¿Estudio o
revolución?
NOÉ AGUDO
(11/XI/2013)
Para Patricia y sus compañeros de
Tiempos Modernos
Entre las muchas enseñanzas que me ha dejado la lectura de la vida y obra de los grandes revolucionarios, están sus lecciones de disciplina, esfuerzo y dedicación con que se aplicaron a su obra, que ahora quiero compartir.
Leí el Quijote
completo en la secundaria, por primera vez, después de leer las líneas
iniciales de la carta que el Ché Guevara escribe a sus padres cuando se va a
Bolivia: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al
camino con mi adarga al brazo.” ¿Quién es Rocinante? ¿Qué es una adarga?, me
pregunté. Después, el genial Rius dedicó un número de sus Agachados al Ché y allí exponía los testimonios de sus compañeros
guerrilleros y de los campesinos que lo conocieron en la Sierra Maestra. Uno de
ellos decía: “Siempre andaba con un libro. Bebía café o fumaba sin despegar los
ojos del libro, hacía los ojos chiquititos, pero no paraba de leer.”
A Marx lo conocí también en la secundaria.
Un amigo me regaló el breviario Marx y su
concepto del hombre, de Erich Fromm (Fondo de Cultura Económica), y fue la
mejor entrada para conocer al pensador, al humanista, al lector del Quijote, de Esquilo, de Shakespeare y
sobre todo al estudioso que me hizo reparar en la ardua preparación que se
requiere para ser un auténtico revolucionario. Entre los excelentes textos que
trae como apéndice este libro destacan los recuerdos de Paul Lafargue, yerno de
Marx, quien cuenta: Marx se levantaba a las ocho de la mañana, bebía un poco de
café negro mientras leía los periódicos y después se dirigía a su estudio donde
trabajaba hasta las dos o tres de la madrugada. En su juventud, continúa
Lafargue, Marx era capaz de trabajar toda la noche, era un trabajador
infatigable. “Descansaba caminando de un lado a otro por la habitación. Había
una franja gastada en el suelo, de la puerta a la ventana, tan claramente
definida como un sendero a través de un prado.
“Cada cierto tiempo se recostaba sobre el
sofá y leía una novela; a veces leía dos o tres a la vez alternándolas.
Prefería las del siglo XVIII, especialmente Tom
Jones de Fielding. Old morality,
de Walter Scott, la consideraba una obra maestra. Tenía una clara preferencia
por las historias de aventura y de humor.
“Situaba a Cervantes y a Balzac por encima
de todos los novelistas. Veía en Don
Quijote la épica de la caballería en desaparición, cuyas virtudes eran
ridiculizadas y escarnecidas en el mundo burgués en ascenso. Admiraba tanto a
Balzac que quería escribir una crítica de su gran obra, La comedia humana, tan pronto como hubiera terminado su libro de
economía.
“Conocía de memoria a Heine y a Goethe y
los citaba con frecuencia en sus conversaciones; era lector asiduo de los poetas
en todas las lenguas europeas. Leía todos los años a Esquilo en el original
griego. Lo consideraba, junto con Shakespeare, como los más grandes genios
dramáticos que hubiera producido la humanidad. Su respeto por Shakespeare era
ilimitado: hizo un estudio detallado de sus obras y conocía hasta el menos
importante de sus personajes. Toda su familia rendía un verdadero culto al gran
dramaturgo inglés; sus tres hijas sabían muchas de sus obras de memoria.
“Marx leía todos los idiomas europeos y
escribía tres: el alemán, el francés y el inglés, para admiración de los
expertos lingüistas. Gustaba de repetir: Una
lengua extranjera es un arma en la lucha por la vida.
“Además de los poetas y
novelistas, Marx tenía otra manera de descansar intelectualmente: las
matemáticas, por las que sentía un gusto especial. El álgebra le producía
inclusive un consuelo moral y se refugiaba en ella los momentos más dolorosos
de su accidentada vida… Durante la época de dolor moral por la enfermedad
mortal de su mujer escribió una obra de cálculo infinitesimal que, según la
opinión de los expertos, es de gran valor científico.”
Hasta aquí los recuerdos de Paul Lafargue.
