El maestro
NOÉ AGUDO
Para mi maestra, María Enriqueta Lara Hernández
La anécdota la cuenta doña Clementina
Díaz y de Ovando: El alumno, hambriento de saber y devoto del preceptor, pero
humildísimo como todo indio noble, va a sentarse cada día en el quicio de la
puerta cerrada. Desde adentro, el maestro ve llegar la sombra, siempre puntual,
y observa cómo se queda inmóvil hasta que la clase concluye. Un día no soporta
más la curiosidad, así que atraviesa el salón a grandes zancadas y abre
intempestivamente la puerta.
─¿Qué haces aquí? ─pregunta.
─Sólo vengo a oír su clase, maestro ─contesta con timidez el oyente,
sorprendido.
El maestro es el más azorado. “Así que
esto es lo que hace cada día”, piensa conmovido. No sabe si reír o abrazar al
muchacho.
─¡Levántate, ponte de pie! ─le dice con suavidad─, y pasa si
quieres. Desde hoy puedes entrar cuantas veces lo desees.
Ambos se llaman Ignacio. El maestro es
Ramírez, el Nigromante, y el alumno es Altamirano, quien después será su más
fiel compañero de luchas y de ideas, y creará con sus letras, discursos,
publicaciones y desvelos la “República de las letras mexicanas, que presidirá
sin discusión”, al decir de Manuel Gutiérrez Nájera. Pero no nos adelantemos y
volvamos a ese encuentro, que ocurre algún día del año 1849, en el Instituto
Literario de Toluca.
A los diez años Ignacio Manuel Altamirano
aún no hablaba español, por lo tanto no sabía leer y escribir. Cuando su padre
fue elegido alcalde de Tixtla, la población donde nació y creció, tuvo la
oportunidad de asistir a la escuela y aprendió con rapidez y eficiencia. A
varios kilómetros de ahí, un intelectual mulato y librepensador, que siempre
había mostrado interés por la juventud indígena, propone otorgar becas para que
los muchachos sobresalientes puedan continuar sus estudios.
Altamirano es de los afortunados en
obtener una, pero su familia es tan pobre que la aldea entera debe cooperar
para costear los gastos de su traslado. Nunca ninguna cooperación fue tan bien
invertida. Avezado, deseoso de aprender y gran lector, Altamirano conoce ya
algunos textos de su admirado maestro y simpatiza con sus ideas exaltadas a
favor de los indios, contra el clero y en pro del liberalismo. Cuando lo ve
cruzar por el patio inclina reverentemente la cabeza y lo sigue con la mirada.
Ramírez ni siquiera lo ha notado, hasta ese día, cuando algo presiente al
advertir bajo los mechones encrespados el fulgor de esas dos obsidianas.
No se conoce bien si es por sus ideas
radicales, por las “travesuras” que se permite en el primer periódico que
funda, Los Papachos, o
porque él simplemente así lo decidió, pero abandona el Instituto y sobrevive
como apuntador en una compañía teatral de cómicos de la legua, y dando clases
de francés en una escuela particular. Después lo encontramos estudiando derecho
en el Colegio de San Juan de Letrán y allí se entera de la Revolución de Ayutla
(1854) a la que se incorpora interrumpiendo sus estudios.
No obstante, se gradúa en 1859 y,
siendo un declarado partidario de Juárez, es elegido diputado al Congreso en
1861. En 1863 se incorpora a la lucha contra la intervención francesa y el
imperio de Maximiliano, alcanzando el grado de coronel por su participación en
las batallas de Tierra Blanca, Cuernavaca y Querétaro. En 1867, restablecida la
República, ejercerá su doble vocación: la de intelectual y político,
dedicándose a escribir, a la enseñanza y al servicio público.
Junto a Guillermo Prieto e Ignacio
Ramírez, su antiguo mentor, funda El
Correo de México, en el que expone su ideario romántico y liberal. En 1869
crea El Renacimiento,
publicación con la que intentará reconciliar a conservadores y liberales a
través de las letras, y establece con ello las bases de la literatura nacional.
En su faceta de escritor había publicado en 1868 la novela Clemencia; en 1870 la Navidad en las montañas y Julia,
en 1871 aparece Rimas y al año
siguiente Antonia.
Póstumamente se publicará El
Zarco (1901). Fue un autor prolífico: cultivó la oratoria, la novela,
poesía, cuento, crítica, crónica, historia y biografía.
Como legislador apoyó siempre la
enseñanza primaria gratuita, laica y obligatoria. Fue profesor en la Escuela
Nacional Preparatoria, la Escuela de Comercio, la de Jurisprudencia y la
Nacional de Profesores, por lo que recibió unánimemente el título de Maestro.
En 1885 fundó la Escuela Nacional de Maestros, pues consideraba que únicamente
con la enseñanza se podía combatir la barbarie y así impedir “matar a la
República”. Fue cónsul de México en Barcelona (1889) y París (1890). La muerte
lo alcanzó en San Remo, Italia, en 1893. En su funeral, el escritor Ángel del
Campo “Micrós” expresó las siguientes palabras:
“No hay página de su existencia
práctica donde no sea Maestro, no sólo en la literatura; en patriotismo y
honradez lo proclaman las titánicas luchas de la Reforma… Preguntad a los
serviles si no se estremecen todavía al recordar a aquel vidente de encrespada
melena, de incandescente pupila, de airado rostro, que fulminaba contra la
turba la amenaza y la ironía, que los hacía estremecer con su palabra de
elocuencia irresistible; preguntadle a la multitud por qué lo arrebató entre
sus brazos y a quién aclamó como un nuevo Dantón. ¡Que os digan los vencidos si
no posee glorias como soldado!”
Ése es Ignacio Manuel Altamirano, el Maestro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario