24 horas en la vida de un activista
Vivan su vida con intensidad,
recomiendo a mis alumnos. Esto no significa excederse ni exponerse a riesgos
innecesarios: sólo hacer bien lo que nos corresponde en cada momento, de
acuerdo a nuestras circunstancias y nuestras ideas. Hacer bien lo que debemos
hacer, esto es ser intenso. En mi caso pienso que lo que aquí narro fue lo que
debía hacer: solo, rebelde, cerrados los caminos de participación política y
enterado cada día de cómo eran sacrificados mis compañeros mayores, lo que
menos me interesaba en esos años era continuar estudiando. Sólo esperaba el
momento de enrolarme en uno de esos grupos que libraba sus últimas batallas
resistiendo el acoso parapolicial del gobierno. Por suerte esto nunca sucedió y
por eso aún puedo contarlo.
NOÉ AGUDO
Ese día me levanté más temprano que
de costumbre. Habíamos quedado de vernos en una esquina de las calles de
Liverpool y Ámsterdam, a las seis y treinta de la mañana. No conocía al hombre
con el que me encontraría, sólo sabía que era un trabajador y que llevaría un
suéter tejido, blanco, de Chinconcuac, así que no debía llegar tarde. Podía
ponerse nervioso e irse. El día anterior los camaradas me habían entregado los
volantes que debíamos repartir en las dos esquinas de la cuadra donde se
ubicaba Contelmex, una empresa filial de Teléfonos de México, cuyos
trabajadores luchaban por liberarse del control sindical de Salustio Salgado
Guzmán, el dirigente “charro” de Teléfonos por aquellos años. El trabajador que
me acompañaría había sido despedido unos días antes, pero se mantenía en la
lucha a pesar del riesgo que implicaba ser visto por los gerentes de la
empresa. Por eso debíamos llegar puntuales, repartir en diez o quince minutos
los volantes y luego esfumarnos.
Me aseé un poco, me guardé un sobre
con una carta de mi padre que hallé bajo la puerta, me puse una chamarra de
pana, cogí el paquete de volantes y una carpeta con algunos escritos para la
revista que hacíamos en la escuela y salí. En el Metro rompí el sobre para leer
la carta y vi que traía también el talón de un giro postal por ciento cincuenta
pesos. Sonreí y agradecí en silencio a mi padre este envío. En ese tiempo vivía
con unos tíos lejanos, pero a nadie le importaba lo que hacía; mis tíos eran
tan lejanos que para ellos yo sólo era un inquilino olvidado.
Aún había una tenue oscuridad cuando
llegué, pero nos identificamos de inmediato. Nos dividimos los volantes y
caminamos hacia la empresa, donde cada uno se apostó en una esquina. Los
obreros empezaban a llegar. Algunos cogían los volantes y se iban desconfiados,
mirándome de reojo; otros hacían un ademán de rechazo y caminaban más aprisa
sin tomar el papel; sólo me reconfortaba el guiño cómplice con que la mayoría
recibía la hoja, la doblaba y la guardaba cuidadosamente, dándome las gracias.
No llevaba ni diez minutos repartiendo las hojas cuando llegaron tres policías;
me prendieron del cuello y del cinturón y me empujaron hacia la otra calle.
Alcancé a ver cómo detenían también a mi compañero en la otra esquina y lo
llevaban en la misma dirección. En esa calle nos esperaban dos patrullas; en
una de ellas nos quitaron lo que traíamos, nos subieron al vehículo, cerraron
las puertas y nos llevaron.
─¡Este cabrón está grueso! ─dijo el policía que revisaba las
hojas de la carpeta─, es un guerrillero.
─¡Mira la foto del señor presidente y
lo que escriben de él!─dijo otro, que se escandalizaba ante la hoja donde el
Buitre, un compañero de lucha, había escrito un artículo repleto de dicterios
contra Luis Echeverría y aun había pegado su foto. Recordé que lo calificaba
como “represor”, “fascista”, “sanguinario”, “brutal” y todos los epítetos que
se le pudieran ocurrir a un mozalbete de dieciséis años. Era un artículo para El Nieto del Ahuizote, un periodiquito que hacíamos en el CCH
por aquellos días y que nos había hecho vivir diversas aventuras. “¡Cómo se me
ocurrió traerlos!”, me lamentaba.
─Y mira: todavía su jefe le manda un
giro. ¿Por qué no te dedicas a estudiar, como dice aquí tu jefe, y te dejas de
andar de alborotador? ─me
reprochaba con un tono admonitorio el policía que había abierto y revisaba mi
carta─. Ustedes no entienden por las buenas, se merecen una buena madriza. ¿Y
tú, qué?
─Yo soy trabajador, señor ─respondía mi camarada, al que hasta
esa hora podía ver bien. Era como de unos veinticinco años, delgado, de pelo
ensortijado. Se parecía al compañero de Starsky, personaje de una serie
televisiva popular en aquellos días.
─Entonces, ¿por qué andabas
volanteando? ¿No deberías estar trabajando? ¿Por qué te juntas con estos
pinches estudiantes?
─Son lo mismo, nomás que se hacen
güeyes. Los dos van para Tlaxcoaque ─concluyó
el policía gordinflón, que había abierto mi carta.
A esa hora de la mañana una noticia
recorría los recintos policíacos, como éste, al que nos habían llevado por el
rumbo de Tlatelolco. Pronto nos enteraríamos. Un oficial que hablaba por
teléfono nos miraba desde su escritorio a través del cristal; cuando colgó, se
puso de pie, salió apresuradamente y dijo con gesto imperativo:
─Tómenles otra vez sus datos, guarden
con cuidado todo lo que traen y llévenselos a Tlaxcoaque. Tú, pasa por el
reporte que voy a hacer.
* * *
Era el miércoles once de agosto de
1976. Aún presidente, a Luis Echeverría el poder se le diluía en las manos.
José López Portillo, sin prácticamente ningún opositor (casi nadie creía en las
elecciones en aquellos años), había sido declarado presidente electo y desde
esos días enfrentaba el reclamo que empresarios, grandes propietarios de
tierras y grupos de poder le hacían, disgustados por las últimas acciones y
sucesos ocurridos bajo el mandato de Echeverría. Una de ellas era la
expropiación de terrenos en el Valle del Yaqui. También la muerte de un
poderoso empresario regiomontano, que se produjo cuando la guerrilla intentó
secuestrarlo.
Esta misma guerrilla quiso secuestrar
a Margarita López Portillo, la hermana del presidente electo, una hora antes de
nuestro interrogatorio; el hecho coincidió así con nuestra detención. Por eso
la insistencia y premura de los policías por llevarnos a Tlaxcoaque, el nido de
la siniestramente célebre DIPD (Dirección de Investigaciones para la Prevención
de la Delincuencia), que era la policía política del gobierno.
Había agitación en la zona.
Congestionada la avenida San Juan de Letrán, la patrulla avanzaba lentamente,
mientras decenas de mensajes radiales mantenían ocupados a los policías. Por
eso pudimos platicar brevemente mi camarada y yo. Acordamos declarar la verdad
y no contradecirnos nunca. Analizamos nuestra situación y concluimos que no era
grave. Yo era un estudiante que cursaba los últimos semestres del bachillerato,
los obreros me habían pedido apoyo para volantear y por la tarde asistiría a
mis clases. Él era un trabajador despedido que luchaba por cambiar su
representación sindical, porque así tal vez podría ser reinstalado. Si nos
pedían la dirección de nuestros domicilios, la daríamos; nuestros nombres
reales, los daríamos; no teníamos nada qué ocultar. Bueno, quedaban esos
artículos que empleaban ese lenguaje tan visceral. “¿Por qué los traje, cómo se
me ocurrió?”, pensaba.
Los policías nos bajaron y nos
sujetaron del cinturón. Los de la otra patrulla se acercaron y todos nos
escoltaron para subir dos pisos, después de pasar rejas y puertas vigiladas por
hombres armados. Uno de los oficiales se dirigió a un despacho, donde entregó
el reporte y una bolsa de plástico con todo lo que nos habían quitado. El
hombre que lo atendía se inclinó para firmar algo y luego entregó el papel al
policía, haciendo el ademán de que nos dejara detrás de la rejilla.
Aquí ya no había uniformados sino
agentes policiacos. Algunos vestidos con trajes, para cubrir con el saco las
pistolas que colgaban bajo sus brazos. Panzones, mal encarados, algunos con
chamarras de piel, se acercaban burlones y nos preguntaban: “¿Y a ustedes por
qué los trajeron, eh?” “Por repartir volantes” contestábamos. “¡Ahhh! Ahorita
salen, ¿eh? Ahorita los dejamos ir. Espérense tantito. Ahorita los dejamos ir,
¿eh?”, nos decían y se iban riendo.
