sábado, 22 de junio de 2013

Relato: Siete días del 75

Siete días del 75

NOÉ AGUDO

Para la Princesa Azteca
¿Qué mes sería: septiembre, octubre? No queda ninguna foto, ningún registro, ninguna huella de esa experiencia que no sea la cicatriz imborrable que marcó no tu cuerpo ni tu rostro sino algo más profundo: abrió una enorme grieta en tu ser. El antes y el después de tu vida. A partir de entonces tu existencia se desequilibró: perdiste tus certezas, tu indiferencia y tu entereza. Graves pérdidas, indelebles pérdidas.
    El autobús que te dejaba sobre Puente de Alvarado, a la altura de Insurgentes, salía enfrente de la Central Camionera del Norte. Caminabas unas dos cuadras a partir del Colegio y allí estaban los “delfines”, los autobuses de transporte público de aquellos años. Tomabas uno y te bajabas sobre Puente de Alvarado. Ese día te acompañaba Asael, un compañero del colegio que debía más de veinte materias; te iba convenciendo para que las presentaras por él. Te pagaría bien: 500, si obtenías MB; 300, si le dabas B, y 250 las que alcanzaras a acreditar con S. Tú le decías 750, 500 y 350; hasta entonces habías hecho trabajos por los que cobrabas cualquier cosa, pero, ¿exponerte a que te reconocieran en algún examen? Era mucho riesgo, le decías. Y él insistía: No hay ningún riesgo, podemos saber con tiempo quiénes aplicarán el examen. Sólo me presentas aquellas materias donde no te conozcan los profesores.
    Asael. Era flacucho, igual que tú, pero él güerito. A veces tenía cara de loco, otras de bobo cuando se quedaba meditabundo o de alguien que en verdad no está pensando en lo que dice sino algo distinto. Cuando se animaba en la charla era vehemente y escupía. Pero lo más gracioso de él es que tenía unas ideas bastante disparatadas. Trabajaba como office boy en la Secretaría de Gobernación, y por esos días llevaba al colegio una foto donde Luis Echeverría, el presidente, apoyaba el brazo en su hombro; por ello te decía que él sería el próximo secretario de Educación Pública y que no se olvidaría de ti cuando llegara a ese cargo. Más que causarte risa te provocaba desconcierto lo que decía: cómo alguien pensaba ingresar al sistema si de lo que se trataba era de cambiarlo. ¿No todos pensaban así en la escuela? Pero, bueno, le decías: me pagas eso o no hay trato, tú sabes que yo no fallo. En esos años, al finalizar cada semestre, había sólo un período de exámenes extraordinarios y era todo. No había recursamientos, asesorías, programas de apoyo al egreso y tantos extraordinarios como hoy día. Asael estaba por iniciar el penúltimo semestre, así que debía aceptar si quería acreditar tantas materias reprobadas.
    Le extendiste tu mano en señal de despedida cuando estabas por abordar el autobús, pero, no, dijo, te acompaño. Así que subieron, sacaste las monedas para pagar y cuando giraste para elegir los asientos donde se sentarían, allí estaba: una ensortijada cabellera dorada, abundosa, radiante; unos ojos risueños sobre un rostro fresco, sonrosado y rozagante, donde nariz y boca armonizaban con esa precisión que sólo los pintores del renacimiento lograron para plasmar la hermosura de una mujer. Era un imán irresistible de quince o dieciséis años que sonrió cuando, alelado, guardaste sin mirar el cambio y te dirigiste al asiento delante de ella. A su lado, una chica de su misma edad sonrió condescendiente, como gustosa de confirmar un hecho ya sabido. Ella retiró sus manos del respaldo donde te ibas a sentar y entonces pudiste apreciar sus brazos delgados, armoniosos, cubiertos por finísimos vellos de oro. Respondió con un melodioso “de nada” cuando le dijiste gracias. Oíste sus risitas contenidas cuando Asael se acercó a tu oído para expresar su admiración, refiriéndose a ellas.
    El autobús avanzaba un poco sobre la avenida Cien Metros y luego daba la vuelta en U para regresar y entroncar con la avenida Insurgentes, cruzando la Glorieta de Potrero. No estaba aún la línea del Metro que hoy va al Politécnico, la última estación de la otra línea era Tlatelolco y la circulación de vehículos no era tan numerosa como hoy, por eso el tiempo apremiaba. Apenas avanzaron un poco cuando te giraste sin más sobre el asiento y les dijiste: ¿Y? ¿Vienen de paseo? “Venimos a ver a una tía” respondió con un acento que a ti te pareció el principio de una bella melodía. ¿Dónde vive su tía? ¿Hasta dónde van?
    Eran de Torreón, venían a visitar a una persona que vivía sobre la avenida Cuauhtémoc. Eran primas, dijeron, y les gustaba Vicente Fernández y Juan Gabriel. ¿Y no les gustaría escucharlos?, les propusiste. “No, qué va. Ustedes qué van a pensar, que nomás andamos echando tiro”. ¿Qué significa eso?, preguntaste cuando el autobús ya había cruzado Puente de Alvarado, y ni a ti ni a Asael les importó adónde iban. “Pues, quiere decir ligar. Andar de novios”, dijo riendo. No, no es eso, es para que conozcan el Distrito Federal, les insististe. Miren, aquí nos podemos bajar. Hay un lugar donde podemos tomar un refresco o una cerveza y allí los escuchamos, dijiste señalando la Glorieta de Insurgentes. Sabías que allí había una peña y entre Vicente Fernández y la música folklórica, terminaría gustándoles ésta, pensaste. Ellas se miraron. Seguramente algo le atrajo de ti. En esos días trabajabas como ayudante de arquitecto y estudiabas por la tarde, pero ni el cansancio ni la amargura manchaban aún tu rostro. Aceptaron.
    Aún recuerdas que la peña estaba repleta, pero al lado había una lonchería con rockola y allí se metieron. Pidieron cervezas, pusieron unas canciones. Por suerte no estaban ni “El Arracadas” ni “Se me olvidó otra vez”, que eran sus favoritas, así que tuviste el pretexto perfecto para proponerles ir a un lugar donde podían escucharlos en vivo. “¿Con ellos?”, preguntaron. No, cómo creen, pero sí con mariachis o con tríos, les explicaste. Asael te miraba incrédulo y lo tranquilizaste diciéndole que irían a Garibaldi, y a cuenta de los exámenes. Fueron allá. Les gustaron la plaza, los mariachis y la gente a la que hacen rueda los cantantes. Pidieron dos o tres canciones y luego decidieron que “El Arracadas” se oía mejor con Chente y que no había nadie como Juan Gabriel para cantar “Se me olvidó otra vez”. Así que fueron a una piquera de las muchas que entonces había a un costado de la plaza.
    Como todo de ella, te encantó su nombre: Elia. Estudiaba una carrera corta, dijo, comercio, pero ese año lo había suspendido. “Pronto me voy a ir a Chihuahua y tal vez allá continúe”, agregó. Te gustaba su acento norteño, la decisión con que hablaba y que no pusiera remilgos para beber cerveza. Fue una atracción inmediata, fulminante, compartida. Por primera vez constatabas el hecho simple de que dos jóvenes se gustaran y lo reconocieran. De la prima no supiste nada porque Asael la acaparaba con sus proyectos para cuando fuera secretario de Educación. Preguntaste cuánto tiempo se quedarían, a qué hora y dónde se podrían ver al día siguiente. No recuerdas cuántas veces pusieron “El Arracadas” y por única vez bendijiste que existiera Chente Fernández.
    A ellas también les había gustado la aventura. A nadie le preocupaba la hora, aunque quienes sí lo resintieron fueron tus bolsillos. Pronto se acabó el dinero y descubriste que ya no alcanzaba para un taxi. Iban a la avenida Cuauhtémoc, por donde estaba el Cine Internacional, y apenas si te quedaban algunas monedas. Asael prometió pagar lo que fuera, aparte de los exámenes, pero "mañana", y ya eran las dos de la madrugada. ¿Qué hacer, qué hacer? Recordaste que Soledad, tu compañera del colegio, vivía en la Morelos y la llamaste por teléfono; siempre solidaria, siempre comprensiva, dijo que las llevaras a su casa, que allí se quedarían las chicas, pero no tú ni Asael. ¡Faltaba más! Rascándole a los bolsillos completaron para un taxi que los llevó. ¿Carpinteros o Herreros, no recuerdas? Una de esas calles. Los esperaba en la puerta, dijo que al día siguiente las llevaría al domicilio donde tenían que llegar y te extendió un billete para que pudieras ira tu casa. Preferiste caminar con Asael, regresar a Garibaldi, y allí esperar a que amaneciera. Tenían que comprobar que no era un sueño. Debían comentar lo que habían vivido tan súbitamente y planear qué hacer al día siguiente, en un rato.
