jueves, 7 de mayo de 2020

POLÍTICA Y LENGUAJE


Política y corrupción del lenguaje
NOÉ AGUDO

ALGO PERSONAL
[…]
Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión
De declarar públicamente su empeño
En propiciar un diálogo de franca distensión
Que les permita hallar un marco previo
Que garantice unas premisas mínimas
Que faciliten crear los resortes
Que impulsen un punto de partida sólido y capaz
De este a oeste y de sur a norte,
Donde establecer las bases de un tratado de amistad
Que contribuya a poner los cimientos
De una plataforma donde edificar
Un hermoso futuro de amor y paz.
Joan Manuel Serrat

Seguramente habrán advertido la ironía que destilan estas estrofas finales de la canción de Serrat que he usado como epígrafe para referirme al lenguaje usado por los políticos: vacío, insustancial, contradictorio, que habla mucho para no decir nada.
            Y es que, como pocos personajes, el político es alguien que rehúye radicalmente los compromisos, las explicaciones y la verdad misma, a menos que no le importe pasar como mentiroso, cínico o ignorante, pero sabe muy bien las consecuencias que estos atributos acarrean a su imagen. Y es que el lenguaje define, exhibe, compromete, y si antes se valía decir cualquier cosa para salir del paso y después actuar como les viniera en gana, hoy ya no es tan fácil, o al menos ya no lo es hacerlo tan impunemente.
            Mientras ciertos gremios emplean un lenguaje mistificador para crear la apariencia de que se dedican a actividades casi divinas; otros usan uno incomprensible para poner  barreras inaccesibles al conocimiento especializado que supuestamente poseen, los políticos se dedican a vaciar el lenguaje de cualquier contenido o significado preciso. Rehúyen decir lo que los compromete u obliga, y en una sociedad sin mecanismos democráticos suficientes se considera un mérito mentir, fingir, moverse en el mundo de las apariencias y de las verdades a medias.
            Los profesores debemos combatir esas manifestaciones del lenguaje, no sólo porque nuestra principal tarea es la enseñanza, sino porque conocemos las consecuencias sociales que su manejo trae consigo. La principal ha sido la perversión de la política (reducirla a uno de sus aspectos más desagradables: el arte de mentir y fingir),  y la segunda, que el lenguaje vacío contribuye a la inexistencia de una vida cívica donde la honestidad y responsabilidad sean las principales cualidades de quienes ejercen el poder.
            Una característica de los grandes estadistas, como Winston Churchill o Benito Juárez, ha sido su impecable manejo del lenguaje. Léanse las siguientes frases de Churchill: “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”; “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión  y no quiere cambiar de tema”; “El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Y ahora las de Benito Juárez: “No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes”; “La emisión de las ideas por la prensa debe ser tan libre, como es libre en el hombre la facultad de pensar”, y “No deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia en el error”.
            Sólo habría que recordar la frase que Churchill expresó ante sus compatriotas cuando asumió el cargo de primer ministro de la Gran Bretaña en mayo de 1940, ya en plena Guerra Mundial: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Esto es lo que caracteriza la palabra de un verdadero líder: su capacidad de empatía, de auténtica comunicación para sacudir la conciencia y la sensibilidad de su auditorio. Y eso se logra sobre todo siendo sincero. Pero los políticos de hoy día están a una altura ínfima de aquellos, no conocen la verdadera dimensión de la política. Su pretensión de nunca hablar con la verdad, de nunca comprometerse y saber evadir su responsabilidad la consideran una virtud.
            Más todavía cuando alguien los pilla en una contradicción o les pide que precisen cierta ambigüedad, los interpelados se sienten ofendidos, como si no tuvieran la obligación legal, política y moral de ser lo suficientemente claros. Y cuando de plano la realidad los contradice o niega aquello a que hacen referencia, salen con la extravagancia de que la realidad es otra, que la que conocemos y vemos todos los días no es la verdadera. Bajo el subterfugio de que sólo ellos poseen información confiable y tienen los datos verdaderos, se arrogan la puntada de crear una “realidad alternativa”. El problema es que hay quien se las cree.
            Al ser ellos los poseedores de los micrófonos y de los medios a través de los cuales se propagan y multiplican sus dichos, apabullan a la sociedad con el mismo sonsonete y crean en los espectadores, lectores y radioescuchas una sensación de impotencia y frustración. Y si en un primer momento logran silenciar y aun anular con su ruido las voces disidentes, es muy probable que esta sensación de impotencia estalle imprevisiblemente al menor pretexto cualquier día, y se exprese en acciones violentas y destructivas, pues esto es lo que incuba un lenguaje falaz. Así, los políticos transitan del lenguaje tramposo que no dice nada, al de una realidad alternativa y de ésta al de un ambiente de crispación y odio. Ésta es la situación del mundo actual y, para desgracia nuestra, es la palabra la que ha contribuido a crearla. De ahí nuestra responsabilidad como profesores.
