jueves, 23 de marzo de 2017

LOS LOQUITOS

Los loquitos


Quien dice lo que piensa no piensa lo que dice.
Jacinto Benavente

De tanto comentarla, una obra teatral que Gabriel Zaid se había propuesto escribir y que nunca terminó ya tiene una existencia real en el imaginario de sus lectores, como yo, y lamentamos de verdad que no la haya concluido. La obra plantearía lo que sucede si alguien actuara con absoluta transparencia y sin ceder en lo más mínimo ante cualquier acto de corrupción, por pequeño que fuera. Esta persona se dañaría a sí misma, perjudicaría a su familia, a sus compañeros de trabajo, afectaría a su comunidad y terminaría trastornando a la sociedad entera.
            Sucede lo mismo con la mentira. Si fuéramos absolutamente honestos seríamos descorteses, groseros e incluso ofensivos. “Hola, ¿cómo estás?” “¡Del carajo! ¿Y tú?” “¿Qué te pareció el escrito de fulano?” “Un bodrio, parece escribir con los pies y pensar con la barriga”. “¿Qué piensas del candidato equis?” “Que es un tunante como cualquier otro, nomás deja que asuma el poder”. A cambio de eso solemos responder: “Muy bien, ¿y tú?” “Regular, regular” o, si somos condescendientes, “Bien, bien. Acaso necesita pulir un poco su estilo”, y “Esperemos verlo actuar. Démosle el beneficio de la duda”. Etcétera.
            Como dice José María Martínez Selva en su libro La psicología de la mentira (Paidós, 2005): “Decir siempre la verdad sería peor para las relaciones sociales o laborales. Es preciso mentir porque, en caso contrario, no habría cortesía o las relaciones humanas no serían fluidas o suaves.” Mentimos a diario, fingimos, nos hacemos los desentendidos y los más cautos prefieren callar. Así se mantienen nuestras relaciones interpersonales y sociales. Sin embargo, cuando el que miente es una autoridad, alguien de quien dependen cuestiones vitales como el trabajo y la sobrevivencia misma de las personas, la mentira pierde su talante inofensivo y su papel de facilitadora social para transformarse en una forma de control o de perjuicio.
            De allí que los integrantes de una sociedad abierta juzguen positivo preguntar, cuestionar, denunciar e incluso criticar las acciones de las autoridades. Esto permite mantenerlas vigiladas, se las induce a respetar la ley o al menos no transgredirla con tanto descaro y desvergüenza. Y aun así no es suficiente. Hacen falta órganos capaces de exigirles cuentas y, si es necesario, sancionarlas cuando infringen las normas o cometen actos ilícitos. Permitirles actuar sin vigilancia, transparencia ni control es abrir las puertas para que actúen en la más absoluta impunidad. Es lo que sucede en sociedades cerradas como Venezuela, Cuba y Corea del Norte, donde no existe una prensa libre y se persigue a los informadores. (Y, ¡paradojas de la historia!, ocurre ahora también en los Estados Unidos: el país que ha enseñado al mundo el destacado papel de la prensa libre para el mejor funcionamiento de la democracia y sus instituciones, hoy ha sido secuestrada su presidencia por un individuo autoritario que declara a los medios informativos “enemigos de la nación”. Pero ni los medios se dejarán avasallar fácilmente ni la sociedad carece de mecanismos e instituciones que, confío, podrán imponer un firme valladar a tan anacrónica y retrógrada pretensión.)
            México es un país con instituciones democráticas aún endebles, sobre todo en lo que concierne a la participación ciudadana: nos hacen falta valor cívico y saber actuar para darle sustento y vigor a la democracia. Los más de setenta años vividos bajo el régimen de partido único y poder hegemónico hicieron, por una parte, una mayoría ciudadana medrosa, pedinche, irresponsable, acostumbrada a expresar sus críticas con medias palabras, sólo capaz de murmurar y propalar chismes, que aún cree en los caudillos y considera que el verdadero cambio sólo se dará cuando llegue “el bueno”, el incorruptible, el honesto, el que mejor sabe endulzar sus oídos con “desfallecidas flores retóricas” (Borges).
Por otra parte, los años de partido único crearon también una izquierda tozuda, radical, fanática, amante de la violencia e intolerante, grabada a fuego su frente con la “I” de la intransigencia. Para esta izquierda (por suerte una minoría) todas las acciones de gobierno son parte de un plan siniestro que sigue los dictados de organismos internacionales para aplicar el modelo neoliberal, para seguir desmantelando el país y entregarlo a las corporaciones extranjeras. Esta izquierda hoy es la mejor aliada de Donald Trump, pues es la que rechazó en su momento el Tratado de Libre Comercio, la que seguramente ve gustosa que las empresas transnacionales abandonen México como lo quiere el neofascista del norte y también debe anhelar que un muro nos separe por fin del odiado imperio.
En el CCH no existe ciudadanía o al menos su comunidad no actúa y se expresa como tal. Prevalecen las visiones esquemáticas y simplistas para juzgar las acciones de gobierno, especialmente las del gobierno federal, y hacia el interior se permite que verdaderos truchimanes se encaramen a los puestos de dirección y perviertan los nobles propósitos de una institución educativa. ¿Desde cuándo no tenemos un verdadero académico en la dirección general? ¿Cuánto hace que no se toman en cuenta las propuestas de profesores para designar un director de plantel, sino que el director general coloca a sujetos ineptos (como en Vallejo) cuyo único mérito es servir y ser servil con los de arriba? ¿Qué hemos hecho para cambiar esta situación que ha llevado el desastre del Colegio?
Debemos reconocer que en esto hemos fallado como profesores: no hemos logrado enseñar a pensar, a formar ciudadanos y personas capaces de actuar y comprometerse racionalmente con su realidad. Y no lo hemos logrado porque nosotros tampoco lo somos. Nuestro modelo educativo, que se propone cultivar el pensamiento crítico, se queda solamente en eso, en una magnífica propuesta, pero no hemos podido lograr o ni siquiera comprender lo que significa. (Hoy lo retoma el sistema educativo nacional en el nuevo modelo educativo para aplicarlo en la enseñanza en todo el país y, de verdad, quisiera que por fin se hiciera factible porque México lo requiere.) Pero en el CCH el desarrollo del pensamiento crítico derivó en la inculcación de dogmas, en la elaboración de esquemas simplistas y en la formulación de consignas cuya principal característica es su total incapacidad para interpretar la realidad y actuar en consecuencia. Ser crítico, se piensa, es gritar ofensas contra el gobierno o decirle ignorante a Peña Nieto, sin verse reflejados en el mismo espejo. Ser crítico, se cree, es culpar de todo al modelo neoliberal sin comprender las transformaciones que ha vivido el mundo y muy especialmente nuestro país. Por eso hoy los mejores aliados del neofascismo son los representantes de esa izquierda trasnochada que no ha sabido actualizarse y añora el estatismo, el peor nacionalismo y las fronteras cerradas.
Hay excepciones, por supuesto, y esas pocas excepciones son las que aún mantienen viva la flama del modelo educativo vanguardista, humanista y de honda preocupación  social con que se fundó el CCH. Los profesores que no comparten la mal entendida idea del pensamiento crítico, saben que la misión de nuestro modelo educativo es formar personas con mayores capacidades para desarrollar su creatividad, detonar su imaginación y aplicar el raciocinio en sus acciones. Estos profesores saben también que es necesario rescatar y mejorar el modelo porque la ciencia y la tecnología nos han situado en contextos y situaciones nuevas que lo demandan con mayor urgencia. Porque basta ver el comportamiento de la mayoría para saber si hemos fracasado. ¿Esos personajes agachones, convenencieros, cínicos y oportunistas que ven al Colegio como un botín se preocuparán porque el modelo educativo del Colegio recupere el pensamiento crítico? ¿Esos individuos indolentes, apáticos, murmuradores, críticos de baños y pasillos, incapaces de expresar  sus puntos de vista con valor civil, lograrán inculcar el pensamiento crítico? Para ellos el pensamiento crítico es más bien un estorbo, por eso procuran deshacerse y olvidarse de él cuanto antes.
