Crítica de la razón
cruda (1)
Allí estaba otra vez, intentando recordar cómo había llegado,
si lo hice solo o alguien me llevó, a qué hora, dónde había quedado la cartera
y cómo fue que me pude zafar de ese lugar. Sólo recuerdo que estaba en Plaza
Garibaldi, piradísimo, un teporocho se me pegó y empezó a beber conmigo; se
servía de la botella que yo tenía en el piso, con refrescos y vasos de
plástico. El Dito, Lucrecio y el Buitre habían desaparecido desde hacía rato. No
se miraban y yo no hacía más que beber en tanto la botella durara. En esa época
teníamos la costumbre de robarlas a los grupos de valedores más borrachos que
nosotros. Ponían las botellas al centro, sobre el piso, hacían una ruedita que
se iba abriendo conforme se embriagaban o se descuidaban al atender la música
que pedían. Entonces alguien pasaba, levantaba la botella y se evaporaba entre
el gentío. Después nos reuníamos en los sitios acordados y volvíamos como si
nada al centro de la plaza, a continuar bebiendo, escuchando mariachis sumergidos
entre el bullicio. Esa noche llevábamos tres, solo que de diferente contenido:
ron Bacardí, brandy don Pedro y ahora otra una más de brandy, pero ésta de
brandy Cheverny. ¡Puro matarratas! Aparte de las dos de Gobernador que habíamos
bebido en la Central Camionera. ¡Cómo aguantamos tanta bebida y refresco! Lo
malo era el cruce: pasar del brandy al ron o al tequila, o incluso otro brandy
pero de distinta marca, a mí me pegaba muy feo. Como el Vergel, que nunca me
gustó. Siempre anunciaba el golpe, traía el golpe, atraía el golpe. El
teporocho preguntó: “¿Me regalas un trago?”, sírvete le respondí. Y allí
estábamos. Él callado, nomás viéndome, yo de tanto en tanto lanzaba un grito,
cuando tocaban “La Culebra”, “El Son de la Negra” o “El Carretero” y luego me
quedaba en silencio, preguntándome qué haría, hasta qué hora los esperaría. Eran
ya como las dos de la mañana. El teporocho dijo vamos a mi casa, te invito a mi
casa. Estaba tan borracho que lo seguí. Vivía bajo un montón de láminas de
cartón en un terreno baldío, creo que era sobre la calle de Violeta. ¡Son
chingaderas, qué pendejadas hago! Recuerdo vagamente el reducido espacio, había
bultos, varios bultos, montones de ropa sucia arrojados sobre el suelo. Me dijo
siéntate, yo obedecí y me senté sobre uno de esos bultos. Busqué un espacio vacío
donde poner la botella y los refrescos que aún quedaban, y acomodar mis pies, que
a esa hora ya estaban muy cansados. El teporocho gruñía, resoplaba; yo trataba
de verle la cara, pero estaba recubierta por una espesa capa de grasa negra,
como crema para el calzado, así que sólo veía brillar sus ojos, dos rendijas
que apenas se abrían, mientras decía: Ahh, ahh, ahh, y buscaba algo en el
espacio miserable. El sonido de las trompetas a lo lejos. Se acabó la botella
de Cheverny y él vació un poco de líquido blanco en mi vaso al cual agregué
Coca-Cola de manera maquinal. Seguí bebiendo esa porquería, sin saber lo que
era. Pon música, le dije. Él se quedó mirando, dudando, desconcertado, sin
saber qué hacer. No haaayyy, dijo, y yo sentí que me dormiría en cualquier
momento; tenía un sueño profundo, pero no podía recargarme en nada, así que me
acomodé sobre mis rodillas. De pronto el bulto donde estaba sentado se movió.
¡Horror!, era otro teporocho que dormía. No me dijo nada, sólo se acomodó y
recogió sus piernas para ocupar menos espacio. Mi piloto automático no
respondía, estaba aún dormido, no sabía qué hacer. Serví sólo Cocacola en mi
vaso y eso me cayó mejor. Esperaba el golpe, no tardaba en llegar, debía venir
el golpe, él me dictaba qué hacer, para dónde moverme. Siempre era así, a veces
me decía, ¡Desaparécete, vete ya! Otras me aconsejaba coger la botella y llenar
los vasos de los demás hasta verlos derrumbarse
por el alcohol o fatigados por el sueño, sobre las mesas, en los sillones o
simplemente sobre el piso; algunas veces el golpe era violento, inesperado, me
ordenaba atacar, y yo me lanzaba como un perro furioso contra quienes tenía
enfrente, golpeaba y arañaba sus caras hasta hacerlas sangrar. Cuando la sangre
les escurría me veían asustados, sorprendidos, y antes de que decidieran el
desquite yo desaparecía. Días después, ya recuperado el juicio, me los
encontraba y decían: “Estás bien pinche loco”. Pero esto sucedía sólo cuando me
sentía inseguro o realmente estaba en peligro. El piloto vigilaba. Normalmente
mis borracheras son tranquilas. Digo, las veces que descuido mi vaso y alguien
lo llena de alcohol puro, pero estoy en un ambiente seguro, no paso de quedarme
dormido sobre la mesa o repantingado sobre la silla, nunca he caído al piso, ni
dentro de una casa o fuera de ella. Y cero agresiones. Me paré preocupado y casi caí al suelo, tiré
el vaso y derramé el contenido sobre otro bulto, que resultó ser una mujer.
Ella murmuró algo y entonces miré con atención al resto. ¡Eran personas! Yo estaba
en una guarida de indigentes, locos, pirados y teporochos; dormían entre sus
bultos llenos de trebejos, hilachos sucios, botellas vacías, papel y demás desperdicios
que arrastran en sus costales por las calles. Algunos los utilizaban como gruesas
almohadas o los abrazaban entre sus piernas, reviviendo en parte el remoto
recuerdo de “dormir enpiernados”. Yo pensé qué hago, ni modo que me quede a
dormir con estos cabrones. El teporocho con quien llegué había echado su cabeza
hacia atrás y dormía o fingía hacerlo. Entonces llegó el golpe: mi piloto
automático saltó, lanzó un aullido y me levantó de los cabellos; cogí una
botella de Cocacola, vacié todo el contenido en mi vaso y lo bebí de un trago.
Recuerdo una piel sebosa entre mis manos, las barbas y cabellos que arrancaba y
un olor a metal frío. Veía mis manos limpias pero las sentía grasientas, como
si las hubiera embarrado con grasa que ponen a los vehículos. Mi piloto
reaccionó cuando todos los bultos se empezaron a mover, algunos se sentaban
para mirar mejor y otros intentaron ponerse de pie. A estos me ordenó
patearlos, no permitir que se levantaran y amenazarlos con rasgarles el cuello
con la botella rota que apareció en mis manos. Me levantó derecho, golpeó mis
omóplatos, me puso sobre la calle y entonces corrí, corrí, corrí; atravesé un
parque; vi una avenida iluminada por donde circulaban numerosos vehículos,
caminé hacia allá y palpé mis bolsillos. Traté de mantenerme lo más derecho
posible cuando se acercó un taxi, pero quien abrió la puerta era el mismo
teporocho que había dejado en la covacha. “Ven, ven, sube”, me dijo, “te
llevamos a tu cantón”. Volví a correr y sentí pasos cercanos detrás de mí que
me perseguían; otra vez crucé un parque donde otro grupo de indigentes se
calentaba alrededor de un fuego. Me reuniré con ellos, pensé, llegué y me senté
a su lado. Uno o dos me miraron con indiferencia y ya no supe nada más.
Vio que tenía los calcetines puestos. Hizo un esfuerzo por
levantarse y quitárselos. Pensó también deshacerse del pantalón sucio y sintió repugnancia por su
propio cuerpo. Los huesos le tronaron. Llevaba cinco días bebiendo y sabía que en
un rato se presentaría los escalofríos, el temblor, la desesperación y empezó a
sentir la necesidad vehemente de un trago. Le costó un esfuerzo enorme
levantarse; fue hacia el pantalón, palpó nuevamente los bolsillos para ver si la
cartera no estaba atorada por ahí. Seguro que llegó con ella, ¿de qué otra
manera pagó el taxi? Dio algunos pasos, empezó a buscar monedas. Entre los
trastes de la cocina, en una tablita donde su mujer llegaba y ponía el monedero,
debajo de sus camisas, tal vez había olvidado allí un billete. Halló dos
monedas de diez, dos más y tendría para una caguama, pensó. Con la cerveza
fijaría la mirada, podría articular las palabras y recordaría mejor. Todo
estaba en silencio, los muebles y las paredes crujían, como si se aprestaran a
comprimirlo. Ella se había marchado, ¿para siempre? Le urgía un trago; recordó
algunas tarjetas de crédito y de débito en las que le depositaban su sueldo en
el último trabajo. Las extrajo del cajón, tal vez tuvieran algunos pesos
todavía. Tomó un poco de aire, sabía que ya no podría dormir, aunque a esa hora
no había aún ninguna tienda abierta. A menos que fuera al parque. Allí alguien
del “Escuadrón de la Muerte” con seguridad le correría un poco de alcohol, del
que fuera. Se asomó a la ventana, nadie a esa hora, volteó y miró sus botas
sucias, se volvió a poner los mismos calcetines. Le extrañó un olor que
provenía de alguna parte de su cuerpo. No era el sudor ni la mugre ni la ropa
socia; era un olor extraño, indefinido y sutil, aunque persistente. Si con algo
habría que compararlo era con el fierro viejo y oxidado, con el orín. Había
aclarado un poco más. Cuando se sostuvo sobre la mesita advirtió la mancha
carmesí entre los dedos. Parecía sangre reseca que también alcanzaba la punta
de los dedos, bajo las uñas, y era lo que despedía aquel olor.