sábado, 1 de julio de 2017

LA NECESIDAD DE CREER

Si aquello que sabemos es lo que determina lo que observamos y deseamos conocer, imaginemos qué ocurre cuando ese saber es vago, muy general o equivocado.
La necesidad de creer
NOÉ AGUDO (27/06/2017)

Carl Sagan, el gran astrofísico y divulgador de la ciencia, explica que el factor más importante en la aceptación y el éxito de las supercherías, fanatismos e ideas irracionales de la humanidad es la propia necesidad de creer en ellos. En general, el ser humano requiere creer que acciones repentinas, un objeto mágico o un ser poderoso transformarán su situación y le harán posible un mundo mejor. Para ponerse a salvo de los elementos naturales, en la antigüedad el hombre inventó dioses a los que podía implorar que actuaran en su defensa y favor; para saber cómo le iría en la batalla o en una nueva acción que emprendería ideó los oráculos, los adivinos y los arúspices; para evadir la mala fortuna creó ritos, amuletos y sortilegios.
            Y con esto abrió las puertas a una serie de supuestos intermediarios estafadores y vividores en realidad que se dijeron enviados de los dioses, poseedores de un don divino o representantes directos de las divinidades para velar por el hombre y resolver sus problemas sobre la tierra. Además, en esta búsqueda consiguió algo peor: aprendió a evadir su responsabilidad en la resolución de sus problemas.
             En las primeras etapas de la evolución del hombre estos intermediarios entre las divinidades y la humanidad se disfrazaron con ropajes religiosos. Actualmente, ante la pérdida de credibilidad de muchas explicaciones religiosas, los mismos intermediarios se revisten con elementos que buscan recuperar esa confianza y para ello recurren a términos y explicaciones supuestamente científicas. Los nuevos embaucadores se ubican en esa amplia y difusa franja de las fronteras de la ciencia y las creencias populares, que Sagan muy acertadamente llama el espacio de las pseudociencias.
Por ejemplo, narra la siguiente anécdota: estando un día en un restaurante, vio un objeto brillante en el cielo y todos los comensales salieron a ver de qué se trataba. Pronto “me encontré en medio de una nube de maitres, camareras, cocineros y clientes que acordonaban la acera, apuntaban al cielo con dedos y tenedores y daban claras muestras de asombro. Aquella gente estaba entre encantada y sobrecogida. Pero cuando regresé con un par de prismáticos que mostraban fuera de toda duda que el supuesto ovni era en realidad un avión de tipo especial (como se supo más tarde, una aeronave meteorológica de la NASA), cundió un profundo y generalizado desencanto. Algunos se mostraban embarazados por haber mostrado en público su credulidad. Otros estaban simplemente disgustados porque se había esfumado una muy buena historia, algo fuera de lo ordinario; acababa de difuminarse un posible visitante de otros mundos”.
La decepción de la mayoría de los testigos muestra un hecho relevante: nosotros mismos contribuimos con nuestra credulidad y expectativas a hacer creíbles mitos y mentiras. Si descartamos a quienes ignoran que los embustes son elaborados con el propósito de beneficiar a sus creadores, queda por responder por qué mucha gente que sí está informada y sabe que son supercherías los acepta y aun los defiende. Sucede así porque llena una necesidad, cumple una expectativa y contribuye a evadirnos de la realidad grisácea, difícil y monótona de todos los días.
