jueves, 24 de abril de 2014

EN PAZ Y CON PAZ

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (21/abril/2014)

En paz y con Paz

Hijos de la pereza intelectual, dogmatismo, reduccionismo y esquematismo son tres de los vicios más comunes para interpretar la realidad en ciertas comunidades, como la del CCH, en donde gozan de prestigio y buena salud. Que aún se crea que dictadores y demagogos como Stalin, Pol Pot o Hugo Chávez fueron dirigentes revolucionarios, es aferrarse a una ideología cuya única base es la fe fanática, es decir, la que se sostiene a base del más puro dogma. Que se crea que los bajos salarios son consecuencia del neoliberalismo y no del oportunismo y negligencia de organizaciones sindicales como las Aapaunam, que velan tan sólo por el bienestar de las cúpulas, es muestra de un reduccionismo inmovilizador. Que a un escritor o a un medio no se los lea porque se les considere de derecha, y se acepten como válidos únicamente a los que se cree de izquierda, es señal de un esquematismo elemental, que niega e impide el verdadero conocimiento.
    Viene esto a cuento porque varios y respetables profesores del Colegio creen que José Revueltas es mejor que Octavio Paz (en el sentido ético, político y estético), y que al autor de Los muros de agua le corresponde homenajear una institución como el CCH, surgida de los rescoldos del movimiento estudiantil de 1968, y que Televisa o el gobierno se deben encargar de honrar a Octavio Paz. Nada más falso y esquemático. Ambos –al igual que Cortázar, Efraín Huerta, Rulfo, Pacheco o Fuentes− merecen ser recordados, leídos y homenajeados por una comunidad cuya cualidad esencial para mirar e interpretar el mundo debe ser la universalidad, como lo establece su nombre, y no la visión de sectas, partidos o ideologías. Y como hace unos días un grupo de profesores honramos la vida y obra de Revueltas, me detendré en aquella falacia.
    Paz es reaccionario y Revueltas revolucionario, dice este razonamiento esquemático. Y lo expresa así porque, a diferencia de Octavio Paz, José Revueltas fue siempre un militante de partidos y grupos de izquierda, aunque varias veces haya sido expulsado de los mismos por su actitud crítica hacia dogmas y esquemas ideológicos que el militante de cualquier partido se debe tragar. Pero Paz no es ningún reaccionario; también tuvo simpatías comunistas y socialistas en su juventud; de hecho perteneció a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), fundada en 1933, y en su calidad de militante de ésta participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, celebrado en España en 1937. Sin embargo, su sensibilidad literaria le hace rechazar el llamado “realismo socialista”, tendencia artística de moda por aquel entonces, y fue esta indisposición estética la que tempranamente le hizo advertir que eran el totalitarismo, el culto a la personalidad, el control del pensamiento y la erección de la más brutal dictadura los que se cernían tras la fachada del primer país socialista del mundo, es decir, la URSS. Antes que escritores y pensadores de la talla de André Gide, George Orwell, Arthur Koestler, Walter Benjamin o Albert Camus, Octavio Paz tomó distancia del engañoso faro socialista, que a tantos intelectuales sedujo y continuó seduciendo durante el siglo XX.
    Otro hecho por el que suele acusarse a Paz de reaccionario es su opinión crítica hacia varios rasgos definitorios de la izquierda nacional e internacional: su fanatismo, la adoración de símbolos y dogmas, su creencia en caudillos salvadores, el culto a la personalidad, su ceguera ante las consecuencias de la concentración del poder en un partido, una clase o un individuo; su incapacidad de autocrítica y sobre todo su creencia de que todo cambio para ser verdadero sólo puede ser el resultado de una revolución violenta y sangrienta (muchos tópicos que también José Revueltas criticó en obras como Los días terrenales, Los errores, El cuadrante de la soledad, y de los que debió retractarse aunque de todos modos fue expulsado, como en el caso del Partido Comunista). Pese a que los hechos y la historia han demostrado el acierto y la justeza de las observaciones de Paz, algunos sectores ultras de la llamada izquierda, y otros realmente obcecados en su ignorancia, aún no terminan de digerirlas.
