El sonido y la duda
NOÉ AGUDO
Mucho ruido ha causado el más reciente libro del historiador
francés Christian Duverger (Crónica de la
eternidad. ¿Quién escribió La historia verdadera de la conquista de la
Nueva España? Taurus, 2012) que, en pocas palabras, plantea que Bernal Díaz del
Castillo no es el autor de la más espléndida historia de la conquista de México
jamás escrita.
Lo que a lo largo
de más de cuatro siglos se ha aceptado como algo incuestionable, es decir, que
el viejo soldado, cuarenta años después de haber concluido la conquista de la
gran Tenochtitlan, y viviendo apaciblemente y sirviendo como regidor en
Guatemala, al leer un ejemplar de La historia
general de las Indias escrita por el clérigo Francisco López de Gomara en
1553, reacciona indignado al constatar cómo dicha obra explica la conquista
como si fuera la hazaña de un solo hombre, Hernán Cortés (quien por cierto
contó a Gómara la historia), y esto lo motiva a escribir la verdadera historia,
porque él participó en la conquista, fue compañero de los demás soldados y del
capitán general Hernando Cortés y estuvo en casi todas las batallas hasta la
conquista y pacificación de las Hibueras y Honduras, por lo cual se quedó a
vivir en Guatemala; todo eso hoy es negado.
Christian Duverger,
quién lo ignora, es un especialista en la historia del México prehispánico.
Desde que diera a conocer La flor letal.
Economía del sacrificio azteca (México, Fondo de Cultura Económica, 1984),
con un punto de vista novedoso y original respecto a los sacrificios humanos
practicados por los aztecas, Duverger se situó al lado de otros grandes
estudiosos franceses de las culturas prehispánicas como Jacques Soustelle,
Laurette Séjourne, Georges Baudot, etc., y sus libros se volvieron desde
entonces indispensables para conocer y comprender nuestro pasado prehispánico.
Por eso hoy resulta
tan desconcertante su propuesta. El historiador francés arma, a través de una
paciente y minuciosa pesquisa, una radical conclusión: no fue Bernal Díaz del
Castillo el autor de la Historia
verdadera sino…, el propio Cortés. ¿En qué basa esa conclusión? En pruebas
meridianamente demostrables, tales como la existencia de numerosas y siempre
cambiantes firmas de Bernal, lo cual no es suficiente para concluir que no
existió, sino que no podía dibujar bien las letras, lo que no significa que no
sabía escribir; en apreciaciones un tanto apresuradas, como el hecho de que –a
pesar de la cercanía con que trató al capitán general según sus propios
testimonios que aparecen en el libro−, Bernal casi no es mencionado por Cortés
ni por los otros soldados y capitanes, circunstancia que no puede atribuirse a
Bernal, o que, en todo caso, resulta una virtud, pues demuestra modestia y
carencia de afán protagónico; en dudas poco sustentadas, como la memoria
prodigiosa de Díaz del Castillo y su capacidad para indagar situaciones y
hechos en los que no estuvo ni participó, como si Herodoto, mil años atrás, no
nos hubiera enseñado cómo documentar todo aquello que no pudo presenciar
personalmente, o como si no hubiera sido posible que Bernal tomara una serie de
notas en las que basó posteriormente la redacción de su historia; en
circunstancias tampoco atribuibles a él, como sus escasos datos biográficos,
que el mismo Duverger se explica cuando descubre que la alcaldía de Medina del
Campo, villa donde nació Bernal, se incendió con todos los archivos de la
época, destruyendo los únicos documentos que podrían dar testimonio fidedigno
de la fecha exacta de su nacimiento, otro hecho que, al variar frecuentemente
en dos o tres años, el francés apunta como signo de una existencia difusa; en
descalificaciones un tanto arbitrarias, como suponer que por el hecho de ser soldado
Díaz del Castillo era un ignorante y carecía de la sobresaliente cultura de la
que a cada rato hace alarde en su prodigiosa crónica, por ejemplo, citar el Amadís de Gaula. Respecto a este libro,
publicado por primera vez en Zaragoza en 1508, no está por demás conocer lo que
al respecto dice Luis Sáinz de Medrano, catedrático de la Universidad
Complutense, y quien escribe la introducción y notas de la edición de la Historia verdadera que yo poseo:
“Arraigado en la tradición de la leyenda anglo-francesa del rey Arturo, el Amadís se constituyó en el libro de
caballería por excelencia en nuestra lengua. Es bien conocida la difusión que
esta obra tuvo en España, con lectores que iban desde el propio emperador hasta
Santa Teresa. Sobre la presencia de los libros de caballería en América ofreció
datos concretos Irving A. Leonard, quien afirma que ‘el conocimiento evidente
que tenía Bernal Díaz del Castillo y otros soldados de Cortés de los libros de
caballería permite suponer que desde un principio podían encontrarse tales
obras de ficción en las Antillas.’ (Los
libros del conquistador, México,
Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 102).”
