domingo, 23 de junio de 2013

QUÉ HACER PARA LEER (1)

¿Qué hacer para leer? I

NOÉ AGUDO

Todo mundo coincide al afirmar que la lectura es importante y demuestra interés y respeto por los libros, pero son muy pocos los que leen. Si hablamos con franqueza, a la mayoría nos resulta más grato prender la televisión al llegar a casa, dejar que el sonido y las imágenes nos adormezcan y suspendemos la lectura "para cuando haya tiempo". Pocos se percatan de cuántas horas pasan frente a la TV, pero cuando alguien pregunta cuántos libros hemos leído en el último mes, la mayoría contesta que ninguno o que está leyendo tal título, y nadie sabe si lo concluirá o no.
    Sin embargo, todos sabemos que leer es una actividad de la gente instruida y culta, y lo valoramos y queremos pertenecer a ese grupo o que se nos identifique como parte suya. Cuando subo al autobús al salir del Colegio más de alguno se queda mirando el libro que llevo; por su mirada me doy cuenta que lo ven como algo normal. "Debe ser profesor", piensan, y es natural que lea, y también los muchachos, aunque lleven los libros en sus mochilas. Pero para nada es algo natural. Aunque somos integrantes de una "comunidad letrada", son raros los profesores y estudiantes que de verdad leen (digo, además de las lecturas obligatorias que todos debemos hacer para realizar una tarea o para preparar las clases). Los dedos de mi mano derecha bastan para contar las veces que alguien me ha comentado alguna lectura durante los casi cuatro años que trabajo aquí.
   Durante más de diez años fui editor de una revista internacional y comercialmente exitosa. Casi todas las editoriales me enviaban sus novedades bibliográficas y así formé una pequeña biblioteca. Cuando por fin tuve tiempo me puse a expurgarla: best sellers, libros de superación, títulos repetidos, libros totalmente ajenos a mi interés y mucha basura impresa. ¿Qué hago con todo esto?, pensé. Traté de intercambiarlos por libros de mi interés, pero nadie respondió. Bueno, revela que mis conocidos son lectores expertos y que a nadie le interesa esta paja, me conformé. Intenté donarlos a una biblioteca, los trámites eran tan engorrosos que parecía que yo los estaba solicitando. Me libré de ellos cuando conocí a un estudiante fracasado de sociología. Sobrevivía con un pequeño puesto de libros en calzada de Guadalupe. "Llévatelos", le dije, "a la gente le gustan los best sellers y cuando menos con sus vistosas portadas alegrarán tu librería".
    Me quedan los títulos repetidos de una misma editorial. El año pasado hice una lista, la repartí entre mis amigos; elaboré otra con los libros que no tengo y que me interesa conseguir, por si querían intercambiarlos. Pero ninguna respuesta. Aún tengo varios y buenos títulos repetidos.
    ¿Por qué no leemos? Y no me refiero a la población mexicana en general, sino a la comunidad que formamos profesores y estudiantes. ¿Falta de tiempo, de dinero para comprarlos, carencia del hábito de la lectura, falta de interés, desidia, autosuficiencia? Es una combinación desafortunada de todos esos factores y varios más. Hace unos días hicimos la presentación de la más reciente edición de la revista Continuum, y recordábamos que el primer número lo dedicamos precisamente a analizar este hecho. El problema de la lectura en México, lo denominamos. Por esos días (febrero de 2007) se habían dado a conocer los resultados de la Segunda Encuesta Nacional de la Lectura, realizada por la UNAM y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, para saber cuál era la situación de la lectura en México: cuánto se lee, qué se lee, quiénes lo hacen, cómo lo hacen, qué leen, etc., y el resultado general era que el mexicano leía un promedio de 2.9 libros al año, es decir, menos de tres.
    ¿Cómo estamos cuatro años después? Sin duda peor. Ninguna de las medidas que los expertos propusieron ante aquellos tristes resultados se han aplicado: Fox concluyó su periodo en medio del escándalo que significó hacer de un noble proyecto (la construcción de la gran Biblioteca José Vasconcelos) un negocio para vivales; se negó a firmar la Ley del Libro (aprobada por fin bajo este segundo gobierno panista, sin que hasta ahora se conozcan los resultados) y con los programas Biblioteca de Aula y Promoción de la Lectura, relegados o definitivamente abandonados.

    ¿Qué nos queda por hacer? Todo, sin duda. En principio hacer de nuestras comunidades verdaderas comunidades lectoras, que los profesores y alumnos se transformen de verdad en lectores permanentes y que con su ejemplo contagien a los demás integrantes de su entorno: familia, parejas, amigos... ¿Cómo lograrlo? Algo que nos dejó claro aquel primer número de Continuum es que sólo con el ejemplo se puede contagiar el gusto por la lectura. Ni la imposición ni los premios ni los castigos funcionan. Formar el hábito lector, aprender a leer y descubrirlo por fin como un gran placer, es consecuencia del ejemplo. ¿Cómo pedir que los demás lean si los profesores y los estudiantes, que estamos obligados a ello, no lo hacemos? Leer es un valor, y un valor se comunica ejerciéndolo.   

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