Escribir, un arte y un oficio
NOÉ AGUDO
No nos
compliquemos: escribir es como tocar la guitarra, pintar un cuadro o resolver
una ecuación. A muchos se les da y a otros simplemente no, lo mismo que la
pintura y las matemáticas. Todos podemos pintar un cuadro, más todavía si nos
proponemos aprender los rudimentos de la pintura, pero pocos podrían crear un
Tamayo o un Picasso; todos podemos resolver ecuaciones y pasar incluso con
buenas calificaciones las asignaturas de matemáticas, pero pocos pueden
disfrutar, crear e inventar con ellas.
Escribir novelas, cuentos y poemas es una cualidad que podemos considerar como
especial de cada persona, y no debemos angustiarnos porque no todos lo hacemos,
al igual que no nos preocupamos si no sabemos edificar bellas construcciones o
componer una excelente partitura.
El
problema de la escritura es que está presente en todo: en la ciencia, en la
técnica, en las matemáticas y en los distintos tipos de artes y en las
actividades cotidianas. Es el medio de comunicación por excelencia. La
escritura no sólo es un arte sino que es una necesidad vital en casi todas las
actividades humanas. Más aún: sin ella no se podrían desarrollar las demás
habilidades. La escritura es el principal medio para interactuar con nuestros
congéneres. De ahí su importancia.
* * *
Pero si no todos
podemos desarrollar el arte de la escritura, porque es una cualidad, don,
atributo, que depende del factor específicamente humano por el cual unos son
excelentes biólogos, otros actuarios, abogados o arquitectos, la escritura como
habilidad, como forma de comunicación sí es posible de
aprender.
Sin
aspirar a hacer de cada ejercicio de escritura una obra de arte, todos podemos
y debemos comunicarnos por escrito eficientemente. Gustave Flaubert lo expresó
con precisión cuando dijo: "El genio lo da Dios, pero el talento es cosa
nuestra; con una inteligencia recta, amor a lo que se hace y una paciencia sin
desfallecimientos, se llega a tenerlo." En pocas palabras, ningún
doctorado en letras podrá hacer un escritor a quien no posee esa cualidad
("Lo que natura no da, Salamanca
non presta"), pero sí la capacitará y la hará una persona apta para
poder comunicarse eficazmente por escrito. Bueno, al menos eso se espera.
* * *
¿Qué es
comunicarse eficazmente? Aunque parezca una obviedad, esto depende del lugar,
de las circunstancias y del propósito que se persiga al comunicar algo. Aunque
resulte hilarante ver escrito: "Cuidado perro muy cabrón", o
"Perros bravos y venenosos", o "Esta casa no se renta ni se
vende. Informes al teléfono...", etc., no hay duda de que estos mensajes
cumplen su propósito en el lugar y para quienes fueron escritos. El problema es
verlo en otras circunstancias. Una institución educativa que anuncie
"Ingreso a Prepa o CCH en un sólo examen", seguramente ahuyentará a
su posible clientela. O un aspirante a doctor en derecho que escriba: "A
estas alturas cuando estoy por terminar un largo proceso de preparación y en la
cual he puesto en alto el nombre de nuestra institución a nivel
internacional", etc., los problemas de puntuación, concordancia y
cabalidad que su enunciado presenta, relacionan su texto con un mal estudiante
de secundaria más que con un aspirante a doctor.
Una
estudiosa como Anne Marie Chartier anota que la real dimensión de no saber leer
y escribir se hizo evidente durante la segunda guerra mundial, cuando
esforzados y valientes oficiales se mostraban incapaces de interpretar y enviar
mensajes por escrito, con lo que provocaban confusión, que motivaba errores,
que significaban muertes (véase Anne-Marie Chartier, Enseñar a leer y escribir. Una
aproximación histórica. México, FCE, 2004).
En
el caso de una institución educativa, pienso que los escritos de sus miembros
no sólo deben de ser legibles sino que deben ser claros, precisos e incluso
agradables de leer. ¿Por qué tienen que ser enredados, tortuosos, llenos de
marcas que los estigmatizan como surgidos de una comunidad semiletrada, donde
se dice o se habla así? ¿Por qué exhibirse como hablante de una jerga?
Cualquier lengua que se hable mal, o que se adapte a un grupo particular de
hablantes, se vuelve una jerga, y esto no es lo mismo que usar un lenguaje
especializado, académico, que es en todo caso lo que debería identificar a una
institución educativa.
* * *
Un texto mal escrito
es un texto falso. Quien lo escribió no tenía nada que decir porque ninguna
idea, si la hay realmente, se puede expresar de manera incorrecta. Lo más
probable es que la palabrería vana esconda embustes, generalidades, lugares
comunes o una relación tartamudeante de ideas ajenas. Decir lugares comunes,
emplear estereotipos, recurrir a frases hechas no nos plantea un problema de
estilo, sino a un dilema ético. Este texto es mentiroso, me alertan las
transgresiones gramaticales.
¿Cuáles
son esas transgresiones? En el ámbito académico principalmente la puntuación,
la sintaxis, las concordancias fallidas, el lenguaje estereotipado e impreciso
y en una menor medida la acentuación y la ortografía (esta última atendible
ahora con un simple programa de cómputo). También caen dentro de las
transgresiones la pobreza de vocabulario, porque nos conducen a una falta de
precisión y a la repetición de términos, signo de mal gusto e ignorancia. La
falta de atención a estos aspectos deriva de un malentendido: no nos preocupamos
por resolver los problemas gramaticales en su conjunto y nos centramos, si bien
nos va, sólo en la ortografía. Escribir bien se reduce a no cometer faltas
ortográficas. Es bueno saber que amor se escribe sin h, pero ¿cómo enseñar a
escribir una definición del amor?
* * *
¿De dónde
provienen nuestras fallas? Observo en los escritos de mis alumnos que no es
tanto por el desconocimiento de las normas sino por la falta de atención lo que
los vuelve fallidos. Somos descuidados, carentes de rigor, sin sentido
autocrítico e improvisados. Cualquier alumno sabe que una forma de aprender a
escribir sin faltas gramaticales dependerá de aprender a leer. ¿Leemos lo que
escribimos? ¿Cómo detectamos nuestras fallas? ¿Empleamos el borrador como punto
de partida? ¿Dejamos reposar nuestro texto y le damos una segunda, una tercera
y aun una cuarta lectura? Estoy seguro que no. Cansado de marcar una y otra vez
las faltas gramaticales de mis alumnos, sin que las consideren en sus trabajos
posteriores, ahora les exijo que ellos mismos las corrijan y esto representa el
cincuenta por ciento de su calificación. Aprenden a escribir haciendo el oficio
de correctores, inculcándoles la actitud crítica ante todo texto, inclusive
ante la solemne página impresa.
* * *
No sé si
deprimirme o enojarme cuando un profesor o estudiante me dicen a manera de
cumplido que leo mucho. En primer lugar no lo hago, no dispongo del bendito
tiempo que anhelo para sumergirme en la lectura. En segundo, lo poco que puedo
hacer es parte de mi trabajo. ¿Pues en qué trabajas o qué haces?, pregunto al
profesor o estudiante cuando me dicen que no leen. Es nuestro trabajo, nuestro
quehacer cotidiano, a menos que seamos taxistas que sólo pueden hojear el
periódico en los semáforos o barrenderos o pilotos que se dedican a otro
oficio.
Siempre el camino más sencillo para aprender a escribir es leer, leer y leer.
De manera imperceptible, las claves de la escritura se van impregnando en el
lector, sobre todo si lee buenos libros. Una persona que no escribe es una
persona que no lee, que lee mal, o que lee libros mal escritos, insulsos y de
nulo valor estilístico. Digámoslo sin recato: pseudoliteratura o literatura light, llámense best sellers, libros de
superación o de orientación espiritual.
Me
gusta repetir este axioma: sólo un texto engendra otro texto, sólo leyendo
libros podemos escribir otros libros. Me gusta la concisión de Borges, la
elegancia con que Octavio Paz puntúa sus textos, el vigoroso ritmo narrativo de
Dostoyevski, la precisión de Mario Vargas Llosa. Bueno, pues algo en la urna
diáfana de la prosa quedará de ellos, mis maestros. Así aprendo a
escribir.
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