“Para los
amigos, justicia y gracia. Para los enemigos, sólo justicia”. Este enunciado,
que puede ser el de un capo mafioso, Héctor Aguilar Camín lo atribuye a don
Benito Juárez, un ferviente defensor del Derecho y la aplicación imparcial e
irrestricta de la Ley. Cuando lo leí por primera vez en su novela La guerra de Galio no se me ocurrió
preguntar a Aguilar Camín dónde la dijo o escribió Juárez. He buscado
incesantemente la fuente y no la encuentro. El torcimiento, el empleo selectivo
y la inaplicabilidad del Derecho en México hacen que la expresión adquiera
realidad y verosimilitud, aun si no la dijo Juárez. Por eso la utilizo en esta
entrega que analiza la aplicación de la justicia en la UNAM, y en particular en
el CCH.
“Para los
amigos, justicia y gracia…”
NOÉ AGUDO
(14/III/2017)
A la mayoría de los universitarios nos han llenado de orgullo
y satisfacción las acciones que la UNAM ha encabezado recientemente, pues la
identifican como una institución educativa atenta, sensible y activa en la
solución de la problemática política y
social del país. Fue una de las primeras y principales convocantes a la marcha del
pasado 12 de febrero para manifestar nuestro repudio a la política antimexicana
que sigue el gobierno estadunidense, y el viernes 24 de ese mismo mes se informó
que la UNAM encabeza a 200 universidades de México y los Estados Unidos para
crear una red de protección a estudiantes mexicanos radicados en aquel país,
además de trabajar en un programa para impulsar la ciudadanización de migrantes
mexicanos en los EE.UU.
Estas
acciones son resultado de una comprensión lúcida y cabal de los problemas, como
se puede apreciar en las reflexiones que acompañaban a la convocatoria con el
llamado a la marcha del pasado 12 de febrero. Allí se asentaba que se debe
exigir al gobierno de México evitar la simulación y asumir acciones concretas e
inmediatas para combatir la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la
impunidad. “Es tiempo de corregir desaciertos” declaraba el rector Enrique
Graue dos días antes de la marcha (El Universal,
10/II/2017), reconociendo así que muchos de los problemas que viven nuestros
conciudadanos en aquel país son resultado de estos desaciertos.
Por eso el
rector debe enterarse, si no lo está, de cómo en ciertos espacios de la UNAM
aún prevalecen desaciertos de esta índole, que son los que generan corrupción,
simulación e impunidad, y son los mismos que obligaron a emigrar a nuestros
paisanos y que provocan la inexistencia de un Estado de Derecho en México. Son
múltiples los casos de corrupción, simulación e impunidad en la UNAM, y todos
tienen como denominador común el uso parcial y arbitrario de la normatividad
universitaria o su incumplimiento absoluto, que es peor. Pongo como ejemplo el
caso de la Escuela Nacional Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), donde de
manera flagrante y constante se cometen violaciones a la normatividad
universitaria y se la utiliza para reprimir o consumar venganzas.
Citaré sólo
tres ejemplos para dar una idea del problema. Mientras a algunos profesores de
carrera se les degrada de manera tramposa del nivel más alto al nivel cero, sin
motivo ni justificación alguna, a otros se les consiente y se les permite
continuar disfrutando sus privilegios, no obstante la existencia de pruebas
evidentes y fehacientes de que han incumplido con obligaciones indispensables,
como es la entrega de documentos básicos. El caso más reciente es el doctor
Roberto Ávila Antuna, adscrito al plantel Vallejo del CCH, quien no obstante
que no entregó en tiempo y forma su informe de trabajo para evaluación del
PRIDE, y consecuentemente la DGAPA decidió quitarle los estímulos, consiguió
que la instancia responsable (el Consejo Técnico) le aceptara fuera de tiempo
su informe, lo volviera a evaluar, le regresara los estímulos y lo situara otra
vez en la categoría que venía disfrutando. Desde luego, el doctor Ávila Antuna
no es un simple profesor: es un colaborador extra oficioso del director general,
además de que fue director del plantel Vallejo y como tal sabe apretar botones dentro
de la burocracia para conservar sus privilegios, y aprendió a ser obsecuente y
condescendiente con los que lo deciden.
