domingo, 27 de octubre de 2013

MIEDO

Miedo

NOÉ AGUDO 

Pues realizamos por fin las dos asambleas en el Área de Talleres del plantel Vallejo el pasado lunes 21, que pareció más bien una reunión de trabajo de los profesores comisionados. Digo, por su nutrida asistencia. Nunca había visto tal ejercicio de cultura cívica: acudieron puntuales, ordenaditos, esperando pacientes la hora de actuar contra los demonios que se atrevieron a solicitar la realización de una asamblea. Es el modus operandi de unas autoridades que se reconocen culpables. Sabemos que les ordenaron asistir para actuar como coro de los dos sicofantes que representaban a la dirección, quienes mediante nebulosas explicaciones (como la de un ininteligible algoritmo que decide a quién darle grupos y a quién no), trataron de justificar lo injustificable, es decir, el nepotismo, la arbitrariedad, el favoritismo y la discrecionalidad con que se asignan los grupos y se otorgan las plazas y los estímulos en el CCH.
    Algo, sin embargo, nos enseñaron: que los profesores podemos hablar sin ninguna cortapisa de los problemas que nos afectan; que es posible desnudar la burda farsa de las autoridades; que les preocupa demasiado cualquier libre reunión que seamos capaces de organizar (por allí Macías, otrora mediano profesor de matemáticas y hoy convertido en un Fouché de pacotilla, llegó desde temprano; digo Fouché por su vocación policíaca, no por la inteligencia siniestra de aquél), y que con un poco más de decisión, valor e información, los profesores somos capaces de ejercer acciones que corrijan o contengan la degradación de la vida académica del Colegio. También nos mostraron otro hecho: que sólo nosotros podemos actuar para solucionar los problemas; nadie más lo hará. El profesor del Área de Talleres que se supone nos representa en la Aapaunam, por ejemplo, hace cuatro años que no se presenta a clases. Así que, ¿cuál comisión mixta de horarios? ¿Cuál sindicato?
    En principio, debemos atrevernos a denunciar aquellas acciones que nos perjudican y no quedarnos callados, porque los déspotas viven del silencio y el temor de los débiles; si permanecemos callados no sólo les permitimos cometer sus arbitrariedades, sino que las justificamos. Una profesora, educada en la sumisión, casi nos culpaba a quienes nos atrevimos a hablar y a solicitar la asamblea porque “nadie dice nada” (se refería a las inconformidades que se deben presentar ante la indebida asignación de grupos, así como la solicitud de los grupos definitivos que misteriosamente las autoridades los reservan, es decir, no informan de su existencia). De allí que dos acuerdos obligados fueran informar a la Aapaunam del cambio de representante y realizar otra asamblea quince días después.
    Y podemos realizar otras acciones más: organizar una asamblea para las cuatro áreas, por ejemplo; recoger los testimonios de todos los agraviados y publicarlos en una revista especial cuando sea el caso; presionar a los sindicatos para que intervengan en defensa de sus representados; enviar estas quejas al rector y a la junta de gobierno… Y otras acciones más que no conviene adelantar sino propinarlas cuando sea el momento. 
