Lectura para
un tiempo sin lecturas
NOÉ AGUDO
(21/X/2013)
Signo evidente de la caída de la enseñanza de la lengua es
que ya casi nadie lee. Por más que nos consolemos diciendo que sí, aunque no lo
mismo ni de la misma manera que en nuestra época, basta observar el
comportamiento de nuestros alumnos respecto a esta actividad para saber que
algo preocupante está sucediendo. Son incapaces de acometer una lectura
extensa; sufren una pérdida acelerada de su comprensión lectora; carecen de la
capacidad de atención y abstracción de cualquier texto, por breve que sea, y
estos resultados desalentadores los comparten también numerosos profesores.
Lo peor de todo es
que esto sucede cuando más desarrollada y afinada deberíamos tener esa
habilidad. Es decir, cuando ante las cantidades fabulosas de información de que
hoy disponemos deberíamos ser capaces de seleccionar, discernir, clasificar,
resumir, interpretar, ordenar y descartar los resultados de la lectura. Y
también ocurre cuando rigen los medios audiovisuales, cuya primacía resulta
abrumadora. Un lector poco entrenado se conforma con ver una anémica porción de
texto si al lado predomina la imagen todopoderosa; con esto cree haber
comprendido, porque “una imagen dice más que mil palabras”, no importa que
cuando trate de explicar el tema no halle palabras ni orden para hacerlo. El
consumidor de libros de superación personal, con cultura de best seller, encuentra hoy día algo
mejor: el nobook, es decir, aquel
libro que sólo nos da fragmentos de información iluminados por la omnipresencia
de la imagen.
A menos que
descartemos la lectura como aquella actividad que hizo evolucionar a la especie
humana, y que la sustituyamos por ese algo aún indefinido a que nos conducen
los medios electrónicos (resultado de la lectura, por cierto), o que la
consideremos sólo como una forma de entretenimiento e información, es el
momento de comenzar a preocuparnos por recuperarla, sobre todo por enseñar y
practicar esa lectura que es capaz de transformarnos, de ensanchar nuestra
comprensión y de hacernos crecer intelectualmente.
Esta lectura −la de
comprensión, analítica o crítica− es la que los buenos guías, maestros y
autores han tratado de lograr e inculcar durante ese largo periplo que va de la
tableta de arcilla a la tableta digital. Es la que busca Esdras, uno de los
patriarcas hebreos, cuando ve regresar a su pueblo del cautiverio en Babilonia,
y lo encuentra carente de voluntad, fuerza espiritual e inteligencia, y
deslumbrado ante los dioses paganos que parecen conceder todo el poder y deseos
al poderoso rey Nabucodonosor. Ante el desastre, Esdras propone realizar por
vez primera una lectura comunitaria de las sagradas escrituras; piensa que si las tribus se reúnen, leen
pasajes significativos y los comentan, el pueblo podrá recuperar su fe, sus
valores y su moral.
La lectura en voz
alta fue lo normal hasta el invento de la puntuación, y esto obstaculizaba la
abstracción y la concentración. Por eso, en el siglo IV de nuestra era, San
Agustín consideró un auténtico milagro contemplar a San Ambrosio leer en
silencio: “Cuando leía sus ojos se desplazaban sobre la páginas y su corazón
buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían” dice el santo de
Hipona. Y tal vez la concentración que ponía en el texto la consideró una forma
de iluminación. Ya entrado el siglo XIV, Dante Alighieri escribe una carta
dirigida al Can Grande della Scala donde le revela que su Divina comedia admite cuatro formas de lectura: la literal, la
alegórica, la analógica y la anagógica; donde cada una representa el menor o
mayor grado de profundidad con que puede leerse el largo poema, base de la
lengua italiana.
En el ocaso del siglo
XVIII, cuando el libro es el medio cultural por excelencia, Goethe explicará
que hay tres tipos de lectores: “uno que goza sin juzgar; un tercero que juzga
sin gozar, y el intermedio, que juzga gozando y goza juzgando; éste, en
realidad, reproduce de nuevo una obra de arte”. Y es el lector ideal que él
prefiere. José Vasconcelos, en nuestro tiempo, dirá que hay libros que “leo
sentado y libros que leo de pie”, refiriéndose a los que son capaces de sacudir
al lector e impulsarlo a subrayar el texto, a poner una exclamación, escribir
una nota al margen, o tal vez redactar un comentario completo después de su
lectura, tal como hacía el viejo Marx. Libros que son como auténticas
catapultas de las ideas. Casi en nuestros días Julio Cortázar hablaba de
“lectores macho” y “lectores hembra”, para referirse a quienes se dejan poseer
por la lectura, dejándose llevar pasivamente, o quienes intervienen
preguntando, discutiendo y en general conversando con el autor.
En pocas palabras, son
ejemplos que proponen a un lector activo, exigente, que no sólo lee para
entretenerse o informarse, sino para comprender y ensanchar sus conocimientos,
pensamientos y experiencia. Ese que prácticamente ya no existe y que debemos
formar o recuperar. El lector que propone el modelo educativo del Colegio, al
plantear un aprendizaje autónomo y para toda la vida; el que es capaz de
discernir cómo está compuesto un texto, cuáles son sus partes principales, cuál
la idea central y qué argumentos emplea el autor para demostrarla. En fin, un
lector que sea capaz de ordenar el vasto cúmulo de información del que hoy disponemos. El que
sea capaz de practicar la lectura para este tiempo sin lecturas.
DOS AVISOS DOS
· Las cuatro áreas
del plantel Vallejo están pendientes de la asamblea que realizaremos los
profesores del Área de Talleres de Lenguaje y Comunicación este lunes, a las
11:00 y 17:00 horas. Gracias por sus comentarios, correos e interés, y una
disculpa a quienes quisieron asistir para exponer sus propios casos y no fue
posible. A todos les informaré oportunamente.
· Cómo
practicar la lectura analítica.
Es el nombre del curso que impartiré en una fecha aún sin definir del próximo
período intersemestral. Seguramente será en la primera semana de diciembre.
Estén pendientes porque el cupo será reducido. Avisaré por este medio.
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