Pero, independientemente de su labor
extra oficiosa, que a nadie debe interesar más que a su honorabilidad y conciencia,
el del doctor Ávila Antuna es un ejemplo lamentable de cómo la normatividad se
aplica de manera selectiva en el CCH. Conozco el caso de otro profesor que,
habiendo logrado una excelente categoría (Nivel “C”), y por tal motivo fue propuesto
por el Consejo Técnico para ocupar el nivel más alto (Nivel “D”), al siguiente
semestre resultó inexplicablemente degradado al nivel cero.
Ni el Consejo Técnico, ni la
Defensoría de los Derechos Universitarios, ni la DGAPA, ni la Comisión Nacional
de Derechos Humanos ni el Abogado General pudieron echar atrás esta resolución que,
hay que decirlo, ocurrió en la administración que antecedió a la del doctor
Jesús Salinas Herrera, y por eso éste generó tantas expectativas favorables dentro
de la comunidad, pues se esperaba que con él iniciara un proceso de saneamiento
del CCH. Efectivamente, en cuanto asumió sus funciones como nuevo director
general, pudo revertir tan arbitraria medida y devolvió al profesor la
categoría que le había sido arrebatada de manera francamente burda, resultado
de una alevosa mentira: la instancia correspondiente, la Secretaría Docente del
plantel Vallejo, sostenía que el profesor no había entregado el informe de
trabajo, cuando él mostró cuantas veces fue necesario el acuse de recibo donde
quedaba asentado que había entregado en tiempo y forma su informe. Hoy, el caso
de Roberto Ávila Antuna solo demuestra que cualquier “desacierto” es posible de
corregir y modificar si se goza de la complicidad del director general, y pone
en evidencia el desapego al Estado de Derecho que aún padece la UNAM en ciertas
áreas, y el uso arbitrario y a conveniencia de la normatividad universitaria.
Otro caso es
el de un profesor que en la UNAM es integrante de la administración del doctor
Jesús Salinas Herrera, mientras que en el Instituto Politécnico Nacional se
ostenta como responsable sindical. Esto sólo indicaría que sabe medrar con los cargos
académicos y con los de representación sindical, pero el punto a destacar
resulta más grave y es el siguiente:
El maestro Cecilio Rojas Espejo,
actual responsable del Departamento de Formación de Profesores en la dirección
general del CCH, fue acusado de extorsión y amenazas por parte de un profesor
del plantel Vallejo. Dicho profesor lo denunció ante la Oficina Jurídica del
plantel, donde se levantó el acta administrativa correspondiente, misma que fue
remitida al rector de la UNAM porque, por las propias palabras de Rojas Espejo,
es intocable porque era y sigue siendo “el hombre de confianza” del director
general. A través de su secretario
particular, maestro Manuel Jacobo Cadena Lau, el rector José Narro Robles
respondió mediante el oficio 3-150711, con fecha 1 de julio de 2015, indicando
al entonces director del plantel Vallejo investigara y atendiera esta anomalía.
(Es necesario precisar que el profesor Cecilio Rojas Espejo fungía en ese
momento como secretario general del plantel Vallejo, por lo cual resulta
inexplicable que desapareciera justo entonces, sin dar ninguna explicación ni
aviso a su jefe inmediato, el director del plantel.) Al regresar de las
vacaciones interanuales, en el mes de agosto, el profesor Cecilio Rojas
apareció con una nueva responsabilidad, pero ahora en la dirección general, y la
comunidad y el cuerpo directivo del plantel Vallejo jamás se enteraron de lo
que sucedió realmente. El rector Narro Robles concluyó su periodo como rector,
el director del plantel Vallejo fue cesado en los días finales de agosto de
2015, así que la indicación y la denuncia fueron olímpicamente ignoradas o
archivadas. ¿Qué sucedió realmente? No afirmo ni niego la responsabilidad de
Rojas Espejo, señalo que se le acogió en la dirección general para protegerlo,
y la denuncia y la indicación de investigar la anomalía fueron brutalmente
ignoradas.
