Jamás adoctrinar
Adoctrinar: instruir a alguien en el
conocimiento o enseñanzas
de una doctrina,
inculcarle determinadas ideas o
creencias.
Diccionario de la Lengua Española
Considero que el profesor es un trabajador intelectual, y como tal debe
ejercer una absoluta independencia de criterio. Un intelectual no puede
realizar su trabajo crítico si se afilia a un partido, es seguidor de una doctrina
o de una ideología. El buen profesor debe enseñar a pensar, a dudar, a ser escéptico, a analizar
y mirar desde todos los ángulos posibles un hecho. Así podrá alentar y enseñar
a sus alumnos a que también formen su propio criterio y opinión.
Puede simpatizar con una causa, un partido o ideología, luchar e incluso ser militante de alguna organización si
lo hace puertas afuera de la escuela; nunca hacer de ésta una posición de su
lucha partidaria. Hacia adentro debe dejar de lado toda militancia para
inculcar con su actitud la auténtica crítica, que es la de valorar con independencia
de criterio cualquier asunto. Si la ejerce tratando de ganar simpatías hacia un
personaje, partido o causa, distorsionará su visión de la realidad y cancelará
su independencia intelectual, pues la atará a aquello con lo que simpatiza.
Menos aún lo puede hacer en espacios
universitarios, cuya característica fundamental es la tolerancia, el respeto a
todas las ideas, la pluralidad y la libertad de expresión.
Los
marxistas salvaban estos límites aduciendo que ellos tenían la versión
científica de la realidad, así que no admitían ninguna crítica a su doctrina, y
donde obtuvieron el poder se volvieron los más feroces censores y perseguidores de
quienes disentían de sus ideas. Desde luego, ya no eran las ideas de Marx sino
la versión que sus intérpretes habían hecho de ellas. Pero hoy, vistos
los fracasos prácticos y los errores teóricos de aquella supuesta ciencia,
advertimos que se trata tan sólo de una ideología más, mejor construida y más
sofisticada tal vez. Pero quienes siguen creyendo en la validez científica del
marxismo, a pesar de sus fracasos teóricos y prácticos, o bien no saben lo que
es la ciencia o creen en el marxismo como en una religión, es decir, basados
solamente en su fe.
Muchos piensan que sostener estas opiniones lo hace a uno ser de derecha. El
funcionamiento de gobiernos, la actuación de los militantes y partidos de izquierda
ha demostrado que esas etiquetas carecen de validez. Los mismos vicios,
ambiciones, errores y obsesión por el poder que tiene la derecha los tiene la
izquierda. Las decisiones perjudiciales o benéficas para la sociedad no tienen
signo ideológico, lo mismo pueden provenir de la derecha que de la izquierda.
Así que las etiquetas son huecas, no dicen nada y sirven tan sólo para
estigmatizar a quien se atreve a pensar diferente y para señalarlo como
adversario o enemigo, cuando es tal vez el que con mayor fidelidad recupera lo
más valioso de las ideas de Marx: el ejercicio del pensamiento crítico.
El poder es el poder y requiere cooptar o anular a todo aquel que lo
critica o disputa, y esto lo saben y practican partidos, líderes e ideólogos de
cualquier tendencia; incluso la persecución es más encarnizada entre compañeros
del mismo partido. La URSS, China y más cerca Cuba nos dieron muestras
escalofriantes de este hecho: millones de muertos y casi todos antiguos
compañeros y aliados, acusados después de disidentes y herejes.
Por eso los más acertados teóricos de
la política saben que lo realmente revolucionario es crear normas,
instituciones y mecanismos para contener el poder, así como alentar la crítica
y la participación ciudadana. Los sistemas políticos que mejor permiten esta
serie de contrapesos, balances y equilibrios son los democráticos, pues allí el
poder no se concentra en una sola persona o partido y existe la libertad de información,
de expresión y asociación, y también existe la posibilidad de cambiar a los
gobernantes mediante el voto y no por la violencia, que perjudica a
generaciones enteras. En México aún hace falta hacer más eficaces estos
mecanismos.
No tengo nada contra el marxismo.
Admiro mucho a Karl Marx y de él aprendí ese estilo panfletario de escritura
que de tanto en tanto trato de imitar; por él supe también lo indispensable que
es leer poesía (él leía a Shakespeare y a Heine, entre otros poetas) y obras clásicas. Su cultura era impresionante. Su disciplina de trabajo y
la de Lenin son admirables; cualquier profesor debería conocerlas para saber
que siempre hay tiempo para leer, escribir y aprender algo más.
Con los que no simpatizo es con
quienes vulgarizan y reducen las ideas de Marx. Y afirmo con absoluta certeza y
convicción que cuando uno abraza una ideología no solo anula su capacidad
crítica, sino la posibilidad de participar en la resolución de sus problemas
porque antes debe respetar la doctrina. Uno se transforma en un catecúmeno, en
un sectario que primero debe velar por la pureza ideológica y sólo después
decide si puede participar, sobre todo si cuenta con la anuencia de los
líderes. Esto impide trabajar por cualquier cambio que beneficie a una sociedad
o comunidad, pues el individuo se vuelve tan solo una pieza en la organización
que obedece las indicaciones del líder.
Lo que caracteriza al ser humano es la
diferencia, la capacidad de apreciar y valorar cada uno de forma distinta los
problemas. ¡Esto es admirable! Las batallas por la pureza ideológica son las
más encarnizadas e inútiles. Todos se creen poseedores de la versión única de
la realidad y esto lleva a riñas como las que existieron y existen entre las
sectas religiosas por un la pureza de un dogma o doctrina.
Mucho de las peleas y
división de la izquierda proviene de esas ideas. Recuerdo mis años de
estudiante en el CCH. Había grupúsculos troskistas, comunistas, maoístas,
guevaristas, castristas, estalinistas, etcétera, y su denominador común era el
desprecio por los demás, a quienes consideraban "los enemigos". No había solidaridad, compañerismo ni posibilidad de
actuar conjuntamente. Algunas veces nos atrevimos a desechar la pureza
ideológica y así logramos actuar por fin juntos, pero fue en muy pocas
ocasiones. Nos unían la ingenuidad, la amistad y el deseo de
aventura, pero nos separaban las doctrinas e ideologías.
Por mi profesión de profesor y periodista,
ahora, me doy cuenta que no puedo afiliarme a ningún partido. Si reclamo
libertad para criticar vicios y errores, así como para reconocer aciertos, debo
ser ajeno a todo interés político o ideología. Hoy nada me impide aplaudir la
eficacia y honestidad de ciertos políticos, así como de criticar sus errores; sólo el valor civil y las limitaciones que yo mismo me imponga son los límites.
Por otro lado, cuando me hice
profesor (treinta años después ser estudiante de bachillerato) me sorprendió la
apatía, el temor y el nulo valor civil de profesores y alumnos, al mismo tiempo
que habían proliferado vicios como la prepotencia, la simulación y la corrupción.
La crítica, la libre expresión y la tolerancia habían desaparecido. Justamente,
cuando el país empezaba a cambiar en estos aspectos.
Estoy convencido que las grandes
transformaciones se inician con los pequeños cambios que somos capaces de
realizar en nuestro entorno cotidianamente. La democracia no existe si la
ciudadanía es incapaz de practicarla, ejerciendo sus derechos y libertades día
a día. Por eso ejerzo la que tengo más a mi alcance: la libertad de expresión.
Por eso y porque soy profesor mantengo mi independencia intelectual. Pienso que
un buen propósito del profesor es enseñar a pensar, procurar que sus alumnos
formen su propio criterio y aprendan a tomar sus propias decisiones. Jamás
adoctrinarlos. En esto creo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario