domingo, 23 de junio de 2013

QUÉ HACER PARA LEER (3)



¿Qué hacer para leer? III

NOÉ AGUDO

La velocidad con que leemos influye para ser mejores o malos lectores, pero sobre todo para entender y disfrutar el texto. Hay quienes persisten en deletrear las palabras como se hacía en la primaria e incluso mueven los labios o siguen con el dedo la  línea que leen. Esto, además de entorpecer la lectura, la hace lenta e impide la comprensión cabal del texto. Y es que, una vez que aprendimos a descifrar las letras, nadie se preocupó por enseñarnos a leer con eficiencia y velocidad.
    ¿Cuál es la velocidad ideal? Maurice Nelligan, un psicólogo que ha atendido este aspecto, explica que, dependiendo del nivel educativo y cultural del lector, quienes cuentan con estudios primarios leen de 40 a 200 palabras por minuto; quienes tienen secundaria pueden alcanzar de 120 a 300, y los que estudiaron bachillerato deben ir de 140 a 350. Claro, hay casos excepcionales, autodidactas que fácilmente superan estos números, pero hablamos del promedio. ¿Cuántas lee por minuto usted, Amalita? (Amalita es mi lectora fiel.)
   Tal vez un poema o algunos pasajes de ciertos libros (El enemigo generoso o el Arte poética de J. L. Borges, la parte de Por el camino de Swann donde Proust describe los recuerdos que le produce el olor de las magdalenas, o las líneas finales de El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez) son necesarios de leer lentamente, para degustar la armonía, la música que vocales y consonantes ordenadas producen en la mente. Pero en general hay que esforzarnos por leer todo a una mayor velocidad, por comprender el texto rápidamente, porque la velocidad es la fuerza centrípeta que nos permite concentrarnos en las ideas y aprehenderlas eficazmente.
   La pregunta obvia es cómo puedo incrementar mi velocidad de lectura. Por principio, hay que saber cuál es. Para esto basta con mirar la hora exacta al momento de iniciar la lectura de un texto corto, después leer normalmente y al concluirlo tomar el tiempo; la diferencia del tiempo inicial y el final nos dará los minutos que nos llevó la lectura. Luego hay que contar las palabras y dividir éstas entre el tiempo que consumió la lectura. El resultado final nos dirá cuántas palabras leemos por minuto (no olvidar que en este conteo preposiciones, conjunciones, artículos y todo monosílabo se consideran palabras).
   Por experiencia sé que la mayoría de los alumnos del Colegio, y muchos profesores, están entre las 150 y 200 palabras por minuto; por tanto es necesario incrementar la velocidad. ¿Qué hacer para ello? Entre las tareas que dejó la segunda guerra estuvo la de enseñar a leer más rápido y mejor. Con este fin se fundó un Laboratorio de Lectura en la ciudad de Nueva York, en 1949, que después se extendió a Filadelfia, Princeton y San Francisco. Este Laboratorio creó procedimientos para leer más rápido y envió equipos de expertos a escuelas y universidades, así como a empresas, industrias y casas comerciales, para dar cursos adelantados de lectura moderna a sus dirigentes. Cuando una publicación llamada This Week Magazine quiso ofrecer a sus lectores, en una serie de artículos, los nuevos métodos de “lectura moderna”, contrató nada menos que a William S. Schaill, presidente del Reading Laboratory Inc., para que escribiera los temas. Ante la favorable recepción de los artículos, los editores de la revista decidieron publicarlos en forma de libro, y gracias a eso podemos conocer hoy día algunas técnicas probadas para incrementar la velocidad lectora.
   A reserva de reseñar más ampliamente el libro (Cómo leer más rápido en 7 días, Edit. Diana, México, 1986), Schaill propone siete pasos ─posibles de desarrollar en siete días─ para lograrlo. Estos son la prelectura: saber cuándo y cómo hojear un texto para tener una idea general de lo que trata; la lectura por frases: recorrer con los ojos la línea impresa, cuando más palabras se abarca, más velocidad se adquiere; la concentración: aprender a eliminar las distracciones; ejercicios de rapidez: la lectura de escritos en columna aumentan la destreza y la rapidez; la lectura a saltos y por encima: saber elegir las palabras importantes, reconocerlas y entenderlas para seguir después a toda velocidad; determinación del ritmo: una vez determinado el fin de la lectura, el lector puede decidir el ritmo al que desea leer, y la velocidad: captada la esencia de la lectura, el lector puede adoptar la velocidad que más le acomode.

   Todas estas técnicas son innecesarias para quien, motivado por sus padres, alguna profesora o profesor, o tal vez un amigo o quien fuera, se enganchó desde temprano en la lectura y ha practicado intuitivamente estas técnicas y muchas más. Quede por ahora como conclusión lo importante que es lograr una mayor velocidad de lectura, pues representa la fuerza centrípeta que nos permite sujetarnos al texto hasta terminarlo y entenderlo a cabalidad.      

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