Un paseo por Sierra
Sur
NOÉ AGUDO
Un día cualquiera mi amigo y yo
elegimos un camino sin saber dónde nos llevará. Alguien, más adelante, nos
pregunta adónde vamos. Sólo queremos ir al campo, respondemos. Esperen,
nosotros también vamos, nos dice, y de inmediato se suma a nuestro paseo una
pareja. Marido y mujer, pensamos. Su plática es graciosa, repiten nuestras
palabras para afirmar o negar cualquier cosa. Hace calor, digo. “Hace calooor”,
responden. Después de preguntar de dónde somos y la razón de nuestra presencia
en ese lugar, la plática deriva hacia otros tópicos. La mujer cuenta una
anécdota: “Un hombre llegó el otro día a mi comedor. Ordenó su comida, pidió
una copa de mezcal y después de mirar a mis hijas (tengo dos, ya casaderas) me
preguntó si alguna querría casarse con él. Tengo mucho dinero, afirmó. Pues
allí están las muchachas, le contesté. Debería preguntarles a ellas si quieren,
y si su padre les da permiso. El hombre se alegró, comió con más ganas, pidió
otra copa y devoró en un santiamén la comida. Le pregunté si quería un café y
sólo movió la cabeza para afirmar. Lo bebió y se quedó dormido. ¡Vaya!, pensé,
¿y así quiere ser mi yerno? ¿Cómo dormirse en la mesa después de comer?
Valiente yerno tendría”.
−Desde
luego –dijo el marido−, claro está: la mujer es para atizarle el fogón. No
quiere a un hombre sólo para dormir.
Me río de su
picardía y pienso si el relato de la mujer es una advertencia. Habíamos dejado
atrás las últimas casas del pueblo y ya estábamos en el campo. En un recodo
especialmente exuberante, el hombre nos enseñó unos gruesos bejucos enredados
en los troncos de los árboles. “Vean, dijo, si van a bajar hasta el río, cuando
regresen tendrán sed. Pueden cortar estos bejucos y los encontrarán repletos de
agua. Bébanla con confianza. Es fresca y deliciosa”.
Agradecimos su
recomendación y nos despedimos, pues ellos siguieron por otro camino para “ir a
darle sal a una vaquita”. “¿Sal?, inquirió mi amigo, las vacas comen sal?”. Por
supuesto, le respondí, y los caballos, las cabras y los burros. “¿Cuál es la
razón?”, preguntó con mayor curiosidad. Si su organismo asimila mucha sal los
acosarán menos los ácaros como las garrapatas, le expliqué, son muy abundantes
por estos rumbos. Mi amigo se quedó admirado de este hecho y continuamos
avanzando.
Tú me dices
cuando ya te sientas cansado, le ofrecí. Allí paramos e iniciamos el retorno.
“No, no, continuemos, me siento muy bien. ¡Son tan hermosos estos paisajes!”,
respondió.
Seguimos. El
camino parecía una brecha abandonada. Avanzábamos por el lomo de los cerros
pero nunca nos encontramos una pendiente demasiado inclinada. El camino era
ondulante, sinuoso, con amplias vueltas, apacibles para el golpetear de nuestra
marcha. Nos deteníamos para contemplar los paisajes y árboles más hermosos: los
aromáticos encinos, un elegante pino llamado por los lugareños “ocote”, pues
aprovechan su madera para alumbrarse en las noches de oscuridad impenetrable;
las rajas y astillas de su corteza destilan un fragante olor y sus hojas,
parecidas, a racimos de verdes crines, entonan una armoniosa sinfonía en las
cumbres de la montaña. Sirven para formar una argamasa tan sólida como el cemento,
y con ella los campesinos construyen los muros de barro de sus casas.
