer las principales ciudades de la Unión Soviética y regresaban hablando maravillas de la “sociedad del futuro”. Tuvo que ser el mismo dirigente del Partido Comunista, Nikita Kruschev, el que revelara la mentira en su “Informe Secreto al XX Congreso del PCUS”, celebrado en febrero de 1956. En ese documento se pudo conocer el culto a la personalidad de José Stalin, y parte de los crímenes y de los sistemas de vigilancia y control que caracterizaron su dictadura. Pero ni así lo creyeron millones de militantes de los partidos comunistas del mundo, y durante décadas se siguieron engañando con la utopía “felizmente realizada”.
    Quien primero que nadie reveló la instauración de una sociedad totalitaria, opresiva y ferozmente vigilada fue Yevgueni Zamiantin, quien en su novela Nosotros, publicada en Inglaterra en 1924, exhibe una sociedad futura donde la opresión y represión por parte de la clase dirigente sobre los demás es total. Aunque ya estaba prohibida en la URSS, en las sociedades occidentales pasó casi desapercibida hasta su edición francesa, en 1929.
    Pero su conocimiento y lectura no pasaron de largo para  autores como Aldous Huxley, quien se inspiró en Nosotros para escribir Un mundo feliz, que se publicó en 1932. Con Zamiantin inaugura el género literario hoy conocido como distópico, ya que en lugar de la sociedad ideal, donde los problemas fundamentales del hombre han sido resueltos, lo que tenemos es una sociedad en la que cada uno de nuestros actos es vigilado, no podemos hablar y ni siquiera pensar en libertad, y corremos el riesgo de ser denunciados y aniquilados. Un mundo feliz retoma muchas de las situaciones de Nosotros, especialmente la cancelación de la libertad y la renuncia a la individualidad, aunque agrega cuestiones que las propias sociedades libres aportan para hacer del hombre un robot deseoso de que dirijan su vida, que anulen sus sentimientos, la libertad de pensamiento y demás lazos emocionales. La no lectura es una de ellas. No en balde John “el Salvaje”, quien vive en la Reservación (así se llama el lugar donde se refugian los únicos hombres libres que restan) ha leído las obras de Shakespeare y sólo por eso se niega a robotizarse como los demás y conserva aún sentimientos y deseos.    
    Si Huxley propone la ciencia como medio para lograr esa sociedad automatizada y deshumanizada, Orwell retoma el factor político: en ese mundo dividido en solo tres grandes estados (Oceanía, Eurasia y Estasia) donde se sitúa 1984, el omnipresente Gran Hermano parece gobernar los tres, pues las guerras entre ellos sólo sirven como medio de control. 1984 es la descripción más acabada de los regímenes totalitarios, donde el Partido es la organización a la cual deben pertenecer todas las personas (excepto los “proles”, es decir, irónicamente, los trabajadores). El Gran Hermano es el dirigente infalible, el juez supremo, el guardián de la sociedad. Su retrato aparece en carteles, dibujado en los muros y sobre todo en la omnipresente telepantalla, un medio que no sólo sirve para adoctrinar sino también para espiar. Aunque se vive en una sociedad carente de lo más indispensable, las telepantallas no dejan de anunciar los últimos récords de producción superados, así como los triunfos sobre Goldstein –el líder de la oposición que nadie conoce pero cuyo nombre se usa para denostar en los periodos conocidos como “la semana del odio” o “la hora del odio”−, además de los triunfos contra los otros estados. Está por demás decir que la lectura ha sido proscrita de esta sociedad donde hay micrófonos ocultos por los lugares menos esperados, como son el campo o los parque; donde los hijos denuncian a sus propios padres ante el Minimor (Ministerio del amor) para que sean reeducados por el partido, y donde los mismos miembros de la resistencia son parte del aparato represor. Uno lee 1984 (Orwell la escribió en 1949) y revive imágenes que las sociedades cubana, china, soviética o  camboyana han conocido muy bien.
    Pero, hay que decirlo, reconoce también rasgos de sociedades supuestamente libres, tales como los datos que las grandes empresas, banco e instituciones poseen hoy de nosotros; la presencia ubicua de las pantallas (hoy la gente la lleva felizmente en los bolsillos), y la proscripción de la lectura; la vigencia de las frases del partido: por ejemplo, “La ignorancia es Felicidad”. ¿No dijo Vicente Fox que no había que leer los periódicos para no sentirse mal?
    Menos profunda pero más centrada en el punto donde coinciden las cuatro distopías elegidas, es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. En la sociedad que esta novela recrea los bomberos se dedican a quemar libros, la lectura está prohibida y ellos son los “Guardianes de la Felicidad”, los custodios de la tranquilidad de espíritu. La gente quiere ser feliz continuamente, le explica su jefe a Guy Montag (un bombero que empieza a dudar de su oficio), y para ello qué mejor que ser todos iguales y no temernos ni dar lugar a comparaciones desfavorables. El entretenimiento único consiste en ver la televisión mural que Mildred, la esposa de Montag, está pensando renovar por esos días. Gracias a que conoce a una chica llamada Clarisse, quien le habla de la libertad y la espontaneidad de pensamiento, a ser diferente en una sociedad masificada donde todo se estandariza, Montag decide resolver todas sus dudas y huye con una Biblia que ha robado. Busca a una comunidad de rebeldes perseguidos de los que ha oído hablar. Ellos viven en el campo y han memorizado los textos fundamentales de la humanidad. Una vez que los encuentra y se une a ellos, ven cómo la ciudad es arrasada por una bomba pues la guerra se ha desatado.
     Es cierto, hoy nadie prohíbe la lectura, al contrario: se la promueve y alienta. Pero la realidad evidente es que se la ha anulado. Y se ha logrado gracias al otro elemento que aparece en las distopías descritas: la omnipresencia de las pantallas. Primero fue la televisión, luego las computadoras y hoy los celulares. Es verdad, aún no hay un Gran Hermano que vigile nuestros actos y pensamientos, pero los bancos, los burós de crédito y las bases de datos a veces saben más de nosotros que nosotros mismos. Es cierto, aún jugamos a hacer el amor y nos enamoramos y amamos, pero cuántos pueden hacerlo realmente si primero deben pensar en su conveniencia y sobrevivencia material. Parece que nadie nos vigila, pero los millares de celulares, cámaras y personas ávidas de extorsionarnos siguen cada uno de nuestros pasos. ¿Y quién no es teledirigido en el aspecto político, hábitos de consumo, valores y patrones de comportamiento? Por eso digo que lo peor de las distopías se ha hecho realidad.

*Distopía se forma con dos vocablos griegos: dis “malo” y topos, “lugar”, el mal lugar. Es lo contrario de utopía, término creado por Tomás Moro para significar un buen lugar imaginario, no existente, pero que indica una sociedad idealizada. La distopía es así el antónimo de utopía, o una utopía negativa.
En: e-ducativa.catedu.es/44700165/aula/archivos/repositorio/1250/1268/html/2_distopas.html


LOS COLETAZOS DE LA SERPIENTE II
Intentando ser astuto, el gobierno de Vicente Fox inventó un engendro llamado “Servicio Profesional de Carrera”. Con este artilugio legaloide quería mantener un buen número de cuadros panistas en el aparato de gobierno, viniera a gobernar el partido político que viniera. Hoy la anterior administración del CCH quiere repetir el intento de Fox, sólo que de una forma más torpe y ruin. Quienes contrataron y metieron personal en demasía, sin ninguna planeación, incluso contraviniendo los requisitos establecidos para la contratación (profesores sin título, sin examen filtro, sin el perfil profesiográfico correspondiente, aviadores, muchos sin nombramiento de profesor sino directamente como empleados, etc.), hoy los andan azuzando para que demanden a la UNAM “¡por despido!” ¿No apenas ayer se llenaban la boca apelando al espíritu universitario? ¿Por qué esta ruindad? Por dos razones muy simples: por ineptitud y revanchismo. Ineptitud, porque esos “profesores” sólo por dedazo pueden conseguir empleo, no por lo que son y conocen o saben hacer. Por revanchismo, porque quienes los metieron hoy los quieren aprovechar para crearle problemas a la nueva administración, sin ver que son los responsables de lo mucho que acusan. Es cierto, todos necesitamos un empleo, pero quienes están siendo azuzados deben recordar que son los que hoy los instigan los únicos responsables: los contrataron para usarlos y lo continúan haciendo. Es fácil prever las consecuencias que puede traer una demanda contra la UNAM en esta situación. ¡Infórmense!  



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