Así estuvimos un largo rato, con
hambre y sed (yo había salido en ayunas). De pronto vimos entrar a cuatro
muchachos; conocía de vista a la única mujer que venía con ellos y a uno de sus
compañeros, un flaco. Eran del GIR (Grupo de Izquierda Revolucionaria) de la
Facultad de Economía. Me acerqué a ellos y les pregunté por qué los habían
detenido. Al principio desconfiaron, pero cuando les dije que era del CCH
Vallejo y que conocía al Varas, uno de sus dirigentes, confiaron en mí. Dijeron
que los habían detenido por robar algunas cosas en un supermercado y no por
cuestiones políticas. Les expliqué rápidamente nuestra situación y les pedí que
avisaran a los activistas del plantel Vallejo, si salían antes. Prometieron
hacerlo. “¿Cómo conociste al Varas?”, me preguntaron. “Fue en la huelga de la
Unison”, les respondí. “Si quieren pregúntenle por mí, soy uno de los Nietos”
(nos decían así por nuestro periódico, El
Nieto del Ahuizote). No pudimos hablar más porque pronto se los llevaron.
En cuanto a nosotros, seguimos allí sin comer ni beber nada, parecía que nos
habían olvidado.
Los agentes iban y venían. De tanto en
tanto alguien se acercaba con una carpeta y nos preguntaba siempre lo mismo:
¿cómo te llamas, dónde vives, a qué te dedicas, cuántos años tienes, qué hacían
cuando los detuvieron, por qué?, etcétera. Serían ya como las nueve de la noche
cuando tres de ellos nos ordenaron que los siguiéramos a un cuarto. Allí
había unas sillas en las que nos sentaron para amarrarnos las manos por detrás
y luego nos vendaron.
─Van a bajar unas escaleras ─dijo alguien─, caminen flojito para
que no se den un madrazo, aquí los vamos cuidando.
─Suavecito, suavecito, como si
llevaran a su abuelita ─se
burlaba otro. Así descendimos las escaleras, atravesamos pasillos y después percibí
que estábamos en el estacionamiento.
─Van a subir a un coche. A ver, sube
tú primero ─me dijo el que oprimía mi brazo. Subí y cuando me quise sentar
gritó:
─¡No, no, en el piso, cabrón!, para
que te vayas acostumbrando. Porque de aquí en adelante la van a pasar muy
bonito.
Así que me acuclillé como pude en el
pequeño espacio, y después que metieron a mi camarada en la parte posterior, el
agente subió, puso sus pies sobre mi cuerpo y cerró la puerta. Me oprimía
fuertemente mientras avanzábamos.
*
* *
Por esos días el gobierno de Luis
Echeverría se había propuesto exterminar a la guerrilla urbana, especialmente a
la Liga Comunista 23 de Septiembre, la misma que había intentado secuestrar por
la mañana a la hermana de López Portillo. Por eso ya operaba con inmunidad la
famosa Brigada Blanca, coordinada por la Dirección Federal de Seguridad.
Seguramente eran algunos integrantes de esta Brigada quienes nos llevaban, e
imaginé lo peor. "Si nos llevan atados y vendados es porque nos van a dar carreterazo", pensé. Así
se conocía entre los activistas al asesinato que realizaban en algún paraje
solitario de cualquier carretera, o al hecho de arrojar los cadáveres allí,
cuando sucumbían durante la tortura.
El cuerpo se me entumecía pero permanecía
atento para cuando se dejaran de escuchar los motores. Ésta sería la señal de
que ya estábamos en el paraje elegido en la carretera, y entonces habría que
estar preparado para cualquier cosa. Sin embargo, el ruido de los motores
persistía sobre el camino que seguíamos. El descenso de algún puente, ciertos
altos, una curva y el sentido de orientación agudizado por la zozobra y la
expectación me hicieron darme cuenta de que avanzábamos por el Periférico. Pude
adivinar el suave descenso al pasar frente al edificio de la Defensa Nacional,
la curva antes de cruzar frente al Deportivo Israelita y luego la cerradísima
vuelta que se debía tomar para retornar y ascender el puente del cine
Hollywood; de ahí se seguía un corto sendero para llegar a la Puerta Ocho del
Campo Militar Número Uno (este camino lo conocía de memoria, pues había cursado
cuatro años de la primaria en una escuela dentro del Campo Militar). Allí nos
llevaban. Así que pude percibir muy claramente cuando cruzamos sin ningún
trámite la Puerta Ocho (tal vez bastó una identificación, pues la Brigada
Blanca incluía fuerzas militares) y cuando el coche se estacionó junto al
cuartel de la Policía Militar, a unos pasos de esa puerta.
