sábado, 22 de junio de 2013

Estampa: Mi padre

Mi padre

NOÉ AGUDO

Si José Arcadio Buendía muere encadenado a Macondo por su locura, mi padre morirá seguramente atado a su aldea por su ceguera. He conversado largamente con ese viejo casi centenario y me ha dejado pasmado por su lucidez, su memoria prodigiosa y su perspicacia para entender situaciones completas de las que yo apenas iniciaba su esbozo. Una de las imágenes más conmovedoras que guardaré por siempre en mi memoria es verlo avanzar a tientas por el patio, trastabillar ante un obstáculo, y contemplar cómo una manita providencial acudía a coger uno de sus toscos dedos para guiarlo con seguridad; era la mano de una de sus pequeñas bisnietas que acudía a socorrerlo. No sabría definir bien el tipo de emoción que me producía verlo colocarse su viejo sombrero y salir al patio para recoger flores y hojas de un frondoso flamboyán, colocarlas por separado en dos recipientes amplios y dejarlas tostar al sol. “Son el ingrediente primordial para preparar la mejor composta donde plantar los cafetos”, me explicaba. “Quiero sembrar unas cinco mil matas con este fertilizante”, agregaba, pero yo comprendía que esa tarea la realiza para no naufragar en el desolado mar de la inutilidad y el abandono que paraliza a los ancianos. Véngase conmigo, le decía, en mi casa no le faltará nada, tendrá muchas más comodidades. “Me sentiré encerrado”, me replicaba. “Prefiero seguir aquí, siquiera haciendo esto que a algunos puede parecerles inútil o absurdo”. No podía insistir más: entiendo perfectamente el poder revitalizador del aire fresco de las mañanas; el aroma del café; las risas de los niños; los ladridos de los perros por las noches; los sones tristes de la banda que amanece tocando en un velorio, e incluso el grito de algún borracho que aún pretende continuar la parranda. Este es su mundo y sacarlo de él es llevarlo a una agonía quizá más triste. Así que no desaproveché los desayunos, las comidas y las cenas para hablar largamente con él.

    Hace mucho tiempo que nos debíamos esta plática. Lo he visitado regularmente cada año, pero siempre iba acompañado por amigos que solían crear una burbuja a mi alrededor. Así que aunque pasaba varios días con él, cuando conversábamos era como si hablaran dos extraños. Entre paseos y fiestas, y durante las comidas siempre rodeado por mis acompañantes, los días se escurrían sin que pudiéramos abordar los temas que ambos sabíamos que un día deberíamos tratar. En esta ocasión al fin pudimos hacerlo y con ello he recogido otros fragmentos de ese rompecabezas que es toda existencia. Supe, por ejemplo, quiénes fueron sus antepasados lejanos que él conserva nítidos y aún actuando en su memoria; me enteré de sus luchas, de las que debe librar todo hombre para su sobrevivencia, de las más personales e íntimas, y de las que con decoro debe emprender todo aquel que es parte de una comunidad; entendí algunos hechos borrosos, como ese largo viaje a Europa o una casa que se incendiaba en la noche mientras un niño y su hermana trataban de hacer un hueco en el muro para poder escapar; comprendí por qué debió irse por largas temporadas de Sierra Sur; escuché nombres, hechos, afanes, traiciones, fracasos, derrotas, y experimenté el vértigo de ser parte de una dinastía donde el guerrero, el sacerdote y el chamán se con-funden en uno solo para cumplir su destino. Son las cuentas que espero armar pronto en forma de libro que les he prometido. Ya conocen algunas, reunidas por ahora en este blog, y eso es parte de lo que he vivido en estas vacaciones decembrinas.

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