Los loquitos
Quien dice lo que piensa no piensa lo que dice.
Jacinto Benavente
De tanto comentarla, una obra teatral que Gabriel Zaid se
había propuesto escribir y que nunca terminó ya tiene una existencia real en el
imaginario de sus lectores, como yo, y lamentamos de verdad que no la haya
concluido. La obra plantearía lo que sucede si alguien actuara con absoluta
transparencia y sin ceder en lo más mínimo ante cualquier acto de corrupción,
por pequeño que fuera. Esta persona se dañaría a sí misma, perjudicaría a su
familia, a sus compañeros de trabajo, afectaría a su comunidad y terminaría
trastornando a la sociedad entera.
Sucede lo
mismo con la mentira. Si fuéramos absolutamente honestos seríamos descorteses,
groseros e incluso ofensivos. “Hola, ¿cómo estás?” “¡Del carajo! ¿Y tú?” “¿Qué
te pareció el escrito de fulano?” “Un bodrio, parece escribir con los pies y
pensar con la barriga”. “¿Qué piensas del candidato equis?” “Que es un tunante
como cualquier otro, nomás deja que asuma el poder”. A cambio de eso solemos
responder: “Muy bien, ¿y tú?” “Regular, regular” o, si somos condescendientes,
“Bien, bien. Acaso necesita pulir un poco su estilo”, y “Esperemos verlo actuar.
Démosle el beneficio de la duda”. Etcétera.
Como dice
José María Martínez Selva en su libro La
psicología de la mentira (Paidós, 2005): “Decir siempre la verdad sería
peor para las relaciones sociales o laborales. Es preciso mentir porque, en
caso contrario, no habría cortesía o las relaciones humanas no serían fluidas o
suaves.” Mentimos a diario, fingimos, nos hacemos los desentendidos y los más
cautos prefieren callar. Así se mantienen nuestras relaciones interpersonales y
sociales. Sin embargo, cuando el que miente es una autoridad, alguien de quien dependen
cuestiones vitales como el trabajo y la sobrevivencia misma de las personas, la
mentira pierde su talante inofensivo y su papel de facilitadora social para transformarse
en una forma de control o de perjuicio.
De allí que
los integrantes de una sociedad abierta juzguen positivo preguntar, cuestionar,
denunciar e incluso criticar las acciones de las autoridades. Esto permite
mantenerlas vigiladas, se las induce a respetar la ley o al menos no transgredirla
con tanto descaro y desvergüenza. Y aun así no es suficiente. Hacen falta
órganos capaces de exigirles cuentas y, si es necesario, sancionarlas cuando
infringen las normas o cometen actos ilícitos. Permitirles actuar sin vigilancia,
transparencia ni control es abrir las puertas para que actúen en la más
absoluta impunidad. Es lo que sucede en sociedades cerradas como Venezuela,
Cuba y Corea del Norte, donde no existe una prensa libre y se persigue a los
informadores. (Y, ¡paradojas de la historia!, ocurre ahora también en los
Estados Unidos: el país que ha enseñado al mundo el destacado papel de la
prensa libre para el mejor funcionamiento de la democracia y sus instituciones,
hoy ha sido secuestrada su presidencia por un individuo autoritario que declara
a los medios informativos “enemigos de la nación”. Pero ni los medios se
dejarán avasallar fácilmente ni la sociedad carece de mecanismos e
instituciones que, confío, podrán imponer un firme valladar a tan anacrónica y
retrógrada pretensión.)
México es un
país con instituciones democráticas aún endebles, sobre todo en lo que
concierne a la participación ciudadana: nos hacen falta valor cívico y saber
actuar para darle sustento y vigor a la democracia. Los más de setenta años
vividos bajo el régimen de partido único y poder hegemónico hicieron, por una
parte, una mayoría ciudadana medrosa, pedinche, irresponsable, acostumbrada a
expresar sus críticas con medias palabras, sólo capaz de murmurar y propalar
chismes, que aún cree en los caudillos y considera que el verdadero cambio sólo
se dará cuando llegue “el bueno”, el incorruptible, el honesto, el que mejor
sabe endulzar sus oídos con “desfallecidas flores retóricas” (Borges).
Por otra parte, los años de partido
único crearon también una izquierda tozuda, radical, fanática, amante de la
violencia e intolerante, grabada a fuego su frente con la “I” de la
intransigencia. Para esta izquierda (por suerte una minoría) todas las acciones
de gobierno son parte de un plan siniestro que sigue los dictados de organismos
internacionales para aplicar el modelo neoliberal, para seguir desmantelando el
país y entregarlo a las corporaciones extranjeras. Esta izquierda hoy es la
mejor aliada de Donald Trump, pues es la que rechazó en su momento el Tratado
de Libre Comercio, la que seguramente ve gustosa que las empresas
transnacionales abandonen México como lo quiere el neofascista del norte y también
debe anhelar que un muro nos separe por fin del odiado imperio.
En el CCH no existe ciudadanía o al
menos su comunidad no actúa y se expresa como tal. Prevalecen las visiones
esquemáticas y simplistas para juzgar las acciones de gobierno, especialmente las
del gobierno federal, y hacia el interior se permite que verdaderos truchimanes
se encaramen a los puestos de dirección y perviertan los nobles propósitos de
una institución educativa. ¿Desde cuándo no tenemos un verdadero académico en
la dirección general? ¿Cuánto hace que no se toman en cuenta las propuestas de
profesores para designar un director de plantel, sino que el director general coloca
a sujetos ineptos (como en Vallejo) cuyo único mérito es servir y ser servil
con los de arriba? ¿Qué hemos hecho para cambiar esta situación que ha llevado
el desastre del Colegio?
Debemos reconocer que en esto hemos
fallado como profesores: no hemos logrado enseñar a pensar, a formar ciudadanos
y personas capaces de actuar y comprometerse racionalmente con su realidad. Y
no lo hemos logrado porque nosotros tampoco lo somos. Nuestro modelo educativo,
que se propone cultivar el pensamiento crítico, se queda solamente en eso, en
una magnífica propuesta, pero no hemos podido lograr o ni siquiera comprender
lo que significa. (Hoy lo retoma el sistema educativo nacional en el nuevo
modelo educativo para aplicarlo en la enseñanza en todo el país y, de verdad,
quisiera que por fin se hiciera factible porque México lo requiere.) Pero en el
CCH el desarrollo del pensamiento crítico derivó en la inculcación de dogmas,
en la elaboración de esquemas simplistas y en la formulación de consignas cuya
principal característica es su total incapacidad para interpretar la realidad y
actuar en consecuencia. Ser crítico, se piensa, es gritar ofensas contra el
gobierno o decirle ignorante a Peña Nieto, sin verse reflejados en el mismo
espejo. Ser crítico, se cree, es culpar de todo al modelo neoliberal sin
comprender las transformaciones que ha vivido el mundo y muy especialmente
nuestro país. Por eso hoy los mejores aliados del neofascismo son los
representantes de esa izquierda trasnochada que no ha sabido actualizarse y
añora el estatismo, el peor nacionalismo y las fronteras cerradas.
Hay excepciones, por supuesto, y esas
pocas excepciones son las que aún mantienen viva la flama del modelo educativo
vanguardista, humanista y de honda preocupación
social con que se fundó el CCH. Los profesores que no comparten la mal
entendida idea del pensamiento crítico, saben que la misión de nuestro modelo
educativo es formar personas con mayores capacidades para desarrollar su
creatividad, detonar su imaginación y aplicar el raciocinio en sus acciones.
Estos profesores saben también que es necesario rescatar y mejorar el modelo
porque la ciencia y la tecnología nos han situado en contextos y situaciones nuevas
que lo demandan con mayor urgencia. Porque basta ver el comportamiento de la
mayoría para saber si hemos fracasado. ¿Esos personajes agachones, convenencieros,
cínicos y oportunistas que ven al Colegio como un botín se preocuparán porque
el modelo educativo del Colegio recupere el pensamiento crítico? ¿Esos
individuos indolentes, apáticos, murmuradores, críticos de baños y pasillos, incapaces
de expresar sus puntos de vista con
valor civil, lograrán inculcar el pensamiento crítico? Para ellos el
pensamiento crítico es más bien un estorbo, por eso procuran deshacerse y
olvidarse de él cuanto antes.
Este texto se titula “Esos profes loquitos”
porque así nos bautizaron quienes hoy dirigen el Colegio. Me refiero a un grupo
de profesores que consideramos que las cosas se pueden hacer de forma
diferente: no ver al Colegio como un botín con el cual beneficiarse y
beneficiar a la parentela, sino recuperar su carácter académico; rescatar,
actualizar y profundizar su modelo educativo; actuar apegados a la normatividad
y de manera transparente, para que todos nos sintamos parte de una comunidad
donde se respetan los derechos, compartimos las mismas obligaciones y contamos
con condiciones de trabajo estables y basadas sólo en el mérito académico; dar
a los órganos de representación colegiada suficiente independencia y autonomía
para que representen realmente a la comunidad y así encauzar la participación
de todos. No al nepotismo ni al favoritismo ni a la discrecionalidad.