***
Cuando volvieron a encontrarse más tarde, para acudir a la cita, Asael iba vestido con un conjunto color miel. Lo recuerdas muy pálido, no sabías si por el desvelo o por el color de su ropa. No había dormido nada, dijo, nomás llegó a su casa a bañarse y se fue a trabajar. De allí venía. Fueron a la dirección de Cuauhtémoc, como habían quedado, y silbaron desde la banqueta. Ellas se asomaron por la ventana e hicieron señas de que ya bajaban. Comentaron que su tía les creyó que apenas habían llegado por la mañana, cuando Soledad las llevó y las dejó a la entrada del edificio.
    Ese día no fueron a Garibaldi sino a la Torre Latinoamericana. Allí pudiste haber conservado un recuerdo porque se tomaron fotografías con la ciudad al fondo. Pero, ¿quién se quedó con las fotos? ¿Se las llevaron ellas? Recuerdas que días después volviste a buscar al fotógrafo pero él te explicó que no guardaba negativos porque las fotografías eran instantáneas. Más tarde fueron a comer tacos a un local que estaba en Donceles, donde también había una rockola, y allí estuvieron escuchando a Juan Gabriel, Estelita Núñez, lo que ellas quisieran. Te sentiste capaz de seguirla adonde fuera cuando te dijo que pasado mañana se irían.  Más tarde fueron a ver “El Padrino”. Mucha sangre, comentó ella. Y quedaron de pasar al día siguiente, en el mismo lugar y a la misma hora. Cuando estaban por despedirse algo murmuraron entre sí y Elia se acercó para decirte, discreta: “Mi prima no se siente bien con tu amigo, dice que la escupe mucho”. Bueno, le respondiste, mañana traeré a otro.
    Así que al día siguiente, cuando llegaste al colegio y te encontraste rodeado por tus compañeros, preguntaste quién quería acompañarte. Toño, un cábula de la Peralvillo, se apuntó de inmediato. Él trabajaba en la compañía de cosméticos Avon y, comparado con la inocencia de Asael, era un verdadero costal de mañas. Por tratarse de la despedida, esa tarde fueron directo a Garibaldi. Llegaron a la lonchería donde se sentían cómodos y estaba la rockola con las canciones que les gustaba escuchar; la prima parecía encantada con Toño. Elia te anotó su dirección en Torreón y te dio las indicaciones de cómo llegar a partir del centro. Preguntó muchas veces si no la olvidarías, si la irías a ver, si no tenías novia. Fuiste absolutamente sincero y por eso tus respuestas sonaban como las más firmes promesas, que de verdad cumpliste, no por nada quedaste deshecho y tu vida tomó un nuevo sentido después de conocerla.
    Siempre bebían cerveza y hasta el límite en el que cada uno soportara, pero Toño se empeñó esa noche en que se tenían que emborrachar. “Al fin que es la despedida” decía. Y los apresuraba a que las terminaran. Si no fuera porque otros clientes reclamaban poner sus canciones, la rockola hubiera sido sólo para ustedes, y las cervezas volaban. Ya estaban embotados y nadie reparaba en la hora ni en lo que habían consumido; por eso, cuando les comentaste que se tenían que ir y pediste la cuenta, se debía un dineral. Separaste para el taxi y pusiste todo tu dinero; Toño también, pero ni así completaron, tuviste que poner lo que habías apartado para el taxi. Salieron abrazados en parejas y al golpe del aire Toño se animó y propuso ir por más dinero a su casa, cerca de Garibaldi. Fueron por él y regresaron al mismo lugar.
