MÉXICO
1847-MÉXICO 2017
NOÉ
AGUDO (10/II/2017)
Hace exactamente 170 años Antonio López de Santa Anna
se preparaba para enfrentar al invasor norteamericano Zachary Taylor en la
Batalla de la Angostura, la cual ocurriría durante los días 22 y 23 de febrero
de 1847. Fiel a su estilo y a su ineptitud como militar y estratega, Santa Anna
abandona el campo de batalla no obstante tenerla ya casi ganada. Mientras, en
la ciudad de México Valentín Gómez Farías enfrenta la rebelión de los Polkos
que, azuzados por el clero, se oponen a un decreto que autoriza al gobierno
federal apropiarse de los bienes de la Iglesia para repeler la invasión. (Los
Polkos, debe recordarse, son batallones comandados por oficiales provenientes
de las clases acomodadas y se les llama así por su gusto en bailar polkas,
aunque también porque fueron partidarios de James K. Polk, el undécimo presidente
norteamericano bajo cuyo mandato ocurrió la invasión a México.)
Conocedor
de la división entre los mexicanos y de los escasos recursos con que cuentan,
Polk abre un segundo frente bajo el mando de Winfield Scott, quien en marzo de
1847 invade Veracruz. El ministro de Defensa de México, Valentín Canalizo, tiene
diferencias con Santa Anna y esto impide rechazar con éxito al invasor.
Winfield Scott toma el puerto de Veracruz y avanza hacia la ciudad de México
apoyado por la Mexican Spy Company (Compañía de Espías Mexicanos), que le sirve
de guía y lo ayuda para ganar la batalla de Cerro Gordo. En junio de este mismo
año Matthew C. Perry invade y se apropia de Tabasco, poniendo al general Vant
Brunt como gobernador. Scott avanza incontenible y se encuentra ya en las
goteras de la ciudad. En agosto cae el Convento de Churubusco, donde el general
mexicano Pedro María Anaya contesta al invasor general Twiggs, cuando pregunta
dónde está el parque, aquella famosa frase de: “Si hubiera parque no estaría
usted aquí”. En septiembre caen Molino del Rey y Chapultepec. Los
norteamericanos toman la ciudad de México y Santa Anna renuncia.
Nunca
un pueblo fue tan pobre, débil e inerme, e incluso dispuesto en parte a
entregarse al invasor. Sin duda la más grande de nuestras vergüenzas
nacionales. Reflejo de las mezquindades y egoísmos personales, como en los días
de hoy, existió una enorme división, desorganización, improvisación, carencia
de recursos y ausencia de un mando unificado que el enemigo aprovechó. James
Polk recomendaba a sus jefes militares alentar sublevaciones militares e
indígenas (a los Polkos entregaron cincuenta mil dólares y lograron que la
población indígena de Xichú se rebelara), promover el alejamiento de la
población de su gobierno e incitar a la gente a mantener una actitud neutral
ante la invasión. Sólo siete de los diecinueve estados de la República mexicana
contribuyeron con hombres, armas y dinero para la defensa nacional.
No es
extraño así que en plena invasión el cónsul norteamericano Black John
escribiera a su gobierno: “¿Qué pueden pensar las naciones extranjeras de esta
gente, que bajo ninguna circunstancia deja de entregarse a luchas civiles para
aniquilarse recíprocamente, no obstante que más de la mitad de su país se
encuentra ocupado por fuerzas extranjeras y la otra en peligro de correr la misma
suerte? Su conducta los exhibe como incapaces, tanto para gobernarse por sí
mismos, como para ser gobernados por los demás, aunque su proceder los arrastra
a este último destino, hasta el grado de que, si persisten un poco, no dejarán
otra alternativa a nuestro país que someterlos a su protección paternal”.
Como
se ve, a 170 años de aquellos tristes sucesos seguimos siendo los mismos.
Aunque los convocantes de “Vibra México” son personalidades, instituciones y
asociaciones diversas, a una buena señora se le ocurrió convocar el mismo día y
a la misma hora otra marcha. ¿Con qué fin? Con el obvio propósito de dividir,
de causar confusión y de acaparar los reflectores, como siempre. Fue tan
ridícula su propuesta que al fin aceptaron confluir simultáneamente las dos
marchas en el Ángel de la Independencia a las dos de la tarde.
Pero
aún resta convencer a los otros, que envueltos en una pretendida pureza
ideológica, se revuelven afanosos en las redes sociales y miran con desprecio
ambas marchas porque son “para apoyar la unidad a la que llamó Peña Nieto”. Y
la unidad, “¿para qué es?, ¿en torno a qué?”, se preguntan cogitabundos. Y
difunden que la marcha está patrocinada por Televisa, por los ricos, etc. Estos
marcharían felices pero al lado de la CNTE, de los vividores del crimen de
Ayotzinapa, de los integrantes del pretendido “sindicalismo independiente” y de
vaya a saber qué líderes que sus fantasías oníricas y onanistas engendran.
“¡Raza
maldita, amante de los sacrificios, adoradora de Huichilobos” escribió José
Vasconcelos con amargura en El desastre.
NOTA
Redacto este texto luego de asomarme a las llamadas
redes sociales y leer tal cantidad de sandeces, que van desde afirmar que una
marcha del domingo 12 es para apoyar a Peña Nieto y la otra para increparle, o
que una la organiza Televisa y la otra los que “no son televisos”. No puedo
creer que dichas expresiones provengan de periodistas supuestamente informados,
de académicos, de estudiantes y de gente que se la pasa en las redes y se
espera que con alguna información cuenten. Yo simpaticé de inmediato con la
primera propuesta (“Vibra México”) y ver allí nombres como los de la doctora María
Amparo Casar, Sergio López Ayllón, e instituciones como la UNAM, el CIDE, El
Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y organizaciones civiles como
Mexicanos Primero, Causa en Común y hasta publicaciones como Letras Libres y Nexos, me convencieron que es un llamado de una amplia porción de
la diversa sociedad civil, y por eso allí estaré. Aunque este mensaje no guste
a esos mexicanos que, como hace 170 años, contribuyeron con su cobardía y
estupidez disfrazada de “diferencias” al naufragio del país. Domingo 12 a las
12:00, en el Auditorio Nacional.
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