jueves, 23 de marzo de 2017

LOS LOQUITOS

Los loquitos


Quien dice lo que piensa no piensa lo que dice.
Jacinto Benavente

De tanto comentarla, una obra teatral que Gabriel Zaid se había propuesto escribir y que nunca terminó ya tiene una existencia real en el imaginario de sus lectores, como yo, y lamentamos de verdad que no la haya concluido. La obra plantearía lo que sucede si alguien actuara con absoluta transparencia y sin ceder en lo más mínimo ante cualquier acto de corrupción, por pequeño que fuera. Esta persona se dañaría a sí misma, perjudicaría a su familia, a sus compañeros de trabajo, afectaría a su comunidad y terminaría trastornando a la sociedad entera.
            Sucede lo mismo con la mentira. Si fuéramos absolutamente honestos seríamos descorteses, groseros e incluso ofensivos. “Hola, ¿cómo estás?” “¡Del carajo! ¿Y tú?” “¿Qué te pareció el escrito de fulano?” “Un bodrio, parece escribir con los pies y pensar con la barriga”. “¿Qué piensas del candidato equis?” “Que es un tunante como cualquier otro, nomás deja que asuma el poder”. A cambio de eso solemos responder: “Muy bien, ¿y tú?” “Regular, regular” o, si somos condescendientes, “Bien, bien. Acaso necesita pulir un poco su estilo”, y “Esperemos verlo actuar. Démosle el beneficio de la duda”. Etcétera.
            Como dice José María Martínez Selva en su libro La psicología de la mentira (Paidós, 2005): “Decir siempre la verdad sería peor para las relaciones sociales o laborales. Es preciso mentir porque, en caso contrario, no habría cortesía o las relaciones humanas no serían fluidas o suaves.” Mentimos a diario, fingimos, nos hacemos los desentendidos y los más cautos prefieren callar. Así se mantienen nuestras relaciones interpersonales y sociales. Sin embargo, cuando el que miente es una autoridad, alguien de quien dependen cuestiones vitales como el trabajo y la sobrevivencia misma de las personas, la mentira pierde su talante inofensivo y su papel de facilitadora social para transformarse en una forma de control o de perjuicio.
            De allí que los integrantes de una sociedad abierta juzguen positivo preguntar, cuestionar, denunciar e incluso criticar las acciones de las autoridades. Esto permite mantenerlas vigiladas, se las induce a respetar la ley o al menos no transgredirla con tanto descaro y desvergüenza. Y aun así no es suficiente. Hacen falta órganos capaces de exigirles cuentas y, si es necesario, sancionarlas cuando infringen las normas o cometen actos ilícitos. Permitirles actuar sin vigilancia, transparencia ni control es abrir las puertas para que actúen en la más absoluta impunidad. Es lo que sucede en sociedades cerradas como Venezuela, Cuba y Corea del Norte, donde no existe una prensa libre y se persigue a los informadores. (Y, ¡paradojas de la historia!, ocurre ahora también en los Estados Unidos: el país que ha enseñado al mundo el destacado papel de la prensa libre para el mejor funcionamiento de la democracia y sus instituciones, hoy ha sido secuestrada su presidencia por un individuo autoritario que declara a los medios informativos “enemigos de la nación”. Pero ni los medios se dejarán avasallar fácilmente ni la sociedad carece de mecanismos e instituciones que, confío, podrán imponer un firme valladar a tan anacrónica y retrógrada pretensión.)
            México es un país con instituciones democráticas aún endebles, sobre todo en lo que concierne a la participación ciudadana: nos hacen falta valor cívico y saber actuar para darle sustento y vigor a la democracia. Los más de setenta años vividos bajo el régimen de partido único y poder hegemónico hicieron, por una parte, una mayoría ciudadana medrosa, pedinche, irresponsable, acostumbrada a expresar sus críticas con medias palabras, sólo capaz de murmurar y propalar chismes, que aún cree en los caudillos y considera que el verdadero cambio sólo se dará cuando llegue “el bueno”, el incorruptible, el honesto, el que mejor sabe endulzar sus oídos con “desfallecidas flores retóricas” (Borges).
