HORAS
AHORCADAS
NOÉ AGUDO (21/abril/2014)
En paz y con Paz
Hijos de la pereza intelectual, dogmatismo, reduccionismo y
esquematismo son tres de los vicios más comunes para interpretar la realidad en
ciertas comunidades, como la del CCH, en donde gozan de prestigio y buena
salud. Que aún se crea que dictadores y demagogos como Stalin, Pol Pot o Hugo
Chávez fueron dirigentes revolucionarios, es aferrarse a una ideología cuya
única base es la fe fanática, es decir, la que se sostiene a base del más puro
dogma. Que se crea que los bajos salarios son consecuencia del neoliberalismo y
no del oportunismo y negligencia de organizaciones sindicales como las
Aapaunam, que velan tan sólo por el bienestar de las cúpulas, es muestra de un
reduccionismo inmovilizador. Que a un escritor o a un medio no se los lea
porque se les considere de derecha, y se acepten como válidos únicamente a los
que se cree de izquierda, es señal de un esquematismo elemental, que niega e
impide el verdadero conocimiento.
Viene esto a cuento
porque varios y respetables profesores del Colegio creen que José Revueltas es
mejor que Octavio Paz (en el sentido ético, político y estético), y que al
autor de Los muros de agua le
corresponde homenajear una institución como el CCH, surgida de los rescoldos
del movimiento estudiantil de 1968, y que Televisa o el gobierno se deben
encargar de honrar a Octavio Paz. Nada más falso y esquemático. Ambos –al igual
que Cortázar, Efraín Huerta, Rulfo, Pacheco o Fuentes− merecen ser recordados,
leídos y homenajeados por una comunidad cuya cualidad esencial para mirar e interpretar
el mundo debe ser la universalidad, como lo establece su nombre, y no la visión
de sectas, partidos o ideologías. Y como hace unos días un grupo de profesores
honramos la vida y obra de Revueltas, me detendré en aquella falacia.
Paz es reaccionario
y Revueltas revolucionario, dice este razonamiento esquemático. Y lo expresa
así porque, a diferencia de Octavio Paz, José Revueltas fue siempre un
militante de partidos y grupos de izquierda, aunque varias veces haya sido
expulsado de los mismos por su actitud crítica hacia dogmas y esquemas
ideológicos que el militante de cualquier partido se debe tragar. Pero Paz no
es ningún reaccionario; también tuvo simpatías comunistas y socialistas en su
juventud; de hecho perteneció a la Liga de Escritores y Artistas
Revolucionarios (LEAR), fundada en 1933, y en su calidad de militante de ésta
participó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas,
celebrado en España en 1937. Sin embargo, su sensibilidad literaria le hace
rechazar el llamado “realismo socialista”, tendencia artística de moda por
aquel entonces, y fue esta indisposición estética la que tempranamente le hizo
advertir que eran el totalitarismo, el culto a la personalidad, el control del
pensamiento y la erección de la más brutal dictadura los que se cernían tras la
fachada del primer país socialista del mundo, es decir, la URSS. Antes que
escritores y pensadores de la talla de André Gide, George Orwell, Arthur
Koestler, Walter Benjamin o Albert Camus, Octavio Paz tomó distancia del
engañoso faro socialista, que a tantos intelectuales sedujo y continuó
seduciendo durante el siglo XX.
Otro hecho por el
que suele acusarse a Paz de reaccionario es su opinión crítica hacia varios
rasgos definitorios de la izquierda nacional e internacional: su fanatismo, la
adoración de símbolos y dogmas, su creencia en caudillos salvadores, el culto a
la personalidad, su ceguera ante las consecuencias de la concentración del
poder en un partido, una clase o un individuo; su incapacidad de autocrítica y
sobre todo su creencia de que todo cambio para ser verdadero sólo puede ser el
resultado de una revolución violenta y sangrienta (muchos tópicos que también
José Revueltas criticó en obras como Los
días terrenales, Los errores, El cuadrante de la soledad, y de los que
debió retractarse aunque de todos modos fue expulsado, como en el caso del
Partido Comunista). Pese a que los hechos y la historia han demostrado el
acierto y la justeza de las observaciones de Paz, algunos sectores ultras de la
llamada izquierda, y otros realmente obcecados en su ignorancia, aún no
terminan de digerirlas.
