El pensamiento sumiso
NOÉ AGUDO (4/XI/2013)
Entre la vana palabrería contenida en la Propuesta de la Comisión Especial Examinadora a partir del análisis del
Documento Base para la Actualización del Plan de Estudios, quiero detenerme
hoy en un curioso decálogo incluido en el apartado “Formar y Actualizar a los
Profesores”, por constituir un modelo perfecto del pensamiento sumiso, que las
autoridades y uno que otro profesor desearían imponer hoy en el CCH, y que
considera la dignidad del maestro como algo menos que inexistente.
Bromas aparte, lo
que el decálogo propone es un individuo-máquina, un ente deshumanizado, sin necesidades,
y programado tan sólo para ser eficiente, empático, actualizado, colaborador,
responsable, participativo, preparado, respetuoso, capaz de investigar,
propiciar la formación, diseñar actividades, identificar fortalezas y
debilidades de sus alumnos, valorar el trabajo de sus pares y organizar trabajos
colegiados, entre otras cualidades. Un súper profesor, al que sólo falta programar para hacerlo obediente y dócil a los
dictados de la autoridad. Un algo sin dignidad, modelo del pensamiento sumiso.
(Pueden leerlo en las págs. 33 y 34 de dicho mamotreto.)
En ninguna parte
del decálogo se reconoce al profesor como un ser humano con necesidades, que
merece un salario digno, estabilidad en su trabajo, horarios racionales, con
tiempo suficiente para preparar sus clases, revisar y corregir trabajos,
recursos para prepararse y actualizarse,
y sobre todo estímulos y la posibilidad real de realizar una carrera académica
que reconozca su trabajo, lo impulse a superarse y pueda ser así ese “profesor
que queremos”. Para qué, dirán las autoridades, si los estímulos más jugosos y
las plazas de carrera son sólo para nuestra parentela y amigos. Así que para
transformarse en esa eficaz máquina de enseñar, que los profesores tomen los
aburridos cursos que generosamente les ofrecemos, y, en caso de ser aprobados
por el Consejo Técnico (como si fuera una entidad diferente a la dirección general),
serán “una posible opción para obtener la definitividad”.
Lo vergonzoso es
que este documento y otros parecidos fueron hechos por profesores, a quienes se
les pagó por participar en esa Comisión Especial Examinadora, pero no han perdido
su función y pronto volverán a clases, o ya volvieron. Hay muchos que ni
siquiera disfrutan todavía de las mieles prometidas, pero ya actúan como
verdugos de sus compañeros y olvidan la sabia sentencia de “Como me ves te
verás”. No son aún parte de ese reducido grupo a quien se premia con buenos
estímulos, trato deferente y plazas de carrera (algunas definitivas, y aun para
familiares y recomendados). Muchos de los que sirvieron sumisamente en otro
momento ya fueron despojados de sus plazas y muchos más se quedarán esperando.
Así pues, ¿por qué se prestan a este juego perverso contra sus compañeros?
La ignorancia de las
necesidades vitales de los profesores podría entenderse (nunca justificarse) que
exista en las grandes burocracias, como en la Secretaría de Educación Pública,
en donde cada sexenio es un juego de lotería esperar a que el político que allí
imponga el presidente tenga un poco de sensibilidad y conocimiento sobre
asuntos educativos. Pero en el CCH, donde por primera vez lo dirigen sus
egresados, esto resulta inconcebible. Habría que reclamar a los profesores de
estos egresados, muchos de los cuales aún permanecen en el Colegio o funcionan
como asesores, si ésta es la enseñanza crítica, activa y que contribuye “a la
generación y orientación de los cambios sociales pertinentes para formar una
sociedad justa y digna de convivir en ella”, como rezan las frases vacías que
gustan repetir. ¿Es esto lo que inculcaron a esa generación que hoy dirige el
Colegio? Porque si así actúa una directora general que leyó El capital de Marx, deberíamos preferir
entonces al PRI, que al menos nunca ha presumido de ser marxista. Si esta es la
enseñanza que brinda “un modelo socialmente comprometido”, mejor retomemos el de
la Escuela Nacional Preparatoria, que al menos se preocupa un poco más por sus
profesores y los considera seres humanos, con necesidades y aspiraciones, y no
una cosa a la que sólo hay que exigir.
Manuel Gil Antón,
maestro del Colegio de México, creó una analogía precisa para explicar cómo una
reforma educativa verdadera debe considerar todos los aspectos que repercuten
en la educación, si de verdad se desea reformar: Un vehículo destartalado, con
un motor viejo, al que le faltan piezas indispensables, con fugas por todas
partes y las llantas casi pelonas, representaría el sistema educativo; un
camino sin pavimentar, estrecho, lleno de curvas y baches por donde el vehículo
avanza, serían las condiciones en las que se trabaja, y el chofer, quien
conduce esa chatarra por el deplorable camino, es el profesor, a quien se exige
que conduzca bien y se le responsabiliza de todo. (“¿Saldo educativo?”, en El Universal, 31 de agosto de 2013.) Esto
es más o menos lo que consideran nuestras ‘queridas autoridades’ con su dichoso
decálogo. Que de ese súper profesor depende todo.
Y ponen todas las
exigencias en él por dos razones muy simples: por egoísmo e ignorancia. Por
egoísmo, porque creen que sólo ellas, su familia y sus amigos tienen derecho a
contar con buenas condiciones de trabajo; los demás que se jodan, “nosotros así
picamos piedra”, suelen decir, cuando sabemos que ese “picar piedra” no es más
que habilidad para trepar, capacidad para fingir y mucha cara dura para mentir.
Por ignorancia, porque no tienen visión de cómo conducir una institución
educativa ni mucho menos de cómo mejorar la enseñanza; dicen ser filósofos,
sociólogos, historiadores, ingenieros, etc., pero no saben que desde Platón
casi todos los utopistas que han imaginado una sociedad ideal (San Agustín,
Moro, Owen, Bacon, Campanella, Fourier, et
al.) han considerado al hombre como el elemento central de esa sociedad que
se desea reformar. Sin la atención integral a ese elemento central de la educación,
ninguna reforma puede prosperar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario