domingo, 17 de mayo de 2020

EL SILENCIOSO RITMO

EL SILENCIOSO RITMO

Observaba sus rutinas para tratar de entender qué lo llevaba a coger la pluma o sentarse frente a la máquina y empezar a escribir como si una impelente voz le dictara. Al principio creyó que eso era la inspiración: un inexplicable rapto de creatividad que llegaba de súbito, sin que nada aparentemente lo provocara. Luego de largos periodos de esterilidad concluyó que la inspiración no existía, siempre escribía a pesar de que no le gustara el resultado y lo consideraba sólo un ejercicio para mantener activos los desconocidos mecanismos de la creación. Después pensó en acrecentar su disciplina: se levantaba en las madrugadas, se sentaba frente a la página en blanco y no la abandonaba hasta escribir el sueño que había tenido, la misteriosa aparición de una frase, las ideas que se hacían claras a esa hora, los ordenados recuerdos y a veces extrañas y confusas palabras. Con esto creyó develar el misterio: el secreto consistía en darle sentido a lo que se revolvía en su mente, abrir cauce a lo que rebullía de manera atropellada y caótica. Un día advirtió cómo árboles y plantas reverdecían y echaban flores y daban frutos sin ningún plan aparente; reparó en la puntual sucesión de las estaciones; escuchó el canto de las aves y constató que volvían cada temporada para reiniciar un ciclo que nadie percibía; supo que la luna y sus fases de alguna manera armonizaban con el viento, las lluvias y la sucesión de la vida; recordó las lecciones de sus ancestros para sembrar, recoger las cosechas y aun cortar la madera. Por azar había encontrado la raíz de todo: el misterioso motivo de la sucesión y renovación de los ciclos estaba en el ritmo; el devenir de las estaciones, el arribo de las nubes, la germinación de las semillas, el canto de las aves, el movimiento de los cuerpos celestes y la armonía de la creación toda, como sus mejores escritos, se hallaba en el silencioso ritmo de la existencia.

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