martes, 29 de agosto de 2017

CONCIERTO EN PANTITLÁN

Concierto en la estación Pantitlán


Sábado 13 de mayo, 8:20 de la mañana, camino a La Paz estado de México. He bajado del subterráneo en la estación Pantitlán y me dispongo a abordar el tren ligero que va hacia La Paz. No sé con precisión en cuál estación me bajaré, pero un vecino que tiene una amante en Ixtapalacra, me ha dicho que las estaciones Tepalcates o Canal de San Juan quedan cerca del lugar donde voy, un Cetis donde deberé aplicar mi examen de ingreso al Servicio Profesional Docente. Cuando transbordo un dolor punzante me horada el estómago. Los pasillos son interminables. Multitudes van y vienen. La gente camina presurosa. Son miles, como cualquier día hábil de la semana. Olvido que del estado de México no vienen sólo empleados, profesionistas y estudiantes que trabajan de lunes a viernes, sino un ejército de obreros, comerciantes, trabajadores y cientos de miles de personas que se ganan la vida en los más disímiles servicios y empleos los siete días de la semana. El dolor me hace sudar frío, me doy cuenta que no llegaré sano y limpio si antes no paso a un baño. Por suerte el gobierno de la Ciudad de México los ha concesionado en casi todas las estaciones. Uno deposita sus cinco pesos y ya está. Cuenta con papel, sanitarios más o menos limpios, agua y una persona que se gana la vida limpiando incansablemente el piso y organizando a la gente para que pase en orden. Se cuentan por cientos los que sobrecargaron su vejiga o traen una infección estomacal o simplemente les llegó el turno y esperan ansiosos un lugar. La señora que atiende los baños es enérgica pero servicial, ayuda a quien se queda trabado en los torniquetes o a quien la máquina cobradora no le quiso regresar su cambio y luego vuelve a su eterno trajinar. “¡Apúrense!”, grita cuando ve que la gente forma ya una larga fila y mira la cara de desesperación y esfuerzo que hacen algunos por controlar sus esfínteres. “¡Pujen!, grita, y ya no beban tanta cerveza, ¡eso les hace daño!” Algunos ríen, otros hacen eco a sus palabras y se empiezan a escuchar los más pedestres sonidos: pujidos, explosiones, cascadas violentas de gases, polifonías anales y gemidos de satisfacción. “¡Ya no beban tanta cerveza!”, vuelve a decir. “A mí me hicieron daño unos pinches tacos”, exclama uno. “A mí la tinga que me ofreció anoche mi comadre, y mi compadre no me dejó ir hasta que vaciamos medio cartón”, confiesa otro. “A mí me chingó un pinche huarache”, grita otro. ¡Ja ja ja ja!, ríen todos. Les causa gracia lo del “pinche huarache”. “¡Pujen, pujen, pujen!”, apresura la señora. “Aquí hay uno que ya se está haciendo”, “apúrense, no sean cabrones”. “Dele agua para que se lave”, le recomienda alguien que había estado callado, al fondo. Para apresurarlos la señora mete el trapeador por debajo de las puertas, así que los que están sentados deben levantar los pies. Unos salen disgustados, otros sonrientes y aliviados, como yo. Me apresuro, pues la escala técnica ha consumido diez minutos y el aviso dice claramente que, “después de las 9:00 no se permitirá el paso a nadie”. Corro hacia el tren ligero y cuando estoy ya en el andén otra vez el dolor. Maldita sea, pienso, ayer por hacerme de la boca chiquita solo bebí café en el Sanborns y cuando caminé por la calle cómo se me antojaron esos tacos de bistec, y luego los molcajetes llenos de salsa picante y roja. Pedí cuatro, y aquí están las consecuencias. Seguramente una salmonelosis aguda. Corro hacia los baños y el gentío sigue. Cuánta gente enferma del estómago, qué sería sin estos baños y la señora que limpia y sigue apresurando a los pacientes. Salgo sin nada en el estómago. Me doy cuenta porque me siento débil, vacío, y sólo deseo beber agua. Salgo corriendo y equivoco el lado. Un taxista dice: “Hubiera salido del otro lado, allí está derecho el Cetis. Pero ahorita cruzamos la avenida”. Tengo que estar antes de las nueve, le digo, ¿llegaremos? “El chiste es cruzar”, responde, “de allí yo me encargo, vivo por esa zona”. Pasamos una calle por donde cuelgan puercos, borregos y vacas desollados. En el piso hay cajas con vísceras y cabezas y patas de puerco. Los vehículos se mueven con lentitud. Un olor a sangre y lodo entra por la ventanilla. La cierro. Ya avanzan los vehículos. En cuanto cruzamos el taxista se abre paso y sale a una avenida casi vacía. Allí está, dice después de unas cuadras. Preguntamos cuál es la entrada, nos indican dar vuelta a la manzana. Apenas lo escucha y el conductor hunde el acelerador, comprende mi prisa. Llegamos justo un minuto antes de las nueve. Le pago al taxista y el guardia que cuida la puerta me pregunta: “¿Viene al examen?”. Sí, respondo. “Allí se registra”, indica, señalándome una mesa donde dos mujeres buscan los nombres de quienes vamos llegando. Firmo mi asistencia, atiendo las indicaciones para llegar al salón y ahí voy: apresurado, vacío, la boca reseca, pero animoso y sonriente, como si fuera a presentar el examen para la etapa más importante de mi vida.  

jueves, 17 de agosto de 2017

RETRATO DE JAZMÍN

Retrato de Jazmín

Debí ajustarme los lentes cuando la divisé ayer por la acera de enfrente. Su atractiva silueta atrae la mirada desde varios metros de distancia. Vi la cabellera suelta, el hermoso talle juvenil, la grupa desafiante y unas botas que se movían acompasadas, sin prisa, como siguiendo el ritmo que marcaban sus palabras. Hablaba por teléfono, así que crucé la avenida y le di alcance. Sintió de inmediato mi presencia, pues volteó, dejó el teléfono y exclamó sonriente mi nombre. Nos saludamos y le dije que terminara su llamada, yo esperaría. Simplemente dijo: “Después te llamo”, colgó y fijó su atención en mí. Yo quería decirle cómo le había ido en su evaluación, preguntarle si había estado en la lectura e invitarla a leer mi blog.

            Cualquiera puede caer seducido por su figura, pero a mí me gusta su cara: redonda, unos sonrientes ojos rasgados que fijan la atención, nariz y boca pequeñas, dibujos perfectos sobre el lienzo inacabado de una juventud que invita a completarlo. Cuando hablamos me parece estar frente a una de esas caritas sonrientes de las culturas del Golfo y conjeturo sus orígenes: ¿orientales? Su color canela lo desmiente. ¿Negroides? Los finos rasgos los contradicen. ¿Indios? Su estatura y esbeltez son incongruentes. En todo caso es una amalgama armónica de los tres tipos.

            Otros detalles que la hacen atractiva son su inteligencia, su natural empatía con lo original y el discreto rechazo de lo torpe. Existen otros tipos de inteligencia, es cierto, pero en ella destaca su tolerante actitud hacia lo necio y guardar para sí misma la valoración justa de los demás. Esto último lo percibo en el pausado beso que pone en mi mejilla cuando nos despedimos. Ella es Jazmín.

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...