HORAS
AHORCADAS
NOÉ AGUDO (12/abril/2014)
La generosa vida
Para Alejandra U. O.
Al fin un respiro después de días intensos de ordeñar a la
luna, pergeñar remembranzas, dictar anatemas contra los hipócritas y los
acurrucados, barrer los restos de la olla podrida, abrir las ventanas para que
el sol deshaga los tlaconetes que habían
proliferado entre las miasmas y la oscuridad, blandir la espada de la luz,
armar una memorabilia y poner las piedras de lo que será la nueva casa.
Del homenaje a José
Revueltas (emocionante, intenso, con un grupo de los mejores profesores del
Colegio) apareció un poderoso surtidor de recuerdos: 1976 fue el año en que
elegí el accidentado y paciente camino de los desafíos de la vida, y no la
consumación instantánea y heroica como la anhelaba por aquellos días. Fue el
año en que me llevaron dos veces a la cárcel: la primera por mi activismo
estudiantil, la segunda por apoyar la lucha de los telefonistas, encabezada por
el entonces joven líder Francisco Hernández Juárez, que se enfrentaba al viejo
dirigente charro Salustio Salgado Guzmán (ironías de la vida, hoy ¿quién es el
nuevo charro de ese gremio?); fue el año en que un grupo de jóvenes, casi
adolescentes, mantuvimos secuestrados decenas de autobuses en los terrenos del
plantel, codo a codo con unos choferes pobres, desharrapados y desamparados, a
quienes no les reconocían su derecho de huelga; fue el año en que tenía una
novia lejana, en Torreón, iba a verla y recorría las áridas planicies del norte
pensando que algún día yo también las cruzaría como lo había hecho Pancho Villa
en su caballo y sus trenes; fue el año (14 de abril) en que murió José
Revueltas, y el mismo grupo de mozalbetes decidimos que había que hacerle un
homenaje porque lo leíamos y admirábamos. Yo, en lo particular, creía que ése
era el verdadero escritor e intelectual: el de la conciencia crítica y lúcida
luchando al lado de las mejores causas; fue el año en que decidimos ponerle su
nombre a una sala en la que realizábamos asambleas, poníamos obras teatrales y
librábamos batallas campales cuando las razones y argumentos se agotaban.
Revisando los
viejos papeles de aquellos años descubro, además de recuerdos, cómo ha
descendido la exigencia y la calidad de los aprendizajes y la enseñanza. ¿Leen
hoy por puro gusto los estudiantes a algún autor? ¿Plasman sus preocupaciones
en una revista, un diario o un cuaderno? Son contados los que realizan las
lecturas obligatorias del curso, y los que creen leer “por gusto” no lo hacen
así, sino inducidos por la publicidad: Harry
Potter, Crepúsculo, Código da Vinci y demás banalidad de los Paulo Coelho, Dan Brown, Stephanie
Mayer, Kazenbach, et al. Hoy mueren
escritores y científicos, personas que con su obra los educan y forman, y
ningún estudiante se conmueve; agrego además que tampoco ningún profesor; para
ellos son como los muertos de Siria, de Ucrania o Venezuela, una entelequia
lejana, alguien con quien no tienen ninguna relación. Cuando anoto alguna tarea
y dibujo un esquema para que sigan cierto procedimiento, en lugar de atender
los alumnos siguen platicando; sólo al final se levantan, se acercan con su
celular y toman una fotografía de lo anotado en el pizarrón; lo guardan y con
eso creen haber “atendido” la clase. ¿Cuántas operaciones cognitivas se pierden
en este proceso? ¿Cómo recordarán lo que deben realizar? Si yo escribo, anoto
la tarea y copio el esquema, desde ese momento las palabras siembran la
atención en mi cerebro: me dicen si es algo fácil, complejo, cuánto tiempo me
llevará, qué libro o lecturas requeriré, si debo repasar ciertos apuntes,
etc.
Pero, si no, se
necesita ser un tonto de capirote para no advertir cómo en ciertos casos la
tecnología se vuelve en nuestra contra. Como en este caso. Cuando en la
siguiente clase pregunto por la tarea nadie la hizo porque nadie la recordó. En
ese click para copiar todo de un golpe instantáneo está la anulación
instantánea de actividades fundamentales para el aprendizaje, como son la
memoria, la atención y la planeación, y si esa tarea es un paso fundamental
para adquirir nuevos conocimientos, lo que sigue entonces es la anulación total
del individuo como estudiante. A menos que se invente algún dispositivo, algo
así como un supositorio, y se lo conecten a cierta parte del cuerpo por donde
les pueda entrar la información que han almacenado en su dispositivo,
seguiremos requiriendo de procesos tan elementales y básicos como son la
lectura y la escritura.