Este texto se titula “Esos profes loquitos” porque así nos bautizaron quienes hoy dirigen el Colegio. Me refiero a un grupo de profesores que consideramos que las cosas se pueden hacer de forma diferente: no ver al Colegio como un botín con el cual beneficiarse y beneficiar a la parentela, sino recuperar su carácter académico; rescatar, actualizar y profundizar su modelo educativo; actuar apegados a la normatividad y de manera transparente, para que todos nos sintamos parte de una comunidad donde se respetan los derechos, compartimos las mismas obligaciones y contamos con condiciones de trabajo estables y basadas sólo en el mérito académico; dar a los órganos de representación colegiada suficiente independencia y autonomía para que representen realmente a la comunidad y así encauzar la participación de todos. No al nepotismo ni al favoritismo ni a la discrecionalidad.
Pues bien, una vez remplazada la anterior administración, un bribón que había solicitado nuestro apoyo para que Jesús Salinas llegara a la dirección general, y que hoy se ostenta como su “hombre de confianza”, dijo algo así como que no había que considerarnos para ninguna responsabilidad porque estábamos “loquitos” y se ufanaba incluso de haber creado la división entre el grupo. La befa, la soberbia y el desprecio que exhala su consideración son directamente proporcionales a su calidad como persona y profesor, como pudimos constatarlo más adelante. Pero no es lugar ni momento para ocuparnos de él por ahora.
En busca de un dato casi releo la novela La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín, y eso me lleva a reproducir un pasaje donde dialogan Galio Bermúdez, asesor del secretario de Gobernación (que en la vida real se dice que es el filósofo Emilio Uranga) y Octavio Sala, director de La República (que en la vida real es Julio Scherer, director del diario Excélsior), pues resulta muy pertinente para concluir este escrito. Galio le reprocha a Sala su propósito desmesurado por dar cuenta de los hechos que no conviene revelar, su obsesión por publicar la verdad, por decir sin medias tintas lo que ocurre en México, por describir la lucha cruenta, sorda y sucia que se libra entre la guerrilla de los años setenta y las fuerzas policiacas y militares del gobierno.
“Nada puede hacerle más daño a este país que la verdad” dice Galio… “Es como querer arreglar a un jorobado con buenos cirujanos y padres que vayan por la calle exhibiendo desnudo a su esperpento, mostrando a todo mundo la joroba y adicionalmente sus piernas entecas, sus ojos bizcos, sus manos de tres dedos, sus pies planos, su labio leporino, el principio de una cola bífida en el cóccix. Nada podrá hacerle más daño a ese pobre ser que el honrado pregón paterno de la verdad. México es todavía ese jorobado. Sus miserias reales no son un asunto de opinión pública, Octavio. Son una mierda, un dolor inmanejable, un desastre heredado. Exhibirlo no nos cura, simplemente nos describe. Y la descripción nos hace abominables, porque lo somos.
            “Reconozcámoslo entonces, Galio, para reconocernos como somos dijo Sala.
            “¡No, no, no! dijo Galio, saltando casi hacia las palabras de Sala. Somos un jorobado pero hace un siglo éramos un albañal. Mañana seremos simplemente un cojo y algún día un ser normal, a condición de que sigamos haciendo poco a poco lo que hemos hecho hasta ahora: ocultar nuestra joroba, decirnos que hemos nacido para otra cosa, tener en la cabeza un país ideal, un país ficticio que decimos ser y que no somos, pero que todos los días nos llama a ser otra cosa, a ponernos en el lugar de los seres normales, el de la historia realizada. Nada puede dañar tanto la ida hacia lo que debemos ser, como la tentación de los atajos, la simulación del absoluto que no ha traído para nosotros sino jorobas adicionales, prisas sin destino, carreras que dan a precipicios, redentores que vuelven a sumirnos en la mierda, independencias que acrecientan nuestra esclavitud, paraísos que desembocan en el infierno.”
            El CCH, una de las mejores consecuencias de los movimientos libertarios del 68; un espacio donde se cultiva el conocimiento, donde la libertad es condición sine qua non de la enseñanza; donde la tolerancia, la libertad de expresión y  el ejercicio de la crítica deberían correr parejas con la formación de ciudadanos ejemplares, no puede ser el reducto donde se refugien los peores vicios y taras del sistema político del que aún no logramos salir. Por eso hay que empujar, por eso disintiendo un poco de mis compañeroshay que decir las cosas como son, aunque nos digan “loquitos”, temerarios y nos prevengan que así no se llega a los puestos directivos. No es ese nuestro objetivo, ni lo deseamos. Nuestros objetivos están más allá.