─Van a descender ─dijo el hombre que
venía detrás─. Avívense, porque aquí no les van a hacer caricias.
Mi cuerpo entumecido no me permitía
moverme, así que salí del auto casi a rastras.
─¡Párese! ¡De pie! ─dijo un militar,
mientras me daba un culatazo con su rifle. Pude saber que era un militar por el
sonido metálico que hacían sus botas al caminar.
─Espera, cálmate ─intervino otra voz
que sonaba apacible, tranquila, al tiempo que me ayudaba a levantarme y
caminar─. Van a bajar unas escaleras, son cortas, no den pasos largos.
Descendimos hacia un lugar que olía a
humedad, donde incluso se escuchaba una fuente, pero era raro que hubiera algo
así en un sótano. Yo estaba seguro que habíamos bajado al sótano de la Policía
Militar, porque el cuartel estaba a mano izquierda, entrando por la Puerta
Ocho. El de la voz tranquila dijo que podíamos sentarnos en el piso. Después
nos separaron. Vino un hombre, luego otro, otro y otro y todos nos hacían las
mismas preguntas. Siempre contestaba lo mismo, pues eso habíamos acordado, y
sabía que lo mejor era no contradecirnos. Perdí la cuenta de las veces que me
interrogaron y no sabía la hora. Sólo tenía sed, mucha sed y después un gran
calor, como si el agua que escuchaba estuviera hirviendo. Tenía el cuerpo
enfebrecido y a ratos me quedaba dormido o me desvanecía. Después de un largo
rato comencé a escuchar gritos de dolor, alaridos, lamentos y luego sollozos y
quejidos. Sentía la boca seca y a
ratos dormitaba, pero despertaba al escuchar otra vez los gritos que provenían
del fondo: ¡Ayy, ya no, ya no!
¡Ya déjenme, por favor! ¡Yo no sé nada, no sé, nooo! Cuando los gritos se aplacaban se oían
risas, voces que decían: Bájalo…,
trae al otro…, éste todavía aguanta…Y luego más quejidos, sollozos y ruidos
de quien aspira con desesperación, como si saliera de una profunda inmersión.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. De
tanto en tanto preguntaba a mi camarada: ¿Estás
ahí? ¿Sigues ahí?
─Aquí estoy, aquí estoy
─contestaba mi amigo, ambos continuábamos atados y vendados.
Me preguntaba si pronto seríamos
nosotros los que pasarían a ser torturados. De pronto una voz nueva nos dijo:
“De pie, nos vamos. Van a subir las escaleras”. Obedecimos y nos dejamos
conducir mansamente. No sabíamos a dónde nos llevaban pero todo era mejor a
permanecer allí, así que subimos poco a poco y, cuando sentimos el aire fresco
de la superficie, la misma voz nos advirtió: “Van a entrar de nuevo a un
coche”.
Ahora ya no nos tiraron al piso sino
que nos permitieron sentarnos en el asiento posterior. Además, nos dejaron ir
juntos. Nuevamente el rumor de motores y el ruido de cláxones nos indicaban que
estábamos en las calles de la ciudad. Entonces una voz conciliadora se acercó
de la parte delantera del auto y nos preguntó: “¿Pues, qué andaban haciendo?
¿Por qué los llevaron allá?” Mientras mi camarada le contestaba, el de la voz
desató el vendaje de mis ojos y me dejó ver, sin más. Estábamos otra vez en San
Juan de Letrán. Amanecía.
*
* *
─No se junten con esos pinches
estudiantes, son muy revoltosos. Los meten en broncas que ni siquiera tienen
que ver con ustedes.
Cuando mi compañero le explicaba que
sólo quería democratizar su sindicato, el de la voz le recomendaba, haciendo
una impostación para sonar paternal.
─Pero, por eso, mi cuate: no te digo
que no lo debas hacer. Pero para eso hay autoridades, para eso hay leyes. Ya
ven, ya les iba a tocar, ¡por poquito, por un pelito!
─¿Qué nos iba a pasar? ─me atreví a
preguntar.
─¿Para qué te platico? ─dijo el
individuo─, lo importante es que ya están afuera.
─¿Nos van a soltar?
─No, no he dicho eso. Pero ya están
afuera.
Nos habían
regresado a Tlaxcoaque, estábamos otra vez en las oficinas de la DIPD.
─Éstos no pueden estar en el Número
Uno ─dijo uno de los hombres que nos llevaba.
─Pues el capitán Islas ordenó que los
llevaran allá.
─Pues no reúnen
los méritos, ya tenemos a los que se quería ─respondió cortante el que nos
aconsejaba hacía un rato─. Ahí se los dejo.
─¡Llévenselos a
las galeras! ─exclamó irritado el hombre de Tlaxcoaque.
─Vamos ─nos indicó
un agente, y descendimos otra vez a los sótanos. La galera donde nos metieron
estaba repleta de detenidos. Algunos con el torso descubierto, otros
semidesnudos, el pecho y los brazos cubiertos de tatuajes, con los rostros
hinchados y con moretones o costras de sangre en los cabellos y cuello. Uno de
ellos, al vernos entrar, se acercó y me dijo:
─Me gusta tu chamarra.
─Ahí la tienes ─le respondí,
quitándomela. No quería ni me sentía con fuerzas para pelear.
Buscamos unas planchas de cemento
desocupadas para recostarnos. Como a la una de la tarde un guardia gritó
nuestros nombres desde la puerta. “Van a salir”, nos dijo, “¿y tu chamarra?”
─Me la quitaron ─le respondí.
─Pues ve por ella ─me gritó─, luego
dicen que nosotros los robamos.
Quien
me quitó la chamarra la tenía como almohada, parecía dormir. De un tirón la
zafé y corrí hacia la puerta que, por suerte, el guardia mantenía abierta.
Salimos a la calle, disfrutando otra
vez la libertad. Tal vez nos seguirían, para corroborar que todo lo que les
dijimos en los interrogatorios era verdad; tal vez nos estaban dejando libres,
para ver adónde los llevábamos. Tal vez nos dejaban libres de verdad, porque se
dieron cuenta que nada ocultábamos. Tal vez nos soltaron porque ya habían
aprehendido a unos y matado a otros de los que intentaron el secuestro el día
anterior.
“Vamos
a comer algo”, dijo mi camarada, de quien hasta ese momento desconocía casi todo.
“¿Tienes, te alcanza?”, le pregunté.
─Sí ─dijo─, traigo aún lo del desayuno
que te debía haber invitado desde ayer.
Mi carta, el talón del giro y los
artículos para El Nieto nunca me los devolvieron.
EPÍLOGO
Fui al Colegio esa misma tarde. Había
un gran revuelo: los del GIR cumplieron su palabra y avisaron a los camaradas
del plantel. El secretario académico del CCH Vallejo, profesor Jorge González
Teyssier, había solicitado al Jurídico de la UNAM que interviniera para saber
nuestro paradero. Los compañeros activistas se habían organizado y tenían
programado realizar un mitin en las oficinas de la Dirección General de Policía
y Tránsito, para exigir que nos soltaran. Pero lo que más me impactó esa tarde
fueron las palabras de Rubén Carlos Heredia, un compañero un poco mayor, que me
llevó aparte en cuanto pudo y me dijo:
“Ya no puedes andar en éstas. La
próxima vez ya no te sueltan. Recuerda que estás yendo a firmar tu libertad
condicional cada mes a Lecumberri. Te tienen echado el ojo y ya no te dejarán.
Piénsalo: o pasas a la clandestinidad o mejor cálmate. No vayas al matadero y
no lleves a otros. Piénsalo y actúa rápido, lo que tú decidas, yo te apoyaré”.
Tenía razón. Ese fin de año reuní un
paquete de libros y me fui a mi pueblo. Le encargué a un amigo que me
inscribiera en la carrera que él considerara mejor para mí, por si regresaba.
En mi pueblo me iba a leer al campo. Subía a la rama más alta de un árbol y
allí me sentaba a leer. Sólo me interrumpía de vez en cuando el ruido que hacían
las ardillas o algún tejón. Aquieté mis ideas, sopesé mi futuro y regresé.
─Te inscribí en Periodismo ─dijo
Ernesto, sonriente, cuando me vio.
─Bien hecho ─le respondí, dándole un
fuerte abrazo─. Iniciaré un nuevo camino.
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