Estampa de
un día
NOÉ AGUDO
(23/IX/13)
Camina por el pasillo, cruza
deprisa el patio, firma su asistencia, coge una Gaceta UNAM, mira de reojo los anuncios en las paredes tapizadas y
se va de inmediato. Sabe que “el señor de la tablita” pasará pronto por su
salón, abrirá la puerta, se asomará y aunque él nunca falta, lo “checan” para
hacerlo sentir vigilado. Una medida tan inútil como las “guardias” de la
mañana, piensa: se paran en las puertas, las que apenas abren, para que los
alumnos más cumplidos y puntuales, que llegan aun antes de las siete de la
mañana, exhiban sus credenciales. Y cuando de verdad elementos “extraños” ingresan
al plantel, entre las once y las trece horas, o entre las quince y las siete de
la tarde, ningún vigilante. Así las autoridades, conocen bien quiénes son los
faltistas, pero es a quienes casi nunca faltan a los que vigilan, sobre todo si
son de asignatura. Como él.
Aguarda en la puerta con el bolso
colgado de un hombro y los folders repletos de listas, trabajos y otros papeles
en sus manos. Hoy ha traído también dos libros para leer esos relatos narrados
en segunda persona que a ella le parecen perfectos; no podían haber sido escritos
en primera o tercera, tenían que ser en segunda persona. Una forma sutil de
involucrar al lector en la historia, sobre todo a estos adolescentes que
seguramente se identificarán con el protagonista. Le estresa un poco atender
este grupo repleto de alumnos que entran con patinetas, audífonos y las chicas
conversando en voz alta en su celular, indiferentes a ella. Cuando va a cerrar
la puerta llegan cuatro rezagados con platillos rebosantes de papas fritas,
frituras, y esparcido sobre ellas un batidillo que pretende ser queso. Huele
intensamente, pero, ¡pobres chicos!, seguramente salieron sin comer de su casa.
Como tuvo que hacerlo ella, para llegar puntual, pues apenas si le alcanzó la
mañana para lavar, hacer un poco de comida y dejar encargado a su hijo más
pequeño.
A la hora que pasa “el señor de la tablita”
aún no logra imponer silencio. Entre el hedor de la comida chatarra, la charla
incesante de los alumnos, el ruido que se cuela de afuera (pues esta puerta del
salón D 03 está descompuesta y no cierra bien desde hace por lo menos un año)
apenas si se escucha su voz. Una compañera le ha dicho que se pase a la mañana,
donde “el ambiente es más calmado”, pero las autoridades no quisieron ni
escuchar de un cambio de horario. “Ya no hay grupos” le dijeron. “Así que lo
toma o lo deja”. Y cómo lo iba a dejar, si con eso completa 18 horas, que
sumadas a las seis de la otra escuela le dan cuando menos para la comida y los
pasajes.
Otra le recomienda “ascender” en la lista
jerarquizada. “Toma un diplomado, inscríbete a más cursos, pide ser tutora, eso
te dará puntos para subir en la lista”, le dice. Ella lo ha querido hacer, pero
apenas si le alcanza el día para ir de un lugar a otro, y el fin de semana hay
que lavar, planchar, tratar de comer al menos por un día un platillo caliente.
Y ver cómo van los niños en la escuela, revisar sus tareas. Otra le ha dicho
que concurse para ser definitiva. Pero ¿cómo hacerlo?, piensa, si nunca aparece
una convocatoria; además, necesita que le den un grupo “en propiedad”, y en
este ciclo ni siquiera le querían asignar tres temporales; los requisitos son
cada vez mayores. ¿Cómo librar el primer escollo que es tener menos de 35 años?
