Política y corrupción del lenguaje
NOÉ AGUDO
ALGO PERSONAL
[…]
Pero,
eso sí, los sicarios no pierden ocasión
De declarar públicamente su empeño
En propiciar un diálogo de franca distensión
Que les permita hallar un marco previo
De declarar públicamente su empeño
En propiciar un diálogo de franca distensión
Que les permita hallar un marco previo
Que garantice
unas premisas mínimas
Que faciliten crear los resortes
Que impulsen un punto de partida sólido y capaz
De este a oeste y de sur a norte,
Que faciliten crear los resortes
Que impulsen un punto de partida sólido y capaz
De este a oeste y de sur a norte,
Donde establecer las bases de un tratado de amistad
Que contribuya a poner los cimientos
De una plataforma donde edificar
Un hermoso futuro de amor y paz.
Que contribuya a poner los cimientos
De una plataforma donde edificar
Un hermoso futuro de amor y paz.
Joan Manuel Serrat
Seguramente
habrán advertido la ironía que destilan estas estrofas finales de la canción de
Serrat que he usado como epígrafe para referirme al lenguaje usado por los
políticos: vacío, insustancial, contradictorio, que habla mucho para no decir
nada.
Y es que, como pocos personajes, el
político es alguien que rehúye radicalmente los compromisos, las explicaciones
y la verdad misma, a menos que no le importe pasar como mentiroso, cínico o ignorante,
pero sabe muy bien las consecuencias que estos atributos acarrean a su imagen.
Y es que el lenguaje define, exhibe, compromete, y si antes se valía decir
cualquier cosa para salir del paso y después actuar como les viniera en gana,
hoy ya no es tan fácil, o al menos ya no lo es hacerlo tan impunemente.
Mientras ciertos gremios emplean un
lenguaje mistificador para crear la apariencia de que se dedican a actividades
casi divinas; otros usan uno incomprensible para poner barreras inaccesibles al conocimiento
especializado que supuestamente poseen, los políticos se dedican a vaciar el
lenguaje de cualquier contenido o significado preciso. Rehúyen decir lo que los
compromete u obliga, y en una sociedad sin mecanismos democráticos suficientes
se considera un mérito mentir, fingir, moverse en el mundo de las apariencias y
de las verdades a medias.
Los profesores debemos combatir esas
manifestaciones del lenguaje, no sólo porque nuestra principal tarea es la
enseñanza, sino porque conocemos las consecuencias sociales que su manejo trae
consigo. La principal ha sido la perversión de la política (reducirla a uno de
sus aspectos más desagradables: el arte de mentir y fingir), y la segunda, que el lenguaje vacío contribuye
a la inexistencia de una vida cívica donde la honestidad y responsabilidad sean
las principales cualidades de quienes ejercen el poder.
Una característica de los grandes
estadistas, como Winston Churchill o Benito Juárez, ha sido su impecable manejo
del lenguaje. Léanse las siguientes frases de Churchill: “El problema de
nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino
importantes”; “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”; “El éxito es la
capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Y ahora las de
Benito Juárez: “No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad
caprichosa, sino con sujeción a las leyes”; “La emisión de las ideas por la
prensa debe ser tan libre, como es libre en el hombre la facultad de pensar”, y
“No deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia en el
error”.
Sólo habría que recordar la frase
que Churchill expresó ante sus compatriotas cuando asumió el cargo de primer
ministro de la Gran Bretaña en mayo de 1940, ya en plena Guerra Mundial: “No
tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Esto es lo que
caracteriza la palabra de un verdadero líder: su capacidad de empatía, de
auténtica comunicación para sacudir la conciencia y la sensibilidad de su auditorio.
Y eso se logra sobre todo siendo sincero. Pero los políticos de hoy día están a
una altura ínfima de aquellos, no conocen la verdadera dimensión de la política.
Su pretensión de nunca hablar con la verdad, de nunca comprometerse y saber
evadir su responsabilidad la consideran una virtud.
Más todavía cuando alguien los pilla
en una contradicción o les pide que precisen cierta ambigüedad, los
interpelados se sienten ofendidos, como si no tuvieran la obligación legal,
política y moral de ser lo suficientemente claros. Y cuando de plano la
realidad los contradice o niega aquello a que hacen referencia, salen con la
extravagancia de que la realidad es otra, que la que conocemos y vemos todos
los días no es la verdadera. Bajo el subterfugio de que sólo ellos poseen
información confiable y tienen los datos verdaderos, se arrogan la puntada de
crear una “realidad alternativa”. El problema es que hay quien se las cree.
Al ser ellos los poseedores de los
micrófonos y de los medios a través de los cuales se propagan y multiplican sus
dichos, apabullan a la sociedad con el mismo sonsonete y crean en los
espectadores, lectores y radioescuchas una sensación de impotencia y
frustración. Y si en un primer momento logran silenciar y aun anular con su
ruido las voces disidentes, es muy probable que esta sensación de impotencia
estalle imprevisiblemente al menor pretexto cualquier día, y se exprese en
acciones violentas y destructivas, pues esto es lo que incuba un lenguaje
falaz. Así, los políticos transitan del lenguaje tramposo que no dice nada, al
de una realidad alternativa y de ésta al de un ambiente de crispación y odio.
Ésta es la situación del mundo actual y, para desgracia nuestra, es la palabra
la que ha contribuido a crearla. De ahí nuestra responsabilidad como
profesores.
