domingo, 23 de junio de 2013

Estampa: El maestro

El maestro

NOÉ AGUDO
                                                
 Para mi maestra, María Enriqueta Lara Hernández

La anécdota la cuenta doña Clementina Díaz y de Ovando: El alumno, hambriento de saber y devoto del preceptor, pero humildísimo como todo indio noble, va a sentarse cada día en el quicio de la puerta cerrada. Desde adentro, el maestro ve llegar la sombra, siempre puntual, y observa cómo se queda inmóvil hasta que la clase concluye. Un día no soporta más la curiosidad, así que atraviesa el salón a grandes zancadas y abre intempestivamente la puerta.
    ─¿Qué haces aquí? ─pregunta.
    ─Sólo vengo a oír su clase, maestro ─contesta con timidez el oyente, sorprendido.
    El maestro es el más azorado. “Así que esto es lo que hace cada día”, piensa conmovido. No sabe si reír o abrazar al muchacho.
    ─¡Levántate, ponte de pie! ─le dice con suavidad─, y pasa si quieres. Desde hoy puedes entrar cuantas veces lo desees.
    Ambos se llaman Ignacio. El maestro es Ramírez, el Nigromante, y el alumno es Altamirano, quien después será su más fiel compañero de luchas y de ideas, y creará con sus letras, discursos, publicaciones y desvelos la “República de las letras mexicanas, que presidirá sin discusión”, al decir de Manuel Gutiérrez Nájera. Pero no nos adelantemos y volvamos a ese encuentro, que ocurre algún día del año 1849, en el Instituto Literario de Toluca.
    A los diez años Ignacio Manuel Altamirano aún no hablaba español, por lo tanto no sabía leer y escribir. Cuando su padre fue elegido alcalde de Tixtla, la población donde nació y creció, tuvo la oportunidad de asistir a la escuela y aprendió con rapidez y eficiencia. A varios kilómetros de ahí, un intelectual mulato y librepensador, que siempre había mostrado interés por la juventud indígena, propone otorgar becas para que los muchachos sobresalientes puedan continuar sus estudios.
     Altamirano es de los afortunados en obtener una, pero su familia es tan pobre que la aldea entera debe cooperar para costear los gastos de su traslado. Nunca ninguna cooperación fue tan bien invertida. Avezado, deseoso de aprender y gran lector, Altamirano conoce ya algunos textos de su admirado maestro y simpatiza con sus ideas exaltadas a favor de los indios, contra el clero y en pro del liberalismo. Cuando lo ve cruzar por el patio inclina reverentemente la cabeza y lo sigue con la mirada. Ramírez ni siquiera lo ha notado, hasta ese día, cuando algo presiente al advertir bajo los mechones encrespados el fulgor de esas dos obsidianas.
    No se conoce bien si es por sus ideas radicales, por las “travesuras” que se permite en el primer periódico que funda, Los Papachos, o porque él simplemente así lo decidió, pero abandona el Instituto y sobrevive como apuntador en una compañía teatral de cómicos de la legua, y dando clases de francés en una escuela particular. Después lo encontramos estudiando derecho en el Colegio de San Juan de Letrán y allí se entera de la Revolución de Ayutla (1854) a la que se incorpora interrumpiendo sus estudios.
    No obstante, se gradúa en 1859 y, siendo un declarado partidario de Juárez, es elegido diputado al Congreso en 1861. En 1863 se incorpora a la lucha contra la intervención francesa y el imperio de Maximiliano, alcanzando el grado de coronel por su participación en las batallas de Tierra Blanca, Cuernavaca y Querétaro. En 1867, restablecida la República, ejercerá su doble vocación: la de intelectual y político, dedicándose a escribir, a la enseñanza y al servicio público.
    Junto a Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez, su antiguo mentor, funda El Correo de México, en el que expone su ideario romántico y liberal. En 1869 crea El Renacimiento, publicación con la que intentará reconciliar a conservadores y liberales a través de las letras, y establece con ello las bases de la literatura nacional. En su faceta de escritor había publicado en 1868 la novela Clemencia; en 1870 la Navidad en las montañas y Julia, en 1871 aparece Rimas y al año siguiente Antonia. Póstumamente se publicará El Zarco (1901). Fue un autor prolífico: cultivó la oratoria, la novela, poesía, cuento, crítica, crónica, historia y biografía.
    Como legislador apoyó siempre la enseñanza primaria gratuita, laica y obligatoria. Fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela de Comercio, la de Jurisprudencia y la Nacional de Profesores, por lo que recibió unánimemente el título de Maestro. En 1885 fundó la Escuela Nacional de Maestros, pues consideraba que únicamente con la enseñanza se podía combatir la barbarie y así impedir “matar a la República”. Fue cónsul de México en Barcelona (1889) y París (1890). La muerte lo alcanzó en San Remo, Italia, en 1893. En su funeral, el escritor Ángel del Campo “Micrós” expresó las siguientes palabras:
    “No hay página de su existencia práctica donde no sea Maestro, no sólo en la literatura; en patriotismo y honradez lo proclaman las titánicas luchas de la Reforma… Preguntad a los serviles si no se estremecen todavía al recordar a aquel vidente de encrespada melena, de incandescente pupila, de airado rostro, que fulminaba contra la turba la amenaza y la ironía, que los hacía estremecer con su palabra de elocuencia irresistible; preguntadle a la multitud por qué lo arrebató entre sus brazos y a quién aclamó como un nuevo Dantón. ¡Que os digan los vencidos si no posee glorias como soldado!”

    Ése es Ignacio Manuel Altamirano, el Maestro.     

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