domingo, 22 de septiembre de 2013

ESTAMPA DE UN DÍA



Estampa de un día

NOÉ AGUDO (23/IX/13)

Camina por el pasillo, cruza deprisa el patio, firma su asistencia, coge una Gaceta UNAM, mira de reojo los anuncios en las paredes tapizadas y se va de inmediato. Sabe que “el señor de la tablita” pasará pronto por su salón, abrirá la puerta, se asomará y aunque él nunca falta, lo “checan” para hacerlo sentir vigilado. Una medida tan inútil como las “guardias” de la mañana, piensa: se paran en las puertas, las que apenas abren, para que los alumnos más cumplidos y puntuales, que llegan aun antes de las siete de la mañana, exhiban sus credenciales. Y cuando de verdad elementos “extraños” ingresan al plantel, entre las once y las trece horas, o entre las quince y las siete de la tarde, ningún vigilante. Así las autoridades, conocen bien quiénes son los faltistas, pero es a quienes casi nunca faltan a los que vigilan, sobre todo si son de asignatura. Como él.
    Aguarda en la puerta con el bolso colgado de un hombro y los folders repletos de listas, trabajos y otros papeles en sus manos. Hoy ha traído también dos libros para leer esos relatos narrados en segunda persona que a ella le parecen perfectos; no podían haber sido escritos en primera o tercera, tenían que ser en segunda persona. Una forma sutil de involucrar al lector en la historia, sobre todo a estos adolescentes que seguramente se identificarán con el protagonista. Le estresa un poco atender este grupo repleto de alumnos que entran con patinetas, audífonos y las chicas conversando en voz alta en su celular, indiferentes a ella. Cuando va a cerrar la puerta llegan cuatro rezagados con platillos rebosantes de papas fritas, frituras, y esparcido sobre ellas un batidillo que pretende ser queso. Huele intensamente, pero, ¡pobres chicos!, seguramente salieron sin comer de su casa. Como tuvo que hacerlo ella, para llegar puntual, pues apenas si le alcanzó la mañana para lavar, hacer un poco de comida y dejar encargado a su hijo más pequeño.
    A la hora que pasa “el señor de la tablita” aún no logra imponer silencio. Entre el hedor de la comida chatarra, la charla incesante de los alumnos, el ruido que se cuela de afuera (pues esta puerta del salón D 03 está descompuesta y no cierra bien desde hace por lo menos un año) apenas si se escucha su voz. Una compañera le ha dicho que se pase a la mañana, donde “el ambiente es más calmado”, pero las autoridades no quisieron ni escuchar de un cambio de horario. “Ya no hay grupos” le dijeron. “Así que lo toma o lo deja”. Y cómo lo iba a dejar, si con eso completa 18 horas, que sumadas a las seis de la otra escuela le dan cuando menos para la comida y los pasajes.
    Otra le recomienda “ascender” en la lista jerarquizada. “Toma un diplomado, inscríbete a más cursos, pide ser tutora, eso te dará puntos para subir en la lista”, le dice. Ella lo ha querido hacer, pero apenas si le alcanza el día para ir de un lugar a otro, y el fin de semana hay que lavar, planchar, tratar de comer al menos por un día un platillo caliente. Y ver cómo van los niños en la escuela, revisar sus tareas. Otra le ha dicho que concurse para ser definitiva. Pero ¿cómo hacerlo?, piensa, si nunca aparece una convocatoria; además, necesita que le den un grupo “en propiedad”, y en este ciclo ni siquiera le querían asignar tres temporales; los requisitos son cada vez mayores. ¿Cómo librar el primer escollo que es tener menos de 35 años? Quisiera haber estado en esa época en que los profesores casi eran perseguidos para entregar sus papeles y así regularizar su situación. Hoy, si aparece una convocatoria, ya sea para adquirir la definitividad o para promoverse, los participantes casi pelean por ella. Tan escasísimas son las plazas. Y luego están los rumores: que ya están otorgadas, que traen dedicatoria, que es para fulana o sutano. Es que no hay dinero, le dijo otro compañero. Pero un profesor de carrera, que no tiene reparos en revelar la verdad, dice que se han gastado alrededor de 300 millones de pesos en el inútil cuanto fracasado proyecto de actualización curricular. Así que, ¿hay o no hay?
    Este martes está contento. Con su cheque llega el estímulo con el que, si le alcanza, podrá comprar ese libro que, le han dicho, es la mejor crítica que se ha hecho de las concepciones historicistas que van de Platón a Marx. No porque no sepa, sino porque le resulta difícil explicar a sus alumnos, bastante jóvenes y con un insuficiente bagaje cultural, la crisis de un enfoque teórico como el marxismo. Ese nuevo maestro que ha conocido lo anonada con sus enfoques heterodoxos. Se mostró horrorizado cuando exclamó: “¡Cómo!, ¿no has leído a Popper? ¿Eres de los que aún creen que hay ‘leyes’ en la historia?” Por no parecer ignorante le dijo que sí lo conocía, pero que no había leído La sociedad abierta y sus enemigos. Ahora le propuso que impartieran un curso sobre Popper, ¿pues en dónde cree que están? Ni los maestros de carrera se atreven; aquí lo que rifa es el marxismo. Es como ir a predicar el Corán entre los cuáqueros. Pero no deja de reconocerlo: ¡Cuánto se enriquecería el Colegio si permitieran participar a los profesores de asignatura! Algunos traen nuevas ideas y enfoques, conocen mejor los programas pues son quienes los siguen y atienden a la mayoría de los grupos. Pero las autoridades se conforman con lo que repiten desde hace años los profesores de carrera. ¡Si tuviera un poco de tiempo y pudiera comprar y leer los libros, se volvería un especialista! Pero saltando de un trabajo a otro, leyendo en el microbús o en el metro, por la noche llegar agotado a su casa. Tener que revisar trabajos, preparar las clases del día siguiente, ¿a qué hora? Pues en la noche, le dice su compañero. El otro día lo intentó y se quedó dormido. ¿Cómo presentar un proyecto Infocab, por ejemplo, si el responsable académico debe ser definitivo? Ah, ¿por qué los de asignatura no tenemos año sabático si somos quienes más lo necesitamos?

     Ambos hacen fila en la ventanilla de pago. ¿Cómo vas?, pregunta él. Allí, dándole pese a todo, contesta. ¿Sabes que estará más difícil el próximo semestre? Regresan todos los comisionados. Sí, ya lo sé, y nadie hace nada. Nos tienen divididos, agrega él: dos sindicatos, varias categorías de profesores: los de carrera, los de asignatura, y entre éstos los A y B. Pero aun a los de carrera los dividen, hay quienes reciben mejor trato y a otros les niegan los estímulos, para jalarles la rienda. Los primeros tienen que apoyar las políticas de la dirección general, firmar desplegados, incluso rodear y defender las instalaciones si los activistas pretenden tomarlas. No sé cómo algunos se solidarizan con los electricistas, los profesores de otros estados, pero no hacen nada por los de casa. Sí, el precarismo en las condiciones de trabajo de los profesores de la UNAM es el modelo que seguirán las demás escuelas del país, agrega ella. Se acabaron las plazas, se acabó la estabilidad, se acabaron los sueldos dignos. No todo está acabado, dice él. Varios profesores de carrera nos apoyan. Firme aquí, dice la señora que paga, y le entrega un folleto publicitario. ¿Para qué firmamos?, pregunta. Vete a saber si no estamos firmando un documento para agradecer al rector nuestra situación, sonríe ella con amargura. Y se despiden. (Continuará.) 

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