 La creencia en los extraterrestres, por ejemplo, refleja la necesidad de saber que allá afuera hay inteligencias superiores que nos rescatarán de un posible desastre nuclear, del calentamiento global o nos enseñarán a usar nuestras facultades paranormales hoy dormidas. Dicha creencia se envuelve en un ropaje seudocientífico cuando acude al siguiente procedimiento: echa mano de algunos mitos, utiliza ciertas nociones que se tienen sobre el funcionamiento del cerebro y recurre a una vaga hipótesis. Los mitos los constituyen las supuestas huellas que los extraterrestres han dejado en otras épocas sobre la tierra: las líneas de Nazca, el astronauta de Palenque, las pirámides como fuentes de energía, algunos relatos de la Biblia, ciertos avistamientos no explicados por la ciencia, etc. Con esto se da por sentado que los extraterrestres ya estuvieron sobre la tierra, así que no es improbable que regresen. La noción: como no conocemos de manera cabal el funcionamiento del cerebro, damos por correcta la idea de que sólo aprovechamos un 10% del mismo y dejamos sin usar el resto (pregúntese a un neurocientífico si esta noción es correcta y nos responderá que no es verdadera). Pero los extraterrestres con sus conocimientos avanzados nos podrían a enseñar a usarlas. La hipótesis: en algún lugar del universo, del que sólo conocemos una muy reducida parte, debe haber condiciones para que la vida se haya desarrollado y esté más avanzada que la nuestra. Así que, ¿por qué no creer que existen? Mézclense estos elementos y tendremos firmemente asentada no sólo la creencia en los extraterrestres sino la invención de la pseudociencia que los estudia: la ufología. Pero han sido nuestras expectativas las que las hacen posibles y creíbles: la necesidad de creer en la vida extraterrestre.
 Por eso un ferviente defensor de esta creencia se decepciona cuando los científicos informan que hallaron componentes orgánicos o algo parecido a bacterias en el suelo de Marte. Ellos esperan saber acerca de los supuestos canales que atraviesan el planeta rojo. Desearían escuchar revelaciones como que se encontraron ruinas de ciudades, naves e incluso hombrecillos con antenas en la cabeza. Comprender la paciente y aburrida explicación de la ciencia les resulta difícil y decepcionante: compuestos orgánicos, esbozos de formas muy elementales de vida (que ni siquiera llegan a constituirla) y sólo la posibilidad de que haya compuestos parecidos al agua, les resulta, eso sí, una mentira. La NASA oculta algo, el gobierno norteamericano no quiere que nos enteremos que ya ha hecho contacto, etc. Todas estas suposiciones llenan las expectativas que se han creado y evitan el esfuerzo de tratar de comprender explicaciones científicas que se consideran difíciles. Siempre es menos atractivo aquello que implica dificultad y exige un mayor esfuerzo para su comprensión.
Qué decir cuando dichas creencias atienden necesidades más urgentes y concretas, como son el deseo de adelgazar o evitar la calvicie. En esos casos estamos dispuestos a creer en todo. A una vecina la han engañado con píldoras, masajes, limpias y bebidas milagrosas para adelgazar, y nada le ha funcionado. Pero ella sigue creyendo en que encontrará la pastilla, la bebida o la fórmula milagrosa, porque le resulta difícil hacer ejercicio ya no digamos diariamente, sino al menos dos veces por semana, alimentarse sanamente y en general imponerse un régimen de vida sano. Los productos-milagro, que no son más que un fraude con los que los fabricantes y la televisión llenan sus bolsillos de dinero, basan su auge en dicha promesa: solucionar de manera fácil, rápida y sin otro esfuerzo que no sea pagar algunos pesos.