ECOS DE MI ESCRITO
Publico tal cual el mensaje que una apreciada profesora me envió en relación con mi anterior entrega y, como es obvio, mi respuesta al mismo:

Hola, estimado Noé
Tengo años de conocer a Ernesto, fue mi alumno y la acusación sin fundamentos que haces de su persona es un rumor que desatan algunos compañeros. Otras veces a ocurrido (sic) lo mismo con profesores jóvenes que llegan con los títulos de maestría o doctorado. Actualmente Ernesto esta becado por CONAYT (sic sic) y no tiene la llamada Comision (resic) que mencionas. Me estraña (recontra sic) que te guíes por rumores dañando a personas que en lo particular considero que no son tus enemigos.
En el caso de la renuncia de Miguel el mismo se echo la soga al cuello, y no todo se rige solo por el Derecho, pienso que todo profesor merece respeto y no puede ser tratado como hizo Miguel con Jesús Salinas…
Delia Gutiérrez

Respuesta
Estimada Delia:
En ningún momento fue mi intención perjudicar al profesor Ernesto Coronel Pereyra ni mucho menos lo considero mi enemigo (de hecho yo no tengo enemigos, sino personas que difieren de mis apreciaciones, otra cosa que ellos me consideren su enemigo). En un escrito que me hizo llegar en el que me amenaza al saberse protegido, y que te reenvío para que lo corroboresꟷ confirma uno a uno los datos que divulgué para ilustrar cómo la aplicación de la normatividad se hace de manera selectiva en el CCH: cese y persecución para los otros, lenidad y omisión a la norma para los “cuates”. No cuestiono el hecho de que haya recibido una beca, seguramente la obtuvo por su magnífica preparación si contó con excelentes profesores como tú. Simplemente divulgo lo que él mismo confirma en su escrito: fue exonerado al no encontrar ninguna prueba de la acusación que le hicieron tres profesores de su área (ellos lo denunciaron, no yo). Tres, y muy respetables. Lo que señalo es el uso parcial de la norma: mientras a algunos se les da oportunidad de demostrar su inocencia, a otros (como en mi caso) simplemente se les cesa y se les hacen nugatorios los argumentos esgrimidos en su defensa.

Saludos cordiales

¿El Waterloo de López Obrador?
¿Ha sido Nueva York el Waterloo de López Obrador? No, pienso que fue un brutal frentazo en su adelantada campaña presidencial y puede llevarlo a la debacle en este tercer intento por ganar la presidencia de la República. ¿Por qué fue brutal? Porque lo reveló tal como es: intolerante, refractario a cualquier punto de vista distinto al suyo y por su creencia ciega de que sólo él es honesto, diferente y capaz de transformar el país. Juárez, una de sus figuras tutelares, tenía una voluntad inquebrantable y podía parecer necio a ratos, pero sabía escuchar a los brillantes hombres que lo rodeaban: Ocampo, Sierra, Lerdo, Arriaga y tantos liberales más que lo acompañaron. Juárez creía, por otra parte, en los mecanismos legales e institucionales con que se debe proveer una sociedad que desea avanzar realmente en la aplicación del Derecho, el combate efectivo a la desigualdad y el funcionamiento de la democracia, independientemente de los hombres que dirijan la sociedad. López Obrador sólo cree en él, se siente un verdadero “producto milagro”, y los “productos milagro” no funcionan. Es una paradoja cruel que un integrante de ese grupo que él y la izquierda que lo acompaña usaron para desestabilizar al gobierno de Peña Nieto (2014, 2015 y 2016) y con el cual se propusieron hacerlo renunciar, sea quien hoy lo haya desnudado. ¡Cómo fue posible esto, si el guion era otro!: “Fue el Estado, fue el Ejército, el gobierno de Peña Nieto”. Así es como debe decir el guion. Por eso nunca, en ninguna manifestación, se ha exigido castigo para Aguirre Rivero (no obstante que, se sabe, el ex gobernador tenía como amante a la esposa de José Luis Abarca y estaba al tanto de las relaciones con el crimen organizado y demás ilícitos de la pareja); los que reclaman justicia por los 43 desaparecidos olvidan los cientos de declaraciones de sicarios y sus jefes que reconocen (ante una cámara de video e interrogados por psicólogos, no torturados) haber sido ellos los autores intelectuales y materiales del asesinato y desaparición de los jóvenes. Que no encuentren los cuerpos (y pienso que nunca los encontrarán por como los desaparecieron, según los propios sicarios), que haya detalles sin aclarar, que existan varias fallas en la reunión y presentación inicial de las evidencias, y que se haya manejado con enorme torpeza la información del asunto (el gobierno federal ni siquiera quiso involucrarse al principio)… Que por todo esto el crimen se atribuya al Ejército, al gobierno federal y a Enrique Peña Nieto, me pareció desde el principio una vileza. Alguien de los directamente afectados ya se dio cuenta que esto no es cierto y pidió a López Obrador que aclarara cuál fue su relación con los Abarca y Aguirre Rivero, y cuál fue el papel del PRD, partido del que él era el presidente. “Pregúntenle al Ejército, a Peña Nieto, al régimen” volvió a declarar. Es decir, también se reveló como el autor del guion, del cual Tomás Tizapa, padre de uno de los estudiantes desaparecidos, se salió. Este hecho reveló enterito a López Obrador. ¿Puede cambiar una personalidad durante el tiempo que resta para las elecciones presidenciales de 2018? De eso depende el triunfo o fracaso.


Encontrémonos en Facebook donde estoy como Noé Agudo, allí publiqué en su momento el texto de arriba.

miércoles, 15 de marzo de 2017

JUSTICIA Y GRACIA

“Para los amigos, justicia y gracia. Para los enemigos, sólo justicia”. Este enunciado, que puede ser el de un capo mafioso, Héctor Aguilar Camín lo atribuye a don Benito Juárez, un ferviente defensor del Derecho y la aplicación imparcial e irrestricta de la Ley. Cuando lo leí por primera vez en su novela La guerra de Galio no se me ocurrió preguntar a Aguilar Camín dónde la dijo o escribió Juárez. He buscado incesantemente la fuente y no la encuentro. El torcimiento, el empleo selectivo y la inaplicabilidad del Derecho en México hacen que la expresión adquiera realidad y verosimilitud, aun si no la dijo Juárez. Por eso la utilizo en esta entrega que analiza la aplicación de la justicia en la UNAM, y en particular en el CCH.

“Para los amigos, justicia y gracia…”
NOÉ AGUDO (14/III/2017)

A la mayoría de los universitarios nos han llenado de orgullo y satisfacción las acciones que la UNAM ha encabezado recientemente, pues la identifican como una institución educativa atenta, sensible y activa en la solución de  la problemática política y social del país. Fue una de las primeras y principales convocantes a la marcha del pasado 12 de febrero para manifestar nuestro repudio a la política antimexicana que sigue el gobierno estadunidense, y el viernes 24 de ese mismo mes se informó que la UNAM encabeza a 200 universidades de México y los Estados Unidos para crear una red de protección a estudiantes mexicanos radicados en aquel país, además de trabajar en un programa para impulsar la ciudadanización de migrantes mexicanos en los EE.UU.
            Estas acciones son resultado de una comprensión lúcida y cabal de los problemas, como se puede apreciar en las reflexiones que acompañaban a la convocatoria con el llamado a la marcha del pasado 12 de febrero. Allí se asentaba que se debe exigir al gobierno de México evitar la simulación y asumir acciones concretas e inmediatas para combatir la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la impunidad. “Es tiempo de corregir desaciertos” declaraba el rector Enrique Graue dos días antes de la marcha (El Universal, 10/II/2017), reconociendo así que muchos de los problemas que viven nuestros conciudadanos en aquel país son resultado de estos desaciertos.
            Por eso el rector debe enterarse, si no lo está, de cómo en ciertos espacios de la UNAM aún prevalecen desaciertos de esta índole, que son los que generan corrupción, simulación e impunidad, y son los mismos que obligaron a emigrar a nuestros paisanos y que provocan la inexistencia de un Estado de Derecho en México. Son múltiples los casos de corrupción, simulación e impunidad en la UNAM, y todos tienen como denominador común el uso parcial y arbitrario de la normatividad universitaria o su incumplimiento absoluto, que es peor. Pongo como ejemplo el caso de la Escuela Nacional Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), donde de manera flagrante y constante se cometen violaciones a la normatividad universitaria y se la utiliza para reprimir o consumar venganzas.
            Citaré sólo tres ejemplos para dar una idea del problema. Mientras a algunos profesores de carrera se les degrada de manera tramposa del nivel más alto al nivel cero, sin motivo ni justificación alguna, a otros se les consiente y se les permite continuar disfrutando sus privilegios, no obstante la existencia de pruebas evidentes y fehacientes de que han incumplido con obligaciones indispensables, como es la entrega de documentos básicos. El caso más reciente es el doctor Roberto Ávila Antuna, adscrito al plantel Vallejo del CCH, quien no obstante que no entregó en tiempo y forma su informe de trabajo para evaluación del PRIDE, y consecuentemente la DGAPA decidió quitarle los estímulos, consiguió que la instancia responsable (el Consejo Técnico) le aceptara fuera de tiempo su informe, lo volviera a evaluar, le regresara los estímulos y lo situara otra vez en la categoría que venía disfrutando. Desde luego, el doctor Ávila Antuna no es un simple profesor: es un colaborador extra oficioso del director general, además de que fue director del plantel Vallejo y como tal sabe apretar botones dentro de la burocracia para conservar sus privilegios, y aprendió a ser obsecuente y condescendiente con los que lo deciden.