Si esas son las
razones por las cuales Bernal no pudo haber escrito la Historia verdadera, habrá que conocer entonces las que apuntan a Cortés
como el autor. En primer lugar, dice Duverger, porque el emperador Carlos V, en
un arranque de celos y en el afán por disminuir la admiración y el
reconocimiento que la gente sentía hacia el capitán general, había prohibido la
publicación de Las cartas de relación de Cortés, así como de la Historia general de las Indias escrita
por su amanuense Francisco López de Gomara. También, debido a que Cortés intuía
que su nombre pasaría a la posteridad (de allí lo de Crónica de la eternidad) y que, muy astutamente, comprendió que una
obra escrita por un tercero sería más confiable y convincente. Otra prueba,
afirma Duverger, es que casi ningún biógrafo de Cortés se ocupa de sus últimos
años, pues todos se conforman con llegar al año de 1540, como si allí terminara
la vida de Cortés, cuando a partir de este año y hasta el de su muerte, en
1547, prepara su ingreso a la inmortalidad. Para ello, funda una Academia en
Valladolid, donde se establece en 1543, en la que reúne un grupo de letrados que
debate en cada reunión un tema propuesto por él mismo para conocer acerca
del “verbo, el idioma, el contenido
simbólico de cada palabra, el desafío de la perennidad de lo escrito”. Es
decir, Duverger piensa que la academia le sirve para tener “ese cara a cara con
la posteridad por medio de la escritura”. Y así es como Cortés se vuelve el
escritor de su propia historia, el narrador de su propio y singular destino,
aunque con la firma de Bernal Díaz del Castillo, durante los años 1543-1546. Ya
el dócil amanuense, Francisco López de Gómara, se encargará de editar post mortem la historia de la conquista,
dándole algunos retoques para lograr hacer verosímil que es Bernal Díaz del
Castillo el autor.
Si hemos de creer
en esta más que inteligente maniobra, tenemos que reconocer en Hernán Cortés,
además del audaz, ambicioso y maquiavélico conquistador, al inventor del
heterónimo, cuatro siglos antes de que el escritor portugués Fernando Pessoa lo
hiciera, y a un escritor capaz de desdoblarse en otro personaje para hablar de
sí mismo, un poco a la manera de Cervantes, pero que sólo con los recursos
narrativos de un Proust y un Joyce y la invención del psicoanálisis, los
escritores del siglo XX lo practicarán a plenitud. Sin embargo, son muchas las
objeciones que se pueden hacer a esta provocadora propuesta, y pienso que en la
conciencia de los millares de lectores que hemos recorrido embelesados las
páginas de la Historia verdadera de la
conquista de la Nueva España será difícil deshacernos de la imagen que nos
hemos hecho de ese soldado memorioso, discreto, atento, que cada noche apunta
las vicisitudes de la jornada.
Copio aquí lo que
le sucede cuando es uno de los guardianes de Moctezuma, cuando han tomado
prisionero al emperador azteca:
Y como en aquel tiempo era yo
mancebo, e siempre que estaba en su guarda o pasaba delante dél con muy grande
acato me quitaba mi bonete de armas, y aun le había dicho el paje Orteguilla
que vine dos veces a descubrir esta Nueva-España primero que Cortés, e yo le
había dicho al Orteguilla que le quería demandar al Montezuma que me hiciese
merced de una india hermosa; y como lo supo el Montezuma, me mandó llamar y me
dijo: «Bernal Díaz del Castillo, hanme dicho que tenéis motolínea (pobreza) de
oro y ropa; yo os mandaré dar hoy una buena moza, tratadla muy bien, que es
hija de hombre principal; y también os darán oro y mantas». Yo le respondí con
mucho acato que le besaba las manos por tan grande merced y que Dios nuestro
señor le prosperase; y parece ser preguntó al paje que qué había respondido, y
le declaró la respuesta; y díjole el Montezuma: «De noble condición me parece
Bernal Díaz»; porque a todos nos sabía los nombres, como tengo dicho; e me
mandó dar tres tejuelos de oro e dos cargas de mantas.
Pero quizás esta
estampa de Eduardo Galeano, el célebre escritor uruguayo, aporte una idea más
completa de la imagen que nos hemos hecho del cronista:
Cortés se ajusta su sombrero de
plumas y da la espalda a las llamas. De un galope llega al caserío indígena de
Cempoala, mientras se hace la noche. Nada dice a la tropa. Ya se irán
enterando.