Por otra parte, los años de partido único crearon también una izquierda tozuda, radical, fanática, amante de la violencia e intolerante, grabada a fuego su frente con la “I” de la intransigencia. Para esta izquierda (por suerte una minoría) todas las acciones de gobierno son parte de un plan siniestro que sigue los dictados de organismos internacionales para aplicar el modelo neoliberal, para seguir desmantelando el país y entregarlo a las corporaciones extranjeras. Esta izquierda hoy es la mejor aliada de Donald Trump, pues es la que rechazó en su momento el Tratado de Libre Comercio, la que seguramente ve gustosa que las empresas transnacionales abandonen México como lo quiere el neofascista del norte y también debe anhelar que un muro nos separe por fin del odiado imperio.
En el CCH no existe ciudadanía o al menos su comunidad no actúa y se expresa como tal. Prevalecen las visiones esquemáticas y simplistas para juzgar las acciones de gobierno, especialmente las del gobierno federal, y hacia el interior se permite que verdaderos truchimanes se encaramen a los puestos de dirección y perviertan los nobles propósitos de una institución educativa. ¿Desde cuándo no tenemos un verdadero académico en la dirección general? ¿Cuánto hace que no se toman en cuenta las propuestas de profesores para designar un director de plantel, sino que el director general coloca a sujetos ineptos (como en Vallejo) cuyo único mérito es servir y ser servil con los de arriba? ¿Qué hemos hecho para cambiar esta situación que ha llevado el desastre del Colegio?
Debemos reconocer que en esto hemos fallado como profesores: no hemos logrado enseñar a pensar, a formar ciudadanos y personas capaces de actuar y comprometerse racionalmente con su realidad. Y no lo hemos logrado porque nosotros tampoco lo somos. Nuestro modelo educativo, que se propone cultivar el pensamiento crítico, se queda solamente en eso, en una magnífica propuesta, pero no hemos podido lograr o ni siquiera comprender lo que significa. (Hoy lo retoma el sistema educativo nacional en el nuevo modelo educativo para aplicarlo en la enseñanza en todo el país y, de verdad, quisiera que por fin se hiciera factible porque México lo requiere.) Pero en el CCH el desarrollo del pensamiento crítico derivó en la inculcación de dogmas, en la elaboración de esquemas simplistas y en la formulación de consignas cuya principal característica es su total incapacidad para interpretar la realidad y actuar en consecuencia. Ser crítico, se piensa, es gritar ofensas contra el gobierno o decirle ignorante a Peña Nieto, sin verse reflejados en el mismo espejo. Ser crítico, se cree, es culpar de todo al modelo neoliberal sin comprender las transformaciones que ha vivido el mundo y muy especialmente nuestro país. Por eso hoy los mejores aliados del neofascismo son los representantes de esa izquierda trasnochada que no ha sabido actualizarse y añora el estatismo, el peor nacionalismo y las fronteras cerradas.
Hay excepciones, por supuesto, y esas pocas excepciones son las que aún mantienen viva la flama del modelo educativo vanguardista, humanista y de honda preocupación  social con que se fundó el CCH. Los profesores que no comparten la mal entendida idea del pensamiento crítico, saben que la misión de nuestro modelo educativo es formar personas con mayores capacidades para desarrollar su creatividad, detonar su imaginación y aplicar el raciocinio en sus acciones. Estos profesores saben también que es necesario rescatar y mejorar el modelo porque la ciencia y la tecnología nos han situado en contextos y situaciones nuevas que lo demandan con mayor urgencia. Porque basta ver el comportamiento de la mayoría para saber si hemos fracasado. ¿Esos personajes agachones, convenencieros, cínicos y oportunistas que ven al Colegio como un botín se preocuparán porque el modelo educativo del Colegio recupere el pensamiento crítico? ¿Esos individuos indolentes, apáticos, murmuradores, críticos de baños y pasillos, incapaces de expresar  sus puntos de vista con valor civil, lograrán inculcar el pensamiento crítico? Para ellos el pensamiento crítico es más bien un estorbo, por eso procuran deshacerse y olvidarse de él cuanto antes.
