miércoles, 8 de febrero de 2017

Los avatares del Nican mopohua

Me gusta tomar café en un local ubicado sobre la Calzada de Guadalupe y mirar, durante los meses de noviembre y diciembre especialmente, a los millares de personas que asisten a la Basílica. Por otra parte, un amigo me dice que hay una diferencia abismal entre lo que escribía hace tiempo y lo que escribo ahora. Por eso retoco este artículo que ni siquiera estaba en mi blog y necesitaba alguna corrección.

Los avatares del Nican mopohua
NOÉ AGUDO (05/II/2017)

Si bien es fácil constatar el poder avasallador de los símbolos, no lo es explicar por qué adquieren tal influencia. Vivo cerca de la Basílica de Guadalupe y a diario observo el influjo que esta advocación mariana ejerce sobre millares de personas, a tal grado que este santuario se ha vuelto el más visitado del mundo católico (26 millones de visitantes anuales, informa la Arquidiócesis), por encima de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, y los santuarios de Lourdes en Francia y de la Virgen de Fátima en Portugal. Además, no debemos ignorar la importancia que la Virgen de Guadalupe ha tenido en sucesos históricos nacionales como la conformación de nuestra identidad, la guerra de Independencia y la Revolución de 1910.
              ¿Cómo llegó la guadalupana a ser parte sustantiva de nuestra nación y por qué continúa ejerciendo tal influencia? ¿Por qué provoca tanta devoción en la gente, más allá de la fe y los milagros, inexplicables dentro de una respuesta racional? Gracias a un documentado libro del doctor Miguel León Portilla (Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua”), y algunos otros que sustentan la versión, hoy podemos tener el hilo conductor de una respuesta.
            Una vez caída la gran Tenochtitlán en 1521, algún español colocó una representación de la guadalupana en el Cerro del Tepeyac, tratando de remplazar la adoración de una deidad prehispánica que se hacía en el mismo sitio desde mucho tiempo atrás. Tal vez un soldado de Cortés, para congraciarse con su capitán, colocó en el lugar una estatuilla de la Virgen de Guadalupe y mandó construirle una ermita, pues era conocida la gran devoción que Cortés tenía hacia ella, al ser patrona de su comunidad de origen, Extremadura.
            La ambigüedad deliberada del adoratorio generó una amplia concurrencia. Indios y españoles acudían con verdadera unción al cerrito, y esto hizo que el provincial de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante, pronunciara el 8 de septiembre de 1556 un sermón que causó escándalo: criticaba al arzobispo de México, Alonso de Montúfar, por permitir el culto a la Virgen María (Juan de Zumárraga, el primer obispo bajo cuyo arzobispado habían ocurrido las supuestas apariciones, que él negó, ya no estaba), “la cual era adorada allí como si fuera Dios”. No lo dijo explícitamente, pero en realidad acusaba al arzobispo de haber permitido y alentado esta confusión entre la deidad prehispánica y la madre de Cristo, lo que significaba abrir las puertas para “adorar al demonio”.
            La reacción de Alonso de Montúfar fue convocar al día siguiente a un proceso de información, en el cual indígenas, pero sobre todo españoles, declararon que la devoción a la Virgen había acrecentado su fe y contribuido a disminuir costumbres disolutas, y que eran muy conscientes de que “a quien veneraban era a la Madre de Dios”.
            No se sabe si a petición del arzobispo, o por iniciativa propia, un descendiente de la nobleza indígena de Azcapotzalco, egresado del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, escribió un texto en lengua náhuatl para relatar las apariciones milagrosas de la Virgen. Esto daba credibilidad a la afirmación del arzobispo, de que en verdad se trataba de la Virgen María, y tal vez sin proponérselo dejaba a salvo a los indígenas para que subrepticiamente pudieran continuar adorando a Tonantzin (“Nuestra madre”), que hacían en el “cerro de Tepeaquilla desde antiguo”.