Pues bien, una vez remplazada la
anterior administración, un bribón que había solicitado nuestro apoyo para que
Jesús Salinas llegara a la dirección general, y que hoy se ostenta como su
“hombre de confianza”, dijo algo así como que no había que considerarnos para
ninguna responsabilidad porque estábamos “loquitos” y se ufanaba incluso de
haber creado la división entre el grupo. La befa, la soberbia y el desprecio que
exhala su consideración son directamente proporcionales a su calidad como
persona y profesor, como pudimos constatarlo más adelante. Pero no es lugar ni
momento para ocuparnos de él por ahora.
En busca de un dato casi releo la
novela La guerra de Galio de Héctor
Aguilar Camín, y eso me lleva a reproducir un pasaje donde dialogan Galio
Bermúdez, asesor del secretario de Gobernación (que en la vida real se dice que
es el filósofo Emilio Uranga) y Octavio Sala, director de La República (que en la vida real es Julio Scherer, director del
diario Excélsior), pues resulta muy
pertinente para concluir este escrito. Galio le reprocha a Sala su propósito
desmesurado por dar cuenta de los hechos que no conviene revelar, su obsesión
por publicar la verdad, por decir sin medias tintas lo que ocurre en México,
por describir la lucha cruenta, sorda y sucia que se libra entre la guerrilla
de los años setenta y las fuerzas policiacas y militares del gobierno.
“Nada puede hacerle más daño a este
país que la verdad” dice Galio… “Es como querer arreglar a un jorobado con
buenos cirujanos y padres que vayan por la calle exhibiendo desnudo a su
esperpento, mostrando a todo mundo la joroba y adicionalmente sus piernas
entecas, sus ojos bizcos, sus manos de tres dedos, sus pies planos, su labio
leporino, el principio de una cola bífida en el cóccix. Nada podrá hacerle más
daño a ese pobre ser que el honrado pregón paterno de la verdad. México es
todavía ese jorobado. Sus miserias reales no son un asunto de opinión pública,
Octavio. Son una mierda, un dolor inmanejable, un desastre heredado. Exhibirlo
no nos cura, simplemente nos describe. Y la descripción nos hace abominables,
porque lo somos.
“ꟷReconozcámoslo entonces, Galio, para reconocernos como somos ꟷdijo Sala.
“ꟷ¡No, no, no! ꟷdijo Galio, saltando casi hacia las
palabras de Sala. ꟷSomos un jorobado pero hace un siglo
éramos un albañal. Mañana seremos simplemente un cojo y algún día un ser normal,
a condición de que sigamos haciendo poco a poco lo que hemos hecho hasta ahora:
ocultar nuestra joroba, decirnos que hemos nacido para otra cosa, tener en la
cabeza un país ideal, un país ficticio que decimos ser y que no somos, pero que
todos los días nos llama a ser otra cosa, a ponernos en el lugar de los seres
normales, el de la historia realizada. Nada puede dañar tanto la ida hacia lo
que debemos ser, como la tentación de los atajos, la simulación del absoluto
que no ha traído para nosotros sino jorobas adicionales, prisas sin destino,
carreras que dan a precipicios, redentores que vuelven a sumirnos en la mierda,
independencias que acrecientan nuestra esclavitud, paraísos que desembocan en
el infierno.”
El CCH, una
de las mejores consecuencias de los movimientos libertarios del 68; un espacio
donde se cultiva el conocimiento, donde la libertad es condición sine qua non de la enseñanza; donde la
tolerancia, la libertad de expresión y
el ejercicio de la crítica deberían correr parejas con la formación de
ciudadanos ejemplares, no puede ser el reducto donde se refugien los peores
vicios y taras del sistema político del que aún no logramos salir. Por eso hay
que empujar, por eso ꟷdisintiendo un poco de mis compañerosꟷ hay que decir las cosas como son, aunque nos digan
“loquitos”, temerarios y nos prevengan que así no se llega a los puestos
directivos. No es ese nuestro objetivo, ni lo deseamos. Nuestros objetivos están
más allá.
ECOS DE MI ESCRITO
Publico
tal cual el mensaje que una apreciada profesora me envió en relación con mi
anterior entrega y, como es obvio, mi respuesta al mismo:
Hola, estimado Noé
Tengo años de conocer a Ernesto, fue mi alumno y la acusación
sin fundamentos que haces de su persona es un rumor que desatan algunos
compañeros. Otras veces a ocurrido (sic)
lo mismo con profesores jóvenes que llegan con los títulos de maestría o
doctorado. Actualmente Ernesto esta becado por CONAYT (sic sic) y no tiene la llamada Comision (resic) que mencionas. Me estraña (recontra sic) que te guíes por rumores dañando a personas que en lo
particular considero que no son tus enemigos.