Este texto se titula “Esos profes loquitos” porque así nos bautizaron quienes hoy dirigen el Colegio. Me refiero a un grupo de profesores que consideramos que las cosas se pueden hacer de forma diferente: no ver al Colegio como un botín con el cual beneficiarse y beneficiar a la parentela, sino recuperar su carácter académico; rescatar, actualizar y profundizar su modelo educativo; actuar apegados a la normatividad y de manera transparente, para que todos nos sintamos parte de una comunidad donde se respetan los derechos, compartimos las mismas obligaciones y contamos con condiciones de trabajo estables y basadas sólo en el mérito académico; dar a los órganos de representación colegiada suficiente independencia y autonomía para que representen realmente a la comunidad y así encauzar la participación de todos. No al nepotismo ni al favoritismo ni a la discrecionalidad.
Pues bien, una vez remplazada la anterior administración, un bribón que había solicitado nuestro apoyo para que Jesús Salinas llegara a la dirección general, y que hoy se ostenta como su “hombre de confianza”, dijo algo así como que no había que considerarnos para ninguna responsabilidad porque estábamos “loquitos” y se ufanaba incluso de haber creado la división entre el grupo. La befa, la soberbia y el desprecio que exhala su consideración son directamente proporcionales a su calidad como persona y profesor, como pudimos constatarlo más adelante. Pero no es lugar ni momento para ocuparnos de él por ahora.
En busca de un dato casi releo la novela La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín, y eso me lleva a reproducir un pasaje donde dialogan Galio Bermúdez, asesor del secretario de Gobernación (que en la vida real se dice que es el filósofo Emilio Uranga) y Octavio Sala, director de La República (que en la vida real es Julio Scherer, director del diario Excélsior), pues resulta muy pertinente para concluir este escrito. Galio le reprocha a Sala su propósito desmesurado por dar cuenta de los hechos que no conviene revelar, su obsesión por publicar la verdad, por decir sin medias tintas lo que ocurre en México, por describir la lucha cruenta, sorda y sucia que se libra entre la guerrilla de los años setenta y las fuerzas policiacas y militares del gobierno.
“Nada puede hacerle más daño a este país que la verdad” dice Galio… “Es como querer arreglar a un jorobado con buenos cirujanos y padres que vayan por la calle exhibiendo desnudo a su esperpento, mostrando a todo mundo la joroba y adicionalmente sus piernas entecas, sus ojos bizcos, sus manos de tres dedos, sus pies planos, su labio leporino, el principio de una cola bífida en el cóccix. Nada podrá hacerle más daño a ese pobre ser que el honrado pregón paterno de la verdad. México es todavía ese jorobado. Sus miserias reales no son un asunto de opinión pública, Octavio. Son una mierda, un dolor inmanejable, un desastre heredado. Exhibirlo no nos cura, simplemente nos describe. Y la descripción nos hace abominables, porque lo somos.
            “Reconozcámoslo entonces, Galio, para reconocernos como somos dijo Sala.
            “¡No, no, no! dijo Galio, saltando casi hacia las palabras de Sala. Somos un jorobado pero hace un siglo éramos un albañal. Mañana seremos simplemente un cojo y algún día un ser normal, a condición de que sigamos haciendo poco a poco lo que hemos hecho hasta ahora: ocultar nuestra joroba, decirnos que hemos nacido para otra cosa, tener en la cabeza un país ideal, un país ficticio que decimos ser y que no somos, pero que todos los días nos llama a ser otra cosa, a ponernos en el lugar de los seres normales, el de la historia realizada. Nada puede dañar tanto la ida hacia lo que debemos ser, como la tentación de los atajos, la simulación del absoluto que no ha traído para nosotros sino jorobas adicionales, prisas sin destino, carreras que dan a precipicios, redentores que vuelven a sumirnos en la mierda, independencias que acrecientan nuestra esclavitud, paraísos que desembocan en el infierno.”
            El CCH, una de las mejores consecuencias de los movimientos libertarios del 68; un espacio donde se cultiva el conocimiento, donde la libertad es condición sine qua non de la enseñanza; donde la tolerancia, la libertad de expresión y  el ejercicio de la crítica deberían correr parejas con la formación de ciudadanos ejemplares, no puede ser el reducto donde se refugien los peores vicios y taras del sistema político del que aún no logramos salir. Por eso hay que empujar, por eso disintiendo un poco de mis compañeroshay que decir las cosas como son, aunque nos digan “loquitos”, temerarios y nos prevengan que así no se llega a los puestos directivos. No es ese nuestro objetivo, ni lo deseamos. Nuestros objetivos están más allá.