Bebe vino, solo en su tienda. Quizás piense en los hombres que mató sin
confesión o en las mujeres que acostó sin boda desde sus días de estudiante en
Salamanca, que tan remotos parecen, o en sus perdidos años de burócrata en las
Antillas, durante el tiempo de la espera. Quizás piensa en el gobernador Diego
Velázquez, que pronto temblará de furia en Santiago de Cuba. Seguramente sonríe
si piensa en ese soposo dormilón, cuyas órdenes nunca más obedecerá; o en la
sorpresa que espera a los soldados que están escuchando reír y maldecir en las
ruedas de dados y naipes del campamento.
Algo de eso le anda en la cabeza, o quizás la fascinación y el pánico de
los días por venir; y entonces alza la mirada, la ve en la puerta y a contraluz
la reconoce. Se llamaba Malinali o Malinche cuando se la regaló el cacique de
Tabasco. Se llama Marina desde hace una semana.
Cortés habla unas cuantas palabras mientras ella, inmóvil, espera.
Después, sin un gesto, la muchacha se desata el pelo y la ropa. Un revoltijo de
telas de colores cae entre sus pies desnudos y él calla cuando aparece y
resplandece el cuerpo.
A pocos pasos de allí, el soldado Bernal Díaz del Castillo escribe, a la
luz de la luna, la crónica de la jornada. Usa de mesa un tambor.
El mare nostrum que Díaz del Castillo reveló
El 21 de enero de este año distintos medios de comunicación
informaron que el gobierno del Distrito Federal había descubierto un enorme
yacimiento de agua en Iztapalapa; casi potable, a dos mil metros de profundidad
y en una cantidad suficiente para abastecer
por lo menos durante cien años a esta sedienta ciudad que es la de
México. La noticia llamó de inmediato mi atención, no tanto por lo venturosa
que es, sino porque esa delegación siempre ha carecido de agua y, paradojas de
la fortuna, ahora nos enteramos que vive sobre un océano del indispensable
compuesto.
Pero la noticia
conectó también con un recuerdo archivado en los laberintos de la memoria: en
alguna página de su Historia verdadera de
la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo menciona que por
el rumbo de Iztapalapa hay un remolino dentro de la laguna, al cual la gente y
los sacerdotes aztecas acudían llevando ofrendas y, sin acercarse demasiado al
vórtice, empujaban una canoa con todos los presentes y contemplaban pasmados
cómo el embudo líquido tomaba y tragaba los presentes enviados a las antiguas
deidades.
Recordé también
haber leído el mismo hecho en La
conquista de México, del historiador británico Hugh Thomas, sólo que él
atribuye la noticia a fray Diego Durán, quien describe con más detalle la
ceremonia. En efecto, el dominico lo narra más o menos así en su Historia de las Indias de Nueva España e
islas de la Tierra Firme: “Al llegar al centro de la laguna, en el sumidero
de Pantitlán, degollaban a la niña, escurrían la sangre en el agua y arrojaban
el cuerpo al remolino, ‘el cual dicen que se la tragaba, de suerte que nunca
más aparecía’. Después los reyes y señores ofrecían ‘joyas y piedras y collares
y ajorcas en el mismo lugar’; y al terminar regresaban en silencio a la
ciudad”.
Rememoré de
inmediato estas dos referencias cuando trataba de explicarme cómo se podría
haber formado ese enorme depósito líquido bajo dos millares de metros de tierra
y rocas. Si bien sabemos que el Valle de México estaba compuesto hasta hace
relativamente poco tiempo por numerosos lagos y algunas corrientes, es
indudable que el cemento y el asfalto en expansión constante han expulsado de
su faz cualquier vestigio de agua, y los numerosos pozos han agotado casi la
que se encontraba a poca profundidad. ¿O se trata de corrientes subterráneas
que circulan sólo en las profundidades? ¿Logran los desagües construidos por el
hombre desalojar los cuatro o cinco meses de lluvia que por fortuna siguen
cayendo sobre este valle en forma de olla? ¿A dónde iba el agua tragada por ese
remolino, que supongo enorme, por el temor con el que se le acercaban sus
devotos adoradores? ¿Qué profunda oquedad dejó ese maelström, nuestro maelström,
cuando el relleno invadió los antiguos lagos?
Para mayor ironía,
Hugh Thomas cree que en esa vorágine los aztecas arrojaron el tesoro de
Moctezuma cuando se aprestaban a defender la gran Tenochtitlán, sitiada por
Cortés y sus huestes en 1521. Nada menos. Díaz del Castillo describe ese tesoro
como una habitación completa repleta de oro y piedras preciosas. Podemos
suponer, entonces, que después del fondo lacustre había un pasaje que conectaba
a una zona más profunda hacia donde eran conducidos el agua, las ofrendas y el
oro que los aztecas prefirieron entregar a sus terribles deidades antes que a
los codiciosos españoles. Así podría explicarme ese pequeño mare nostrum cuya explotación está por
iniciar en breve.
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