domingo, 23 de junio de 2013

Artículo: El sonido y la duda

El sonido y la duda

NOÉ AGUDO

Mucho ruido ha causado el más reciente libro del historiador francés Christian Duverger (Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió La historia verdadera de la conquista de la Nueva España? Taurus, 2012) que, en pocas palabras, plantea que Bernal Díaz del Castillo no es el autor de la más espléndida historia de la conquista de México jamás escrita.
    Lo que a lo largo de más de cuatro siglos se ha aceptado como algo incuestionable, es decir, que el viejo soldado, cuarenta años después de haber concluido la conquista de la gran Tenochtitlan, y viviendo apaciblemente y sirviendo como regidor en Guatemala, al leer un ejemplar de La historia general de las Indias escrita por el clérigo Francisco López de Gomara en 1553, reacciona indignado al constatar cómo dicha obra explica la conquista como si fuera la hazaña de un solo hombre, Hernán Cortés (quien por cierto contó a Gómara la historia), y esto lo motiva a escribir la verdadera historia, porque él participó en la conquista, fue compañero de los demás soldados y del capitán general Hernando Cortés y estuvo en casi todas las batallas hasta la conquista y pacificación de las Hibueras y Honduras, por lo cual se quedó a vivir en Guatemala; todo eso hoy es negado. 
    Christian Duverger, quién lo ignora, es un especialista en la historia del México prehispánico. Desde que diera a conocer La flor letal. Economía del sacrificio azteca (México, Fondo de Cultura Económica, 1984), con un punto de vista novedoso y original respecto a los sacrificios humanos practicados por los aztecas, Duverger se situó al lado de otros grandes estudiosos franceses de las culturas prehispánicas como Jacques Soustelle, Laurette Séjourne, Georges Baudot, etc., y sus libros se volvieron desde entonces indispensables para conocer y comprender nuestro pasado prehispánico.
    Por eso hoy resulta tan desconcertante su propuesta. El historiador francés arma, a través de una paciente y minuciosa pesquisa, una radical conclusión: no fue Bernal Díaz del Castillo el autor de la Historia verdadera sino…, el propio Cortés. ¿En qué basa esa conclusión? En pruebas meridianamente demostrables, tales como la existencia de numerosas y siempre cambiantes firmas de Bernal, lo cual no es suficiente para concluir que no existió, sino que no podía dibujar bien las letras, lo que no significa que no sabía escribir; en apreciaciones un tanto apresuradas, como el hecho de que –a pesar de la cercanía con que trató al capitán general según sus propios testimonios que aparecen en el libro−, Bernal casi no es mencionado por Cortés ni por los otros soldados y capitanes, circunstancia que no puede atribuirse a Bernal, o que, en todo caso, resulta una virtud, pues demuestra modestia y carencia de afán protagónico; en dudas poco sustentadas, como la memoria prodigiosa de Díaz del Castillo y su capacidad para indagar situaciones y hechos en los que no estuvo ni participó, como si Herodoto, mil años atrás, no nos hubiera enseñado cómo documentar todo aquello que no pudo presenciar personalmente, o como si no hubiera sido posible que Bernal tomara una serie de notas en las que basó posteriormente la redacción de su historia; en circunstancias tampoco atribuibles a él, como sus escasos datos biográficos, que el mismo Duverger se explica cuando descubre que la alcaldía de Medina del Campo, villa donde nació Bernal, se incendió con todos los archivos de la época, destruyendo los únicos documentos que podrían dar testimonio fidedigno de la fecha exacta de su nacimiento, otro hecho que, al variar frecuentemente en dos o tres años, el francés apunta como signo de una existencia difusa; en descalificaciones un tanto arbitrarias, como suponer que por el hecho de ser soldado Díaz del Castillo era un ignorante y carecía de la sobresaliente cultura de la que a cada rato hace alarde en su prodigiosa crónica, por ejemplo, citar el Amadís de Gaula. Respecto a este libro, publicado por primera vez en Zaragoza en 1508, no está por demás conocer lo que al respecto dice Luis Sáinz de Medrano, catedrático de la Universidad Complutense, y quien escribe la introducción y notas de la edición de la Historia verdadera que yo poseo: “Arraigado en la tradición de la leyenda anglo-francesa del rey Arturo, el Amadís se constituyó en el libro de caballería por excelencia en nuestra lengua. Es bien conocida la difusión que esta obra tuvo en España, con lectores que iban desde el propio emperador hasta Santa Teresa. Sobre la presencia de los libros de caballería en América ofreció datos concretos Irving A. Leonard, quien afirma que ‘el conocimiento evidente que tenía Bernal Díaz del Castillo y otros soldados de Cortés de los libros de caballería permite suponer que desde un principio podían encontrarse tales obras de ficción en las Antillas.’ (Los libros del conquistador, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 102).”
    Si esas son las razones por las cuales Bernal no pudo haber escrito la Historia verdadera, habrá que conocer entonces las que apuntan a Cortés como el autor. En primer lugar, dice Duverger, porque el emperador Carlos V, en un arranque de celos y en el afán por disminuir la admiración y el reconocimiento que la gente sentía hacia el capitán general, había prohibido la publicación de Las cartas de relación de Cortés, así como de la Historia general de las Indias escrita por su amanuense Francisco López de Gomara. También, debido a que Cortés intuía que su nombre pasaría a la posteridad (de allí lo de Crónica de la eternidad) y que, muy astutamente, comprendió que una obra escrita por un tercero sería más confiable y convincente. Otra prueba, afirma Duverger, es que casi ningún biógrafo de Cortés se ocupa de sus últimos años, pues todos se conforman con llegar al año de 1540, como si allí terminara la vida de Cortés, cuando a partir de este año y hasta el de su muerte, en 1547, prepara su ingreso a la inmortalidad. Para ello, funda una Academia en Valladolid, donde se establece en 1543, en la que reúne un grupo de letrados que debate en cada reunión un tema propuesto por él mismo para conocer acerca del  “verbo, el idioma, el contenido simbólico de cada palabra, el desafío de la perennidad de lo escrito”. Es decir, Duverger piensa que la academia le sirve para tener “ese cara a cara con la posteridad por medio de la escritura”. Y así es como Cortés se vuelve el escritor de su propia historia, el narrador de su propio y singular destino, aunque con la firma de Bernal Díaz del Castillo, durante los años 1543-1546. Ya el dócil amanuense, Francisco López de Gómara, se encargará de editar post mortem la historia de la conquista, dándole algunos retoques para lograr hacer verosímil que es Bernal Díaz del Castillo el autor.
    Si hemos de creer en esta más que inteligente maniobra, tenemos que reconocer en Hernán Cortés, además del audaz, ambicioso y maquiavélico conquistador, al inventor del heterónimo, cuatro siglos antes de que el escritor portugués Fernando Pessoa lo hiciera, y a un escritor capaz de desdoblarse en otro personaje para hablar de sí mismo, un poco a la manera de Cervantes, pero que sólo con los recursos narrativos de un Proust y un Joyce y la invención del psicoanálisis, los escritores del siglo XX lo practicarán a plenitud. Sin embargo, son muchas las objeciones que se pueden hacer a esta provocadora propuesta, y pienso que en la conciencia de los millares de lectores que hemos recorrido embelesados las páginas de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España será difícil deshacernos de la imagen que nos hemos hecho de ese soldado memorioso, discreto, atento, que cada noche apunta las vicisitudes de la jornada.
     Copio aquí lo que le sucede cuando es uno de los guardianes de Moctezuma, cuando han tomado prisionero al emperador azteca:
Y como en aquel tiempo era yo mancebo, e siempre que estaba en su guarda o pasaba delante dél con muy grande acato me quitaba mi bonete de armas, y aun le había dicho el paje Orteguilla que vine dos veces a descubrir esta Nueva-España primero que Cortés, e yo le había dicho al Orteguilla que le quería demandar al Montezuma que me hiciese merced de una india hermosa; y como lo supo el Montezuma, me mandó llamar y me dijo: «Bernal Díaz del Castillo, hanme dicho que tenéis motolínea (pobreza) de oro y ropa; yo os mandaré dar hoy una buena moza, tratadla muy bien, que es hija de hombre principal; y también os darán oro y mantas». Yo le respondí con mucho acato que le besaba las manos por tan grande merced y que Dios nuestro señor le prosperase; y parece ser preguntó al paje que qué había respondido, y le declaró la respuesta; y díjole el Montezuma: «De noble condición me parece Bernal Díaz»; porque a todos nos sabía los nombres, como tengo dicho; e me mandó dar tres tejuelos de oro e dos cargas de mantas. 
    Pero quizás esta estampa de Eduardo Galeano, el célebre escritor uruguayo, aporte una idea más completa de la imagen que nos hemos hecho del cronista:
Cortés se ajusta su sombrero de plumas y da la espalda a las llamas. De un galope llega al caserío indígena de Cempoala, mientras se hace la noche. Nada dice a la tropa. Ya se irán enterando.
  Bebe vino, solo en su tienda. Quizás piense en los hombres que mató sin confesión o en las mujeres que acostó sin boda desde sus días de estudiante en Salamanca, que tan remotos parecen, o en sus perdidos años de burócrata en las Antillas, durante el tiempo de la espera. Quizás piensa en el gobernador Diego Velázquez, que pronto temblará de furia en Santiago de Cuba. Seguramente sonríe si piensa en ese soposo dormilón, cuyas órdenes nunca más obedecerá; o en la sorpresa que espera a los soldados que están escuchando reír y maldecir en las ruedas de dados y naipes del campamento.
  Algo de eso le anda en la cabeza, o quizás la fascinación y el pánico de los días por venir; y entonces alza la mirada, la ve en la puerta y a contraluz la reconoce. Se llamaba Malinali o Malinche cuando se la regaló el cacique de Tabasco. Se llama Marina desde hace una semana.
  Cortés habla unas cuantas palabras mientras ella, inmóvil, espera. Después, sin un gesto, la muchacha se desata el pelo y la ropa. Un revoltijo de telas de colores cae entre sus pies desnudos y él calla cuando aparece y resplandece el cuerpo.
  A pocos pasos de allí, el soldado Bernal Díaz del Castillo escribe, a la luz de la luna, la crónica de la jornada. Usa de mesa un tambor.  

El mare nostrum que Díaz del Castillo reveló

El 21 de enero de este año distintos medios de comunicación informaron que el gobierno del Distrito Federal había descubierto un enorme yacimiento de agua en Iztapalapa; casi potable, a dos mil metros de profundidad y en una cantidad suficiente para abastecer  por lo menos durante cien años a esta sedienta ciudad que es la de México. La noticia llamó de inmediato mi atención, no tanto por lo venturosa que es, sino porque esa delegación siempre ha carecido de agua y, paradojas de la fortuna, ahora nos enteramos que vive sobre un océano del indispensable compuesto.
    Pero la noticia conectó también con un recuerdo archivado en los laberintos de la memoria: en alguna página de su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo menciona que por el rumbo de Iztapalapa hay un remolino dentro de la laguna, al cual la gente y los sacerdotes aztecas acudían llevando ofrendas y, sin acercarse demasiado al vórtice, empujaban una canoa con todos los presentes y contemplaban pasmados cómo el embudo líquido tomaba y tragaba los presentes enviados a las antiguas deidades.
    Recordé también haber leído el mismo hecho en La conquista de México, del historiador británico Hugh Thomas, sólo que él atribuye la noticia a fray Diego Durán, quien describe con más detalle la ceremonia. En efecto, el dominico lo narra más o menos así en su Historia de las Indias de Nueva España e islas de la Tierra Firme: “Al llegar al centro de la laguna, en el sumidero de Pantitlán, degollaban a la niña, escurrían la sangre en el agua y arrojaban el cuerpo al remolino, ‘el cual dicen que se la tragaba, de suerte que nunca más aparecía’. Después los reyes y señores ofrecían ‘joyas y piedras y collares y ajorcas en el mismo lugar’; y al terminar regresaban en silencio a la ciudad”.
    Rememoré de inmediato estas dos referencias cuando trataba de explicarme cómo se podría haber formado ese enorme depósito líquido bajo dos millares de metros de tierra y rocas. Si bien sabemos que el Valle de México estaba compuesto hasta hace relativamente poco tiempo por numerosos lagos y algunas corrientes, es indudable que el cemento y el asfalto en expansión constante han expulsado de su faz cualquier vestigio de agua, y los numerosos pozos han agotado casi la que se encontraba a poca profundidad. ¿O se trata de corrientes subterráneas que circulan sólo en las profundidades? ¿Logran los desagües construidos por el hombre desalojar los cuatro o cinco meses de lluvia que por fortuna siguen cayendo sobre este valle en forma de olla? ¿A dónde iba el agua tragada por ese remolino, que supongo enorme, por el temor con el que se le acercaban sus devotos adoradores? ¿Qué profunda oquedad dejó ese maelström, nuestro maelström, cuando el relleno invadió los antiguos lagos?

    Para mayor ironía, Hugh Thomas cree que en esa vorágine los aztecas arrojaron el tesoro de Moctezuma cuando se aprestaban a defender la gran Tenochtitlán, sitiada por Cortés y sus huestes en 1521. Nada menos. Díaz del Castillo describe ese tesoro como una habitación completa repleta de oro y piedras preciosas. Podemos suponer, entonces, que después del fondo lacustre había un pasaje que conectaba a una zona más profunda hacia donde eran conducidos el agua, las ofrendas y el oro que los aztecas prefirieron entregar a sus terribles deidades antes que a los codiciosos españoles. Así podría explicarme ese pequeño mare nostrum cuya explotación está por iniciar en breve.

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