    Los profesores debemos recuperar la dignidad de nuestra profesión. Hay quienes han vendido su conciencia por una canonjía; por ejemplo una comisión, una plaza de carrera, el otorgamiento de mejores estímulos, etc.; otros, porque les han perdonado ciertas faltas (que van desde acusaciones ante el Tribunal Universitario o ejercer sin título, o no haber aprobado el examen filtro); otros, porque simplemente les han otorgado unas horas para asesorías, y otros simplemente por ilusos o por temor. Bien, pues estos no son favores ni regalos de las autoridades, sino derechos que tiene cualquier trabajador, y no es con el silencio con el que lograremos condiciones dignas de trabajo. El silencio y la obsecuencia de los que se quedan callados los vuelve cómplices y aun enemigos de sus propios compañeros; más aún, los condena a permanecer en esa situación de por vida. Es una forma de chantaje que ningún ser humano libre debe permitir. Como dice Gabriel Zaid: “la falta de integridad desintegra. Una persona que no tiene un buen grado de integración entre sus actos, su memoria, su imaginación, sus propósitos, es prácticamente menos: menos dueña de sí misma, menos autora de sus actos y de sus planteamientos, menos libre, menos viva.” (en Leer, p.184, Oceano, 2012).
    ¿Y respecto a los que nada deben ni tienen qué agradecer y son la mayoría? Lo único que puede justificar su silencio es el miedo o la ignorancia. Y como se trata de profesores, personas informadas, con algún conocimiento del mundo (hay quienes poseen incluso grados de maestría y doctorado), queda descartada entonces la ignorancia. Si no, ¿cómo seríamos profesores? ¿Qué enseñaríamos a nuestros alumnos? ¿Qué ejemplo podríamos dar? Es claro que haber permitido la degradación de una institución educativa al grado de atender estos hechos que deberían avergonzarnos (“parece que nos peleamos por las migajas”, dijo acertadamente un profesor) ha sido el miedo. Un miedo disfrazado de indiferencia, apatía o fatalidad. “Para qué, si no podemos lograr nada” se dice. Pues bien, a estos recomiendo un librito estupendo, que explica el poder creador del miedo, que finalmente es una emoción capaz de contribuir a la supervivencia del individuo con tal de que no lo paralice: Pierre Mannoni, El miedo (Breviario núm. 377 del FCE).
    Porque, debo decirlo aquí: lo que cuestionamos no es a quién tratan mejor y a quién no, sino por qué y con qué criterios. Porque esto propicia la descomposición de una institución educativa y la degradación de la enseñanza. El otorgamiento discrecional de plazas, la asignación arbitraria de grupos, el manejo del ingreso como forma de control y sometimiento, la manipulación de los estímulos, el reconocimiento y mejores status de trabajo sólo para los mediocres y serviles, etc., favorece a los familiares de los funcionarios, premia a los incondicionales y promueve las peores prácticas de ese México que se niega a desaparecer y que nosotros criticamos cuando las realizan priistas y panistas, pero no cuando las cometen en casa. Pero sobre todo y lo más importante: son prácticas terriblemente antieducativas. ¿Así se logra la educación de calidad? ¿La llevada y traída “actualización curricular” se impondrá ignorando y perjudicando a los verdaderos profesores? ¿Así es como seremos un bachillerato de vanguardia?

