viernes, 12 de junio de 2020

EL REGRESO

El regreso

Quiso sentir nuevamente la suave brisa de octubre, contemplar cómo las ramas se inclinaban ceremoniosas para mostrar el envés de sus hojas y descubrir la danza secreta de los árboles, sus árboles, encaramado en la rama más alta de alguno de ellos. Anheló mirar el ocaso desde las alturas y comprobar cómo el sol estallaba en millares de fragmentos durante su agonía. En su memoria se dibujó aquella casa: el amarillo limonero, el mango siempre verde y umbrío y la silenciosa hosquedad del aguacate. Deseó acariciar por última vez las piedrecillas marinas halladas en su infancia, contemplar la inmensidad del sur, la pétrea y rugosa cortina del oriente y el cercano poniente de los atardeceres. El norte prefirió no evocarlo pues lo recorrería palmo a palmo si lograba volver. Miró sus manos, palpó su cuerpo, comprobó que la vida aún palpitaba trémula en su envejecido cuerpo. Hizo un pequeño bulto con sus cuadernos y el único libro que incluyó fue las Meditaciones de Marco Aurelio, agregó una gruesa capa de lino. El viaje le llevó varias semanas y días. Nadie lo vio cuando arribó al sitio donde se levantaba la casa, excepto la tenue claridad de la luna. Unos cuantos troncos podridos, pedazos de tejas y el espacio cuadrangular con hierbajos ralos eran lo único que indicaba que allí había existido algo. Un monte bajo cubría la superficie donde estuvieron el patio, el corral y los horcones para sujetar a las bestias. No quedaban huellas del aguacate ni del limonero, sólo el mango pareció mover suavemente sus ramas cuando lo vio llegar. Fue hacia el promontorio donde encontró la piedras marinas y escarbó con sus dedos hasta hacerlos sangrar. Milagrosamente, allí estaban, las puso en la concavidad de sus manos y las aspiró como si fuesen un delicioso aroma. Un coyote aulló en la lejanía. Se hincó, se reclinó sobre la tierra, lloró con la cara puesta en el suelo y derrochó sus postreras exhalaciones en la límpida soledad de aquella montaña.

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