Le siguen
escatimando al poeta, por ejemplo, su renuncia a representar al México de Díaz
Ordaz en la India, en 1968; su participación inicial con Heberto Castillo, Luis
Villoro y Abelardo Villegas para crear el Partido Mexicano de los Trabajadores
en 1973-1974; pero sobre todo desprecian el aporte vital de su pensamiento y
critica para la existencia de una izquierda moderna y democrática, y sin los
cuales la cultura política mexicana simplemente no existiría, o al menos sería
aún más primitiva y esquemática.
A esto habría que
agregar su colaboración en Televisa para divulgar su pensamiento y lo mejor de
las artes nacionales y universales. Con estos hechos se tiene una idea de por
qué causa tanta irritación y rechazo entre quienes suelen pensar mediante
reduccionismos y dogmas. Además, está el poder inmenso que adquirió después de
obtener el Premio Nobel de Literatura en 1990, y la astucia con la que gobernantes
como Carlos Salinas de Gortari lo utilizaron. Con esto puede uno explicarse por
qué era considerado por un gran sector de la intelectualidad mexicana como el
gran cacique de las letras nacionales.
Tal vez no convenza
a nadie de su importancia ni de la enorme dimensión que su obra representa,
pero me consta que Paz fue generoso. En 1975 el maestro Adolfo Ayuso, quien
durante un semestre fue mi profesor de Lectura de Clásicos Universales y
Contemporáneos aquí en el plantel, nos hizo leer El laberinto de la soledad. Fue un libro que sacudió y revolvió lo
más arraigado de mis creencias por aquellos años. Por eso, cuando terminé su
lectura, recibí el amanecer redactando febrilmente varias cuartillas para un
comentario que debía entregar ese día. Al profesor le gustó tanto mi trabajo
–dijo que era “un ensayo”−, que lo mandó mecanografiar y luego lo hizo
fotocopiar para todos sus alumnos, muchos de los cuales me empezaron a mirar
diferente desde ese trabajo.
En realidad era una
diatriba contra el poeta: me irritó que por ninguna parte del famoso libro
apareciera una línea sobre el compromiso del escritor con las luchas obreras y
campesinas que brotaban como hongos por aquellos años. Igual que la izquierda
recalcitrante de hoy día, pensé que Octavio Paz era un reaccionario. Pero,
curiosamente, tratando de hallar una respuesta sobre el compromiso político del
escritor, fue el libro que me hizo buscar y leer como ningún otro sobre ese
misterio que es el de la literatura y la obra de arte en general, cuando nos
impelen a actuar y no necesariamente con las armas o con un grupo político.
Pocos años después,
siendo ya un bisoño periodista, mi jefe me ordenó entrevistar a Octavio Paz
para celebrar un importante aniversario de la revista en la cual trabajábamos.
“Dile que don Rómulo O’ Farrill le envía un afectuoso saludo”, me aleccionó.
Así lo hice y el gran poeta y ensayista me contestó (aunque todavía no recibía
el Nobel, ya había publicado El ogro
filantrópico y Las trampas de la fe,
dos de sus obras más importantes que lo situaron como el más grande pensador
vivo de nuestros días). Le planteo la entrevista, no me la niega, pero me
pregunta: “Pero, ¿de qué podría hablar en una revista como Vogue?” Oh, Baudelaire escribió sobre la máscara, le digo, creo que
la moda y el maquillaje son eso (los temas centrales de la revista eran la moda
y belleza), podríamos empezar por allí. “Vamos a hacer esto”, me dice, “lea mis
libros, saque lo que pueda servir para la entrevista, ármela y luego me la
envía”. Bueno, le digo un poco frustrado, y se lo informo a mi jefe. “¿Y qué
esperas para hacerlo?”, me dice él, enjundioso. Que me den el dinero para
comprar todos sus libros, le respondo, y tiempo para leerlos. Y así tuve unos
días de descanso para leer a placer a Octavio Paz.