Un privilegio adicional que la clase
política disfruta en México es su libre acceso a los medios de información. Al
ser sujetos de la noticia, sus acciones y opiniones interesan a vastos
públicos. De ahí que muchos medios abran sus espacios para que colaboren
regularmente. Bajo el supuesto de que así obtendrán información exclusiva,
revelaciones que sólo los políticos conocen, y hasta una cierta aquiescencia de
parte del poder, les ofrecen sus tribunas sin reparar en que con esta acción sólo contribuyen a hacer mayor el avasallamiento del poder
político y a generar una mayor indefensión de la sociedad.
Si hay alguien impedido de hablar con
sinceridad ése es el político. Conoce y cuida los resortes de la expresión
honesta; sabe el peso y compromiso de lo dicho; es experto en los vericuetos y
recovecos de la autocensura y el alineamiento, aunque, eso sí, no deja de creer
en el poder de las palabras, así sean huecas o embozadas, y por eso no
desaprovechará el espacio concedido. Aunque, ¿quién lee realmente a un
político? Ni sus propios seguidores.
Lo que en mejores épocas era un
arte, el de saber unir voluntades para avanzar hacia un propósito que
beneficiara a toda la sociedad, hoy día se ha vuelto una actividad que genera repulsión,
encono, que divide, estigmatiza a los que piensan diferente y los excluye, o
que trata de engañar a la ciudadanía creyendo que ésta no tiene capacidad de
ver, escuchar, comprender y pensar. Ser político en nuestros tiempos es
dedicarse a una de las actividades más sucias y tramposas; ser un corrupto y
corruptor en potencia. O al menos es lo que nos hacen pensar. Por eso la
necesidad de recuperar la transparencia y claridad del lenguaje.
Los responsables de los medios
también lo saben, y por eso deben defender la autonomía de su gremio. Al igual
que los profesores, deben preservar la independencia de su criterio, no
alinearlo con ideologías en boga o con tendencias políticas pues esto les
impedirá ejercer la crítica. Si se afilian a una ideología o a una causa
deberán adecuar su lenguaje para no contradecirlas, o de plano callarse.
Pierden así su independencia. La libertad intelectual y de criterio son el
último pero más inexpugnable valladar contra la mentira, la arrogancia del
poder y el apetito voraz por imponer una sola visión del mundo. Las
transformaciones grandilocuentes; la vociferación tumultuosa en medios, plazas
y avenidas; los desplantes avasalladores del poder absoluto, no lograrán
quebrar jamás la libertad que campea en alguien que es dueño de sus propias
palabras. Por eso, toda crítica de la realidad comienza con la crítica del
lenguaje. La palabra representa nuestra más humilde pero única y formidable defensa.
Conclusión
Podía
haber tomado cualquier declaración que hubieran hecho recientemente, mientras
escribía este artículo, como ejemplo de ese lenguaje vacío, falaz y
contradictorio. Pero con eso el lector pensaría que mi aversión es para tal
personaje y mi simpatía para sus opositores, y eso es lo que menos pretendo que
crean. Mi convicción más arraigada es que todo aquel que se dedique a tareas
intelectuales y la enseñanza (profesores, periodistas, investigadores, artistas,
escritores) debe defender denodadamente su pensamiento y sentido crítico, pues
sólo así será capaz de analizarlo objetivamente y criticarlo. Nunca volverse un
seguidor o partidario. De otra forma tendríamos que alinear y sujetar nuestras
creencias y lenguaje a nuestras afinidades y antipatías, y con eso los
retorceríamos también.
No dudo que haya hombres honestos y
sinceros; tampoco creo que sea improbable elaborar una teoría política capaz de
otorgar estabilidad y desarrollar eficazmente una sociedad en todos sus
aspectos: educación, economía, nivel de vida, salud, libertades, etc., y un
partido u organización que las encabecen. Pero debemos reservarnos siempre
nuestra libertad de criterio para poder señalar sus errores y desviaciones en
el momento necesario, pues de otra forma nos volveríamos cómplices de aquellos.
Esto es así porque en la lógica del
poder no hay buenos ni malos, honestos ni corruptos, sinceros ni embusteros o
eficaces e inútiles. Sólo hombres que se dedican a obtener el poder y luchan por conservarlo, ejercerlo y
acrecentarlo, y para esto se valen de todas las acciones, incluyendo la
mentira, la deshonestidad y la maldad. Un trabajador intelectual debe estar vacunado
contra la ingenuidad de pensar que unos son los buenos y los de enfrente los
malos, o de que por fin apareció alguien que resolverá nuestros problemas
porque éste sí es bueno, honesto y ve por su pueblo.
Esta es una obra de todos si
queremos que realmente funcione. Así como nadie resolverá nuestros problemas
personales, más que nosotros mismos, no hay ningún caudillo, partido, ideología
o modelo económico que pueda resolver los problemas sociales sino la sociedad
misma organizada eficazmente. ¿Cómo? Con sus instituciones, leyes, mecanismos, autoridades y formas de
participación ciudadana funcionando sin restricciones para vigilar, denunciar, acotar, llamar a
cuentas y castigar los excesos y errores del poder, en cualquiera de sus
manifestaciones. Imaginar y crear las bases para una sociedad así sería obra
inmensa de un verdadero estadista. Pero desafortunadamente hoy no se ve ninguno
que pueda asumir esa tarea. Sólo enanos que aprovechan el poder para
enriquecerse brutalmente, o para satisfacer su enorme megalomanía, que es tan
dañino como el poder más corruptor cuando no le importa destruir una nación
para lograrlo. México perdió más de la mitad de su territorio cuando un individuo
megalómano se hizo del poder en el siglo XIX.
De ahí que, como dice Serrat, entre
esos tipos y yo hay algo personal.
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