¿Qué hacer para leer? I
NOÉ AGUDO
Todo mundo
coincide al afirmar que la lectura es importante y demuestra interés y respeto
por los libros, pero son muy pocos los que leen. Si hablamos con franqueza, a
la mayoría nos resulta más grato prender la televisión al llegar a casa, dejar
que el sonido y las imágenes nos adormezcan y suspendemos la lectura "para
cuando haya tiempo". Pocos se percatan de cuántas horas pasan frente a la
TV, pero cuando alguien pregunta cuántos libros hemos leído en el último mes,
la mayoría contesta que ninguno o que está leyendo tal título, y nadie sabe si
lo concluirá o no.
Sin embargo, todos sabemos que leer es
una actividad de la gente instruida y culta, y lo valoramos y queremos
pertenecer a ese grupo o que se nos identifique como parte suya. Cuando subo al autobús al salir del
Colegio más de alguno se queda mirando el libro que llevo; por su mirada me doy
cuenta que lo ven como algo normal. "Debe ser profesor", piensan, y
es natural que lea, y también los muchachos, aunque lleven los libros en sus
mochilas. Pero para nada es algo natural. Aunque somos integrantes de una
"comunidad letrada", son raros los profesores y estudiantes que de
verdad leen (digo, además de las lecturas obligatorias que todos debemos hacer
para realizar una tarea o para preparar las clases). Los dedos de mi mano
derecha bastan para contar las veces que alguien me ha comentado alguna lectura
durante los casi cuatro años que trabajo aquí.
Durante más de diez años fui editor de una revista internacional y
comercialmente exitosa. Casi todas las editoriales me enviaban sus novedades
bibliográficas y así formé una pequeña biblioteca. Cuando por fin tuve tiempo
me puse a expurgarla: best
sellers, libros de superación, títulos repetidos, libros totalmente ajenos
a mi interés y mucha basura impresa. ¿Qué hago con todo esto?, pensé. Traté de
intercambiarlos por libros de mi interés, pero nadie respondió. Bueno, revela
que mis conocidos son lectores expertos y que a nadie le interesa esta paja, me
conformé. Intenté donarlos a una biblioteca, los trámites eran tan engorrosos
que parecía que yo los estaba solicitando. Me libré de ellos cuando conocí a un
estudiante fracasado de sociología. Sobrevivía con un pequeño puesto de libros
en calzada de Guadalupe. "Llévatelos", le dije, "a la gente le
gustan los best sellers y cuando menos con sus vistosas
portadas alegrarán tu librería".
Me quedan los títulos repetidos de una
misma editorial. El año pasado hice una lista, la repartí entre mis amigos;
elaboré otra con los libros que no tengo y que me interesa conseguir, por si
querían intercambiarlos. Pero ninguna respuesta. Aún tengo varios y buenos
títulos repetidos.
¿Por qué no leemos? Y no me refiero a
la población mexicana en general, sino a la comunidad que formamos profesores y
estudiantes. ¿Falta de tiempo, de dinero para comprarlos, carencia del hábito
de la lectura, falta de interés, desidia, autosuficiencia? Es una combinación
desafortunada de todos esos factores y varios más. Hace unos días hicimos la
presentación de la más reciente edición de la revista Continuum, y recordábamos que el primer
número lo dedicamos precisamente a analizar este hecho. El problema de la lectura en México, lo
denominamos. Por esos días (febrero de 2007) se habían dado a conocer los
resultados de la Segunda Encuesta Nacional de la Lectura, realizada por la UNAM
y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, para saber cuál era la
situación de la lectura en México: cuánto se lee, qué se lee, quiénes lo hacen,
cómo lo hacen, qué leen, etc., y el resultado general era que el mexicano leía
un promedio de 2.9 libros al año, es decir, menos de tres.
¿Cómo estamos cuatro años después? Sin
duda peor. Ninguna de las medidas que los expertos propusieron ante aquellos
tristes resultados se han aplicado: Fox concluyó su periodo en medio del
escándalo que significó hacer de un noble proyecto (la construcción de la gran
Biblioteca José Vasconcelos) un negocio para vivales; se negó a firmar la Ley
del Libro (aprobada por fin bajo este segundo gobierno panista, sin que hasta
ahora se conozcan los resultados) y con los programas Biblioteca de Aula y
Promoción de la Lectura, relegados o definitivamente abandonados.
¿Qué nos queda por hacer? Todo, sin
duda. En principio hacer de nuestras comunidades verdaderas comunidades
lectoras, que los profesores y alumnos se transformen de verdad en lectores
permanentes y que con su ejemplo contagien a los demás integrantes de su
entorno: familia, parejas, amigos... ¿Cómo lograrlo? Algo que nos dejó claro
aquel primer número de Continuum es
que sólo con el ejemplo se puede contagiar el gusto por la lectura. Ni la
imposición ni los premios ni los castigos funcionan. Formar el hábito lector,
aprender a leer y descubrirlo por fin como un gran placer, es consecuencia del
ejemplo. ¿Cómo pedir que los demás lean si los profesores y los estudiantes,
que estamos obligados a ello, no lo hacemos? Leer es un valor, y un valor se
comunica ejerciéndolo.
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