domingo, 23 de junio de 2013

ESCRIBIR, UN ARTE Y UN OFICIO

Escribir, un arte y un oficio

NOÉ AGUDO

No nos compliquemos: escribir es como tocar la guitarra, pintar un cuadro o resolver una ecuación. A muchos se les da y a otros simplemente no, lo mismo que la pintura y las matemáticas. Todos podemos pintar un cuadro, más todavía si nos proponemos aprender los rudimentos de la pintura, pero pocos podrían crear un Tamayo o un Picasso; todos podemos resolver ecuaciones y pasar incluso con buenas calificaciones las asignaturas de matemáticas, pero pocos pueden disfrutar, crear e inventar con ellas.
   Escribir novelas, cuentos y poemas es una cualidad que podemos considerar como especial de cada persona, y no debemos angustiarnos porque no todos lo hacemos, al igual que no nos preocupamos si no sabemos edificar bellas construcciones o componer una excelente partitura.
   El problema de la escritura es que está presente en todo: en la ciencia, en la técnica, en las matemáticas y en los distintos tipos de artes y en las actividades cotidianas. Es el medio de comunicación por excelencia. La escritura no sólo es un arte sino que es una necesidad vital en casi todas las actividades humanas. Más aún: sin ella no se podrían desarrollar las demás habilidades. La escritura es el principal medio para interactuar con nuestros congéneres. De ahí su importancia.
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Pero si no todos podemos desarrollar el arte de la escritura, porque es una cualidad, don, atributo, que depende del factor específicamente humano por el cual unos son excelentes biólogos, otros actuarios, abogados o arquitectos, la escritura como habilidad, como forma de comunicación sí es posible de aprender.   
   Sin aspirar a hacer de cada ejercicio de escritura una obra de arte, todos podemos y debemos comunicarnos por escrito eficientemente. Gustave Flaubert lo expresó con precisión cuando dijo: "El genio lo da Dios, pero el talento es cosa nuestra; con una inteligencia recta, amor a lo que se hace y una paciencia sin desfallecimientos, se llega a tenerlo." En pocas palabras, ningún doctorado en letras podrá hacer un escritor a quien no posee esa cualidad ("Lo que natura no da, Salamanca non presta"), pero sí la capacitará y la hará una persona apta para poder comunicarse eficazmente por escrito. Bueno, al menos eso se espera.

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¿Qué es comunicarse eficazmente? Aunque parezca una obviedad, esto depende del lugar, de las circunstancias y del propósito que se persiga al comunicar algo. Aunque resulte hilarante ver escrito: "Cuidado perro muy cabrón", o "Perros bravos y venenosos", o "Esta casa no se renta ni se vende. Informes al teléfono...", etc., no hay duda de que estos mensajes cumplen su propósito en el lugar y para quienes fueron escritos. El problema es verlo en otras circunstancias. Una institución educativa que anuncie "Ingreso a Prepa o CCH en un sólo examen", seguramente ahuyentará a su posible clientela. O un aspirante a doctor en derecho que escriba: "A estas alturas cuando estoy por terminar un largo proceso de preparación y en la cual he puesto en alto el nombre de nuestra institución a nivel internacional", etc., los problemas de puntuación, concordancia y cabalidad que su enunciado presenta, relacionan su texto con un mal estudiante de secundaria más que con un aspirante a doctor.
   Una estudiosa como Anne Marie Chartier anota que la real dimensión de no saber leer y escribir se hizo evidente durante la segunda guerra mundial, cuando esforzados y valientes oficiales se mostraban incapaces de interpretar y enviar mensajes por escrito, con lo que provocaban confusión, que motivaba errores, que significaban muertes (véase Anne-Marie Chartier, Enseñar a leer y escribir. Una aproximación histórica. México, FCE, 2004).
   En el caso de una institución educativa, pienso que los escritos de sus miembros no sólo deben de ser legibles sino que deben ser claros, precisos e incluso agradables de leer. ¿Por qué tienen que ser enredados, tortuosos, llenos de marcas que los estigmatizan como surgidos de una comunidad semiletrada, donde se dice o se habla así? ¿Por qué exhibirse como hablante de una jerga? Cualquier lengua que se hable mal, o que se adapte a un grupo particular de hablantes, se vuelve una jerga, y esto no es lo mismo que usar un lenguaje especializado, académico, que es en todo caso lo que debería identificar a una institución educativa.
                                                      
