jueves, 24 de abril de 2014

LA GENEROSA VIDA

HORAS AHORCADAS
NOÉ AGUDO (12/abril/2014)

La generosa vida

Para Alejandra U. O.
Al fin un respiro después de días intensos de ordeñar a la luna, pergeñar remembranzas, dictar anatemas contra los hipócritas y los acurrucados, barrer los restos de la olla podrida, abrir las ventanas para que el sol deshaga  los tlaconetes que habían proliferado entre las miasmas y la oscuridad, blandir la espada de la luz, armar una memorabilia y poner las piedras de lo que será la nueva casa.
    Del homenaje a José Revueltas (emocionante, intenso, con un grupo de los mejores profesores del Colegio) apareció un poderoso surtidor de recuerdos: 1976 fue el año en que elegí el accidentado y paciente camino de los desafíos de la vida, y no la consumación instantánea y heroica como la anhelaba por aquellos días. Fue el año en que me llevaron dos veces a la cárcel: la primera por mi activismo estudiantil, la segunda por apoyar la lucha de los telefonistas, encabezada por el entonces joven líder Francisco Hernández Juárez, que se enfrentaba al viejo dirigente charro Salustio Salgado Guzmán (ironías de la vida, hoy ¿quién es el nuevo charro de ese gremio?); fue el año en que un grupo de jóvenes, casi adolescentes, mantuvimos secuestrados decenas de autobuses en los terrenos del plantel, codo a codo con unos choferes pobres, desharrapados y desamparados, a quienes no les reconocían su derecho de huelga; fue el año en que tenía una novia lejana, en Torreón, iba a verla y recorría las áridas planicies del norte pensando que algún día yo también las cruzaría como lo había hecho Pancho Villa en su caballo y sus trenes; fue el año (14 de abril) en que murió José Revueltas, y el mismo grupo de mozalbetes decidimos que había que hacerle un homenaje porque lo leíamos y admirábamos. Yo, en lo particular, creía que ése era el verdadero escritor e intelectual: el de la conciencia crítica y lúcida luchando al lado de las mejores causas; fue el año en que decidimos ponerle su nombre a una sala en la que realizábamos asambleas, poníamos obras teatrales y librábamos batallas campales cuando las razones y argumentos se agotaban.
    Revisando los viejos papeles de aquellos años descubro, además de recuerdos, cómo ha descendido la exigencia y la calidad de los aprendizajes y la enseñanza. ¿Leen hoy por puro gusto los estudiantes a algún autor? ¿Plasman sus preocupaciones en una revista, un diario o un cuaderno? Son contados los que realizan las lecturas obligatorias del curso, y los que creen leer “por gusto” no lo hacen así, sino inducidos por la publicidad: Harry Potter, Crepúsculo, Código da Vinci y demás banalidad de los Paulo Coelho, Dan Brown, Stephanie Mayer, Kazenbach, et al. Hoy mueren escritores y científicos, personas que con su obra los educan y forman, y ningún estudiante se conmueve; agrego además que tampoco ningún profesor; para ellos son como los muertos de Siria, de Ucrania o Venezuela, una entelequia lejana, alguien con quien no tienen ninguna relación. Cuando anoto alguna tarea y dibujo un esquema para que sigan cierto procedimiento, en lugar de atender los alumnos siguen platicando; sólo al final se levantan, se acercan con su celular y toman una fotografía de lo anotado en el pizarrón; lo guardan y con eso creen haber “atendido” la clase. ¿Cuántas operaciones cognitivas se pierden en este proceso? ¿Cómo recordarán lo que deben realizar? Si yo escribo, anoto la tarea y copio el esquema, desde ese momento las palabras siembran la atención en mi cerebro: me dicen si es algo fácil, complejo, cuánto tiempo me llevará, qué libro o lecturas requeriré, si debo repasar ciertos apuntes, etc. 
    Pero, si no, se necesita ser un tonto de capirote para no advertir cómo en ciertos casos la tecnología se vuelve en nuestra contra. Como en este caso. Cuando en la siguiente clase pregunto por la tarea nadie la hizo porque nadie la recordó. En ese click para copiar todo de un golpe instantáneo está la anulación instantánea de actividades fundamentales para el aprendizaje, como son la memoria, la atención y la planeación, y si esa tarea es un paso fundamental para adquirir nuevos conocimientos, lo que sigue entonces es la anulación total del individuo como estudiante. A menos que se invente algún dispositivo, algo así como un supositorio, y se lo conecten a cierta parte del cuerpo por donde les pueda entrar la información que han almacenado en su dispositivo, seguiremos requiriendo de procesos tan elementales y básicos como son la lectura y la escritura. 