En
el caso de la renuncia de Miguel el mismo se echo la soga al cuello, y no todo
se rige solo por el Derecho, pienso que todo profesor merece respeto y no puede
ser tratado como hizo Miguel con Jesús Salinas…
Delia Gutiérrez
Respuesta
Estimada Delia:
En
ningún momento fue mi intención perjudicar al profesor Ernesto Coronel Pereyra
ni mucho menos lo considero mi enemigo (de hecho yo no tengo enemigos, sino
personas que difieren de mis apreciaciones, otra cosa que ellos me consideren
su enemigo). En un escrito que me hizo llegar ꟷen el que me amenaza al saberse protegido, y que te
reenvío para que lo corroboresꟷ confirma uno a uno los datos que
divulgué para ilustrar cómo la aplicación de la normatividad se hace de manera
selectiva en el CCH: cese y persecución para los otros, lenidad y omisión a la
norma para los “cuates”. No cuestiono el hecho de que haya recibido una beca,
seguramente la obtuvo por su magnífica preparación si contó con excelentes profesores
como tú. Simplemente divulgo lo que él mismo confirma en su escrito: fue
exonerado al no encontrar ninguna prueba de la acusación que le hicieron tres
profesores de su área (ellos lo denunciaron, no yo). Tres, y muy respetables.
Lo que señalo es el uso parcial de la norma: mientras a algunos se les da
oportunidad de demostrar su inocencia, a otros (como en mi caso) simplemente se
les cesa y se les hacen nugatorios los argumentos esgrimidos en su defensa.
Saludos cordiales
¿El Waterloo de López
Obrador?
¿Ha sido Nueva York el Waterloo de López Obrador? No, pienso
que fue un brutal frentazo en su adelantada campaña presidencial y puede
llevarlo a la debacle en este tercer intento por ganar la presidencia de la
República. ¿Por qué fue brutal? Porque lo reveló tal como es: intolerante,
refractario a cualquier punto de vista distinto al suyo y por su creencia ciega
de que sólo él es honesto, diferente y capaz de transformar el país. Juárez,
una de sus figuras tutelares, tenía una voluntad inquebrantable y podía parecer
necio a ratos, pero sabía escuchar a los brillantes hombres que lo rodeaban:
Ocampo, Sierra, Lerdo, Arriaga y tantos liberales más que lo acompañaron.
Juárez creía, por otra parte, en los mecanismos legales e institucionales con
que se debe proveer una sociedad que desea avanzar realmente en la aplicación
del Derecho, el combate efectivo a la desigualdad y el funcionamiento de la
democracia, independientemente de los hombres que dirijan la sociedad. López
Obrador sólo cree en él, se siente un verdadero “producto milagro”, y los
“productos milagro” no funcionan. Es una paradoja cruel que un integrante de
ese grupo que él y la izquierda que lo acompaña usaron para desestabilizar al
gobierno de Peña Nieto (2014, 2015 y 2016) y con el cual se propusieron hacerlo
renunciar, sea quien hoy lo haya desnudado. ¡Cómo fue posible esto, si el guion
era otro!: “Fue el Estado, fue el Ejército, el gobierno de Peña Nieto”. Así es
como debe decir el guion. Por eso nunca, en ninguna manifestación, se ha
exigido castigo para Aguirre Rivero (no obstante que, se sabe, el ex gobernador
tenía como amante a la esposa de José Luis Abarca y estaba al tanto de las
relaciones con el crimen organizado y demás ilícitos de la pareja); los que
reclaman justicia por los 43 desaparecidos olvidan los cientos de declaraciones
de sicarios y sus jefes que reconocen (ante una cámara de video e interrogados
por psicólogos, no torturados) haber sido ellos los autores intelectuales y
materiales del asesinato y desaparición de los jóvenes. Que no encuentren los
cuerpos (y pienso que nunca los encontrarán por como los desaparecieron, según
los propios sicarios), que haya detalles sin aclarar, que existan varias fallas
en la reunión y presentación inicial de las evidencias, y que se haya manejado
con enorme torpeza la información del asunto (el gobierno federal ni siquiera
quiso involucrarse al principio)… Que por todo esto el crimen se atribuya al
Ejército, al gobierno federal y a Enrique Peña Nieto, me pareció desde el
principio una vileza. Alguien de los directamente afectados ya se dio cuenta
que esto no es cierto y pidió a López Obrador que aclarara cuál fue su relación
con los Abarca y Aguirre Rivero, y cuál fue el papel del PRD, partido del que
él era el presidente. “Pregúntenle al Ejército, a Peña Nieto, al régimen”
volvió a declarar. Es decir, también se reveló como el autor del guion, del
cual Tomás Tizapa, padre de uno de los estudiantes desaparecidos, se salió.
Este hecho reveló enterito a López Obrador. ¿Puede cambiar una personalidad durante
el tiempo que resta para las elecciones presidenciales de 2018? De eso depende
el triunfo o fracaso.
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arriba.