Quisiera haber estado en esa época en que los profesores casi eran perseguidos
para entregar sus papeles y así regularizar su situación. Hoy, si aparece una
convocatoria, ya sea para adquirir la definitividad o para promoverse, los
participantes casi pelean por ella. Tan escasísimas son las plazas. Y luego
están los rumores: que ya están otorgadas, que traen dedicatoria, que es para
fulana o sutano. Es que no hay dinero, le dijo otro compañero. Pero un profesor
de carrera, que no tiene reparos en revelar la verdad, dice que se han gastado
alrededor de 300 millones de pesos en el inútil cuanto fracasado proyecto de
actualización curricular. Así que, ¿hay o no hay?
Este martes está contento. Con su cheque
llega el estímulo con el que, si le alcanza, podrá comprar ese libro que, le
han dicho, es la mejor crítica que se ha hecho de las concepciones
historicistas que van de Platón a Marx. No porque no sepa, sino porque le
resulta difícil explicar a sus alumnos, bastante jóvenes y con un insuficiente bagaje
cultural, la crisis de un enfoque teórico como el marxismo. Ese nuevo maestro
que ha conocido lo anonada con sus enfoques heterodoxos. Se mostró horrorizado
cuando exclamó: “¡Cómo!, ¿no has leído a Popper? ¿Eres de los que aún creen que
hay ‘leyes’ en la historia?” Por no parecer ignorante le dijo que sí lo
conocía, pero que no había leído La
sociedad abierta y sus enemigos.
Ahora le propuso que impartieran un curso sobre Popper, ¿pues en dónde cree que
están? Ni los maestros de carrera se atreven; aquí lo que rifa es el marxismo.
Es como ir a predicar el Corán entre los cuáqueros. Pero no deja de
reconocerlo: ¡Cuánto se enriquecería el Colegio si permitieran participar a los
profesores de asignatura! Algunos traen nuevas ideas y enfoques, conocen mejor
los programas pues son quienes los siguen y atienden a la mayoría de los grupos.
Pero las autoridades se conforman con lo que repiten desde hace años los profesores
de carrera. ¡Si tuviera un poco de tiempo y pudiera comprar y leer los libros,
se volvería un especialista! Pero saltando de un trabajo a otro, leyendo en el
microbús o en el metro, por la noche llegar agotado a su casa. Tener que
revisar trabajos, preparar las clases del día siguiente, ¿a qué hora? Pues en
la noche, le dice su compañero. El otro día lo intentó y se quedó dormido. ¿Cómo
presentar un proyecto Infocab, por ejemplo, si el responsable académico debe
ser definitivo? Ah, ¿por qué los de asignatura no tenemos año sabático si somos
quienes más lo necesitamos?
Ambos hacen fila en la ventanilla de pago. ¿Cómo vas?, pregunta él.
Allí, dándole pese a todo, contesta. ¿Sabes que estará más difícil el próximo
semestre? Regresan todos los comisionados. Sí, ya lo sé, y nadie hace nada. Nos
tienen divididos, agrega él: dos sindicatos, varias categorías de profesores:
los de carrera, los de asignatura, y entre éstos los A y B. Pero aun a los de
carrera los dividen, hay quienes reciben mejor trato y a otros les niegan los
estímulos, para jalarles la rienda. Los primeros tienen que apoyar las
políticas de la dirección general, firmar desplegados, incluso rodear y
defender las instalaciones si los activistas pretenden tomarlas. No sé cómo
algunos se solidarizan con los electricistas, los profesores de otros estados,
pero no hacen nada por los de casa. Sí, el precarismo en las condiciones de
trabajo de los profesores de la UNAM es el modelo que seguirán las demás escuelas
del país, agrega ella. Se acabaron las plazas, se acabó la estabilidad, se
acabaron los sueldos dignos. No todo está acabado, dice él. Varios profesores
de carrera nos apoyan. Firme aquí, dice la señora que paga, y le entrega un folleto
publicitario. ¿Para qué firmamos?, pregunta. Vete a saber si no estamos
firmando un documento para agradecer al rector nuestra situación, sonríe ella
con amargura. Y se despiden. (Continuará.)
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