El descenso en los
procesos de aprendizaje y enseñanza ha sido brutal y esto se puede constatar de
otra forma: si un profesor no rebajara los niveles de exigencia para evaluar a
los alumnos tendría que reprobar a todo el grupo, excepto a uno o dos. Pongamos
por caso una investigación documental, en la que deben consultar varias
fuentes. Esto plantea la exigencia de leer, comprender para identificar dónde
está la información que interesa, saber recoger esa información mediante un
resumen, una cita textual o una paráfrasis, anotarla en fichas y luego
emplearla para escribir un nuevo texto. Bien, pues hasta aquí llega la mayoría.
Cuando tratan de integrar esa información en un nuevo texto, mediante su propia
redacción, simplemente desisten y prefieren reprobar. Redactar, escribir,
integrar, son habilidades que hoy se han perdido, algo imposible de realizar
para la mayoría.
El profesor debe
conformarse entonces con evaluar el descubrimiento que algunos alumnos tienen
de su propia incapacidad, es decir, los que son conscientes de que no lo pueden
hacer, y uno se consuela entonces pensando que en algún momento lo aprenderán,
tal vez cuando estudien su carrera, cuando deban escribir su tesis; al menos
son honestos, piensa uno, se quedan en las fichas y reconocen que esos textos,
que tomaron de alguna parte, no les pertenecen ni los hacen aparecer como
suyos. Porque la otra opción es peor: hacerse de la vista gorda y aceptar los
textos que plagian de Internet y quieren hacerlos pasar como suyos. Esto es un
engaño mayor y la condescendencia hacia prácticas como ésta, hemos visto, traen
consecuencias funestas: un director de Difusión Cultural de la UNAM fue cesado
por plagiario, y otro doctor en letras obligado a abandonar sus clases por lo
mismo. Que los alumnos sean incapaces de escribir un párrafo introductorio, de
crear enunciados mínimos con qué unir la información de las fichas; que no
puedan integrar datos de acuerdo a un esquema o estructura previa (el esqueleto
de su trabajo de investigación) y hacer una conclusión después de cada parte,
hace necesario devolverlos a la primaria, de donde no debieron haber pasado.
Y los directivos y
profesores no están mejor. Si algo puso en evidencia la incompetencia
intelectual de la pasada administración del CCH fueron sus publicaciones.
Revistas dizque “arbitradas” (recurso que sólo sirve para engordar el
currículum porque no mejora la calidad ni las hace más interesantes de leer),
órganos informativos, informes de labores, libros, folletos e incluso
documentos administrativos, con una pobreza de lenguaje y una falta de respeto
por las normas gramaticales, que hacen preguntarse a uno si este pobre Colegio
será siempre sinónimo de lo improvisado y mal hecho.
No es así, por
fortuna. Logramos expulsar a unos incompetentes, simuladores y corruptos de los
puestos de dirección, y hoy quienes se aprestan a dirigir la institución saben
que no podrán actuar con absoluta impunidad, como lo están demostrando los
profesores del plantel Sur. El Colegio ya no es el mismo. Numerosos profesores
hemos decidido intervenir en las decisiones que afectan su vida, y nos
proponemos participar en actividades que enriquezcan y devuelvan los parámetros
de calidad y rigor a una escuela de enseñanza media superior perteneciente a la
mejor universidad del mundo de habla hispana. Estas son las reflexiones que me
vienen cuando observo esas hojas amarillentas y releo un editorial impensable
de que lo pudiera escribir un alumno, de que otro se atreviera a hacer una
crítica a la novela Terra nostra de
Carlos Fuentes, y dos o tres colaboraciones más escritas como elegía por la
muerte de José Revueltas.
Todas son del año
1976, así que tener vida para volverlas a leer, platicar cómo fue que decidimos
bautizar esa sala con el nombre de nuestro admirado escritor, comprobar la
vigencia y vitalidad de su obra, retomar la continuidad de una elipse, que
espero ascendente, y comprobar que seguimos siendo fieles a esa promesa que
hicimos en la portada de esa vieja revistita estudiantil: “Seguiremos tu
ejemplo, camarada Revueltas”, es un homenaje a la vida.
Gracias a quienes
hicieron posible este acto que tantos recuerdos y reflexiones suscitó: a mis
colegas Guillermina Saavedra, Ramón Cortés, Raúl Muñoz, Roberto Zárate, José
Alfredo Hernández; a las espléndidas diseñadoras de los carteles, Lizbeth
Morales López y Marisol Gandarilla; a la solidaridad de Rosario Cabrera, Arturo
Amaro, David Silva, Norma Martínez, Josefina Miranda y sus compañeras
profesoras de inglés; a Olga Huitrón, que por fin se atrevió a estar con
nosotros; a las bellas edecanes Jeny, Nancy, Stephanie y Brittany, que no las
dejaron salir temprano para recibir a los invitados, pero llegaron al fin; a
todos los profesores que no pude ver pero estuvieron allí, y gracias a todos
mis alumnos y los que no, porque conocieron que hay una manera diferente de
hacer las cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario