Retrato de Jazmín
Debí ajustarme los lentes cuando la divisé ayer por la acera
de enfrente. Su atractiva silueta atrae la mirada desde varios metros de
distancia. Vi la cabellera suelta, el hermoso talle juvenil, la grupa desafiante y unas botas que se movían acompasadas, sin prisa, como siguiendo el ritmo que
marcaban sus palabras. Hablaba por teléfono, así que crucé la avenida y le di
alcance. Sintió de inmediato mi presencia, pues volteó, dejó el teléfono y
exclamó sonriente mi nombre. Nos saludamos y le dije que terminara su llamada,
yo esperaría. Simplemente dijo: “Después te llamo”, colgó y fijó su atención en
mí. Yo quería decirle cómo le había ido en su evaluación, preguntarle si había
estado en la lectura e invitarla a leer mi blog.
Cualquiera
puede caer seducido por su figura, pero a mí me gusta su cara: redonda, unos
sonrientes ojos rasgados que fijan la atención, nariz y boca pequeñas, dibujos
perfectos sobre el lienzo inacabado de una juventud que invita a completarlo. Cuando
hablamos me parece estar frente a una de esas caritas sonrientes de las culturas
del Golfo y conjeturo sus orígenes: ¿orientales? Su color canela lo desmiente.
¿Negroides? Los finos rasgos los contradicen. ¿Indios? Su estatura y esbeltez
son incongruentes. En todo caso es una amalgama armónica de los tres tipos.
Otros
detalles que la hacen atractiva son su inteligencia, su natural empatía con lo
original y el discreto rechazo de lo torpe. Existen otros tipos de
inteligencia, es cierto, pero en ella destaca su tolerante actitud hacia lo
necio y guardar para sí misma la valoración justa de los demás. Esto último lo
percibo en el pausado beso que pone en mi mejilla cuando nos despedimos. Ella
es Jazmín.
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