Tres viejos
tigres
NOÉ AGUDO
¿Qué tienen en común el capitán MacWhirr, quien enfrenta un
tifón en alta mar y debe salvar su embarcación y la carga humana que lleva, un
viejo coronel que espera eternamente la carta con el aviso de su pensión, y Santiago,
el anciano pescador a quien los tiburones arrebatan el pez más grande atrapado
en su vida, aparte de ser los personajes centrales de tres entrañables novelas
cortas? Respuesta: son los exponentes de una voluntad vertical e inquebrantable
y portadores de un valor casi desconocido hoy día: la dignidad.
MacWhirr –personaje principal de la
novela Tifón, de Joseph Conrad− es
capitán del vapor“Nan-Shan”, que navega por los mares de China y lleva de
regreso a doscientos trabajadores de esa nacionalidad con sus ahorros logrados
tras años de duro trabajo; hombre simple, hosco e imperturbable, MacWhirr tiene
una firme creencia en la capacidad humana para sobreponerse a cualquier evento;
de pocas palabras, nunca lo abandona un aire de tristeza y soledad, aunque
tiene mujer e hijos en Inglaterra y les escribe puntualmente cada mes; cree en
el orden y la disciplina, pero no deja de ser ecuánime, y sabe mantener la
serenidad en cualquier situación.
Desde el inicio de la novela Conrad
crea la expectativa de que algo terrible sucederá y que en ese desastre sólo un
hombre como MacWhirr sobrevivirá y logrará salvar a la tripulación. El descenso
del barómetro adquiere un carácter ominoso y el aire espeso e inmóvil es señal
de que un enorme peligro acecha al “Nan-Shan”. Pronto el capitán, su tripulación
y los pasajeros caerán en las garras de un monstruo de la naturaleza: poderosos
vientos, torrenciales lluvias y enormes olas azotan, envuelven y hunden el
barco entre montañas gigantescas de agua. El pavor y la inminencia de la
zozobra se mezclan con la desesperación y avaricia de los braceros que, rotos
los cofres donde llevan sus ahorros, inician una pelea a muerte por
recuperarlos mientras la tormenta agita y destruye todo. Ante la indiferencia de
la tripulación que lucha frenética por salvarse, el capitán ordena a Jukes, su
primer oficial, intervenir y poner orden en aquel aquelarre de codicia, muerte
y rapiña que ocurre donde viajan los chinos. Ayudado por Rout, el primer
maquinista, y algunos marineros, el primer oficial cumple la orden y con
cadenas y cuerdas logran inmovilizar a los enloquecidos trabajadores. El tifón,
que ha durado toda la noche, parece cesar en el momento en que se apaciguan
también las pasiones humanas.
Astutamente narrada, Conrad cambia el
punto de vista y es a través de las cartas de MacWhirr y su primer oficial, leídas
con desdén por sus esposas en Inglaterra (tiempo después) como nos enteramos del
desenlace de la historia: el “Nam-Shan” logra salvarse y lleva los pasajeros a
su destino, y completa así el perfil humano del capitán, ese hombre
imperturbable a quien lo único que la tormenta pudo sacar de las profundidades de
su alma fue esta sobria expresión: “No me gustaría perder mi barco”. Sabedor de
que es imposible regresar a cada bracero el dinero exacto que le corresponde,
pues cada uno exigirá más, y que si lo pone a disposición de las autoridades
chinas éstas se lo embolsarán, MacWhirr prefiere repartir a partes iguales lo
que sus hombres han rescatado. Sobra decir que los braceros aceptan con alegría
esta decisión, pues casi todos han trabajado el mismo lapso de tiempo, y
reconocen que sin la intervención de ese viejo silencioso y sereno no tendrían
nada, tal vez ni siquiera conservarían la vida.
Cuando ese otro viejo empobrecido
raspa el fondo del tarro para desprender las últimas briznas de polvo de café,
y lo prepara para llevarlo a su esposa enferma, y le miente diciendo que él ya
bebió, el lector no sabe si llorar o reír, pero la compasión y la ternura han
rasgado ya sus fibras más sensibles. Es el coronel, que no ha hecho otra cosa
que esperar durante cincuenta y seis años –desde cuando terminó la última
guerra civil− la carta donde le anunciarán que por fin le concederán una
pensión; el que ha perdido a su único hijo, asesinado por sus enemigos en las
eternas riñas entre liberales y conservadores; el que ha luchado bajo las
órdenes del coronel Aureliano Buendía, y aún continúa pasando de contrabando
ejemplares de las hojas con que se comunican sus partidarios, y que causaron la
muerte de su hijo Agustín; el personaje de la mejor novela escrita por Gabriel
García Márquez, según yo: el de El
coronel no tiene quien le escriba.
Nunca sabemos cómo se llaman él ni su
esposa, sólo que son dos viejos que se “pudren vivos” en su soledad. Ella
padece asma y él un estómago donde se revuelve una fauna furiosa de bichos. Han
ido vendiendo todo para sobrevivir, viven recordando al hijo muerto, y por eso
el coronel se empeña en conservar el gallo de pelea que Agustín les dejó, no
obstante que su compadre Sabas, el comerciante del pueblo, le ofrece una sustanciosa
cantidad por él. Cada viernes el coronel acude al correo para saber si por fin
ha llegado la carta de su pensión, pero contesta altivo que “no espera nada”
cuando el administrador le informa, apenado, que no ha llegado nada para él.
Los muchachos lo animan y le ofrecen cuidar y alimentar al gallo, porque saben
que ganará la próxima pelea. El animal se vuelve un símbolo para el pueblo. Por
eso, cuando decide venderlo acicateado por el sentido práctico de su mujer, que
le reprocha gastar las últimas monedas en alimentarlo, él se arrepiente,
devuelve el dinero y lo recupera. Cuando regresa con el gallo y la mujer enferma
le pregunta qué comerán, García Márquez escribe uno de los finales más bellos e
intensos de una novela y que sólo la palabra es capaz de expresar. Transcribo:
“La mujer se desesperó.
“’Y mientras tanto qué comemos’,
preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con
energía.
“−Dime, qué comemos.
“El coronel necesitó setenta y cinco
años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto− para llegar a ese
instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
“−Mierda.”
Otro viejo solitario enfrentado a su
destino es Santiago, personaje de El
viejo y el mar, de Ernest Hemingway, un pescador cuya mala suerte ha
provocado que lleve semanas sin pescar nada y que hace que los padres de
Manolín –el único ser humano que confía en él y lo aprecia, un niño− le prohíban
acompañarlo. Inquebrantable, Santiago se hace solo a la mar (“Un hombre puede
ser destruido, pero nunca derrotado” dice) y el niño le ayuda a conseguir el cebo
y lo invita a tomar una taza de café antes de partir. Cuando el viejo se aleja
mira el horizonte y se da cuenta de cuán solo está; “tal vez yo no debiera ser
pescador, pero para eso he nacido” se reconforta, y lanza el anzuelo esperando
atrapar algo.
Sumido en sus pensamientos, mira el
mar con sus grandes ojos sin inteligencia, extraña a Manolín, se pregunta quién
ganará el béisbol de las grandes ligas y recuerda las hazañas del gran DiMaggio;
es entonces cuando percibe apenas el movimiento del sedal, cuando con
movimientos bruscos le avisa que algo ha atrapado. Pronto descubre que es un
pez enorme y se deja arrastrar por él toda la noche y el día siguiente, pues
intuye que su vida cambiará con esta pesca. Durante las siguientes horas
viajará con el pez, le hablará, se encariñará con él, le dirá que nadie es digno
de comérselo por la gran dignidad con que lucha por su vida, pero sabe que debe
matarlo.
Cuando lo hace, la sangre atrae a los
tiburones. Lucha contra ellos pero aunque hiere y mata a uno, consiguen
arrebatarle la mitad de la presa y la sangre atrae a los demás. Hambriento,
cansado y casi extraviado, logra orientar la pequeña embarcación hacia tierra
firme seguido por los tiburones que para entonces han devorado casi todo el
pez. Lo defiende con cuchillos y remos, come a ratos pescado crudo para saciar
su sed y hambre y pasa cuatro noches antes de divisar el resplandor de La
Habana, adonde llega exhausto.
Cuando despierta, Manolín está a su
lado y le ha traído comida; le comunica la admiración que todos sienten por él
al descubrir el enorme esqueleto atado a su
embarcación y le promete que a partir de ahora siempre lo acompañará,
pues aún tiene mucho que enseñarle.
Hay de viejos a viejos, por supuesto.
La lucha encarnizada del pescador contra los tiburones (nada le hubiera costado
soltar el pez y salvar el pellejo) y su decisión indeclinable de llegar con él
a tierra firme; la irreductible voluntad del coronel por conservar su gallo y la
paciente fe con que espera la carta con el aviso de su pensión; la
inquebrantable voluntad de mantener a flote el barco y la irrenunciable
vocación de justicia del capitán MacWhirr, me hacen recordar cuando casi
solitario, yo escribía y repartía mis artículos. Entonces un viejo profesor me
advirtió: “Nada vas a lograr, la directora general tiene al noventa por ciento
de profesores de carrera en el bolsillo (se refería a quien encabezaba en ese
momento la administración del Colegio donde yo trabajaba), así son las cosas en
este sistema”, me dijo a modo de consuelo. Me quedé callado. Aún sigo viendo a
ese profesor, pero él aún no sabe que después de leer textos como el siguiente (palabras
del capitán MacWhirr) ya nadie puede ser el mismo:
“No permita que nada lo amedrente.
Mantenga siempre el barco de cara al huracán. Hacerle frente, hacerle frente
siempre, es la única manera de salir a flote en un caso como éste. Usted es un
marino joven. Hágale frente. Nadie puede hacer más en estos casos. Y, sobre
todo, no pierda la seguridad en ningún momento.”
Son las lecciones de estos tres viejos
tigres.
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