ECOS DE MI ESCRITO
Publico tal cual el mensaje que una apreciada profesora me envió en relación con mi anterior entrega y, como es obvio, mi respuesta al mismo:

Hola, estimado Noé
Tengo años de conocer a Ernesto, fue mi alumno y la acusación sin fundamentos que haces de su persona es un rumor que desatan algunos compañeros. Otras veces a ocurrido (sic) lo mismo con profesores jóvenes que llegan con los títulos de maestría o doctorado. Actualmente Ernesto esta becado por CONAYT (sic sic) y no tiene la llamada Comision (resic) que mencionas. Me estraña (recontra sic) que te guíes por rumores dañando a personas que en lo particular considero que no son tus enemigos.
En el caso de la renuncia de Miguel el mismo se echo la soga al cuello, y no todo se rige solo por el Derecho, pienso que todo profesor merece respeto y no puede ser tratado como hizo Miguel con Jesús Salinas…
Delia Gutiérrez

Respuesta
Estimada Delia:
En ningún momento fue mi intención perjudicar al profesor Ernesto Coronel Pereyra ni mucho menos lo considero mi enemigo (de hecho yo no tengo enemigos, sino personas que difieren de mis apreciaciones, otra cosa que ellos me consideren su enemigo). En un escrito que me hizo llegar en el que me amenaza al saberse protegido, y que te reenvío para que lo corroboresꟷ confirma uno a uno los datos que divulgué para ilustrar cómo la aplicación de la normatividad se hace de manera selectiva en el CCH: cese y persecución para los otros, lenidad y omisión a la norma para los “cuates”. No cuestiono el hecho de que haya recibido una beca, seguramente la obtuvo por su magnífica preparación si contó con excelentes profesores como tú. Simplemente divulgo lo que él mismo confirma en su escrito: fue exonerado al no encontrar ninguna prueba de la acusación que le hicieron tres profesores de su área (ellos lo denunciaron, no yo). Tres, y muy respetables. Lo que señalo es el uso parcial de la norma: mientras a algunos se les da oportunidad de demostrar su inocencia, a otros (como en mi caso) simplemente se les cesa y se les hacen nugatorios los argumentos esgrimidos en su defensa.

Saludos cordiales

¿El Waterloo de López Obrador?
¿Ha sido Nueva York el Waterloo de López Obrador? No, pienso que fue un brutal frentazo en su adelantada campaña presidencial y puede llevarlo a la debacle en este tercer intento por ganar la presidencia de la República. ¿Por qué fue brutal? Porque lo reveló tal como es: intolerante, refractario a cualquier punto de vista distinto al suyo y por su creencia ciega de que sólo él es honesto, diferente y capaz de transformar el país. Juárez, una de sus figuras tutelares, tenía una voluntad inquebrantable y podía parecer necio a ratos, pero sabía escuchar a los brillantes hombres que lo rodeaban: Ocampo, Sierra, Lerdo, Arriaga y tantos liberales más que lo acompañaron. Juárez creía, por otra parte, en los mecanismos legales e institucionales con que se debe proveer una sociedad que desea avanzar realmente en la aplicación del Derecho, el combate efectivo a la desigualdad y el funcionamiento de la democracia, independientemente de los hombres que dirijan la sociedad. López Obrador sólo cree en él, se siente un verdadero “producto milagro”, y los “productos milagro” no funcionan. Es una paradoja cruel que un integrante de ese grupo que él y la izquierda que lo acompaña usaron para desestabilizar al gobierno de Peña Nieto (2014, 2015 y 2016) y con el cual se propusieron hacerlo renunciar, sea quien hoy lo haya desnudado. ¡Cómo fue posible esto, si el guion era otro!: “Fue el Estado, fue el Ejército, el gobierno de Peña Nieto”. Así es como debe decir el guion. Por eso nunca, en ninguna manifestación, se ha exigido castigo para Aguirre Rivero (no obstante que, se sabe, el ex gobernador tenía como amante a la esposa de José Luis Abarca y estaba al tanto de las relaciones con el crimen organizado y demás ilícitos de la pareja); los que reclaman justicia por los 43 desaparecidos olvidan los cientos de declaraciones de sicarios y sus jefes que reconocen (ante una cámara de video e interrogados por psicólogos, no torturados) haber sido ellos los autores intelectuales y materiales del asesinato y desaparición de los jóvenes. Que no encuentren los cuerpos (y pienso que nunca los encontrarán por como los desaparecieron, según los propios sicarios), que haya detalles sin aclarar, que existan varias fallas en la reunión y presentación inicial de las evidencias, y que se haya manejado con enorme torpeza la información del asunto (el gobierno federal ni siquiera quiso involucrarse al principio)… Que por todo esto el crimen se atribuya al Ejército, al gobierno federal y a Enrique Peña Nieto, me pareció desde el principio una vileza. Alguien de los directamente afectados ya se dio cuenta que esto no es cierto y pidió a López Obrador que aclarara cuál fue su relación con los Abarca y Aguirre Rivero, y cuál fue el papel del PRD, partido del que él era el presidente. “Pregúntenle al Ejército, a Peña Nieto, al régimen” volvió a declarar. Es decir, también se reveló como el autor del guion, del cual Tomás Tizapa, padre de uno de los estudiantes desaparecidos, se salió. Este hecho reveló enterito a López Obrador. ¿Puede cambiar una personalidad durante el tiempo que resta para las elecciones presidenciales de 2018? De eso depende el triunfo o fracaso.


Encontrémonos en Facebook donde estoy como Noé Agudo, allí publiqué en su momento el texto de arriba.

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