    Sé que soy un elemento incómodo porque digo verdades que todos saben pero nadie se atreve a expresar. Sé que despierto suspicacias, irritación y aun odio en quienes temen al cambio. El miedo a los cambios es uno de los mayores. Tanto personas adultas como jóvenes y niños sienten pavor cuando alguien les propone modificar sus rutinas y entorno, y este hecho ha sido largamente conocido y aprovechado por ciertos vivales para ejercer dominio sobre los demás. Pero las personas inteligentes se encuentran libres de ese temor y todos podemos serlo. También debemos reconocer que ha sido una dispersa dinastía de solitarios la que ha cambiado la faz del mundo. Sé que no estoy solo, sino que estamos dispersos. Y respecto al temor, yo también lo tengo. Sin embargo, cada vez que se me impone recuerdo la voz serena de mi padre que me decía cuando era niño: “No pasa nada, hijo. No pasa nada”. Y en verdad, no pasaba nada.

domingo, 20 de octubre de 2013

LECTURA PARA UN TIEMPO SIN LECTURAS

Lectura para un tiempo sin lecturas
NOÉ AGUDO (21/X/2013)

Signo evidente de la caída de la enseñanza de la lengua es que ya casi nadie lee. Por más que nos consolemos diciendo que sí, aunque no lo mismo ni de la misma manera que en nuestra época, basta observar el comportamiento de nuestros alumnos respecto a esta actividad para saber que algo preocupante está sucediendo. Son incapaces de acometer una lectura extensa; sufren una pérdida acelerada de su comprensión lectora; carecen de la capacidad de atención y abstracción de cualquier texto, por breve que sea, y estos resultados desalentadores los comparten también numerosos profesores.
    Lo peor de todo es que esto sucede cuando más desarrollada y afinada deberíamos tener esa habilidad. Es decir, cuando ante las cantidades fabulosas de información de que hoy disponemos deberíamos ser capaces de seleccionar, discernir, clasificar, resumir, interpretar, ordenar y descartar los resultados de la lectura. Y también ocurre cuando rigen los medios audiovisuales, cuya primacía resulta abrumadora. Un lector poco entrenado se conforma con ver una anémica porción de texto si al lado predomina la imagen todopoderosa; con esto cree haber comprendido, porque “una imagen dice más que mil palabras”, no importa que cuando trate de explicar el tema no halle palabras ni orden para hacerlo. El consumidor de libros de superación personal, con cultura de best seller, encuentra hoy día algo mejor: el nobook, es decir, aquel libro que sólo nos da fragmentos de información iluminados por la omnipresencia de la imagen.
    A menos que descartemos la lectura como aquella actividad que hizo evolucionar a la especie humana, y que la sustituyamos por ese algo aún indefinido a que nos conducen los medios electrónicos (resultado de la lectura, por cierto), o que la consideremos sólo como una forma de entretenimiento e información, es el momento de comenzar a preocuparnos por recuperarla, sobre todo por enseñar y practicar esa lectura que es capaz de transformarnos, de ensanchar nuestra comprensión y de hacernos crecer intelectualmente.
    Esta lectura −la de comprensión, analítica o crítica− es la que los buenos guías, maestros y autores han tratado de lograr e inculcar durante ese largo periplo que va de la tableta de arcilla a la tableta digital. Es la que busca Esdras, uno de los patriarcas hebreos, cuando ve regresar a su pueblo del cautiverio en Babilonia, y lo encuentra carente de voluntad, fuerza espiritual e inteligencia, y deslumbrado ante los dioses paganos que parecen conceder todo el poder y deseos al poderoso rey Nabucodonosor. Ante el desastre, Esdras propone realizar por vez primera una lectura comunitaria de las sagradas escrituras;  piensa que si las tribus se reúnen, leen pasajes significativos y los comentan, el pueblo podrá recuperar su fe, sus valores y su moral.
    La lectura en voz alta fue lo normal hasta el invento de la puntuación, y esto obstaculizaba la abstracción y la concentración. Por eso, en el siglo IV de nuestra era, San Agustín consideró un auténtico milagro contemplar a San Ambrosio leer en silencio: “Cuando leía sus ojos se desplazaban sobre la páginas y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían” dice el santo de Hipona. Y tal vez la concentración que ponía en el texto la consideró una forma de iluminación. Ya entrado el siglo XIV, Dante Alighieri escribe una carta dirigida al Can Grande della Scala donde le revela que su Divina comedia admite cuatro formas de lectura: la literal, la alegórica, la analógica y la anagógica; donde cada una representa el menor o mayor grado de profundidad con que puede leerse el largo poema, base de la lengua italiana.
    En el ocaso del siglo XVIII, cuando el libro es el medio cultural por excelencia, Goethe explicará que hay tres tipos de lectores: “uno que goza sin juzgar; un tercero que juzga sin gozar, y el intermedio, que juzga gozando y goza juzgando; éste, en realidad, reproduce de nuevo una obra de arte”. Y es el lector ideal que él prefiere. José Vasconcelos, en nuestro tiempo, dirá que hay libros que “leo sentado y libros que leo de pie”, refiriéndose a los que son capaces de sacudir al lector e impulsarlo a subrayar el texto, a poner una exclamación, escribir una nota al margen, o tal vez redactar un comentario completo después de su lectura, tal como hacía el viejo Marx. Libros que son como auténticas catapultas de las ideas. Casi en nuestros días Julio Cortázar hablaba de “lectores macho” y “lectores hembra”, para referirse a quienes se dejan poseer por la lectura, dejándose llevar pasivamente, o quienes intervienen preguntando, discutiendo y en general conversando con el autor.
    En pocas palabras, son ejemplos que proponen a un lector activo, exigente, que no sólo lee para entretenerse o informarse, sino para comprender y ensanchar sus conocimientos, pensamientos y experiencia. Ese que prácticamente ya no existe y que debemos formar o recuperar. El lector que propone el modelo educativo del Colegio, al plantear un aprendizaje autónomo y para toda la vida; el que es capaz de discernir cómo está compuesto un texto, cuáles son sus partes principales, cuál la idea central y qué argumentos emplea el autor para demostrarla. En fin, un lector que sea capaz de ordenar el vasto cúmulo de  información del que hoy disponemos. El que sea capaz de practicar la lectura para este tiempo sin lecturas.

DOS AVISOS DOS
·     Las cuatro áreas del plantel Vallejo están pendientes de la asamblea que realizaremos los profesores del Área de Talleres de Lenguaje y Comunicación este lunes, a las 11:00 y 17:00 horas. Gracias por sus comentarios, correos e interés, y una disculpa a quienes quisieron asistir para exponer sus propios casos y no fue posible. A todos les informaré oportunamente.

·     Cómo practicar la lectura analítica. Es el nombre del curso que impartiré en una fecha aún sin definir del próximo período intersemestral. Seguramente será en la primera semana de diciembre. Estén pendientes porque el cupo será reducido. Avisaré por este medio.

domingo, 13 de octubre de 2013

EL MIEDO SÍ ANDA EN BURROS

El miedo sí anda en burros
NOÉ AGUDO (14/X/2013)

Hoy somos exactamente lo que apenas el pasado semestre combatíamos.
José Emilio Pal’chesco

Con perdón de los jumentos, modifico este decir popular para referirme a las acciones que funcionarios del plantel Vallejo realizaron la semana pasada para tratar de averiguar por qué algunos profesores del Área de Talleres solicitamos a nuestros coordinadores efectuar una asamblea. Las preguntas que formularon fueron: “¿Quién la está solicitando? ¿Por qué la están  promoviendo?” Y luego la admonición: “¡No me los alborotes!” Entre otros propósitos, solicitamos la asamblea para comentar y tratar de elaborar un escrito para manifestar nuestra inconformidad ante el otorgamiento de plazas de carrera a profesores cuyo único mérito es ser familiares o amigos de las principales autoridades del CCH.
    Nuestra petición causó preocupación y miedo, pues saben que tenemos razón y no es el primer caso. (Véase el artículo “No estamos solos” del pasado lunes.) Profesores con muchos años de trabajo en el plantel saben que ésta ha sido una práctica inveterada: ningún director general o de plantel puede ufanarse que no otorgó o consiguió plazas para familiares y amigos. Quien más, quien menos, todos lo han hecho, pero con las autoridades actuales esto se ha vuelto casi una norma, alcanzando extremos escandalosos. Nunca, como hoy, dice un viejo profesor, los niveles de corrupción se habían incrementado tanto. Y, al igual que el asesino de la novela Crimen y castigo de Dostoievski, su propia conciencia los delata y tratan de impedir que el asunto no sea ni siquiera comentado. Por suerte nuestros coordinadores se mantuvieron firmes, y haremos la asamblea.
    Y es que las plazas para ser definitivo o para promoverse en el CCH son como la carrera de Aquiles y la tortuga: nunca alcanzan ni son suficientes. Si hemos de creer lo que ponen en el tortuoso lenguaje de su Informe sobre la Gestión Directiva 2012-2013, en este periodo “se ofertaron 25 plazas para la obtención de definitividad” y se otorgaron 15. Según el mismo documento, 151 nuevos profesores lograron aprobar su examen de ingreso; éstos, sumados a los interinos que ya laboran bajo esta condición, dan una idea de la gran cantidad de docentes aún en espera de lograr su estabilidad. Quince plazas son una gotita junto al mar. Y lo mismo sucede con  quienes buscan promoverse a una mejor categoría: “Se continuó el proceso para la asignación de 50 plazas para profesor de carrera”, dice el Informe, mas no señala cuántas fueron otorgadas gracias al poder arbitrario y discrecional con que cuenta la directora general para asignarlas bajo la etiqueta de “profesores de carrera a contrato”. Bueno, pues de esto es de lo que queríamos hablar, y ya informaré al respecto.  
    Por lo que hace a sus amenazas, veladas o explícitas, es claro que no distinguen los nuevos tiempos de cuando actuaban y reprimían con total impunidad. En caso de que trataran de aplicar medidas punitivas, el problema se desbordaría: toda la comunidad se enteraría; los profesores informaríamos a nuestros alumnos, buscaríamos apoyo en las otras áreas donde tienen los mismos problemas, y también en los demás planteles. Acudiríamos a los medios de información, daríamos entrevistas para denunciar las medidas represivas y las condiciones laborales deplorables bajo las cuales trabajamos.
    En una entrevista que me realizaron durante la toma de la dirección general en la pasada primavera, me preguntaron por qué siempre se recurre a la toma y cierre de oficinas, y luego de calles. Mi respuesta fue y sigue siendo que en el CCH aún no se enseña a vivir en la democracia: se organizan elecciones para consejeros de distintos órganos, pero se manipula a alumnos y profesores para que voten por determinados candidatos; además, la actuación de estos órganos es puramente formal, sirve para avalar decisiones, no para tomarlas; se habla de institucionalidad, pero ésta consiste en proteger a la pandilla que administra los recursos de la institución, no en ser fiel a los principios y fines de la institución (Maurice Duverguer, Instituciones políticas y derecho constitucional); se apela a los valores universitarios, y las autoridades son las primeras en pervertirlos al meter a familiares y amigos y otorgarles las mejores categorías laborales. ¿Dónde quedan la honestidad, el reconocimiento del saber, del esfuerzo y de los méritos que deben prevalecer en toda universidad? Demagogia pura. Pues bien, amedrentar para que los profesores no realicen de manera autónoma sus reuniones, y puedan comentar y proponer acciones para manifestar su rechazo o apoyo a decisiones que los afectan, es cancelar la democracia, es abrir las puertas a medidas drásticas como la toma de direcciones. Pero son las autoridades las que llevan a ello. (Continuará.)

