domingo, 3 de noviembre de 2013

EL PENSAMIENTO SUMISO

El pensamiento sumiso

NOÉ AGUDO (4/XI/2013)

Entre la vana palabrería contenida en la Propuesta de la Comisión Especial Examinadora a partir del análisis del Documento Base para la Actualización del Plan de Estudios, quiero detenerme hoy en un curioso decálogo incluido en el apartado “Formar y Actualizar a los Profesores”, por constituir un modelo perfecto del pensamiento sumiso, que las autoridades y uno que otro profesor desearían imponer hoy en el CCH, y que considera la dignidad del maestro como algo menos que inexistente.
    Bromas aparte, lo que el decálogo propone es un individuo-máquina, un ente deshumanizado, sin necesidades, y programado tan sólo para ser eficiente, empático, actualizado, colaborador, responsable, participativo, preparado, respetuoso, capaz de investigar, propiciar la formación, diseñar actividades, identificar fortalezas y debilidades de sus alumnos, valorar el trabajo de sus pares y organizar trabajos colegiados, entre otras cualidades. Un súper profesor, al que sólo falta  programar para hacerlo obediente y dócil a los dictados de la autoridad. Un algo sin dignidad, modelo del pensamiento sumiso. (Pueden leerlo en las págs. 33 y 34 de dicho mamotreto.) 
     En ninguna parte del decálogo se reconoce al profesor como un ser humano con necesidades, que merece un salario digno, estabilidad en su trabajo, horarios racionales, con tiempo suficiente para preparar sus clases, revisar y corregir trabajos, recursos  para prepararse y actualizarse, y sobre todo estímulos y la posibilidad real de realizar una carrera académica que reconozca su trabajo, lo impulse a superarse y pueda ser así ese “profesor que queremos”. Para qué, dirán las autoridades, si los estímulos más jugosos y las plazas de carrera son sólo para nuestra parentela y amigos. Así que para transformarse en esa eficaz máquina de enseñar, que los profesores tomen los aburridos cursos que generosamente les ofrecemos, y, en caso de ser aprobados por el Consejo Técnico (como si fuera una entidad diferente a la dirección general), serán “una posible opción para obtener la definitividad”.
    Lo vergonzoso es que este documento y otros parecidos fueron hechos por profesores, a quienes se les pagó por participar en esa Comisión Especial Examinadora, pero no han perdido su función y pronto volverán a clases, o ya volvieron. Hay muchos que ni siquiera disfrutan todavía de las mieles prometidas, pero ya actúan como verdugos de sus compañeros y olvidan la sabia sentencia de “Como me ves te verás”. No son aún parte de ese reducido grupo a quien se premia con buenos estímulos, trato deferente y plazas de carrera (algunas definitivas, y aun para familiares y recomendados). Muchos de los que sirvieron sumisamente en otro momento ya fueron despojados de sus plazas y muchos más se quedarán esperando. Así pues, ¿por qué se prestan a este juego perverso contra sus compañeros?
    La ignorancia de las necesidades vitales de los profesores podría entenderse (nunca justificarse) que exista en las grandes burocracias, como en la Secretaría de Educación Pública, en donde cada sexenio es un juego de lotería esperar a que el político que allí imponga el presidente tenga un poco de sensibilidad y conocimiento sobre asuntos educativos. Pero en el CCH, donde por primera vez lo dirigen sus egresados, esto resulta inconcebible. Habría que reclamar a los profesores de estos egresados, muchos de los cuales aún permanecen en el Colegio o funcionan como asesores, si ésta es la enseñanza crítica, activa y que contribuye “a la generación y orientación de los cambios sociales pertinentes para formar una sociedad justa y digna de convivir en ella”, como rezan las frases vacías que gustan repetir. ¿Es esto lo que inculcaron a esa generación que hoy dirige el Colegio? Porque si así actúa una directora general que leyó El capital de Marx, deberíamos preferir entonces al PRI, que al menos nunca ha presumido de ser marxista. Si esta es la enseñanza que brinda “un modelo socialmente comprometido”, mejor retomemos el de la Escuela Nacional Preparatoria, que al menos se preocupa un poco más por sus profesores y los considera seres humanos, con necesidades y aspiraciones, y no una cosa a la que sólo hay que exigir.
    Manuel Gil Antón, maestro del Colegio de México, creó una analogía precisa para explicar cómo una reforma educativa verdadera debe considerar todos los aspectos que repercuten en la educación, si de verdad se desea reformar: Un vehículo destartalado, con un motor viejo, al que le faltan piezas indispensables, con fugas por todas partes y las llantas casi pelonas, representaría el sistema educativo; un camino sin pavimentar, estrecho, lleno de curvas y baches por donde el vehículo avanza, serían las condiciones en las que se trabaja, y el chofer, quien conduce esa chatarra por el deplorable camino, es el profesor, a quien se exige que conduzca bien y se le responsabiliza de todo. (“¿Saldo educativo?”, en El Universal, 31 de agosto de 2013.) Esto es más o menos lo que consideran nuestras ‘queridas autoridades’ con su dichoso decálogo. Que de ese súper profesor depende todo.  

    Y ponen todas las exigencias en él por dos razones muy simples: por egoísmo e ignorancia. Por egoísmo, porque creen que sólo ellas, su familia y sus amigos tienen derecho a contar con buenas condiciones de trabajo; los demás que se jodan, “nosotros así picamos piedra”, suelen decir, cuando sabemos que ese “picar piedra” no es más que habilidad para trepar, capacidad para fingir y mucha cara dura para mentir. Por ignorancia, porque no tienen visión de cómo conducir una institución educativa ni mucho menos de cómo mejorar la enseñanza; dicen ser filósofos, sociólogos, historiadores, ingenieros, etc., pero no saben que desde Platón casi todos los utopistas que han imaginado una sociedad ideal (San Agustín, Moro, Owen, Bacon, Campanella, Fourier, et al.) han considerado al hombre como el elemento central de esa sociedad que se desea reformar. Sin la atención integral a ese elemento central de la educación, ninguna reforma puede prosperar. 

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