martes, 23 de junio de 2020

CRÍTICA DE LA RAZÓN CRUDA (1)

Crítica de la razón cruda (1)

Allí estaba otra vez, intentando recordar cómo había llegado, si lo hice solo o alguien me llevó, a qué hora, dónde había quedado la cartera y cómo fue que me pude zafar de ese lugar. Sólo recuerdo que estaba en Plaza Garibaldi, piradísimo, un teporocho se me pegó y empezó a beber conmigo; se servía de la botella que yo tenía en el piso, con refrescos y vasos de plástico. El Dito, Lucrecio y el Buitre habían desaparecido desde hacía rato. No se miraban y yo no hacía más que beber en tanto la botella durara. En esa época teníamos la costumbre de robarlas a los grupos de valedores más borrachos que nosotros. Ponían las botellas al centro, sobre el piso, hacían una ruedita que se iba abriendo conforme se embriagaban o se descuidaban al atender la música que pedían. Entonces alguien pasaba, levantaba la botella y se evaporaba entre el gentío. Después nos reuníamos en los sitios acordados y volvíamos como si nada al centro de la plaza, a continuar bebiendo, escuchando mariachis sumergidos entre el bullicio. Esa noche llevábamos tres, solo que de diferente contenido: ron Bacardí, brandy don Pedro y ahora otra una más de brandy, pero ésta de brandy Cheverny. ¡Puro matarratas! Aparte de las dos de Gobernador que habíamos bebido en la Central Camionera. ¡Cómo aguantamos tanta bebida y refresco! Lo malo era el cruce: pasar del brandy al ron o al tequila, o incluso otro brandy pero de distinta marca, a mí me pegaba muy feo. Como el Vergel, que nunca me gustó. Siempre anunciaba el golpe, traía el golpe, atraía el golpe. El teporocho preguntó: “¿Me regalas un trago?”, sírvete le respondí. Y allí estábamos. Él callado, nomás viéndome, yo de tanto en tanto lanzaba un grito, cuando tocaban “La Culebra”, “El Son de la Negra” o “El Carretero” y luego me quedaba en silencio, preguntándome qué haría, hasta qué hora los esperaría. Eran ya como las dos de la mañana. El teporocho dijo vamos a mi casa, te invito a mi casa. Estaba tan borracho que lo seguí. Vivía bajo un montón de láminas de cartón en un terreno baldío, creo que era sobre la calle de Violeta. ¡Son chingaderas, qué pendejadas hago! Recuerdo vagamente el reducido espacio, había bultos, varios bultos, montones de ropa sucia arrojados sobre el suelo. Me dijo siéntate, yo obedecí y me senté sobre uno de esos bultos. Busqué un espacio vacío donde poner la botella y los refrescos que aún quedaban, y acomodar mis pies, que a esa hora ya estaban muy cansados. El teporocho gruñía, resoplaba; yo trataba de verle la cara, pero estaba recubierta por una espesa capa de grasa negra, como crema para el calzado, así que sólo veía brillar sus ojos, dos rendijas que apenas se abrían, mientras decía: Ahh, ahh, ahh, y buscaba algo en el espacio miserable. El sonido de las trompetas a lo lejos. Se acabó la botella de Cheverny y él vació un poco de líquido blanco en mi vaso al cual agregué Coca-Cola de manera maquinal. Seguí bebiendo esa porquería, sin saber lo que era. Pon música, le dije. Él se quedó mirando, dudando, desconcertado, sin saber qué hacer. No haaayyy, dijo, y yo sentí que me dormiría en cualquier momento; tenía un sueño profundo, pero no podía recargarme en nada, así que me acomodé sobre mis rodillas. De pronto el bulto donde estaba sentado se movió. ¡Horror!, era otro teporocho que dormía. No me dijo nada, sólo se acomodó y recogió sus piernas para ocupar menos espacio. Mi piloto automático no respondía, estaba aún dormido, no sabía qué hacer. Serví sólo Cocacola en mi vaso y eso me cayó mejor. Esperaba el golpe, no tardaba en llegar, debía venir el golpe, él me dictaba qué hacer, para dónde moverme. Siempre era así, a veces me decía, ¡Desaparécete, vete ya! Otras me aconsejaba coger la botella y llenar los vasos de los demás hasta  verlos derrumbarse por el alcohol o fatigados por el sueño, sobre las mesas, en los sillones o simplemente sobre el piso; algunas veces el golpe era violento, inesperado, me ordenaba atacar, y yo me lanzaba como un perro furioso contra quienes tenía enfrente, golpeaba y arañaba sus caras hasta hacerlas sangrar. Cuando la sangre les escurría me veían asustados, sorprendidos, y antes de que decidieran el desquite yo desaparecía. Días después, ya recuperado el juicio, me los encontraba y decían: “Estás bien pinche loco”. Pero esto sucedía sólo cuando me sentía inseguro o realmente estaba en peligro. El piloto vigilaba. Normalmente mis borracheras son tranquilas. Digo, las veces que descuido mi vaso y alguien lo llena de alcohol puro, pero estoy en un ambiente seguro, no paso de quedarme dormido sobre la mesa o repantingado sobre la silla, nunca he caído al piso, ni dentro de una casa o fuera de ella. Y cero agresiones.  Me paré preocupado y casi caí al suelo, tiré el vaso y derramé el contenido sobre otro bulto, que resultó ser una mujer. Ella murmuró algo y entonces miré con atención al resto. ¡Eran personas! Yo estaba en una guarida de indigentes, locos, pirados y teporochos; dormían entre sus bultos llenos de trebejos, hilachos sucios, botellas vacías, papel y demás desperdicios que arrastran en sus costales por las calles. Algunos los utilizaban como gruesas almohadas o los abrazaban entre sus piernas, reviviendo en parte el remoto recuerdo de “dormir enpiernados”. Yo pensé qué hago, ni modo que me quede a dormir con estos cabrones. El teporocho con quien llegué había echado su cabeza hacia atrás y dormía o fingía hacerlo. Entonces llegó el golpe: mi piloto automático saltó, lanzó un aullido y me levantó de los cabellos; cogí una botella de Cocacola, vacié todo el contenido en mi vaso y lo bebí de un trago. Recuerdo una piel sebosa entre mis manos, las barbas y cabellos que arrancaba y un olor a metal frío. Veía mis manos limpias pero las sentía grasientas, como si las hubiera embarrado con grasa que ponen a los vehículos. Mi piloto reaccionó cuando todos los bultos se empezaron a mover, algunos se sentaban para mirar mejor y otros intentaron ponerse de pie. A estos me ordenó patearlos, no permitir que se levantaran y amenazarlos con rasgarles el cuello con la botella rota que apareció en mis manos. Me levantó derecho, golpeó mis omóplatos, me puso sobre la calle y entonces corrí, corrí, corrí; atravesé un parque; vi una avenida iluminada por donde circulaban numerosos vehículos, caminé hacia allá y palpé mis bolsillos. Traté de mantenerme lo más derecho posible cuando se acercó un taxi, pero quien abrió la puerta era el mismo teporocho que había dejado en la covacha. “Ven, ven, sube”, me dijo, “te llevamos a tu cantón”. Volví a correr y sentí pasos cercanos detrás de mí que me perseguían; otra vez crucé un parque donde otro grupo de indigentes se calentaba alrededor de un fuego. Me reuniré con ellos, pensé, llegué y me senté a su lado. Uno o dos me miraron con indiferencia y ya no supe nada más.