UNA PREGUNTA INTELIGENTE
“A veces me pregunto cómo es que se mantiene la UNAM a pesar del desastre en el que la han hundido”, me dice un profesor. Pienso que se mantiene gracias a la callada labor que realizan sus científicos, sus investigadores, sus profesores que día a día acuden a preparar a sus alumnos, no obstante las dificultades que les imponen; se mantiene gracias a la labor discreta y constante que realizan muchos de sus empleados, de los cuales quiero narrar un caso:

    Abro la Gaceta CCH y, entre la inanición informativa y la pobreza de lenguaje que la caracterizan, aparece un díptico en el que se informa a los profesores acerca de los servicios del Departamento de Impresiones del plantel Vallejo (“Un servicio con alma azul y espíritu oro”): describe con detalle el tamaño de las hojas que se pueden fotocopiar, el engrapado, corte de papel, engargolado, empastado, procedimiento para solicitar los trabajos y aun una recomendación importante. Se aprecia esmero, buena intención e incluso amabilidad en el mensaje. Como en el poema “Los Justos”, de Borges, estas acciones, que se ignoran, están salvando el mundo.

domingo, 6 de octubre de 2013

NO ESTAMOS SOLOS

No estamos solos

NOÉ AGUDO (7/X/2013)

Como si hicieran falta pruebas de lo que he venido publicando, los profesores del Área de Talleres del plantel Vallejo nos enteramos la semana pasada que la directora general acaba de asignar plaza de carrera a una profesora que no compitió para obtenerla, que tampoco reúne los requisitos, ni la experiencia ni los conocimientos para merecerla, pero que felizmente es cuñada del secretario general del CCH. Y, sabedores de que están en eso que la picaresca política denomina “año de Hidalgo” (el próximo sabremos si la actual directora general es capaz de reelegirse, y esperamos sinceramente que esto no suceda así por el bien del Colegio) pues le ha otorgado la plaza sin más, no importa el escándalo que representa. Beneficiemos a familiares y amigos antes de que esto se acabe, parecen decir. Y lo mismo debe ocurrir en todas las áreas y en los demás planteles.
    No tengo absolutamente nada contra la profesora beneficiada ni me interesa si se la asignan a ella o a cualquier otro; en todo caso qué bueno que lo hagan, esto es lo que desearíamos todos. Lo importante aquí es la concesión gratuita, la indiferencia atroz hacia el grueso de las profesores; el olvido impúdico de “los valores universitarios” que la directora tanto gustaba invocar en las reuniones con los alumnos paristas; el saqueo descarado de los recursos del Colegio, que reparten como si fueran suyos; la violación flagrante de reglas claramente establecidas para un proceso de este tipo; el desdén brutal por la calidad educativa, al privilegiar a familiares de funcionarios y amigos, no importa la solvencia profesional e intelectual de quienes disfrutan las plazas, y el desprecio obsceno por la inteligencia de los demás profesores, pues piensan que no nos enteramos ni somos capaces de hacer nada ante semejantes arbitrariedades y burlas.
    En esto, hay que reconocerlo, tienen cierta razón. Hace mucho que los integrantes del CCH perdieron el valor civil, su espíritu crítico y combativo que tantos reconocimientos les valió en sus orígenes. Pocos se atreven hoy a decir con claridad lo que piensan. La mayoría prefiere el silencio, la apatía, o enardecerse en el Facebook con las luchas de otros y contra los malos de allá afuera, como si aquí dentro se viviera en el mejor de los mundos. Otros se engañan ingenuamente y piensan que si continúan calladitos o, mejor aún, criticando e informando de lo que algunos profesores claridosos nos atrevemos a decir, en algún momento estarán mejor. Bueno, pues permanezcan sentados y calladitos, ya les viene su plaza de carrera. 