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Un texto mal escrito es un texto falso. Quien lo escribió no tenía nada que decir porque ninguna idea, si la hay realmente, se puede expresar de manera incorrecta. Lo más probable es que la palabrería vana esconda embustes, generalidades, lugares comunes o una relación tartamudeante de ideas ajenas. Decir lugares comunes, emplear estereotipos, recurrir a frases hechas no nos plantea un problema de estilo, sino a un dilema ético. Este texto es mentiroso, me alertan las transgresiones gramaticales.
  ¿Cuáles son esas transgresiones? En el ámbito académico principalmente la puntuación, la sintaxis, las concordancias fallidas, el lenguaje estereotipado e impreciso y en una menor medida la acentuación y la ortografía (esta última atendible ahora con un simple programa de cómputo). También caen dentro de las transgresiones la pobreza de vocabulario, porque nos conducen a una falta de precisión y a la repetición de términos, signo de mal gusto e ignorancia. La falta de atención a estos aspectos deriva de un malentendido: no nos preocupamos por resolver los problemas gramaticales en su conjunto y nos centramos, si bien nos va, sólo en la ortografía. Escribir bien se reduce a no cometer faltas ortográficas. Es bueno saber que amor se escribe sin h, pero ¿cómo enseñar a escribir una definición del amor?
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¿De dónde provienen nuestras fallas? Observo en los escritos de mis alumnos que no es tanto por el desconocimiento de las normas sino por la falta de atención lo que los vuelve fallidos. Somos descuidados, carentes de rigor, sin sentido autocrítico e improvisados. Cualquier alumno sabe que una forma de aprender a escribir sin faltas gramaticales dependerá de aprender a leer. ¿Leemos lo que escribimos? ¿Cómo detectamos nuestras fallas? ¿Empleamos el borrador como punto de partida? ¿Dejamos reposar nuestro texto y le damos una segunda, una tercera y aun una cuarta lectura? Estoy seguro que no. Cansado de marcar una y otra vez las faltas gramaticales de mis alumnos, sin que las consideren en sus trabajos posteriores, ahora les exijo que ellos mismos las corrijan y esto representa el cincuenta por ciento de su calificación. Aprenden a escribir haciendo el oficio de correctores, inculcándoles la actitud crítica ante todo texto, inclusive ante la solemne página impresa.
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No sé si deprimirme o enojarme cuando un profesor o estudiante me dicen a manera de cumplido que leo mucho. En primer lugar no lo hago, no dispongo del bendito tiempo que anhelo para sumergirme en la lectura. En segundo, lo poco que puedo hacer es parte de mi trabajo. ¿Pues en qué trabajas o qué haces?, pregunto al profesor o estudiante cuando me dicen que no leen. Es nuestro trabajo, nuestro quehacer cotidiano, a menos que seamos taxistas que sólo pueden hojear el periódico en los semáforos o barrenderos o pilotos que se dedican a otro oficio.
   Siempre el camino más sencillo para aprender a escribir es leer, leer y leer. De manera imperceptible, las claves de la escritura se van impregnando en el lector, sobre todo si lee buenos libros. Una persona que no escribe es una persona que no lee, que lee mal, o que lee libros mal escritos, insulsos y de nulo valor estilístico. Digámoslo sin recato: pseudoliteratura o literatura light, llámense best sellers, libros de superación o de orientación espiritual.   

   Me gusta repetir este axioma: sólo un texto engendra otro texto, sólo leyendo libros podemos escribir otros libros. Me gusta la concisión de Borges, la elegancia con que Octavio Paz puntúa sus textos, el vigoroso ritmo narrativo de Dostoyevski, la precisión de Mario Vargas Llosa. Bueno, pues algo en la urna diáfana de la prosa quedará de ellos, mis maestros. Así aprendo a escribir.    

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