Shampoos que evitan la calvicie o que vuelven rubio el cabello de quien los usa; cremas que adelgazan o quitan las arrugas; bebidas que “queman” las grasas; aparatos que con sólo sentarse en ellos fortalecen los músculos; calcetines que evitan el dolor y curan el pie diabético; aguas azucaradas que imprimen energía y brindan optimismo al cuerpo; detergentes que quitan la mugre con un simple pase y dan nuevo color a la prenda; cremas que vuelven blanca la piel, etc. La lista de los artículos es enorme y resulta indignante el trato de imbéciles que los anunciantes dan a los posibles consumidores. Y para que la burla sea mayor emplean términos aparentemente científicos como “ginkgo bilova”, “raíz de genciana”, “acción antielastasa”, “nuez asiática”, “factor QB5”, “acción hidrocauterizadora”, etcétera. ¿Por qué la gente cree en ellos pese haber comprobado que que no sirven? Porque prometen la satisfacción de una necesidad, cubren una expectativa y lo hacen de manera rápida y sin esfuerzo. Hay quienes incluso esperan la tableta o el supositorio que los haga expertos en biología o duchos en matemáticas. Bromas aparte, conocí a una persona que dormía con los audífonos puestos para escuchar una grabación con las lecciones de la materia de la que presentaría su examen al día siguiente. ¿Y cómo te fue?, le pregunté. “No recordé nada, pero me ayudó a dormir mejor” respondió.
Igual sucede con las necesidades económicas y sociales: es muy fácil convencer a la gente de que alguien o algo tiene la culpa de su mala situación (la oligarquía, la mafia en el poder, el neoliberalismo, el “narco-estado”, etc.)  y que sólo un personaje providencial o un sistema político del pueblo podrán redimirla. Es decir, sólo hace falta que ese personaje providencial llega al poder o se establezca el gobierno del pueblo. ¿Y quién es el pueblo? ¿Qué es el pueblo? Un partido, un reducido grupo de elegidos o mejor aún, el comandante, el caudillo, el libertador. Esos se vuelven la encarnación del pueblo, es decir, los antiguos intermediarios. No es el funcionamiento de las instituciones, la organización de la sociedad, los mecanismos de vigilancia y control, la actuación responsable y activa de los ciudadanos, la educación de la población y su participación los que hacen una sociedad mejor. No, el cambio debe ser de raíz, fundamental, se debe destruir todo y empezar de nuevo. Por eso se dice fundamentalista a esta pretensión. Así como mi vecina ha ido de fraude en fraude en su deseo de querer adelgazar, por evitarse la aburrida disciplina de hacer ejercicio y mantener una dieta sana, así algunas sociedades van de bribón en bribón y de revolución en revolución para volver siempre a lo mismo sin que nada cambie. Más aún cuando esta ideología está sustentada en doctrinas que se pretenden científicas y no son más que pseudociencias, como diría Sagan.
Sin embargo, el único cambio posible y factible es el que cada uno se propone realizar y lo inicia a partir de sí mismo y el círculo donde actúa. Es lo que ha transformado realmente a las personas y las sociedades. No lo digo yo, sino los numerosos ejemplos realmente transformadores que tenemos a lo largo de la historia: Jesucristo, Mandela, Einstein, Gandhi, Steve Jobs… En todo caso, así como Sagan nos enseña a conocer el universo sin fanatismos ni creencias irracionales, así un científico social como Karl Popper demuestra que sólo una acción paciente, permanente e inteligente en nuestro medio es lo que realmente modifica la sociedad. Los pequeños cambios sumados son los que hacen los grandes. La enseñanza de un libro como La sociedad abierta y sus enemigos es que sólo el esfuerzo y la dedicación de los ciudadanos pueden construir una sociedad mejor; sólo la actuación paciente sobre las instituciones, los ambientes de trabajo, de gobierno  o de estudio hacen posible el mejoramiento de una situación, sin destruir lo logrado ni conducir al sacrificio a numerosas generaciones. Más allá de las doctrinas, ideologías, caudillos y revoluciones.
Desde luego, esto es menos vistoso que la guerrilla, las armas y los discursos grandilocuentes y exige mucha más responsabilidad. Para empezar, no es lo mismo leer Los conceptos fundamentales del materialismo histórico de Martha Haernecker, que penetrar ese denso ladrillo titulado La sociedad abierta y sus enemigos. Pero se trata de una lectura realmente transformadora y sin duda enriquecedora para la comprensión de la sociedad. Una visión maniqueísta resulta fácil por su simplismo, pero no permite conocer realmente cómo funciona una sociedad. Como los productos-milagro, satisface una expectativa pero no nos permite comprender, nos brinda esquemas y recetas que no funcionan en la realidad.