Pero, independientemente de su labor extra oficiosa, que a nadie debe interesar más que a su honorabilidad y conciencia, el del doctor Ávila Antuna es un ejemplo lamentable de cómo la normatividad se aplica de manera selectiva en el CCH. Conozco el caso de otro profesor que, habiendo logrado una excelente categoría (Nivel “C”), y por tal motivo fue propuesto por el Consejo Técnico para ocupar el nivel más alto (Nivel “D”), al siguiente semestre resultó inexplicablemente degradado al nivel cero.
Ni el Consejo Técnico, ni la Defensoría de los Derechos Universitarios, ni la DGAPA, ni la Comisión Nacional de Derechos Humanos ni el Abogado General pudieron echar atrás esta resolución que, hay que decirlo, ocurrió en la administración que antecedió a la del doctor Jesús Salinas Herrera, y por eso éste generó tantas expectativas favorables dentro de la comunidad, pues se esperaba que con él iniciara un proceso de saneamiento del CCH. Efectivamente, en cuanto asumió sus funciones como nuevo director general, pudo revertir tan arbitraria medida y devolvió al profesor la categoría que le había sido arrebatada de manera francamente burda, resultado de una alevosa mentira: la instancia correspondiente, la Secretaría Docente del plantel Vallejo, sostenía que el profesor no había entregado el informe de trabajo, cuando él mostró cuantas veces fue necesario el acuse de recibo donde quedaba asentado que había entregado en tiempo y forma su informe. Hoy, el caso de Roberto Ávila Antuna solo demuestra que cualquier “desacierto” es posible de corregir y modificar si se goza de la complicidad del director general, y pone en evidencia el desapego al Estado de Derecho que aún padece la UNAM en ciertas áreas, y el uso arbitrario y a conveniencia de la normatividad universitaria.
            Otro caso es el de un profesor que en la UNAM es integrante de la administración del doctor Jesús Salinas Herrera, mientras que en el Instituto Politécnico Nacional se ostenta como responsable sindical. Esto sólo indicaría que sabe medrar con los cargos académicos y con los de representación sindical, pero el punto a destacar resulta más grave y es el siguiente:
El maestro Cecilio Rojas Espejo, actual responsable del Departamento de Formación de Profesores en la dirección general del CCH, fue acusado de extorsión y amenazas por parte de un profesor del plantel Vallejo. Dicho profesor lo denunció ante la Oficina Jurídica del plantel, donde se levantó el acta administrativa correspondiente, misma que fue remitida al rector de la UNAM porque, por las propias palabras de Rojas Espejo, es intocable porque era y sigue siendo “el hombre de confianza” del director general.  A través de su secretario particular, maestro Manuel Jacobo Cadena Lau, el rector José Narro Robles respondió mediante el oficio 3-150711, con fecha 1 de julio de 2015, indicando al entonces director del plantel Vallejo investigara y atendiera esta anomalía. (Es necesario precisar que el profesor Cecilio Rojas Espejo fungía en ese momento como secretario general del plantel Vallejo, por lo cual resulta inexplicable que desapareciera justo entonces, sin dar ninguna explicación ni aviso a su jefe inmediato, el director del plantel.) Al regresar de las vacaciones interanuales, en el mes de agosto, el profesor Cecilio Rojas apareció con una nueva responsabilidad, pero ahora en la dirección general, y la comunidad y el cuerpo directivo del plantel Vallejo jamás se enteraron de lo que sucedió realmente. El rector Narro Robles concluyó su periodo como rector, el director del plantel Vallejo fue cesado en los días finales de agosto de 2015, así que la indicación y la denuncia fueron olímpicamente ignoradas o archivadas. ¿Qué sucedió realmente? No afirmo ni niego la responsabilidad de Rojas Espejo, señalo que se le acogió en la dirección general para protegerlo, y la denuncia y la indicación de investigar la anomalía fueron brutalmente ignoradas.
Las autoridades del CCH podrán argumentar que la comunidad docente y estudiantil no tiene por qué enterarse de los acomodos y conflictos administrativos que vive la institución, pero en este caso sí es necesario ventilar el tema, pues consideramos que de este conflicto derivó el cese súbito del director del plantel Vallejo, que apenas había cumplido su primer año en el cargo, y generó otras consecuencias negativas como se verá a continuación. Además, el actual director general del Colegio arribó con el apoyo de varios profesores que, como el que relato en el primer caso, lo apoyamos porque representó una posibilidad de cambio pues se comprometió a respetar la normatividad universitaria. Esto no ha sucedido en los hechos, sino todo lo contrario: ha usado la normatividad para la persecución y cese de algunos profesores, la ha aplicado a conveniencia o simplemente la ha ignorado, así que la esperanza de cambio resultó peor.
