Una gramática para la vida
NOÉ AGUDO
Escribir es un acto de afirmación, no
sólo porque quien escribe puede observar sus manías, sus filias y fobias para
mejor reconocerse, sino porque, como mejor lo expresa Constantino Bértolo: “La
narración es una forma de construcción de la identidad. Lo que llamamos el Yo
es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta
narrativa todavía no publicada.”
Escribir, más allá de la
responsabilidad que uno se obliga ante los lectores, es un acto de suma
responsabilidad para con uno mismo. Saber qué se va a decir en cada texto, cómo
decirlo de manera que no solamente sea claro, legible, sino incluso agradable,
es algo que a veces inmoviliza. Por otra parte, quienquiera que haya escrito
sabe de las numerosas experiencias, lecturas y vivencias que sustentan a veces
unas cuantas líneas. ¿Cómo traer la cita exacta, el ejemplo preciso, la glosa
pertinente?
Mi intuición me dice que no es la
persona que firma la que escribe, sino ese secreto lector que cada uno ha ido
formando mediante sus lecturas. Es él quien verdaderamente “dicta” los textos.
Ese lector interno, en mi caso, me exige concisión, precisión, claridad y
estilo, y está siempre alerta ante cualquier ripio, frase hecha o lugar común
tan socorridos para emborronar cuartillas.
Me admira lo señalado por Adolfo Bioy
Casares cuando explica que una de las etapas más brillantes del periodismo
inglés ─el que se practicó en The Tatler, The Spectator y The
Rambler─ fue extraordinaria
porque “nadie niega su eficacia en la reforma de las costumbres”. ¡El
periodismo como modelador del ethos! No cualquier periodismo, es cierto, sino
el de escritores como Joseph Addison, Richard Steele y Jonathan Swift, quienes
aplicaron un estilo llano, formal y a la vez majestuoso a sus escritos. Pero,
¡gran sorpresa!, nunca firmaron sus artículos y ensayos con sus nombres sino
con seudónimos. Los mejores textos del periodismo inglés se escribieron bajo
seudónimos, y esto no por buscar la cómoda impunidad del anonimato, sino porque
así podían decir todo, sin preocuparse por guardar el decoro o la buena fama
del autor. Es decir, para permitirle la más cabal libertad de expresión a ese
lector interno que dicta nuestros textos. (Véase el Estudio Preliminar de
Adolfo Bioy Casares a Ensayistas
ingleses, México, 1992. Dirección General de Publicaciones del Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes.)
Reconozco así la importancia de la
lectura en la conformación de su otra cara: la escritura. Sin lecturas ese
lector interno no podrá dictar nada sino apenas balbucear unos cuantos
enunciados; no advertirá ningún ripio sino que se contentará con evitar los
errores ortográficos; considerará la puntuación una cuestión de estilo, así que
será válido salpicar comas aquí y allá porque “ése es mi estilo”. En fin, será
un lector inane, perezoso, conformista, cuyo deseo por leer un texto
transparente le parecerá una tarea de exquisitos o sólo de quienes se ocupan
del lenguaje.
Estas cuestiones son las que guían
casi siempre la elaboración de mis textos, además de reconocer que la escritura
es un proceso nunca acabado. “Lo diabólico de la prosa”, decía Flaubert, “es
que nunca queda terminada”. Y, aun reconociendo que no me propongo modificar las
costumbres, como lo hizo esa pléyade de brillantes ensayistas ingleses, sí me
exigiré siempre lo mejor cada vez que inicie la redacción de una página. En
medio del caos, de la mediocridad e ineptitud a los que la mayoría se resigna
por miedo a perder su comodidad o sus privilegios, los que pensamos que sí es
posible cambiar debemos hacer de cada uno de nuestros escritos un acto
impecable, porque allí se inicia todo verdadero cambio. Porque escribir es
parte de nuestra vida, es la vida misma.
George Steiner ─gramático, traductor, ensayista,
hermeneuta y filósofo del lenguaje─ lo
ha dicho con pasmosa claridad cuando sostiene que “el poder fundador del
lenguaje para conceptualizar el mundo ha sido crucial en la sobrevivencia del
hombre… Es la capacidad milagrosa de las gramáticas para generar
contraejemplos, proposiciones condicionales y, sobre todo, conjugaciones del
futuro, lo que ha permitido a nuestra especie la esperanza, el ir mucho más
allá de la extinción del individuo”. (Después de Babel. Aspectos del
lenguaje y la traducción.
México, 2001, FCE.)
Por eso, porque escribir es la vida,
tratemos siempre de ser impecables. Y ahora, me voy a alimentar a mi lector
interno.
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