            Un privilegio adicional que la clase política disfruta en México es su libre acceso a los medios de información. Al ser sujetos de la noticia, sus acciones y opiniones interesan a vastos públicos. De ahí que muchos medios abran sus espacios para que colaboren regularmente. Bajo el supuesto de que así obtendrán información exclusiva, revelaciones que sólo los políticos conocen, y hasta una cierta aquiescencia de parte del poder, les ofrecen sus tribunas sin reparar en que  con esta acción sólo contribuyen a  hacer mayor el avasallamiento del poder político y a generar una mayor indefensión de la sociedad.
             Si hay alguien impedido de hablar con sinceridad ése es el político. Conoce y cuida los resortes de la expresión honesta; sabe el peso y compromiso de lo dicho; es experto en los vericuetos y recovecos de la autocensura y el alineamiento, aunque, eso sí, no deja de creer en el poder de las palabras, así sean huecas o embozadas, y por eso no desaprovechará el espacio concedido. Aunque, ¿quién lee realmente a un político? Ni sus propios seguidores.
            Lo que en mejores épocas era un arte, el de saber unir voluntades para avanzar hacia un propósito que beneficiara a toda la sociedad, hoy día se ha vuelto una actividad que genera repulsión, encono, que divide, estigmatiza a los que piensan diferente y los excluye, o que trata de engañar a la ciudadanía creyendo que ésta no tiene capacidad de ver, escuchar, comprender y pensar. Ser político en nuestros tiempos es dedicarse a una de las actividades más sucias y tramposas; ser un corrupto y corruptor en potencia. O al menos es lo que nos hacen pensar. Por eso la necesidad de recuperar la transparencia y claridad del lenguaje.
            Los responsables de los medios también lo saben, y por eso deben defender la autonomía de su gremio. Al igual que los profesores, deben preservar la independencia de su criterio, no alinearlo con ideologías en boga o con tendencias políticas pues esto les impedirá ejercer la crítica. Si se afilian a una ideología o a una causa deberán adecuar su lenguaje para no contradecirlas, o de plano callarse. Pierden así su independencia. La libertad intelectual y de criterio son el último pero más inexpugnable valladar contra la mentira, la arrogancia del poder y el apetito voraz por imponer una sola visión del mundo. Las transformaciones grandilocuentes; la vociferación tumultuosa en medios, plazas y avenidas; los desplantes avasalladores del poder absoluto, no lograrán quebrar jamás la libertad que campea en alguien que es dueño de sus propias palabras. Por eso, toda crítica de la realidad comienza con la crítica del lenguaje. La palabra representa nuestra más humilde pero única y formidable defensa.
Conclusión
Podía haber tomado cualquier declaración que hubieran hecho recientemente, mientras escribía este artículo, como ejemplo de ese lenguaje vacío, falaz y contradictorio. Pero con eso el lector pensaría que mi aversión es para tal personaje y mi simpatía para sus opositores, y eso es lo que menos pretendo que crean. Mi convicción más arraigada es que todo aquel que se dedique a tareas intelectuales y la enseñanza (profesores, periodistas, investigadores, artistas, escritores) debe defender denodadamente su pensamiento y sentido crítico, pues sólo así será capaz de analizarlo objetivamente y criticarlo. Nunca volverse un seguidor o partidario. De otra forma tendríamos que alinear y sujetar nuestras creencias y lenguaje a nuestras afinidades y antipatías, y con eso los retorceríamos también.
            No dudo que haya hombres honestos y sinceros; tampoco creo que sea improbable elaborar una teoría política capaz de otorgar estabilidad y desarrollar eficazmente una sociedad en todos sus aspectos: educación, economía, nivel de vida, salud, libertades, etc., y un partido u organización que las encabecen. Pero debemos reservarnos siempre nuestra libertad de criterio para poder señalar sus errores y desviaciones en el momento necesario, pues de otra forma nos volveríamos cómplices de aquellos.
            Esto es así porque en la lógica del poder no hay buenos ni malos, honestos ni corruptos, sinceros ni embusteros o eficaces e inútiles. Sólo hombres que se dedican a obtener el poder y  luchan por conservarlo, ejercerlo y acrecentarlo, y para esto se valen de todas las acciones, incluyendo la mentira, la deshonestidad y la maldad. Un trabajador intelectual debe estar vacunado contra la ingenuidad de pensar que unos son los buenos y los de enfrente los malos, o de que por fin apareció alguien que resolverá nuestros problemas porque éste sí es bueno, honesto y ve por su pueblo.
            Esta es una obra de todos si queremos que realmente funcione. Así como nadie resolverá nuestros problemas personales, más que nosotros mismos, no hay ningún caudillo, partido, ideología o modelo económico que pueda resolver los problemas sociales sino la sociedad misma organizada eficazmente. ¿Cómo? Con sus instituciones, leyes,  mecanismos, autoridades y formas de participación ciudadana funcionando sin restricciones  para vigilar, denunciar, acotar, llamar a cuentas y castigar los excesos y errores del poder, en cualquiera de sus manifestaciones. Imaginar y crear las bases para una sociedad así sería obra inmensa de un verdadero estadista. Pero desafortunadamente hoy no se ve ninguno que pueda asumir esa tarea. Sólo enanos que aprovechan el poder para enriquecerse brutalmente, o para satisfacer su enorme megalomanía, que es tan dañino como el poder más corruptor cuando no le importa destruir una nación para lograrlo. México perdió más de la mitad de su territorio cuando un individuo megalómano se hizo del poder en el siglo XIX.            
            De ahí que, como dice Serrat, entre esos tipos y yo hay algo personal.
           
             

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