            La ruptura de la normatividad institucional que el doctor Jesús Salinas propició al ignorar la instrucción del rector de investigar esa denuncia contra el maestro Cecilio Rojas Espejo, y acogerlo en la dirección general como jefe de departamento, ha causado graves daños a la institución. Hasta la fecha no conocemos las razones por las cuales cesó al anterior director, ni si está relacionado con este hecho. No sabemos si procede la denuncia contra Cecilio Rojas Espejo y si es así sería muy grave mantenerlo en un puesto en la administración general, pues con eso se le está otorgando inmunidad e impunidad y se está diciendo a la comunidad que la normatividad universitaria se aplica selectivamente y que hay personas intocables (como lo decía a voz en cuello el profesor Rojas Espejo y lo expresan paladinamente los hechos).
Otra consecuencia es que el director general puso a su conveniencia y gusto a quien remplazó al anterior director. Este director sustituto, profesor José Cupertino Rubio Rubio, ha sido omiso e inepto con respecto a sus obligaciones y responsabilidades. Como conoce bien las razones por las cuales remplazó al anterior, sabe que el director general ya no lo puede remover y por tanto le es indiferente la situación del plantel. Nunca se le encuentra, el descuido de las instalaciones es evidente (basura, suciedad, robo de equipo y mobiliario, incuria y destrucción en salones y baños), grupos porriles que se pasean y cometen ilícitos en el interior del plantel sin que nadie les diga nada; una situación permisiva en la ingesta de alcohol, venta y también consumo de drogas… Todo esto hace incierta la seguridad de profesores y alumnos y los riesgos de conflictos aún más graves se acrecientan. Por supuesto, si no puede propiciar un ambiente seguro de estudio y trabajo para alumnos y profesores, menos es capaz de crear condiciones favorables para elevar el aprovechamiento académico de los alumnos, combatir la reprobación y evitar los altos índices de deserción que hoy caracterizan al plantel.
Otro ejemplo del uso faccioso de la normatividad es el caso del profesor Ernesto Coronel Pereyra, quien fue acusado por tres colegas suyos del área Histórico-Social de usar las calificaciones de exámenes extraordinarios a cambio de ciertos favores con las alumnas. Los tres profesores lo denunciaron ante la Oficina Jurídica del plantel (allí están sus nombres en las actas que al respecto fueron elaboradas) y el director, en lugar de castigarlo o cesarlo como lo ha hecho contra otros profesores con acusaciones menos fundamentadas, o faltas sin comprobar, simplemente lo premió dándole una comisión para que Coronel Pereyra fuera a estudiar su doctorado. Desde luego, este profesor, al igual que Rojas Espejo, es protegido por funcionarios de la actual administración del plantel.
Son muchos más los ejemplos de lenidad, perversión, torcimiento y uso faccioso de las normas que deberían regirnos como integrantes de una institución educativa ejemplar, que es a la que aspiramos. A mi correo llegan numerosas quejas de profesores que se atreven a denunciar el maltrato que reciben, y tarde o temprano nos enteramos del favoritismo con que se consiente a otros. Simplemente mi caso está por cumplir un año a la espera de que la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución emita su dictamen acerca de una acusación totalmente sin fundamento, que personeros del director general elaboraron. De manera extra oficial me he enterado que la tardanza en dar a conocer esta resolución es porque el señor director ha solicitado que se demore todo lo necesario, para castigar a un sencillo profesor de asignatura que se atreve a opinar y señalar lo que considera constituyen errores. No pido que la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución me exonere, simplemente que entregue ya su dictamen. De otra forma, podría afirmar muy justificadamente que así se pervierten las instancias colegiadas mixtas de la UNAM.
            Visto todo lo anterior y para concluir, el enunciado mafioso con que encabezo este escrito debería modificarse para el CCH: “Para los amigos, lenidad, gracia y olvido de la justicia; para los enemigos justicia y sevicia”.