    Le siguen escatimando al poeta, por ejemplo, su renuncia a representar al México de Díaz Ordaz en la India, en 1968; su participación inicial con Heberto Castillo, Luis Villoro y Abelardo Villegas para crear el Partido Mexicano de los Trabajadores en 1973-1974; pero sobre todo desprecian el aporte vital de su pensamiento y critica para la existencia de una izquierda moderna y democrática, y sin los cuales la cultura política mexicana simplemente no existiría, o al menos sería aún más primitiva y esquemática.
    A esto habría que agregar su colaboración en Televisa para divulgar su pensamiento y lo mejor de las artes nacionales y universales. Con estos hechos se tiene una idea de por qué causa tanta irritación y rechazo entre quienes suelen pensar mediante reduccionismos y dogmas. Además, está el poder inmenso que adquirió después de obtener el Premio Nobel de Literatura en 1990, y la astucia con la que gobernantes como Carlos Salinas de Gortari lo utilizaron. Con esto puede uno explicarse por qué era considerado por un gran sector de la intelectualidad mexicana como el gran cacique de las letras nacionales.
    Tal vez no convenza a nadie de su importancia ni de la enorme dimensión que su obra representa, pero me consta que Paz fue generoso. En 1975 el maestro Adolfo Ayuso, quien durante un semestre fue mi profesor de Lectura de Clásicos Universales y Contemporáneos aquí en el plantel, nos hizo leer El laberinto de la soledad. Fue un libro que sacudió y revolvió lo más arraigado de mis creencias por aquellos años. Por eso, cuando terminé su lectura, recibí el amanecer redactando febrilmente varias cuartillas para un comentario que debía entregar ese día. Al profesor le gustó tanto mi trabajo –dijo que era “un ensayo”−, que lo mandó mecanografiar y luego lo hizo fotocopiar para todos sus alumnos, muchos de los cuales me empezaron a mirar diferente desde ese trabajo.
    En realidad era una diatriba contra el poeta: me irritó que por ninguna parte del famoso libro apareciera una línea sobre el compromiso del escritor con las luchas obreras y campesinas que brotaban como hongos por aquellos años. Igual que la izquierda recalcitrante de hoy día, pensé que Octavio Paz era un reaccionario. Pero, curiosamente, tratando de hallar una respuesta sobre el compromiso político del escritor, fue el libro que me hizo buscar y leer como ningún otro sobre ese misterio que es el de la literatura y la obra de arte en general, cuando nos impelen a actuar y no necesariamente con las armas o con un grupo político.
    Pocos años después, siendo ya un bisoño periodista, mi jefe me ordenó entrevistar a Octavio Paz para celebrar un importante aniversario de la revista en la cual trabajábamos. “Dile que don Rómulo O’ Farrill le envía un afectuoso saludo”, me aleccionó. Así lo hice y el gran poeta y ensayista me contestó (aunque todavía no recibía el Nobel, ya había publicado El ogro filantrópico y Las trampas de la fe, dos de sus obras más importantes que lo situaron como el más grande pensador vivo de nuestros días). Le planteo la entrevista, no me la niega, pero me pregunta: “Pero, ¿de qué podría hablar en una revista como Vogue?” Oh, Baudelaire escribió sobre la máscara, le digo, creo que la moda y el maquillaje son eso (los temas centrales de la revista eran la moda y belleza), podríamos empezar por allí. “Vamos a hacer esto”, me dice, “lea mis libros, saque lo que pueda servir para la entrevista, ármela y luego me la envía”. Bueno, le digo un poco frustrado, y se lo informo a mi jefe. “¿Y qué esperas para hacerlo?”, me dice él, enjundioso. Que me den el dinero para comprar todos sus libros, le respondo, y tiempo para leerlos. Y así tuve unos días de descanso para leer a placer a Octavio Paz.
