¿Qué hacer para leer? II
NOÉ AGUDO
Como todo: para recordar, aprovechar y disfrutar una lectura
hay que saberla hacer. No es lo mismo leer una novela o un cuento que un ensayo
o la exposición de una teoría; incluso entre los mismos textos narrativos hay
algunos que exigen la misma concentración con la que debemos leer la Crítica de la razón pura. No se
puede leer El hombre sin
atributos, de Mussil, o el Ulises, de Joyce, de la misma manera que Los tres mosqueteros o Batallas
en el desierto de Dumas y
Pacheco, respectivamente. Las dos primeras son novelas en las que el lenguaje es
el actor principal, así que su disfrute pasa por la comprensión y el análisis
de cómo las cosas y eventos están descritos y narrados para aproximarnos a su
disfrute. Las otras dos, en cambio, cuentan una historia cuyo desarrollo,
vicisitudes y solución final aseguran el gozo de la lectura; el lector se puede
despreocupar de analizar cuáles son los personajes principales y secundarios,
quién es el narrador, cómo se combinan los tiempos, cómo cambia el punto de
vista y cuáles son los trucos que el escritor emplea para intensificar el
interés de la trama. La historia es la que guía la atención, aunque los
recursos ya dichos la hagan interesante.
Así
es como funcionó la novela en su época de oro y así es como nos hacemos
lectores; por eso está muy bien iniciar con lecturas sencillas y plenas de
anécdotas: Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Charles Dickens y en
español Mariano Azuela, Horacio Quiroga, Mario Benedetti y García Márquez,
entre muchos otros. Estas lecturas se pueden hacer apoltronados en un cómodo
sillón, viajando en el autobús o en el Metro, e incluso recostados en la cama.
Pero
tratar de leer la Metamorfosis de Kafka, o El jardín de los senderos que se
bifurcan, de Borges, en esas
mismas condiciones es indicio de que no las disfrutaremos del todo. ¿Por qué?
Porque la atención que requieren es mayor: ¿cómo aceptar tan dócilmente que un
hombre común y corriente pueda amanecer un día transformado en insecto? ¿Cómo
leerlo con tanta naturalidad? ¿De qué arte o magia se vale el autor para que
nos traguemos tan fácilmente, y con gusto, una ficción así? Debemos volver las
páginas e intentar descubrir cómo está narrada tamaña mentira para lograr
hacérnosla verosímil. De igual forma, para disfrutar el cuento de Borges
debemos hacer un mapa o cuadro sinóptico y así evitar perdernos entre la acción
del personaje principal, los detalles de su pasado y las referencias librescas
en que se funda el relato. Vale decir, debemos estar alertas, en tensión
permanente a la hora de leer. (Casi en el mismo sentido José Vasconcelos
escribió un ensayo altamente recomendable: Libros
que leo sentado y libros que leo de pie.)
Por
eso, si queremos aprender a leer, la primera pregunta que debemos hacernos es
cómo leemos. ¿Lo hacemos mientras los demás platican y eventualmente nos
involucran en su charla? ¿En un lugar apartado, recostados en la cama o con la
televisión prendida? Tal vez el periódico, una revista o un comic que sólo se
hojean soportarían una lectura así, pero ni eso. De los tres tipos en que suele
clasificar la lectura (exploratoria, de comprensión y analítica o crítica),
sólo la exploratoria sería posible realizarla en estas condiciones. Pero los
estudiantes de bachillerato (y más aún sus profesores) deben realizar casi
todas sus lecturas en un lugar aislado, de preferencia en una mesa que les
permita tomar notas, subrayar, hacer acotaciones, y usando una silla con un
respaldo rígido que impida la somnolencia o la distracción.
La
segunda pregunta que debemos responder es qué leemos. Si se trata de textos no
literarios (un libro de filosofía, un ensayo, uno de análisis político, de
economía o de cualquier otra ciencia) la condición sine qua non (sin la cual no) para entenderlos es
tomar notas. No se puede entender un texto filosófico si no tomamos notas;
tampoco uno de política, de economía, de psicología o incluso un ensayo
literario (dicen que a las personas mediocres les gusta hablar de la gente; a
las menos mediocres de lo que la gente hace, y sólo a los inteligentes les
gusta hablar de las ideas). Bien, pues no podremos entender un libro de ideas,
ni articularlas ni mucho menos explicarlas si no las asimilamos. Y la primera
condición para asimilarlas es tomar notas, un paso inicial para apropiárnoslas.
La
tercera pregunta es qué hacemos mientras leemos (aparte de estar bien sentados,
en una mesa rígida y tomando notas). ¿Vamos a la enciclopedia si vemos citado
constantemente algún autor o algún personaje del que nada sabemos? ¿Nos
preocupamos cuando se menciona una palabra por tercera o cuarta ocasión y nos
percatamos que si desconocemos su significado preciso nuestra lectura quedará
incompleta? ¿Consultamos el diccionario? ¿Y dónde quedan el resumen, los
cuadros sinópticos, mapas mentales, guías de lectura, vocabularios, genealogías
y censos que nos introducen en la lectura analítica o crítica?
Dependiendo
del estilo y circunstancias de cada persona, la lectura representa un ritual
más o menos complejo del que aquí daremos cuenta. Maquiavelo no podía sentarse
a su mesa de trabajo sin tomar previamente un baño, ponerse ropa limpia e
incluso un perfume. Yo puedo trabajar horas y horas si tengo buena música a mi
alrededor, pero hay quienes no la soportan. Sin embargo, creo que el orden y la
limpieza son necesarios en toda labor intelectual.
Por
ahora, no debemos olvidar que, como el amor, la lectura no se recuerda ni se
aprovecha ni se disfruta si no se sabe hacerlo.
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