Contemplamos arrobados la esbeltez del guarumbo, capaz de crecer cuarenta o
cincuenta metros y guardar sus hojas sólo para la punta, como una cabellera
verde, lo cual le da la apariencia de un delgado y alto rastafari. Son un
poderoso alucinógeno sus hojas, agregué, y para mayor asombro su tronco es
hueco. También le hice notar la belleza del tepehuaje, cuyo color de su fronda
lo hace distinguirse en el océano verde de la sierra; tuvimos problemas para
intentar definir ese verde tan especial. Cuando le presenté al carnizuelo su
admiración fue mayor: en él construyen sus nidos las calandrias, y es el árbol
favorito de un especial tipo de avispas. ¿La razón? Además de la dureza de su tronco,
resguardado por espinas semejantes a la cabeza de un astado de lidia, el
carnizuelo es también el territorio donde se asientan colonias de unas furiosas
hormigas rojas. ¡Ay de quien se atreva a cortar un árbol sin llevar bien
afilado el machete! Una vez caídas en sus ropas, las hormigas pueden volverlo
loco con sus piquetes. Por eso se le debe cortar lo más rápido posible y
después correr a sacudirse la ropa. ¡Es tan bello el carnizuelo cuando se mece
con el viento, llevando los nidos de las calandrias y los panales en su vaivén!
En marzo brotan sus flores, de un perfume indescriptible pero capaz de
percibirse a decenas de metros de distancia. En plena sequía las flores se
transforman en delgadas vainas, dulces y aromáticas como las flores. Una golosina
perseguida por todo rapaz audaz y capaz. No cualquiera se atreve con este
árbol. ¿Es todo? No, es un ser casi mágico. Cuando los campesinos han quemado
el monte, y el tronco del carnizuelo se transforma en un renegrido tocón, nunca
debe olvidarse dónde se erigía. Al año siguiente, con las nuevas lluvias, a su
alrededor crecerán unos hongos alucinantes pero por su forma: semejan manos,
dedos crispados brotando de la tierra, cuernos tiernos y aromáticos, carne
morena y casi sagrada por su delicioso sabor. Por eso le llaman carnizuelo:
carne del suelo.
Continuamos
admirando varios árboles más, pero faltaba una sorpresa todavía mayor: recordé
de pronto la existencia de un encierro por allí cerca. Mi padre había cercado
con alambre de púas una vasta porción de monte, para permitir la sobrevivencia
de chachalacas, urracas, pericos, codornices, faisanes y muchos otros tipos de
aves; también para poner a salvo algunos ejemplares de venado, jabalí, zorras,
armadillos e incluso algunos tigrillos y pumas. Ya estábamos cerca y mi amigo
parecía resistir. Un cerro de poca altura nos salió al paso antes de llegar al
lugar, y en una amplia vuelta del camino apareció un ranchito, como si se
tratara de una pintura de Velasco. Eran tres casitas con techo de paja y cercados
de vara. Un hermoso gallo con su cohorte de gallinas picoteaban en el patio, y
detrás de la casa se advertían papayas, guanábanas y cañas secas de maíz. Era
un regalo a la vista. Nos acercamos y saludamos. Se trataba de una tiendita
para los viajeros, pues advertimos la venta de refrescos, cervezas y otros
artículos. Saludamos y pregunté a una risueña señora, acompañada de una hermosa
chiquilla:
−¿Podría prepararnos
algo de comer? Con algunos huevos estrellados y frijolitos estaría bien. Vamos
a escuchar las chachalacas y regresamos.
−Claro,
aquí los espero –dijo la señora.
−¿Tiene
cerveza? –preguntó mi amigo.
−Hay cerveza
–contestó satisfecha la mujer, mientras la jovencita nos miraba con curiosidad.
No preguntamos si estaban frías, pues ni habíamos reparado en la falta de
electricidad en ese lugar idílico.
−Bueno, volvemos en
un rato.
“¿Y de verdad
tienes hambre?”, preguntó mi amigo. Espera, le respondí. Presenciarás algo
jamás visto en tu vida.
Allí es, le
señalé, cuando un suave viento recorría la falda de los cerros cubiertos de
vegetación. Desde la distancia se podían advertir los árboles añosos, cuya
fronda impenetrable permitía adivinar la existencia de otro mundo bajo sus
ramas. Continuamos caminando y por fin llegamos al lugar. Los sonidos eran
impresionantes: el ulular del viento al deslizarse entre las copas; el graznido
de multitud de aves; el monótono chirriar de millares de coleópteros; el sol
mismo parecía hacer crujir con la irradiación de sus rayos las rocas del
camino. ¿Quieres entrar?, pregunté. “Es mejor verlo desde aquí”, comentó
prudentemente. Era verdad: debajo del fulgor de los diferentes tonos de verde
existen múltiples formas de vida, entre las cuales alguna serpiente, ciertos
ácaros e incluso las zarzas bíblicas acechan al caminante desprevenido. Nos
deleitamos con la música y el colorido del monte y después regresamos, no sin
antes conocer y admirar otras plantas y frutos comestibles.
Cuando volvimos
habían colocado en el corredor de tierra apisonada una mesita y dos sillas
plegables de madera. También lo habían barrido y regado. La chica se había
bañado y puesto un vestido, y esto la hacía parecer mayor. Nos recibió con una
hermosa sonrisa. Sus dientes blanquísimos iluminaban literalmente su rostro.
Interrumpió mi admiración por ella la llegada de su padre, un campesino alto,
sonriente y joven aún.
−Miren −dijo−,
toquen la cerveza para saber si está lo suficientemente fría. Como no tengo
luz, he hecho dos hoyos en la tierra donde meto cubetas con agua fresca para
así mantenerlas frías.
Tocamos la
cerveza y comprobamos su frescura. Curioso termostato inventado por este
campesino, pensé. La señora colocó sobre la mesita en primer lugar las
tortillas, enormes y blancas; después varias cazuelitas. La joven la ayudaba
mientras nosotros conversábamos con su padre.
¡Hermoso
lugar!, dije al hombre. ¿Cómo se le ocurrió venir aquí y poner una tienda justo
en el camino? “Ah, viene mucha gente”, respondió sonriente. “Verá usted: en los
meses de enero, febrero y marzo, digo: todo el tiempo, la gente pasa sedienta y
aprovecha para tomar un refresco. En algo me ayuda la venta, no es mucho pero
ahí vamos. Yo vivía hacia allá (señaló en dirección donde termina el encierro),
pero sólo atendía el paso de una ranchería. Ahora aquí atiendo a los viajeros
de las dos más importantes: la Cofradía y El Peñasco. Pero pasen a comer, ya
está servida la comida".
Yo había
imaginado sólo unos huevos cocidos con salsa picante, pero la diligencia de la
señora me anonadó: el plato principal eran unos frijoles “chinos” mezclados con
nopales; en otra cazuelita había una aromática salsa de chile de la región
llamado tuste; en un plato de barro estaban los huevos asados sobre el comal;
en un molcajete pequeño había una salsa elaborada con jitomate silvestre
llamado tomatillo, y en un gran plato extendido estaba el guiso principal: unos
hermosos chapulines asados y sazonados con apenas algunas gotas de limón.
−¡Oh, por Dios!
–dije a mi amigo−, ¡dime si estoy soñando!
Apenas cogió un
pedazo de tortilla y le esparció la salsa del jitomate silvestre, comprendió la
razón de mi pregunta:
−¡Esto es una
delicia! –exclamó−. ¡Cómo es posible un sabor tan rico! Podría comer sólo de
esta salsa.
−Ahora prueba
la del tuste –lo invité−. Pero con cuidado, el chile es muy fuerte.
−¡Pero cómo
huele, dan ganas de devorar su aroma!
Para atenuar el
picor hundimos las cucharas en nuestros respectivos platos de frijoles chinos
con nopales, y saboreamos otra delicia: era un sabor contrastante, entre dulzón
y salado, entre tierno y sápido; estaban condimentados con una hierba conocida
como “de conejo” (“aquí en la lomita hay”, dijo el hombre) y eso le daba ese sabor
indescriptible. De tanto en tanto cogíamos chapulines, pero pronto descubrí una
mejor forma de comerlos: ponía salsa de tomatillo en la tortilla, luego
colocaba chapulines, lo enrollaba y después lo devoraba como un taco, de tanto
en tanto comía a cucharadas mis frijoles. “Nunca había comido mejor en mi
vida”, expresaba mi amigo.