Terminé la lectura,
la obra más reciente era Tiempo nublado
y empecé a redactar la entrevista. Cuando la terminé, agregué unas líneas como
entrada, mi jefe las revisó, y después enviamos todo. Paz vivía entonces en Río
Guadalquivir, casi esquina con Reforma. Al día siguiente recibimos de regreso
la entrevista, con una nota elogiosa y una fotografía para ilustrarla. Mi jefe
rebosaba alegría y yo por fin respiré aliviado. Pero todavía hubo algo más: El
jefe de redacción solía acudir a cócteles y soirées,
y en una de esas reuniones encontró a Octavio Paz. Como el jefe de redacción
presumía que había sido asistente de Borges, le comentó con mucha familiaridad
a Paz: “Maestro, vamos a publicar una entrevista suya en Vogue”. “Ah, sí –responde él−, ¿cómo se llama el muchacho que la
hizo? Es muy inteligente.” Cuando Waldemar Verdugo-Fuentes me platicó esto, pensé que aquella frase
constituía mi verdadera graduación como periodista. Y así es como aquel
dogmático joven fue transformado.
Bueno, pues es
increíble que aún haya profesores que se opongan a reconocer el enorme mérito
de Paz. Y peor aún, que continúen sin leerlo por sus anteojeras ideológicas. El
año pasado apareció un conjunto de ensayos de Jacques Lafaye sobre el poeta, Octavio Paz en la deriva de la modernidad,
que dan una idea de su enorme dimensión intelectual y de cómo llegó a
convertirse en uno de los genios literarios del siglo XX. Algo difícil de
aquilatar, aun entre sus lectores más expertos. Tiempo atrás, el periodista Guy
Sorman había publicado Los verdaderos
pensadores de nuestro tiempo (1989). Al lado de Karl Popper, Ernst
Gombrich, Isaiah Berlin, Claude Lévi-Strauss o Carl Sagan, Octavio Paz era el
único autor latinoamericano incluido. Amigo de Camus, Malraux, Breton, Irving
Howe, Hugh Thomas, von Hayek, Lévi-Strauss y de casi todos los grandes
creadores en el campo literario, de la pintura, de la filosofía y del
pensamiento y las artes en general, Octavio Paz aún espera que lo conozcamos.
Me importan un bledo los nacionalismos, pero en este caso sí es un honor ser
mexicano, como él.
Y por eso digo no a
los dogmatismos, reduccionismos y esquemas. Por eso leo a José Revueltas y
Octavio Paz, y pienso que ambos fueron revolucionarios a su modo. Por eso en la
Sala José Revueltas hay una placa que recoge un pensamiento muy propio de él
que dice: “La verdad es revolucionaria, provenga de donde provenga”. Por eso
ambos son admirables.
CÓMO SE ESCRIBE UN ARTÍCULO:
Antes que nada una disculpa a los
profesores que me propusieron un curso sobre Octavio Paz. Hago siempre una
encuesta, aunque sea rudimentaria, y el tema de Cómo se escribe un artículo tuvo mayores peticiones, así que el
próximo lunes 28 informaré fecha y horarios.
A DESAFILIAR, A DESAFILIAR
Era muy escuchada una canción que
cantaba Daniel Viglietti con su hermosa y grave voz en los años setenta: “A
desalambrar, a desalambrar…”, un llamado a tomar la tierra de los
terratenientes chilenos y uruguayos (el autor de la canción es Víctor Jara).
Hoy, cuando cientos de profesores llaman a desafiliarse de las Asociaciones
Autónomas del Personal Académico de la UNAM
(Aapaunam), se antoja parodiar dicha canción, pues es sabido que las
organizaciones sindicales nada hacen por sus dizque representados, excepto cobrarles
las cuotas. Pregúntense cómo viven la química Bertha Rodríguez Sámano,
secretaria general de las Aapaunam, y Agustín Rodríguez, el eterno secretario
general del Stunam. Por supuesto, su nivel de vida no se compara con el de sus
representados, profesores y trabajadores.
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