La poesía en los árboles
NOÉ AGUDO
Iba a titular este texto Los
árboles en la poesía para
reseñar cómo todo gran poeta o escritor tiene en su obra poemas, cuentos, algún
capítulo o un libro entero dedicado a un árbol, ya sea como personaje o tema
principal, como elemento inspirador o simplemente como motivo que da cauce a la
historia. Sin embargo, al conversar con La Maga y decirle que me gustaría
llevarla a mi tierra para que conozca mis árboles, su belleza, sus propiedades
y mitos, y al reflexionar en que tal vez mucho del daño que hemos infligido al
medio es porque no nos hemos educado en el conocimiento y el amor hacia la
naturaleza, prefiero referirme llana y directamente a algunos de estos seres
silenciosos, imperturbables y generosos, sin los cuales la vida de los humanos
simplemente no sería posible.
Mi
infancia, por ejemplo, está atada a mi memoria por dos enormes Macahuites, un
Mulato y una Primavera que rodeaban frondosos la parte frontal del rancho donde
comienzan mis recuerdos. El Macahuite (muchos años después descubrí que su
nombre significa "madera hambrienta" en náhuatl, porque con sus
troncos se hacían las mortíferas macanas de los guerreros aztecas) es una
especie de corpulenta higuera silvestre. De hojas lisas y duras, parecidas a
las del Hule, cuyas raíces levantan las banquetas en la ciudad (hecho que se
debe considerar al plantarlos), se diferencia de éste porque sus hojas son más
pequeñas, verdes, y da un fruto redondo del tamaño de una ciruela (una variedad
de higo, en verdad) que los murciélagos y yo nos disputábamos golosos y
gozosos.
Pero
no sólo eso. En sus enormes ramas, que no crecen verticales sino apuntando al
horizonte, las aves domésticas tienen un seguro dormitorio; escondidas entre la
fronda y dormidas sobre las más altas ramas, difícilmente una zorra las puede
sorprender. En las épocas de sequía, cuando el campo yermo se cubre con una
mortaja parda, las vacas se acercaban hambrientas al rancho y mi hermano subía
con un machete a cortar las puntas de las ramas, las partes más tiernas y
frondosas. Así salvaba a los rumiantes del hambre.
Y
qué decir de mis juegos. Nunca he tenido columpio más hermoso ni enorme como la
cuerda que mi padre ató a una de las altas ramas del árbol: parecía que volaba
y que podía cruzar el arroyo de abajo si me lo proponía. Pero aún no terminan
ahí sus dones y beneficios. El Macahuite es también un criadero de hermosas y
enormes arañas verdes, panzonas y redondas, que se comen con la mayor
naturalidad en la región. Fácilmente llenaba un cuenco con casi un kilo de
ellas buscando entre las ramas, que luego mi mamá doraba sobre el comal para
así devorar unos tacos de deliciosa proteína. Siendo ya un adulto, invité en
una ocasión al fotógrafo Héctor García a ese rancho y le pesqué suficientes arañas
que él degustó con fruición. (No olvidar que Héctor es el fotógrafo de Los indios de México, la
monumental obra de Fernando Benítez.)
Frutero,
gallinero, forraje para el ganado, columpio, reservorio de comida, aun muerto
el Macahuite seguía proporcionándonos bienestar: en la época de lluvias, de
sus ramas semipodridas surgían unas suaves y deliciosas setas blancas que se
pueden comer en un mole amarillo, en un caldo más reparador y delicioso que el
de gallina, o simplemente asadas. Y qué decir de su sombra, del armonioso
paisaje que creaba con su fronda siempre verde, y de la música que interpretaba
a trío con el viento y las vainas secas del Tepehuaje que se arrastraban por el
suelo. ¡Cómo no quererlos y defenderlos!
El
Mulato es un árbol con una fina cascarilla roja, que se cae con simplemente
pasar la mano por encima del tronco. Esa delgada y frágil capa es como el
demasiado maquillaje que usan algunas mujeres y sirve sólo para darle su
coloración roja superficial, porque por debajo es verde. Muchas veces vi tumbar
novillos, vacas o caballos con alguna parte de su cuerpo agusanada por una
herida infectada; allí vertían chorritos de agua roja en la que se había cocido
un poco de corteza del Mulato. Con esa infusión los gusanos morían, la herida
se limpiaba y desinfectaba y pronto cicatrizaba.
De
la Primavera, además de ser un árbol bello, que crece muy alto, con sus troncos
siempre rectos, se aprovecha su excelente y resistente madera, y uno también se
solaza con los racimos de flores con que se viste durante la estación que le da
nombre. (Por otra parte, ya he contado en otra ocasión cómo Jacquelino, un peón
de mi padre, me hacía con ramas de Primavera los trompos más hermosos y
perfectos que he tenido.) Recuerdo muchos árboles más, algunos únicos por su
hermosura, otros por su utilidad o por sus increíbles propiedades, y otros más
por los placeres que me proporcionaron durante mis años infantiles.
En
1983 pude entrevistar a Julio Cortázar. Lo admiraba tanto que a la hora de
redactar la entrevista y entregarla para su publicación me bloqueé, cualquier
arranque me parecía mediocre e indigno para un escritor de su talla. Leía por
esos días Guerra y paz, de Tolstói. Así que cuando llegué al
capítulo donde el príncipe Andrei Volkonski se detiene a contemplar un enorme y
viejo roble, con el que se identifica por su agotamiento y vejez, encontré la
solución: Cortázar era como Volkonski, Cortázar era ese viejo roble que, añoso
y casi seco, renace carnoso y umbrío, "extasiado inmóvil bajo los rayos de
sol en la primavera", demostrando que la vida no termina a ninguna edad. Y
así arranqué la entrevista.
Pienso
que hemos podido soportar el desastre y nos reconciliamos con la ignorancia y
la estupidez humanas cuando leemos los poemas que Octavio Paz, por ejemplo,
dedicó al Chopo o al Maguey, Antonio Machado A
un Olmo Viejo, José Hernández al Ombú, o recordamos que en la antigüedad la
Encina le estaba consagrada a Zeus, el Olivo a Atenea y el Mirto a Afrodita,
por mencionar algunos dioses y sus árboles. Por desgracia, lo sagrado se ha ido
de nuestras vidas. ¿Conocerá la gente los nombres de los árboles con los que
convivimos en la ciudad? ¿Podremos hacer que renazca el amor y el respeto hacia
la naturaleza?
Debemos.
Debemos.
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