 Porque los cambios no son de una vez y para siempre. Por el contrario: son lentos, a veces inadvertidos pero constantes; porque los seres humanos y nuestra cultura somos imperfectos; porque la manera de avanzar en la ciencia y en la vida diaria son siempre la prueba, el ensayo, el acierto o el error. Y comenzar otra vez. De allí mi preocupación por mi cultura, por el lenguaje, por la comunidad donde trabajo y por el medio donde actúo. De allí la razón de textos como éste.

ASÍ TIENDEN SU CAMITA
Casi toda la semana pasada y lo que va de ésta la UNAM ha estado bajo la auscultación de los medios. Los asesinatos ocurridos en Ciudad Universitaria, la venta, distribución y consumo de drogas, algo común en todos los espacios universitarios y que las autoridades conocen desde hace tiempo, ha trascendido hacia el exterior gracias a los medios de información. Es un buen signo. Tal vez ahora sí, el rector esté dispuesto a limpiar la Universidad de dichas lacras que no sólo le acarrean desprestigio sino entorpecen e impiden cumplir el fin primordial de la Universidad, que es la educación. Sobre todo cuando los mismos grupos que se dedican a la distribución y venta de drogas secuestran espacios, como el conocidísimo caso del auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras, y otros más en las diversas facultades, escuelas, centros e institutos.
            Pero hay otro tipo de secuestro y entorpecimiento de espacios universitarios quizá menos evidente pero igual o peor de perjudiciales: cuando grupos nefastos y bastos de individuos se apropian de las funciones directivas y administrativas de las escuelas. Este es un secuestro cobijado por la normatividad, por la apariencia de académicos de quienes lo realizan y porque además del secuestro de las instalaciones hay una expoliación de los recursos del Colegio y una perversión de las funciones académicas.
Es el caso del Colegio de Ciencias y Humanidades, que hemos denunciado una y otra vez por este medio. Al menos en el plantel Vallejo, desde el arribo de la actual administración, la distribución, venta y consumo de drogas se ha incrementado notablemente. Si en los períodos anteriores el consumo se hacía sobre todo por las tardes, evadiendo la vigilancia y en los espacios más alejados (pastizales, canchas de fútbol y el lugar conocido como “La Playa”), hoy se hace en los mismos salones y a cualquier hora del día. No hay autoridades que vigilen, no se practican más los rondines, el plantel vive a la deriva, y los baños, salones y pasillos flotan entre la inmundicia y la basura.
Peor aún, el abandono y descuido en que se tiene al plantel es porque el personal que lo administra sabe muy bien que está allí para cubrir las apariencias: un director enterado de que su fin es obedecer ciegamente al director general, así no cumpla con sus funciones y solo se dedique a sus arrumacos amorosos; secretarios que no se presentan a laborar pero sí a cobrar, o secretarios que usan el tiempo para poner zancadillas y desprestigiar a sus compañeros en su afán por escalar posiciones y colocar a sus allegados, etc. Una vez que la normatividad universitaria fue rota al poner personal directivo al gusto y capricho del director general, el plantel Vallejo es tierra de nadie. Ya hemos denunciado que una persona basta y vasta es quien se dice la auténtica directora. En todos los puestos donde ha estado ha sido despedida porque lo suyo es el espionaje, la intimidación a los profesores y fabricar calumnias contra los que ella y sus jefes consideran sus enemigos. Los rumores señalan que es debido a su presencia como se ha incrementado el consumo y tráfico de drogas, pues ella es la que tolera la presencia de los vendedores y sabe quiénes son. Al menos con los grupos de pseudoactivistas mantiene una especial relación, pues aparenta “controlarlos” para hacer ver la necesidad de su presencia.