LA RENUNCIA DE RODRÍGUEZ CHÁVEZ   

La renuncia del ingeniero Miguel Ángel Rodríguez Chávez a la secretaría general del Colegio no debería causar ninguna inquietud si la transparencia y la aplicación rigurosa de la normatividad fueran realidad en el CCH. Se podría pensar que Rodríguez Chávez simplemente renunció porque desea prepararse para su postulación a la dirección general, o se retira por motivos de salud y totalmente en armonía con su ex jefe. Sin embargo, como he demostrado en este texto, la normatividad no se aplica imparcial y universalmente, sino al arbitrio de los funcionarios en turno. Por esas razones hay agitación en cada cambio de administración o en el movimiento de funcionarios clave, pues de esas personas dependen cuestiones tan elementales como la permanencia misma en el trabajo de muchos profesores, el número de horas con que contarán otros, los criterios de evaluación y promoción, la estabilidad misma de los docentes y muchas cuestiones más. La actividad académica depende de estas cuestiones.
En el caso de Rodríguez Chávez, él mismo debe ver con decepción la administración de la cual formó parte. En una reunión a la que asistió en calidad de aspirante a la dirección general, al igual que Jesús Salinas Herrera y otros dos candidatos, Rodríguez me pareció un profesor preocupado por el rumbo que seguía el CCH de permanecer la anterior administración: criticó con énfasis los excesos y vicios que se habían cometido y señaló el desastre mayúsculo al que se encaminaba el Colegio. Hoy debe reconocer que sólo logramos el cambio de personas, mas no el del funcionamiento de la institución. El CCH no sólo va por el mismo camino sino que está en una situación peor. Recuerdo que me felicitó por mis artículos. ¡Qué dirá hoy!, al enterarse que soy considerado un enemigo por el actual director general, por atreverme a señalar sus fallas e incongruencia, cuando en aquellos días me animaba a continuar escribiendo.

Al Colegio, al igual que a nuestro país, le urge la aplicación irrestricta del Derecho. No deberían interesar las personas que lleguen sino las propuestas que hagan para el funcionamiento eficaz de la institución, las medidas que propongan para que los directivos actúen apegados a la norma y con transparencia. Quien no atienda estos aspectos medulares es alguien que sólo desea un cambio de personas, alguien que sólo desea servirse de la institución. Para no vivir otra decepción como la ocurrida con Jesús Salinas Herrera y repetir el “quítate tú para ponerme yo”, debemos hacer funcionar las instancias de representación, crear mecanismos eficaces de transparencia y hacer que la rendición de cuentas sea una obligación cotidiana, como obliga la ley a todo servidor público.

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