ORACIÓN DEL AMANECER
Los extraños dólmenes para amontonar el fervor y el miedo
Las silenciosas estatuas de la Isla de Pascua que miran
melancólicas el océano
Los pulidos santuarios de Lahore, cuyas cúpulas son como
velas encendidas al cielo
La gran pirámide de Giza, en Egipto, la mayor urna funeraria
del mundo
El templo de oro de los sijhs en Amristar o el de Khajuraho
en la India, cuyas columnas son como enormes penes a punto de eyacular
La Calzada de los Muertos en Teotihuacán, por donde tal vez
desfilaron los millares de seres que un día abandonaron la ciudad
Los polvosos y sangrientos caminos de la Meca
Los monasterios de Lhasa, donde todo el incienso huele al
yak y a su sagrada mantequilla
Las pagodas y sus múltiples tejados en Bali
La luz prisionera en los observatorios de Uxmal
El templo de Karni Mata, en Rajastán, donde las ratas son
sagradas
Los aguzados pináculos de las catedrales góticas que
intentan provocar la risa de Dios
Todos esos templos, sagrados monasterios y monumentos, se
contraen y desaparecen cuando un hombre solitario eleva su oración en la hora
más silenciosa y angustiante de la madrugada.
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