Pero quizá el mejor ejemplo de tenacidad y disciplina nos lo da Lenin. Gerald
Walter, a mi parecer su mejor biógrafo, narra que Lenin fue expulsado en
diciembre de 1877 de la Universidad de Kazán y por este hecho se fue a vivir a
Kokuchkino. Tenía 17 años y ocho meses y tomó la expulsión con resignación,
pero la aprovechó cabalmente para su formación. “Por las mañanas patina y
esquía −cuenta−. Las tardes las dedica a la lectura. Lee todo lo que cae en sus
manos. Devora los periódicos que llegan de Moscú y las colecciones de las
principales revistas de la época dejadas por un tío difunto. Pero eso no le
basta. Se las arregla para sacar libros de la biblioteca de Kazán. Fue
seguramente en esos meses de invierno solitarios, pasados en un estricto
recogimiento, cuando Vladimir Ulianov empezó a acumular esa suma impresionante
de conocimientos precisos: hechos, cifras, fechas, que constituirán más tarde
su fuerza y que harán terribles sus ataques.”
A pesar de los numerosos intentos, ruegos y
solicitudes de su madre para que lo dejasen volver a la universidad, no es
aceptado. En julio de 1889 le conceden tan sólo permiso para presentar sus
exámenes como “externo”. (Recuerden la fecha: julio.) Se traslada a San Petersburgo para conocer el ambiente,
pues tiene sólo unos meses para presentar los materiales de ¡cuatro años de
estudio!
Vuelve a la aldea donde vive y ahí se
prepara para las pruebas orales de catorce materias: derecho romano, civil,
comercial, criminal, público, eclesiástico, internacional, administrativo,
procedimiento civil, historia del derecho romano, historia del derecho ruso,
economía política, legislación financiera y filosofía del derecho, amén de una
prueba escrita sobre un tema no señalado y una memoria que deberá abordar a
fondo un problema de derecho criminal.
Lenin no tenía más que cinco meses para
preparar las materias. Una de sus hermanas, Ana, dejó escrita la rutina que el
futuro jefe bolchevique se impuso durante estos meses para afrontar el reto:
“Por la mañana temprano, y muy puntualmente, se traslada, doblado bajo su carga
de libros, a su ‘gabinete de trabajo’, un rincón retirado del jardín, al fondo
del sendero de tilos. Ningún miembro de la familia se atrevía a ir a molestarlo
allí. A las tres de la tarde enviaban a la criada para llamarlo a comer.
Vladimir recogía entonces sus cuadernos y sus notas y venía a sentarse a la
mesa. Después de la comida, a guisa de descanso, tomaba un libro de Marx o de
Engels, iba a pasearse por los alrededores, se bañaba y regresaba a casa para
tomar el té de la tarde.” Entonces, agrega su hermana, volvía a mostrarse
parlanchín, exuberante y alegre, con una alegría que comunicaba a los demás.
En abril del año siguiente se presentó
perfectamente preparado: hizo con éxito la prueba escrita, presentó una memoria
que fue calificada de “muy satisfactoria” y afrontó airosamente las pruebas
orales. Resultado: fue aprobado el primero sobre 134 candidatos, estudiantes y
externos.
¿Quién es capaz de imponerse una rutina
así? Cuando oigo a mis alumnos decir que tienen “mucha tarea” (sé cuántas asignaturas
cursan), les pregunto: ¿conocen el esfuerzo? ¿Realizan al menos uno cada día?
¿Estudian realmente? Ojalá sirvan estos ejemplos para entender que asistir a la
escuela y prepararse es una cuestión de disciplina, dedicación y esfuerzo.
· El curso que impartiré, Teoría y práctica de la lectura analítica, se efectuará durante los
días 6 al 10 de enero de 2014, de 10 a 14:00 horas. Pueden inscribirse por
internet en cuanto aparezcan anunciados los cursos para Formación de
Profesores, o en la Coordinación del Área de Talleres del plantel Vallejo a
partir de la aparición de este aviso.
· Profesores de las cuatro áreas nos reuniremos este
próximo jueves 14, a las 11:00 de la mañana, para abordar tres asuntos:
asignación de grupos próximo semestre, otorgamiento de plazas de profesores de
carrera y criterios en el otorgamiento de estímulos a profesores de carrera. La
cita es en la sala José Revueltas.
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