Vio que tenía los calcetines puestos. Hizo un esfuerzo por levantarse y quitárselos. Pensó también deshacerse  del pantalón sucio y sintió repugnancia por su propio cuerpo. Los huesos le tronaron. Llevaba cinco días bebiendo y sabía que en un rato se presentaría los escalofríos, el temblor, la desesperación y empezó a sentir la necesidad vehemente de un trago. Le costó un esfuerzo enorme levantarse; fue hacia el pantalón, palpó nuevamente los bolsillos para ver si la cartera no estaba atorada por ahí. Seguro que llegó con ella, ¿de qué otra manera pagó el taxi? Dio algunos pasos, empezó a buscar monedas. Entre los trastes de la cocina, en una tablita donde su mujer llegaba y ponía el monedero, debajo de sus camisas, tal vez había olvidado allí un billete. Halló dos monedas de diez, dos más y tendría para una caguama, pensó. Con la cerveza fijaría la mirada, podría articular las palabras y recordaría mejor. Todo estaba en silencio, los muebles y las paredes crujían, como si se aprestaran a comprimirlo. Ella se había marchado, ¿para siempre? Le urgía un trago; recordó algunas tarjetas de crédito y de débito en las que le depositaban su sueldo en el último trabajo. Las extrajo del cajón, tal vez tuvieran algunos pesos todavía. Tomó un poco de aire, sabía que ya no podría dormir, aunque a esa hora no había aún ninguna tienda abierta. A menos que fuera al parque. Allí alguien del “Escuadrón de la Muerte” con seguridad le correría un poco de alcohol, del que fuera. Se asomó a la ventana, nadie a esa hora, volteó y miró sus botas sucias, se volvió a poner los mismos calcetines. Le extrañó un olor que provenía de alguna parte de su cuerpo. No era el sudor ni la mugre ni la ropa socia; era un olor extraño, indefinido y sutil, aunque persistente. Si con algo habría que compararlo era con el fierro viejo y oxidado, con el orín. Había aclarado un poco más. Cuando se sostuvo sobre la mesita advirtió la mancha carmesí entre los dedos. Parecía sangre reseca que también alcanzaba la punta de los dedos, bajo las uñas, y era lo que despedía aquel olor.

 


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