    El descenso en los procesos de aprendizaje y enseñanza ha sido brutal y esto se puede constatar de otra forma: si un profesor no rebajara los niveles de exigencia para evaluar a los alumnos tendría que reprobar a todo el grupo, excepto a uno o dos. Pongamos por caso una investigación documental, en la que deben consultar varias fuentes. Esto plantea la exigencia de leer, comprender para identificar dónde está la información que interesa, saber recoger esa información mediante un resumen, una cita textual o una paráfrasis, anotarla en fichas y luego emplearla para escribir un nuevo texto. Bien, pues hasta aquí llega la mayoría. Cuando tratan de integrar esa información en un nuevo texto, mediante su propia redacción, simplemente desisten y prefieren reprobar. Redactar, escribir, integrar, son habilidades que hoy se han perdido, algo imposible de realizar para la mayoría.
    El profesor debe conformarse entonces con evaluar el descubrimiento que algunos alumnos tienen de su propia incapacidad, es decir, los que son conscientes de que no lo pueden hacer, y uno se consuela entonces pensando que en algún momento lo aprenderán, tal vez cuando estudien su carrera, cuando deban escribir su tesis; al menos son honestos, piensa uno, se quedan en las fichas y reconocen que esos textos, que tomaron de alguna parte, no les pertenecen ni los hacen aparecer como suyos. Porque la otra opción es peor: hacerse de la vista gorda y aceptar los textos que plagian de Internet y quieren hacerlos pasar como suyos. Esto es un engaño mayor y la condescendencia hacia prácticas como ésta, hemos visto, traen consecuencias funestas: un director de Difusión Cultural de la UNAM fue cesado por plagiario, y otro doctor en letras obligado a abandonar sus clases por lo mismo. Que los alumnos sean incapaces de escribir un párrafo introductorio, de crear enunciados mínimos con qué unir la información de las fichas; que no puedan integrar datos de acuerdo a un esquema o estructura previa (el esqueleto de su trabajo de investigación) y hacer una conclusión después de cada parte, hace necesario devolverlos a la primaria, de donde no debieron haber pasado.
    Y los directivos y profesores no están mejor. Si algo puso en evidencia la incompetencia intelectual de la pasada administración del CCH fueron sus publicaciones. Revistas dizque “arbitradas” (recurso que sólo sirve para engordar el currículum porque no mejora la calidad ni las hace más interesantes de leer), órganos informativos, informes de labores, libros, folletos e incluso documentos administrativos, con una pobreza de lenguaje y una falta de respeto por las normas gramaticales, que hacen preguntarse a uno si este pobre Colegio será siempre sinónimo de lo improvisado y mal hecho.
    No es así, por fortuna. Logramos expulsar a unos incompetentes, simuladores y corruptos de los puestos de dirección, y hoy quienes se aprestan a dirigir la institución saben que no podrán actuar con absoluta impunidad, como lo están demostrando los profesores del plantel Sur. El Colegio ya no es el mismo. Numerosos profesores hemos decidido intervenir en las decisiones que afectan su vida, y nos proponemos participar en actividades que enriquezcan y devuelvan los parámetros de calidad y rigor a una escuela de enseñanza media superior perteneciente a la mejor universidad del mundo de habla hispana. Estas son las reflexiones que me vienen cuando observo esas hojas amarillentas y releo un editorial impensable de que lo pudiera escribir un alumno, de que otro se atreviera a hacer una crítica a la novela Terra nostra de Carlos Fuentes, y dos o tres colaboraciones más escritas como elegía por la muerte de José Revueltas.
    Todas son del año 1976, así que tener vida para volverlas a leer, platicar cómo fue que decidimos bautizar esa sala con el nombre de nuestro admirado escritor, comprobar la vigencia y vitalidad de su obra, retomar la continuidad de una elipse, que espero ascendente, y comprobar que seguimos siendo fieles a esa promesa que hicimos en la portada de esa vieja revistita estudiantil: “Seguiremos tu ejemplo, camarada Revueltas”, es un homenaje a la vida.   
    Gracias a quienes hicieron posible este acto que tantos recuerdos y reflexiones suscitó: a mis colegas Guillermina Saavedra, Ramón Cortés, Raúl Muñoz, Roberto Zárate, José Alfredo Hernández; a las espléndidas diseñadoras de los carteles, Lizbeth Morales López y Marisol Gandarilla; a la solidaridad de Rosario Cabrera, Arturo Amaro, David Silva, Norma Martínez, Josefina Miranda y sus compañeras profesoras de inglés; a Olga Huitrón, que por fin se atrevió a estar con nosotros; a las bellas edecanes Jeny, Nancy, Stephanie y Brittany, que no las dejaron salir temprano para recibir a los invitados, pero llegaron al fin; a todos los profesores que no pude ver pero estuvieron allí, y gracias a todos mis alumnos y los que no, porque conocieron que hay una manera diferente de hacer las cosas.
   
        


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