    Terminé la lectura, la obra más reciente era Tiempo nublado y empecé a redactar la entrevista. Cuando la terminé, agregué unas líneas como entrada, mi jefe las revisó, y después enviamos todo. Paz vivía entonces en Río Guadalquivir, casi esquina con Reforma. Al día siguiente recibimos de regreso la entrevista, con una nota elogiosa y una fotografía para ilustrarla. Mi jefe rebosaba alegría y yo por fin respiré aliviado. Pero todavía hubo algo más: El jefe de redacción solía acudir a cócteles y soirées, y en una de esas reuniones encontró a Octavio Paz. Como el jefe de redacción presumía que había sido asistente de Borges, le comentó con mucha familiaridad a Paz: “Maestro, vamos a publicar una entrevista suya en Vogue”. “Ah, sí –responde él−, ¿cómo se llama el muchacho que la hizo? Es muy inteligente.” Cuando Waldemar Verdugo-Fuentes me  platicó esto, pensé que aquella frase constituía mi verdadera graduación como periodista. Y así es como aquel dogmático joven fue transformado.
    Bueno, pues es increíble que aún haya profesores que se opongan a reconocer el enorme mérito de Paz. Y peor aún, que continúen sin leerlo por sus anteojeras ideológicas. El año pasado apareció un conjunto de ensayos de Jacques Lafaye sobre el poeta, Octavio Paz en la deriva de la modernidad, que dan una idea de su enorme dimensión intelectual y de cómo llegó a convertirse en uno de los genios literarios del siglo XX. Algo difícil de aquilatar, aun entre sus lectores más expertos. Tiempo atrás, el periodista Guy Sorman había publicado Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo (1989). Al lado de Karl Popper, Ernst Gombrich, Isaiah Berlin, Claude Lévi-Strauss o Carl Sagan, Octavio Paz era el único autor latinoamericano incluido. Amigo de Camus, Malraux, Breton, Irving Howe, Hugh Thomas, von Hayek, Lévi-Strauss y de casi todos los grandes creadores en el campo literario, de la pintura, de la filosofía y del pensamiento y las artes en general, Octavio Paz aún espera que lo conozcamos. Me importan un bledo los nacionalismos, pero en este caso sí es un honor ser mexicano, como él.
    Y por eso digo no a los dogmatismos, reduccionismos y esquemas. Por eso leo a José Revueltas y Octavio Paz, y pienso que ambos fueron revolucionarios a su modo. Por eso en la Sala José Revueltas hay una placa que recoge un pensamiento muy propio de él que dice: “La verdad es revolucionaria, provenga de donde provenga”. Por eso ambos son admirables. 

CÓMO SE ESCRIBE UN ARTÍCULO:
Antes que nada una disculpa a los profesores que me propusieron un curso sobre Octavio Paz. Hago siempre una encuesta, aunque sea rudimentaria, y el tema de Cómo se escribe un artículo tuvo mayores peticiones, así que el próximo lunes 28 informaré fecha y horarios.

A DESAFILIAR, A DESAFILIAR
Era muy escuchada una canción que cantaba Daniel Viglietti con su hermosa y grave voz en los años setenta: “A desalambrar, a desalambrar…”, un llamado a tomar la tierra de los terratenientes chilenos y uruguayos (el autor de la canción es Víctor Jara). Hoy, cuando cientos de profesores llaman a desafiliarse de las Asociaciones Autónomas del Personal Académico de la UNAM  (Aapaunam), se antoja parodiar dicha canción, pues es sabido que las organizaciones sindicales nada hacen por sus dizque representados, excepto cobrarles las cuotas. Pregúntense cómo viven la química Bertha Rodríguez Sámano, secretaria general de las Aapaunam, y Agustín Rodríguez, el eterno secretario general del Stunam. Por supuesto, su nivel de vida no se compara con el de sus representados, profesores y trabajadores.



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