Quintiliano,
maestro de poetas
y
emperadores
NOÉ
AGUDO
En
esta época de afluencia informativa, de modas que son flor de un día y de
propuestas cuyo mérito mayor consiste, si acaso, en repetir con otras palabras temas y asuntos ya dichos, bien haría el lector en acercarse a la sombra refrescante
y siempre nutriente de los grandes maestros, olvidados entre la vana algarabía.
Uno de ellos es Marco Fabio
Quintiliano, el rétor que recopiló el conocimiento de la antigüedad griega y
latina a través de la retórica, esa disciplina que se proponía la formación
integral del hombre y no sólo enseñarlo a hablar en público como se mal entiende
hoy día. Maestro de emperadores, de grandes poetas y escritores, reputado por
el célebre epigramista Marcial como “sumo moderador de la inquieta juventud” y
“gloria de la romana toga”, Marco Fabio no tuvo una vida feliz. Vivió de los
años 35 al 97 después de Cristo. Se casó cuando había cumplido 48 años con una
joven de quince o dieciséis con quien procreó dos hijos. Ella murió al cumplir
tan sólo 19 años; poco después falleció su hijo menor, de cinco, y a la edad de
diez murió el mayor. Muy caro cobró la fortuna la gloria que sobreviviría al
rétor a través de los siglos.
Cuando Quintiliano tenía 33 años el
emperador Vespasiano lo nombró profesor de retórica latina, para lo cual le
fijó un estipendio especial pagado por el estado. Esto le permitió dedicarse a
la enseñanza por más de veinte años. Fueron sus alumnos Plinio el Joven, el
futuro emperador Adriano (de quien Marguerite Yourcenar documentó sus Memorias), el poeta Marcial, el
biógrafo Suetonio, y quizás Tácito, quien sería el gran historiador latino,
entre otros.
Hacia el año 90 dejó la cátedra y el
emperador Domiciano le encargó la educación de sus sobrinos, tarea que el
maestro desempeñó sabiamente. Resultado de esta experiencia y de su oficio como
abogado fue su Institución
oratoria, un libro de alcance enciclopédico en el que Quintiliano realiza
un tratado sistemático y detallado de la paideia antigua. Escrito hace casi dos mil
años, es sorprendente hallar en el libro tópicos vigentes y pertinentes
relacionados con la enseñanza de la lengua. No por nada gramáticos, abogados,
lingüistas, oradores, humanistas o simples lectores curiosos de constatar el
poder del lenguaje lo han consultado, leído y saqueado a lo largo de los
siglos.
¿Qué motivó al viejo maestro a
escribir este libro monumental? Son varias las razones pero destacan tres: en
primer lugar su fama y prestigio, que hicieron circular bajo su nombre dos
libros sobre el arte retórica (“ni editados por mí ni preparados para esto”);
en segundo la suave pero constante presión de sus amigos y los apremios del
editor, el librero Trifón, a quien confía el cuidado del libro (“si es tan
deseada su publicación, como me aseguras, salga enhorabuena al público”), y en
tercero su amistad con Victorio Marcelo, a quien le había prometido y dedica la
obra.
¿De qué trata este libro magnífico y
aún vigente? ¿Por qué fue fundamental en el surgimiento del humanismo, y qué
hace que se le considere “sangre viva del pensamiento educativo y de la
formación literaria en el mundo occidental”?
La Institución
oratoria se compone de doce
libros, de los cuales el primero y segundo abordan lo que antecede al oficio
del orador, así como los primeros elementos y cuestiones de lo sustancial en
este arte. A partir del tercero y hasta el décimo primero se desarrolla el
tratado de la materia propiamente (invención, disposición, elocución, memoria y
acción) y, finalmente, el libro duodécimo describe los rasgos del orador ya
formado y lo previene acerca de lo que deberá hacer cuando se retire.
Descrito así podría parecer un asunto
de interés solo para especialistas, pero sus contenidos y cualidades rebasan
con mucho la competencia exclusiva de lingüistas o gramáticos. Baste decir que
materias como la corrección de los textos, el estilo, la naturalidad, la sencillez
y la claridad del lenguaje los aborda con la perspicacia y vivacidad del más
eficaz manual de redacción.
Además, atiende cuestiones como los libros que se han de leer, los ejercicios
de escritura, las artes afines a la oratoria (poesía, música, historia,
filosofía y aun la geometría), la pronunciación, las partes del discurso,
etcétera. En nuestros días estos temas son asuntos de interés para escritores,
periodistas, poetas, filósofos, publicistas y en general para todos aquellos
que emplean el lenguaje como principal herramienta de trabajo.
Todo lector hallará múltiples y
provechosas enseñanzas en el libro, pues no debemos olvidar que la retórica, en
la época de Marco Fabio, era una disciplina que aportaba conocimiento y ética;
formación artística, pero también científica; manejo de la elocuencia, pero
también de la contención; el buen uso de la pasión y mucho más de la razón; el
objetivo principal de la retórica era la formación de un ser virtuoso, un
desconocido en nuestro tiempo.
Finalmente, Quintiliano y su Institución oratoria son de esos autores y libros que
conviene revisitar ahora que la enseñanza, especialmente la de la lengua,
naufraga en ese insondable mar del desconcierto.
Debemos
a la magnífica producción editorial del Conaculta realizada bajo el mandato de
Rafael Tovar y de Teresa la edición de la versión castellana ya clásica de este
libro, prologada por el latinista mexicano Roberto Heredia Correa.
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