jueves, 4 de junio de 2020

EL APRENDIZ

 El aprendiz

Aprendió a leer. De relacionar los signos y balbucear las primeras palabras, pasó a sumergirse en las historias que lo absorbían, a contemplar extasiado los paisajes descritos y sujetar con firmeza los escurridizos razonamientos. Continuó leyendo. Aprendió y practicó los mecanismos de la lectura. Descubrió cómo identificar las oscuras y profundas motivaciones del autor, percibir el desvaído murmullo de su inspiración aún presente en sus escritos, recuperar su estilo, asimilar su espíritu y, de ser posible, reencarnarlo. Se dio cuenta que mientras más lejano se encontrara en el tiempo quien escribió, mejor sucedía ese proceso transmigratorio. Por eso se concentró en las odas de Píndaro, meditó los enunciados de Pitágoras, cantó los audaces yambos de Arquíloco; recorrió los inciertos contornos de leyenda, mito y exacta geografía que le reveló Herodoto; atestiguó las metamorfosis de Apuleyo y respiró en las catacumbas romanas de Petronio. De incierto modo intuyó que Homero, Plutarco, Montaigne, Hawthorne, Faulkner o García Márquez (en realidad todos sus autores) se animaban resplandescientes en su reino de tinieblas cuando los leía. A cambio le prestaban su voz, le murmuraban palabras precisas y transparentes frases para que él escribiera sus propios textos. Así se dio cuenta de la influencia y comprendió por qué Borges decía que todos los hombres escribían en realidad un solo libro, y percibió entonces la redonda forma de eternidad a la que estaba condenado.

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