Concierto en la
estación Pantitlán
Sábado 13 de mayo, 8:20 de la mañana, camino a La Paz estado
de México. He bajado del subterráneo en la estación Pantitlán y me dispongo a
abordar el tren ligero que va hacia La Paz. No sé con precisión en cuál
estación me bajaré, pero un vecino que tiene una amante en Ixtapalacra, me ha
dicho que las estaciones Tepalcates o Canal de San Juan quedan cerca del lugar
donde voy, un Cetis donde deberé aplicar mi examen de ingreso al Servicio
Profesional Docente. Cuando transbordo un dolor punzante me horada el estómago.
Los pasillos son interminables. Multitudes van y vienen. La gente camina
presurosa. Son miles, como cualquier día hábil de la semana. Olvido que del
estado de México no vienen sólo empleados, profesionistas y estudiantes que
trabajan de lunes a viernes, sino un ejército de obreros, comerciantes,
trabajadores y cientos de miles de personas que se ganan la vida en los más
disímiles servicios y empleos los siete días de la semana. El dolor me hace
sudar frío, me doy cuenta que no llegaré sano y limpio si antes no paso a un
baño. Por suerte el gobierno de la Ciudad de México los ha concesionado en casi
todas las estaciones. Uno deposita sus cinco pesos y ya está. Cuenta con papel,
sanitarios más o menos limpios, agua y una persona que se gana la vida
limpiando incansablemente el piso y organizando a la gente para que pase en
orden. Se cuentan por cientos los que sobrecargaron su vejiga o traen una
infección estomacal o simplemente les llegó el turno y esperan ansiosos un
lugar. La señora que atiende los baños es enérgica pero servicial, ayuda a
quien se queda trabado en los torniquetes o a quien la máquina cobradora no le quiso
regresar su cambio y luego vuelve a su eterno trajinar. “¡Apúrense!”, grita
cuando ve que la gente forma ya una larga fila y mira la cara de desesperación
y esfuerzo que hacen algunos por controlar sus esfínteres. “¡Pujen!, grita, y
ya no beban tanta cerveza, ¡eso les hace daño!” Algunos ríen, otros hacen eco a
sus palabras y se empiezan a escuchar los más pedestres sonidos: pujidos,
explosiones, cascadas violentas de gases, polifonías anales y gemidos de
satisfacción. “¡Ya no beban tanta cerveza!”, vuelve a decir. “A mí me hicieron
daño unos pinches tacos”, exclama uno. “A mí la tinga que me ofreció anoche mi
comadre, y mi compadre no me dejó ir hasta que vaciamos medio cartón”, confiesa
otro. “A mí me chingó un pinche huarache”, grita otro. ¡Ja ja ja ja!, ríen
todos. Les causa gracia lo del “pinche huarache”. “¡Pujen, pujen, pujen!”,
apresura la señora. “Aquí hay uno que ya se está haciendo”, “apúrense, no sean
cabrones”. “Dele agua para que se lave”, le recomienda alguien que había estado
callado, al fondo. Para apresurarlos la señora mete el trapeador por debajo de
las puertas, así que los que están sentados deben levantar los pies. Unos salen
disgustados, otros sonrientes y aliviados, como yo. Me apresuro, pues la escala
técnica ha consumido diez minutos y el aviso dice claramente que, “después de
las 9:00 no se permitirá el paso a nadie”. Corro hacia el tren ligero y cuando
estoy ya en el andén otra vez el dolor. Maldita sea, pienso, ayer por hacerme
de la boca chiquita solo bebí café en el Sanborns y cuando caminé por la calle
cómo se me antojaron esos tacos de bistec, y luego los molcajetes llenos de
salsa picante y roja. Pedí cuatro, y aquí están las consecuencias. Seguramente
una salmonelosis aguda. Corro hacia los baños y el gentío sigue. Cuánta gente
enferma del estómago, qué sería sin estos baños y la señora que limpia y sigue
apresurando a los pacientes. Salgo sin nada en el estómago. Me doy cuenta
porque me siento débil, vacío, y sólo deseo beber agua. Salgo corriendo y
equivoco el lado. Un taxista dice: “Hubiera salido del otro lado, allí está
derecho el Cetis. Pero ahorita cruzamos la avenida”. Tengo que estar antes de
las nueve, le digo, ¿llegaremos? “El chiste es cruzar”, responde, “de allí yo
me encargo, vivo por esa zona”. Pasamos una calle por donde cuelgan puercos,
borregos y vacas desollados. En el piso hay cajas con vísceras y cabezas y
patas de puerco. Los vehículos se mueven con lentitud. Un olor a sangre y lodo
entra por la ventanilla. La cierro. Ya avanzan los vehículos. En cuanto
cruzamos el taxista se abre paso y sale a una avenida casi vacía. Allí está,
dice después de unas cuadras. Preguntamos cuál es la entrada, nos indican dar vuelta a la manzana. Apenas lo escucha y el conductor hunde el
acelerador, comprende mi prisa. Llegamos justo un minuto antes de las nueve. Le
pago al taxista y el guardia que cuida la puerta me pregunta: “¿Viene al
examen?”. Sí, respondo. “Allí se registra”, indica, señalándome una mesa donde
dos mujeres buscan los nombres de quienes vamos llegando. Firmo mi asistencia,
atiendo las indicaciones para llegar al salón y ahí voy: apresurado, vacío, la
boca reseca, pero animoso y sonriente, como si fuera a presentar el examen para
la etapa más importante de mi vida.