domingo, 20 de octubre de 2013

LECTURA PARA UN TIEMPO SIN LECTURAS

Lectura para un tiempo sin lecturas
NOÉ AGUDO (21/X/2013)

Signo evidente de la caída de la enseñanza de la lengua es que ya casi nadie lee. Por más que nos consolemos diciendo que sí, aunque no lo mismo ni de la misma manera que en nuestra época, basta observar el comportamiento de nuestros alumnos respecto a esta actividad para saber que algo preocupante está sucediendo. Son incapaces de acometer una lectura extensa; sufren una pérdida acelerada de su comprensión lectora; carecen de la capacidad de atención y abstracción de cualquier texto, por breve que sea, y estos resultados desalentadores los comparten también numerosos profesores.
    Lo peor de todo es que esto sucede cuando más desarrollada y afinada deberíamos tener esa habilidad. Es decir, cuando ante las cantidades fabulosas de información de que hoy disponemos deberíamos ser capaces de seleccionar, discernir, clasificar, resumir, interpretar, ordenar y descartar los resultados de la lectura. Y también ocurre cuando rigen los medios audiovisuales, cuya primacía resulta abrumadora. Un lector poco entrenado se conforma con ver una anémica porción de texto si al lado predomina la imagen todopoderosa; con esto cree haber comprendido, porque “una imagen dice más que mil palabras”, no importa que cuando trate de explicar el tema no halle palabras ni orden para hacerlo. El consumidor de libros de superación personal, con cultura de best seller, encuentra hoy día algo mejor: el nobook, es decir, aquel libro que sólo nos da fragmentos de información iluminados por la omnipresencia de la imagen.
    A menos que descartemos la lectura como aquella actividad que hizo evolucionar a la especie humana, y que la sustituyamos por ese algo aún indefinido a que nos conducen los medios electrónicos (resultado de la lectura, por cierto), o que la consideremos sólo como una forma de entretenimiento e información, es el momento de comenzar a preocuparnos por recuperarla, sobre todo por enseñar y practicar esa lectura que es capaz de transformarnos, de ensanchar nuestra comprensión y de hacernos crecer intelectualmente.
    Esta lectura −la de comprensión, analítica o crítica− es la que los buenos guías, maestros y autores han tratado de lograr e inculcar durante ese largo periplo que va de la tableta de arcilla a la tableta digital. Es la que busca Esdras, uno de los patriarcas hebreos, cuando ve regresar a su pueblo del cautiverio en Babilonia, y lo encuentra carente de voluntad, fuerza espiritual e inteligencia, y deslumbrado ante los dioses paganos que parecen conceder todo el poder y deseos al poderoso rey Nabucodonosor. Ante el desastre, Esdras propone realizar por vez primera una lectura comunitaria de las sagradas escrituras;  piensa que si las tribus se reúnen, leen pasajes significativos y los comentan, el pueblo podrá recuperar su fe, sus valores y su moral.
    La lectura en voz alta fue lo normal hasta el invento de la puntuación, y esto obstaculizaba la abstracción y la concentración. Por eso, en el siglo IV de nuestra era, San Agustín consideró un auténtico milagro contemplar a San Ambrosio leer en silencio: “Cuando leía sus ojos se desplazaban sobre la páginas y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían” dice el santo de Hipona. Y tal vez la concentración que ponía en el texto la consideró una forma de iluminación. Ya entrado el siglo XIV, Dante Alighieri escribe una carta dirigida al Can Grande della Scala donde le revela que su Divina comedia admite cuatro formas de lectura: la literal, la alegórica, la analógica y la anagógica; donde cada una representa el menor o mayor grado de profundidad con que puede leerse el largo poema, base de la lengua italiana.
    En el ocaso del siglo XVIII, cuando el libro es el medio cultural por excelencia, Goethe explicará que hay tres tipos de lectores: “uno que goza sin juzgar; un tercero que juzga sin gozar, y el intermedio, que juzga gozando y goza juzgando; éste, en realidad, reproduce de nuevo una obra de arte”. Y es el lector ideal que él prefiere. José Vasconcelos, en nuestro tiempo, dirá que hay libros que “leo sentado y libros que leo de pie”, refiriéndose a los que son capaces de sacudir al lector e impulsarlo a subrayar el texto, a poner una exclamación, escribir una nota al margen, o tal vez redactar un comentario completo después de su lectura, tal como hacía el viejo Marx. Libros que son como auténticas catapultas de las ideas. Casi en nuestros días Julio Cortázar hablaba de “lectores macho” y “lectores hembra”, para referirse a quienes se dejan poseer por la lectura, dejándose llevar pasivamente, o quienes intervienen preguntando, discutiendo y en general conversando con el autor.
    En pocas palabras, son ejemplos que proponen a un lector activo, exigente, que no sólo lee para entretenerse o informarse, sino para comprender y ensanchar sus conocimientos, pensamientos y experiencia. Ese que prácticamente ya no existe y que debemos formar o recuperar. El lector que propone el modelo educativo del Colegio, al plantear un aprendizaje autónomo y para toda la vida; el que es capaz de discernir cómo está compuesto un texto, cuáles son sus partes principales, cuál la idea central y qué argumentos emplea el autor para demostrarla. En fin, un lector que sea capaz de ordenar el vasto cúmulo de  información del que hoy disponemos. El que sea capaz de practicar la lectura para este tiempo sin lecturas.

DOS AVISOS DOS
·     Las cuatro áreas del plantel Vallejo están pendientes de la asamblea que realizaremos los profesores del Área de Talleres de Lenguaje y Comunicación este lunes, a las 11:00 y 17:00 horas. Gracias por sus comentarios, correos e interés, y una disculpa a quienes quisieron asistir para exponer sus propios casos y no fue posible. A todos les informaré oportunamente.

·     Cómo practicar la lectura analítica. Es el nombre del curso que impartiré en una fecha aún sin definir del próximo período intersemestral. Seguramente será en la primera semana de diciembre. Estén pendientes porque el cupo será reducido. Avisaré por este medio.

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