            Ahora ha comenzado a circular la especie de que pronto se irá, pues la van a operar. Está enfermita, dice, y, al igual que otro “funcionario” a quien aún le reporta (que debió esparcir similar bulo cuando se descubrió su carácter de “oreja” y esbirro) y tuvo que alejarse del plantel para disfrutar de la protección de la dirección general, ella espera lograr lo mismo o eso le han prometido. No se puede vivir en las cloacas y no oler mal; bastante y diverso daño ha causado en el plantel Vallejo. Estos son los delincuentes más peligrosos y contra ellos deben dirigirse las acciones de las autoridades si desean limpiar realmente la Universidad. Los profesores debemos demandar su renuncia y exigir que no vuelvan a traer ni poner a personas de este tipo en puestos clave. Todos ya deben estar enterados, porque ella misma lo ha dicho, que es la que decide para quiénes son las comisiones; a quiénes se otorgan las famosas plazas de carrera; contra quiénes hay que reunir o fabricar expedientes sucios; a quién se debe espiar o contra quiénes se deben circular calumnias, etcétera. Cuando personal de este tipo controla una escuela es porque la educación se ha vuelto un botín y los ganadores son los más rapaces. Así estamos.

EL PUEBLO SIN EL PUEBLO, Y CONTRA EL PUEBLO
Gran parte de los comportamientos irracionales y absurdos ocurridos recientemente tienen su explicación en el razonamiento del texto principal de más arriba. Morena estuvo a punto de ganar las elecciones en el Estado de México; de hecho se impuso al PRI en número de votos y hubiera gobernado de no ser porque los aliados nefastos de ese partido le sumaron sus votos, y por los enormes recursos económicos que los gobiernos federal, estatal y algunos municipales le aportaron (algo en lo que Morena no se quedó atrás, al menos en el municipio de Texcoco, y las recaudaciones en lo oscurito de las que trascendieron algunos casos para desgracia suya). Un dato sobresaliente es que la mayoría de los votantes de Morena fueron ciudadanos con un mayor nivel de estudios. Mientras el 18% de quienes tienen educación superior votó por el PRI, el 41% lo hizo por Morena. Entre los que sólo cuentan con educación básica, 43% lo hizo por el PRI y sólo 23% por Morena; es decir, a menor educación más votos para el PRI, y a mayor educación más votos para Morena. ¿El partido del pueblo sin el pueblo?

¿Qué tienen en común el Sindicato Mexicano de Electricistas, el Comité de Víctimas de Nochixtlán, los familiares de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, el Frente Popular Francisco Villa, la Asamblea de Barrios y el Sindicato de Trabajadores del Transporte en la Ciudad de México? Varios, pero hoy nos interesa destacar uno: que todos desfilaron para protestar por “la intromisión de México en los asuntos internos de Venezuela”. Como es sabido, la semana pasada se realizó en Cancún la 47 Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en la cual México trató de lograr un pronunciamiento para exigir el restablecimiento de las libertades democráticas, el respeto a los derechos humanos, la liberación de los presos políticos y la asistencia humanitaria para Venezuela. Con el voto de los países que sobreviven gracias al petróleo venezolano dicho pronunciamiento no pudo prosperar y, entre las cuestiones anecdóticas que la asamblea dejó, aparte del comportamiento cerril de una supuesta representante diplomática, está la manifestación de estas supuestas organizaciones del pueblo. ¿Es que los asesinados por el gobierno de Nicolás Maduro no son pueblo? ¿Las manifestaciones de millones de ciudadanos no son del pueblo venezolano? ¿La escasez y hambruna que padecen todos los habitantes de Venezuela no incluyen al pueblo? ¿O todos comen tan bien como Maduro, Diosdado y sus genízaros? Otra vez: el pueblo contra el pueblo, ¿o tal vez el pueblo bueno contra el pueblo malo? Allí quedan sus nombres, para irlos conociendo.


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