Miedo
NOÉ AGUDO
Pues realizamos por fin las dos asambleas en el Área de
Talleres del plantel Vallejo el pasado lunes 21, que pareció más bien una
reunión de trabajo de los profesores comisionados. Digo, por su nutrida asistencia.
Nunca había visto tal ejercicio de cultura cívica: acudieron puntuales,
ordenaditos, esperando pacientes la hora de actuar contra los demonios que se
atrevieron a solicitar la realización de una asamblea. Es el modus operandi de
unas autoridades que se reconocen culpables. Sabemos que les ordenaron asistir
para actuar como coro de los dos sicofantes que representaban a la dirección, quienes
mediante nebulosas explicaciones (como la de un ininteligible algoritmo que
decide a quién darle grupos y a quién no), trataron de justificar lo
injustificable, es decir, el nepotismo, la arbitrariedad, el favoritismo y la discrecionalidad
con que se asignan los grupos y se otorgan las plazas y los estímulos en el
CCH.
Algo, sin embargo,
nos enseñaron: que los profesores podemos hablar sin ninguna cortapisa de los
problemas que nos afectan; que es posible desnudar la burda farsa de las autoridades;
que les preocupa demasiado cualquier libre reunión que seamos capaces de
organizar (por allí Macías, otrora mediano profesor de matemáticas y hoy
convertido en un Fouché de pacotilla, llegó desde temprano; digo Fouché por su
vocación policíaca, no por la inteligencia siniestra de aquél), y que con un
poco más de decisión, valor e información, los profesores somos capaces de
ejercer acciones que corrijan o contengan la degradación de la vida académica
del Colegio. También nos mostraron otro hecho: que sólo nosotros podemos actuar
para solucionar los problemas; nadie más lo hará. El profesor del Área de
Talleres que se supone nos representa en la Aapaunam, por ejemplo, hace cuatro
años que no se presenta a clases. Así que, ¿cuál comisión mixta de horarios?
¿Cuál sindicato?
En principio,
debemos atrevernos a denunciar aquellas acciones que nos perjudican y no
quedarnos callados, porque los déspotas viven del silencio y el temor de los
débiles; si permanecemos callados no sólo les permitimos cometer sus
arbitrariedades, sino que las justificamos. Una profesora, educada en la
sumisión, casi nos culpaba a quienes nos atrevimos a hablar y a solicitar la
asamblea porque “nadie dice nada” (se refería a las inconformidades que se
deben presentar ante la indebida asignación de grupos, así como la solicitud de
los grupos definitivos que misteriosamente las autoridades los reservan, es
decir, no informan de su existencia). De allí que dos acuerdos obligados fueran
informar a la Aapaunam del cambio de representante y realizar otra asamblea
quince días después.
Y podemos realizar
otras acciones más: organizar una asamblea para las cuatro áreas, por ejemplo;
recoger los testimonios de todos los agraviados y publicarlos en una revista
especial cuando sea el caso; presionar a los sindicatos para que intervengan en
defensa de sus representados; enviar estas quejas al rector y a la junta de
gobierno… Y otras acciones más que no conviene adelantar sino propinarlas
cuando sea el momento.
Los profesores
debemos recuperar la dignidad de nuestra profesión. Hay quienes han vendido su
conciencia por una canonjía; por ejemplo una comisión, una plaza de carrera, el
otorgamiento de mejores estímulos, etc.; otros, porque les han perdonado
ciertas faltas (que van desde acusaciones ante el Tribunal Universitario o
ejercer sin título, o no haber aprobado el examen filtro); otros, porque
simplemente les han otorgado unas horas para asesorías, y otros simplemente por
ilusos o por temor. Bien, pues estos no son favores ni regalos de las
autoridades, sino derechos que tiene cualquier trabajador, y no es con el
silencio con el que lograremos condiciones dignas de trabajo. El silencio y la obsecuencia
de los que se quedan callados los vuelve cómplices y aun enemigos de sus
propios compañeros; más aún, los condena a permanecer en esa situación de por
vida. Es una forma de chantaje que ningún ser humano libre debe permitir. Como
dice Gabriel Zaid: “la falta de integridad desintegra. Una persona que no tiene
un buen grado de integración entre sus actos, su memoria, su imaginación, sus
propósitos, es prácticamente menos: menos dueña de sí misma, menos autora de
sus actos y de sus planteamientos, menos libre, menos viva.” (en Leer, p.184, Oceano, 2012).
¿Y respecto a los
que nada deben ni tienen qué agradecer y son la mayoría? Lo único que puede
justificar su silencio es el miedo o la ignorancia. Y como se trata de
profesores, personas informadas, con algún conocimiento del mundo (hay quienes
poseen incluso grados de maestría y doctorado), queda descartada entonces la
ignorancia. Si no, ¿cómo seríamos profesores? ¿Qué enseñaríamos a nuestros
alumnos? ¿Qué ejemplo podríamos dar? Es claro que haber permitido la
degradación de una institución educativa al grado de atender estos hechos que
deberían avergonzarnos (“parece que nos peleamos por las migajas”, dijo
acertadamente un profesor) ha sido el miedo. Un miedo disfrazado de indiferencia,
apatía o fatalidad. “Para qué, si no podemos lograr nada” se dice. Pues bien, a
estos recomiendo un librito estupendo, que explica el poder creador del miedo,
que finalmente es una emoción capaz de contribuir a la supervivencia del individuo
con tal de que no lo paralice: Pierre Mannoni, El miedo (Breviario núm. 377 del FCE).
Porque, debo
decirlo aquí: lo que cuestionamos no es a quién tratan mejor y a quién no, sino
por qué y con qué criterios. Porque esto propicia la descomposición de una
institución educativa y la degradación de la enseñanza. El otorgamiento
discrecional de plazas, la asignación arbitraria de grupos, el manejo del
ingreso como forma de control y sometimiento, la manipulación de los estímulos,
el reconocimiento y mejores status de trabajo sólo para los mediocres y
serviles, etc., favorece a los familiares de los funcionarios, premia a los
incondicionales y promueve las peores prácticas de ese México que se niega a
desaparecer y que nosotros criticamos cuando las realizan priistas y panistas,
pero no cuando las cometen en casa. Pero sobre todo y lo más importante: son
prácticas terriblemente antieducativas. ¿Así se logra la educación de calidad?
¿La llevada y traída “actualización curricular” se impondrá ignorando y
perjudicando a los verdaderos profesores? ¿Así es como seremos un bachillerato
de vanguardia?
Sé que soy un
elemento incómodo porque digo verdades que todos saben pero nadie se atreve a
expresar. Sé que despierto suspicacias, irritación y aun odio en quienes temen
al cambio. El miedo a los cambios es uno de los mayores. Tanto personas adultas
como jóvenes y niños sienten pavor cuando alguien les propone modificar sus
rutinas y entorno, y este hecho ha sido largamente conocido y aprovechado por
ciertos vivales para ejercer dominio sobre los demás. Pero las personas
inteligentes se encuentran libres de ese temor y todos podemos serlo. También debemos
reconocer que ha sido una dispersa dinastía de solitarios la que ha cambiado la
faz del mundo. Sé que no estoy solo, sino que estamos dispersos. Y respecto al
temor, yo también lo tengo. Sin embargo, cada vez que se me impone recuerdo la
voz serena de mi padre que me decía cuando era niño: “No pasa nada, hijo. No
pasa nada”. Y en verdad, no pasaba nada.
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