Las autoridades del CCH podrán
argumentar que la comunidad docente y estudiantil no tiene por qué enterarse de
los acomodos y conflictos administrativos que vive la institución, pero en este
caso sí es necesario ventilar el tema, pues consideramos que de este conflicto
derivó el cese súbito del director del plantel Vallejo, que apenas había
cumplido su primer año en el cargo, y generó otras consecuencias negativas como
se verá a continuación. Además, el actual director general del Colegio arribó
con el apoyo de varios profesores que, como el que relato en el primer caso, lo
apoyamos porque representó una posibilidad de cambio pues se comprometió a
respetar la normatividad universitaria. Esto no ha sucedido en los hechos, sino
todo lo contrario: ha usado la normatividad para la persecución y cese de
algunos profesores, la ha aplicado a conveniencia o simplemente la ha ignorado,
así que la esperanza de cambio resultó peor.
La ruptura
de la normatividad institucional que el doctor Jesús Salinas propició al ignorar
la instrucción del rector de investigar esa denuncia contra el maestro Cecilio
Rojas Espejo, y acogerlo en la dirección general como jefe de departamento, ha
causado graves daños a la institución. Hasta la fecha no conocemos las razones
por las cuales cesó al anterior director, ni si está relacionado con este
hecho. No sabemos si procede la denuncia contra Cecilio Rojas Espejo y si es
así sería muy grave mantenerlo en un puesto en la administración general, pues con
eso se le está otorgando inmunidad e impunidad y se está diciendo a la
comunidad que la normatividad universitaria se aplica selectivamente y que hay
personas intocables (como lo decía a
voz en cuello el profesor Rojas Espejo y lo expresan paladinamente los hechos).
Otra consecuencia es que el director
general puso a su conveniencia y gusto a quien remplazó al anterior director.
Este director sustituto, profesor José Cupertino Rubio Rubio, ha sido omiso e
inepto con respecto a sus obligaciones y responsabilidades. Como conoce bien las
razones por las cuales remplazó al anterior, sabe que el director general ya no
lo puede remover y por tanto le es indiferente la situación del plantel. Nunca
se le encuentra, el descuido de las instalaciones es evidente (basura, suciedad,
robo de equipo y mobiliario, incuria y destrucción en salones y baños), grupos
porriles que se pasean y cometen ilícitos en el interior del plantel sin que
nadie les diga nada; una situación permisiva en la ingesta de alcohol, venta y también
consumo de drogas… Todo esto hace incierta la seguridad de profesores y alumnos
y los riesgos de conflictos aún más graves se acrecientan. Por supuesto, si no
puede propiciar un ambiente seguro de estudio y trabajo para alumnos y
profesores, menos es capaz de crear condiciones favorables para elevar el
aprovechamiento académico de los alumnos, combatir la reprobación y evitar los
altos índices de deserción que hoy caracterizan al plantel.
Otro ejemplo del uso faccioso de la
normatividad es el caso del profesor Ernesto Coronel Pereyra, quien fue acusado
por tres colegas suyos del área Histórico-Social de usar las calificaciones de
exámenes extraordinarios a cambio de ciertos favores con las alumnas. Los tres
profesores lo denunciaron ante la Oficina Jurídica del plantel (allí están sus
nombres en las actas que al respecto fueron elaboradas) y el director, en lugar
de castigarlo o cesarlo como lo ha hecho contra otros profesores con acusaciones
menos fundamentadas, o faltas sin comprobar, simplemente lo premió dándole una
comisión para que Coronel Pereyra fuera a estudiar su doctorado. Desde luego,
este profesor, al igual que Rojas Espejo, es protegido por funcionarios de la
actual administración del plantel.
Son muchos más los ejemplos de
lenidad, perversión, torcimiento y uso faccioso de las normas que deberían
regirnos como integrantes de una institución educativa ejemplar, que es a la
que aspiramos. A mi correo llegan numerosas quejas de profesores que se atreven
a denunciar el maltrato que reciben, y tarde o temprano nos enteramos del
favoritismo con que se consiente a otros. Simplemente mi caso está por cumplir
un año a la espera de que la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución emita
su dictamen acerca de una acusación totalmente sin fundamento, que personeros
del director general elaboraron. De manera extra oficial me he enterado que la
tardanza en dar a conocer esta resolución es porque el señor director ha
solicitado que se demore todo lo necesario, para castigar a un sencillo
profesor de asignatura que se atreve a opinar y señalar lo que considera
constituyen errores. No pido que la Comisión Mixta de Conciliación y Resolución
me exonere, simplemente que entregue ya su dictamen. De otra forma, podría
afirmar muy justificadamente que así se pervierten las instancias colegiadas
mixtas de la UNAM.
Visto todo lo anterior y para concluir, el enunciado mafioso con que
encabezo este escrito debería modificarse para el CCH: “Para los amigos,
lenidad, gracia y olvido de la justicia; para los enemigos justicia y sevicia”.
LA RENUNCIA DE RODRÍGUEZ CHÁVEZ
La
renuncia del ingeniero Miguel Ángel Rodríguez Chávez a la secretaría general
del Colegio no debería causar ninguna inquietud si la transparencia y la aplicación
rigurosa de la normatividad fueran realidad en el CCH. Se podría pensar que Rodríguez
Chávez simplemente renunció porque desea prepararse para su postulación a la
dirección general, o se retira por motivos de salud y totalmente en armonía con
su ex jefe. Sin embargo, como he demostrado en este texto, la normatividad no
se aplica imparcial y universalmente, sino al arbitrio de los funcionarios en
turno. Por esas razones hay agitación en cada cambio de administración o en el
movimiento de funcionarios clave, pues de esas personas dependen cuestiones tan
elementales como la permanencia misma en el trabajo de muchos profesores, el
número de horas con que contarán otros, los criterios de evaluación y
promoción, la estabilidad misma de los docentes y muchas cuestiones más. La
actividad académica depende de estas cuestiones.
En el caso de Rodríguez Chávez, él mismo debe ver con
decepción la administración de la cual formó parte. En una reunión a la que asistió
en calidad de aspirante a la dirección general, al igual que Jesús Salinas
Herrera y otros dos candidatos, Rodríguez me pareció un profesor preocupado por
el rumbo que seguía el CCH de permanecer la anterior administración: criticó
con énfasis los excesos y vicios que se habían cometido y señaló el desastre
mayúsculo al que se encaminaba el Colegio. Hoy debe reconocer que sólo logramos
el cambio de personas, mas no el del funcionamiento de la institución. El CCH
no sólo va por el mismo camino sino que está en una situación peor. Recuerdo
que me felicitó por mis artículos. ¡Qué dirá hoy!, al enterarse que soy
considerado un enemigo por el actual director general, por atreverme a señalar
sus fallas e incongruencia, cuando en aquellos días me animaba a continuar
escribiendo.
Al Colegio, al igual que a nuestro país, le urge la
aplicación irrestricta del Derecho. No deberían interesar las personas que
lleguen sino las propuestas que hagan para el funcionamiento eficaz de la
institución, las medidas que propongan para que los directivos actúen apegados
a la norma y con transparencia. Quien no atienda estos aspectos medulares es
alguien que sólo desea un cambio de personas, alguien que sólo desea servirse
de la institución. Para no vivir otra decepción como la ocurrida con Jesús
Salinas Herrera y repetir el “quítate tú para ponerme yo”, debemos hacer
funcionar las instancias de representación, crear mecanismos eficaces de
transparencia y hacer que la rendición de cuentas sea una obligación cotidiana,
como obliga la ley a todo servidor público.
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