domingo, 23 de junio de 2013

Artículo: Una gramática para la vida

Una gramática para la vida

NOÉ AGUDO

Escribir es un acto de afirmación, no sólo porque quien escribe puede observar sus manías, sus filias y fobias para mejor reconocerse, sino porque, como mejor lo expresa Constantino Bértolo: “La narración es una forma de construcción de la identidad. Lo que llamamos el Yo es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta narrativa todavía no publicada.”
    Escribir, más allá de la responsabilidad que uno se obliga ante los lectores, es un acto de suma responsabilidad para con uno mismo. Saber qué se va a decir en cada texto, cómo decirlo de manera que no solamente sea claro, legible, sino incluso agradable, es algo que a veces inmoviliza. Por otra parte, quienquiera que haya escrito sabe de las numerosas experiencias, lecturas y vivencias que sustentan a veces unas cuantas líneas. ¿Cómo traer la cita exacta, el ejemplo preciso, la glosa pertinente?
    Mi intuición me dice que no es la persona que firma la que escribe, sino ese secreto lector que cada uno ha ido formando mediante sus lecturas. Es él quien verdaderamente “dicta” los textos. Ese lector interno, en mi caso, me exige concisión, precisión, claridad y estilo, y está siempre alerta ante cualquier ripio, frase hecha o lugar común tan socorridos para emborronar cuartillas.
    Me admira lo señalado por Adolfo Bioy Casares cuando explica que una de las etapas más brillantes del periodismo inglés ─el que se practicó en The Tatler, The Spectator y The Rambler fue extraordinaria porque “nadie niega su eficacia en la reforma de las costumbres”. ¡El periodismo como modelador del ethos! No cualquier periodismo, es cierto, sino el de escritores como Joseph Addison, Richard Steele y Jonathan Swift, quienes aplicaron un estilo llano, formal y a la vez majestuoso a sus escritos. Pero, ¡gran sorpresa!, nunca firmaron sus artículos y ensayos con sus nombres sino con seudónimos. Los mejores textos del periodismo inglés se escribieron bajo seudónimos, y esto no por buscar la cómoda impunidad del anonimato, sino porque así podían decir todo, sin preocuparse por guardar el decoro o la buena fama del autor. Es decir, para permitirle la más cabal libertad de expresión a ese lector interno que dicta nuestros textos. (Véase el Estudio Preliminar de Adolfo Bioy Casares a Ensayistas ingleses, México, 1992. Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.)
    Reconozco así la importancia de la lectura en la conformación de su otra cara: la escritura. Sin lecturas ese lector interno no podrá dictar nada sino apenas balbucear unos cuantos enunciados; no advertirá ningún ripio sino que se contentará con evitar los errores ortográficos; considerará la puntuación una cuestión de estilo, así que será válido salpicar comas aquí y allá porque “ése es mi estilo”. En fin, será un lector inane, perezoso, conformista, cuyo deseo por leer un texto transparente le parecerá una tarea de exquisitos o sólo de quienes se ocupan del lenguaje.
    Estas cuestiones son las que guían casi siempre la elaboración de mis textos, además de reconocer que la escritura es un proceso nunca acabado. “Lo diabólico de la prosa”, decía Flaubert, “es que nunca queda terminada”. Y, aun reconociendo que no me propongo modificar las costumbres, como lo hizo esa pléyade de brillantes ensayistas ingleses, sí me exigiré siempre lo mejor cada vez que inicie la redacción de una página. En medio del caos, de la mediocridad e ineptitud a los que la mayoría se resigna por miedo a perder su comodidad o sus privilegios, los que pensamos que sí es posible cambiar debemos hacer de cada uno de nuestros escritos un acto impecable, porque allí se inicia todo verdadero cambio. Porque escribir es parte de nuestra vida, es la vida misma.
    George Steiner ─gramático, traductor, ensayista, hermeneuta y filósofo del lenguaje─ lo ha dicho con pasmosa claridad cuando sostiene que “el poder fundador del lenguaje para conceptualizar el mundo ha sido crucial en la sobrevivencia del hombre… Es la capacidad milagrosa de las gramáticas para generar contraejemplos, proposiciones condicionales y, sobre todo, conjugaciones del futuro, lo que ha permitido a nuestra especie la esperanza, el ir mucho más allá de la extinción del individuo”. (Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción. México, 2001, FCE.)  
    Por eso, porque escribir es la vida, tratemos siempre de ser impecables. Y ahora, me voy a  alimentar a mi lector interno.  

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