Invitamos al
campesino una cerveza y a las mujeres refrescos, pues no quisieron acompañarnos
a comer. A esto sí aceptaron y por eso conversaban sonrientes con nosotros. Nos
explicaron el “mal agüero” de escuchar al costoche (zorra) por las noches.
“Siempre anuncia algo, tal vez una muerte”, explicaron. “Apenas la semana
pasada se estuvieron arqueando (vomitando) allí en la loma", señaló la
mujer, "donde vamos a pescar chapulines. Algo sucederá”. Nos explicaron
los cambios del paisaje, de la vegetación y de los alimentos en las distintas
épocas del año. “Deberían venir en la época de lluvias”, sugirieron, “probarán
numerosos hongos comestibles”. La muchacha sonreía y mi amigo apuntó: “Si él me
invita por aquí estaremos”. Es simplemente otro mundo, le dije. Imagina ver
desde aquí la danza de la lluvia, no la interpretada por unos bailarines sino
por la propia lluvia: el viento la mueve y de verdad la lluvia danza sobre el
campo cuando cae. Eso podríamos apreciar desde este lugar alto.
La vuelta donde
estábamos semejaba la proa de un barco, pero en lugar de apuntar hacia el mar
se orientaba hacia el azul de las montañas, en la lejanía. Podíamos mirar
algunos puntitos brillantes en la cima de las cordilleras remotas hacia el
oriente: eran los tejados de zinc de las casitas de los xiches, los de San
Vicente, los de Legondoy el Alto y otros pueblitos aparentemente inalcanzables
desde allí; mirábamos la variedad de verdes del encierro, hacia el sur, y la
blancura de la calígena, amontonada hacia el poniente. Nuestras espaldas daban
al norte, por donde venía el camino, y sólo contemplábamos por allí cerros
sobre cerros, amontonados.
Degustábamos
los últimos bocados cuando una aparición surgió por el camino: una hermosa
mujer, como de veinte años, venía montada sobre un mulo y se dirigía
exactamente hacia el lugar donde estábamos. Debe ser la hija mayor de este
hombre, pensé; el diablo quiere también participar de este agasajo, al imaginar
la presencia de esa mujer entre nosotros. La joven montaba con garbo; su larga
cabellera negra caía sobre sus hombros, pues venía sin sombrero ni nada sobre
su cabeza, y parecía concentrada sólo en el camino seguido por su mulo. Por su
posición en la silla dejaba descubiertas unas piernas brillantes, sólidas y
morenas. Quedamos impávidos, mirando con expectación, hasta cuando ella estuvo
a cinco o seis metros y rompió el encanto con su voz.
−Por favor,
eche mi mulo hacia el camino –pidió al dueño de la casa.
−Se quiere
quedar –dijo el hombre,sonriendo−. Ha estado varias veces aquí, por eso lo
hace.
−Sí, por eso
–dijo la joven, moviendo sus piernas para arrear a la bestia.
Suspiramos
aliviados, o frustrados tal vez ante el desencanto de verla partir, y
continuamos charlando y bebiendo más cervezas.
¿Y?, le dije a mi
amigo, ¿te gustó la comida? “Deliciosa, jamás había comido así. Nunca olvidaré
este paseo”, afirmó con un gesto de agradecimiento. Los campesinos sonreían,
les halagaban nuestros comentarios. La mujer dijo: “Verán: les regalaré un poco
de tomatillo. Podrán hacer salsa cuando lo deseen”. No, señora, respondí, no se
moleste, por favor. “A nosotros no nos cuesta nada. Hay mucho tomatillo en el
rastrojo”, insistió. “En cada arrieral (nidos de hormigas) aparecen.
Llévenlos”. Los aceptamos. Pagamos la cuenta, una verdadera bicoca por el
invaluable placer de la comida, la plática y el paisaje, y partimos, no sin
antes despedirnos de cada uno. Cuando uno tiene el estómago lleno, nada como
una caminata para aligerarlo, recordé.
Después de avanzar
un corto trecho, volteé para grabarme mejor el ranchito en mi memoria. La
hermosa chiquilla, de pie junto al camino, nos miraba pensativa. La tarde se
cernía silenciosa.
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