             Nadie previó las consecuencias que tendría este texto escrito por el indígena descendiente de la nobleza de Azcapotzalco. Su nombre era Antonio Valeriano y se trataba de un hombre de dos mundos, pues si gracias a su ascendencia indígena dominaba el náhuatl culto, sus estudios le habían permitido aprender latín, español, teología y religión. Con su escrito no sólo legitima la adoración de la primera imagen religiosa resultado de un sincretismo, sino de paso urge a construirle un templo a la Virgen. El texto, conocido como Nican mopohua (cuya traducción es “Aquí se narra” y son las primeras palabras con que inicia el relato), se volverá un documento seminal para la conformación de la identidad nacional y fundamentará la búsqueda de la independencia de la nueva nación. Las vicisitudes del documento, que el doctor Miguel León Portilla ha realizado con un empeño detectivesco, son las que narra en su libro Tonantzin Guadalupe.
            Antonio Valeriano funde en su escrito varias tradiciones: la de la madre de dios prehispánica (Teotl inantzin) que era adorada en el lugar; la de las apariciones milagrosas de la Virgen de Guadalupe a personas sencillas del pueblo (como el macehual Juan Diego), pues estaba informado que lo mismo había ocurrido en algunas regiones de España (en Cáceres y La Gomera, por ejemplo), y funde también símbolos y términos provenientes del antiguo pensamiento náhuatl contenidos en los huehuehtlahtolli (la “antigua palabra”) que reúnen cantos y tradiciones del mundo indígena, para componer su escrito.
            No se sabe cuántas copias se hicieron del manuscrito, pues a pesar de que la imprenta se había instalado desde 1539, al principio sólo se hicieron copias a mano del Nican mopohua. Sin embargo, con esto fue suficiente para plantar la semilla.
            Casi un siglo después, en 1648, el bachiller Miguel Sánchez lo utiliza para escribir Imagen de la Virgen María Madre de Dios Guadalupe, y con esto realiza la primera traducción al español del manuscrito. Un año después otro bachiller, Luis Lasso de la Vega, lo publica completo en náhuatl con algunos agregados (sus propios comentarios, algunos milagros referidos por el historiador indígena Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, cierto datos biográficos de Juan Diego y una oración a la Virgen). A partir de estas traducciones e impresiones el culto se extiende, se hacen otras traducciones, como la de Luis Becerra Tanco en 1675, y los propios españoles y criollos se encargan de darle verosimilitud a la historia, a celebrarla y acrecentarla para forjar la identidad particular de la Nueva España.
            En 1689 el sabio Carlos de Sigüenza y Góngora jura poseer el manuscrito original, pues se lo legó don Juan de Alva Ixtlilxóchitl, amigo suyo e hijo de don Fernando. A la muerte de Sigüenza todos sus libros y papeles pasan a la biblioteca del Colegio de San Pedro y San Pablo, y seguramente con ellos iba el Nican mopohua. No se vuelve a tener noticias del texto sino hasta 1742, cuando las autoridades virreinales le requisan a Lorenzo Boturini Benaduci, sabio italiano y estudioso de las antigüedades mexicanas, una serie de documentos entre los cuales iba el relato de Valeriano. Los documentos son depositados en la biblioteca de la Pontificia Universidad de México, donde a fines de siglo XVIII aún se encuentra el Nican mopohua.
            Es posible que alguien lo sustrajera y se lo ofreciera en venta al historiador José Fernando Ramírez, rescatista de las antigüedades mexicanas, del cual Enrique Krauze ha hecho una magnífica semblanza en su libro Retratos personales (México, 2007, Tusquets). Cuando don José Fernando muere, en 1871, se realizan varias subastas de sus libros y documentos y entre ellos aparece el Nican mopohua. Este texto y su colección completa de antigüedades son comprados por la Universidad Pública de Nueva York, donde —según Miguel León Portilla— el antiguo manuscrito permanece hasta la fecha con otros documentos bajo el título general de Monumentos Guadalupanos.
            Estos son a grandes rasgos los avatares del texto que dictó la devoción y misteriosa intención de un indio noble asimilado a la cultura española, con el cual se forjó el más poderoso símbolo de identidad nacional, pues fundió en una sola imagen las creencias profundas de los dos pueblos para constituir la nueva nación.

NOTA 1: Debo a los siguientes libros la información sustancial para este escrito: Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mopohua” de Miguel León Portilla (El Colegio Nacional-Fondo de Cultura Económica, México, 2000); Quetzalcóatl y Guadalupe, de Jacques Lafaye (México, FCE, 1977); Documentos guadalupanos. Un estudio sobre las fuentes de información tempranas en torno a las mariofanías del Tepeyac, de Xavier Noguez (México, FCE, 1993), y Testimonios guadalupanos, de Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda (México, FCE, 1982).

NOTA 2: A partir de la película Avatar de James Cameron, estrenada en 2009, el filme nos escamoteó el significado de un hermoso término, sinónimo de “incidentes, vicisitudes, fases, cambios”, y en su lugar nos legó un significado confuso. Si hoy preguntan a sus alumnos qué significa avatar responderán que son los personajes azulados de la película; hay quienes dirán que es la representación de nuestra persona a través de una imagen virtual. Lo cierto es que se trata de un término proveniente del sánscrito e indica el hecho de que una divinidad desciende a la Tierra. De este significado la película lo relaciona para señalar que la tecnología, en el futuro, será capaz  de “inyectar inteligencia humana en un cuerpo ubicado remotamente”. Yo lo uso en el sentido principal que le da el Diccionario de la Lengua Española: fase, cambio, vicisitud.

LEÓN PORTILLA, LA VISITA QUE NO FUE

Obtusos, ignaros, indiferentes y ajenos a la auténtica vida cultural que debe promover y realizar un centro educativo (en el CCH entienden la cultura como los caciquillos de pueblo, es decir, como el conjunto de bailes folklóricos, clases de bordado y recetas para hacer tamales), las “autoridades” impidieron que los alumnos pudieran conocer y conversar con don Miguel León Portilla, historiador extraordinario y estudioso sin par del mundo náhuatl. León Portilla es autor de uno de los libros más vendidos y leídos del fondo editorial de la UNAM: La visión de los vencidos. (El otro es la Introducción a la filosofía, de don Ramón Xirau.) La idea que un grupo de profesores nos propusimos realizar, llevar a grandes personajes de la cultura contemporánea a los estudiantes, incluía la visita de don Miguel León Portilla. El proyecto tuvo que cancelarse ante la persecución que el director general y su marioneta en el plantel Vallejo iniciaron contra mi persona. Se debe recordar, por otra parte, que cuando llevamos a la escritora Elena Poniatowska, después de cuarenta años que no visitaba el plantel, causó tal conmoción que los diligentes amanuenses de su triste y no leída Gaceta CCH, así como de la gacetilla local, se dedicaron diligentemente a minimizar el hecho, a atribuírselo a los directivos y a cuidar puntillosamente que no hubiera ninguna mención al grupo de profesores que hicimos posible la visita. Así entienden el hecho de “ser incluyentes”.
Y es que, ¿cómo serlo si viven entregados a aprovechar los recursos del Colegio para su beneficio propio, para atender las necesidades de sus familiares, cómplices e incondicionales y los de sus amiguitas? Lo que menos les interesa es la educación de los jóvenes y la cultura. Sólo para documentar el olvido y la negligencia en que deriva el plantel Vallejo, informo los siguientes hechos: durante la semana pasada, en el edificio G, en el salón situado al término del ascenso de la escalera desaparecieron cinco cristales. Al día siguiente ocurrió lo mismo en otro de los salones de la planta baja. En el salón D1, primero quitaron parte de la chapa de arriba y luego fueron a retirar lo que restaba. En ese mismo salón desapareció uno de los pizarrones, el de la parte delantera. Ya no existen las mesas para los profesores y las sillas con soporte para los brazos.  El salón de clases original del  CCH tenía dos pizarrones para motivar la participación de los alumnos, y una mesa y silla para los profesores siempre son necesarias. ¿Por qué desaparece el mobiliario? ¿Alguien amuebla su escuelita? ¿Hasta ese nivel llega el saqueo a una institución de educación pública? Mientras, los demás salones rebosan de suciedad y basura, así como los espacios externos son usados para el consumo de alcohol, drogas y otras yerbas.


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