    Pese a todo, poco a poco comienza a emerger ese espíritu que casi fue anulado durante tantos años, y lo mejor es que reaparece entre los propios profesores de carrera, que son los que deberían permanecer callados pues son quienes gozan de una mejor situación que los de asignatura. Tres respetables y excelentes profesores de carrera han respondido con ideas muy precisas a mis artículos. Uno de ellos, fundador del CCH, me envía el siguiente correo que nos da una idea de por qué muchos apoyan el estado actual de cosas:
“Mientras un profesor de asignatura gana cerca de 100 pesos la clase, algunos privilegiados ganan diez mil pesos la clase. ¡Cómo!, dirán algunos. Fácil de comprobar. Vean con detenimiento la hoja de firmas y verán que algunos profesores de carrera, que han compactado su horario a martes y jueves y, desde hace más de un año, sometidos a ‘intensas’ y ‘sesudas’ discusiones sobre la actualización de los programas de estudio, cobran 80 mil pesos al mes. Los cuales, divididos entre ocho clases mensuales (dos por semana), da un  promedio de 10 mil pesos por clase...Es decir, están mejor que en Harvard, por eso dicen que el CCH es mejor que Harvard, ¡pero en cuanto al pago! Y es que la actualización, que es la carta fuerte para la reelección de la directora, ha traído innumerables beneficios a los ‘abajo firmantes’. Entre ellos, que los ha liberado de su carga académica para dedicarse de lleno a promover la reelección de la patroncita, a la que agasajan con barbacoas y otras muestras de apoyo político....Y el rector, ¿sabrá de estas anormalidades? Claro que lo sabe, pero en la UNAM se da una de cal por otra de arena...”
    Otro profesor de carrera, también fundador y conocedor como pocos de las entrañas del CCH, ha escrito para decirme que le gustó mi artículo (“Estampa de un día”). Él es de la opinión de que “todos los profesores de bachillerato debieran tener plaza”, y “los de asignatura sólo serían aquellos encargados de cubrir licencias o comisiones”.
    Uno más, también de carrera sólo que de las nuevas generaciones, plantea la necesidad de editar una revista para analizar, promover e identificar aquellos puntos en los cuales coincidimos la mayoría. La idea es organizarnos en torno a estos puntos para sacar a los profesores del marasmo y al Colegio de la condición desastrosa en la que se encuentra.
    El caso que refiere este artículo no es el único, es un hecho común en el Colegio y por eso he planteado la necesidad de suprimir las atribuciones discrecionales de los directores, pues son ellos los primeros encargados de corromper la institución. ¿Cómo pueden exigir, entonces, que algunos activistas no vendan sus dulces y chucherías? Por otra parte, basta ver a unos cuantos de los “profesores de carrera” a quienes les ha sido regalado el nombramiento con el eufemismo de “plazas de carrera a contrato”, para darnos cuenta del daño que causan a la educación y al Colegio.
    Por cierto, este jueves 10 de octubre habrá elecciones para consejeros académicos. Nuestro voto debe ser para quien se comprometa con propuestas para solucionar la inestabilidad laboral en la que se hallan los profesores de asignatura. (Continuará.)

    

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...