   ¿Qué hora sería? ¿Las dos, las tres? Aun bajo los efectos del alcohol su rostro se veía adorable. Rodeaba con sus brazos tu cuello y luego recargaba su cabeza en tu pecho. La abrazabas, aspirabas el aroma de su nuca, palpabas con tus labios la suavidad y tibieza de su piel y sumergías tu cara en su abundante cabellera rizada. Nadie se preocupaba entonces por saber si eran menores de edad ni los apresuraban porque fueran a cerrar. Dejaban a los clientes en paz y el local permanecía abierto hasta el amanecer. Toño besaba apasionadamente a la prima y ya nadie se preocupaba por poner más canciones. Elia de verdad quería dormir sobre tu hombro y sólo entonces te preocupó la hora. ¿Cómo llevarlas? ¿Qué diría su tía al verlas llegar, las recibiría a esa hora? No hay problema, dijo Toño. Te guiñó un ojo y te hizo una señal para indicarte que se quedarían por allí cerca.
    Recordarás siempre este hecho a la hora de preguntarte quién es bueno y quién malo, y advertirás que tú no cabes en ninguna de las dos categorías, porque sabías cuál era la opción correcta y sin embargo optaste por la equivocada: preferiste el placer inmediato, la satisfacción de tu deseo, la posesión de un cuerpo joven y bello, la incandescencia del momento, aunque después se transformara por esto en un fantasma, una ilusión, una quimera. Alguien que no sabes si existió realmente. Alguien a quien aún buscas y persigues hoy día. Por eso ni siquiera fuiste malo, porque no lo planeaste así y lo lamentas, sólo te dejaste conducir por alguien más astuto y elegiste la opción que consideraste mejor. No fuiste malo, fuiste torpe, lo pudiste haber evitado.
    Al amanecer, antes de que aclarara plenamente, Toño se fue, tenía que ir a trabajar. Elia ya había despertado pero no decía nada, sólo miraba silenciosa a su prima y reconocía con la mirada el cuarto del hotel. Recogió pudorosa su ropa, se vistió y despertó a su compañera. Ella se vistió deprisa, aún atontada y con el gesto del arrepentimiento plasmado en su rostro. Tú también te vestiste. Salieron sin hablar y abordaron el autobús que los llevó a la dirección de la tía. Una pregunta fue su única despedida: “¿Sólo para esto me querías?”
***
Era sábado, así que dormiste todo el día. Cuando despertaste al siguiente padeciste por primera vez la desesperación de palpar su piel, escuchar su voz, aspirar el aroma de su cuerpo y confirmar que todo había sido cierto. Fue el primer día de muchos en que has experimentado ese anhelo insaciable, imposible de llenar. Querías revivir aunque fuera sólo un segundo de esa madrugada en la que unas caricias breves, los besos torpes, los movimientos apresurados y la urgencia de todos tus años de soledad te llevaron a profanar y destruir ese regalo que el destino había labrado con tanto cuidado para ti. Ni siquiera lo disfrutaste, tenías la sensación de que sólo había sido un sueño, acaso demasiado real. Pero también tenías la certeza de que no había sido una aventura; sabías que no se trató de un juego, intuías que habías perdido una de las grandes oportunidades de tu vida.
    Por eso cogiste tu chamarra y corriste presuroso a la terminal. Pediste ver la lista de pasajeros en las dos o tres líneas de autobuses que iban a Torreón. Hallaste su nombre en la primera. “Sí”, te dijo la vendedora, “salieron ayer a las siete de la tarde”.
    A partir de entonces este hecho se volvió una nostalgia infinita cuando recorrías las partes de la ciudad donde pasearon, un recuerdo doloroso cuanto te quedabas solo, y un alarde cuando estabas con tus compañeros y sobre todo cuando Toño lo contaba. Pero eran coartadas para esconder tu dolor. Te daba por ir a Garibaldi, empezaste a tomar continuamente, ya no ponías sólo “El Arracadas” y “Se me olvidó otra vez” sino también “Lágrimas y lluvia” y otras más que te hacían recordarla.
    Quienes te conocían pronto lo advirtieron: te ves ensimismado, triste, malhumorado, decían. Algunas veces te propusiste subir al departamento de ese edificio de la avenida Cuauhtémoc y preguntar por ella, hablar con quien fuera y saber más: quién era, a qué había venido, si alguna vez regresaría. Deseabas conocer quién te había afectado tan profundamente. Fuiste a ver si recuperabas alguna fotografía de las que les tomaron en la Torre Latinoamericana, pero fue inútil. Si no fuera por Asael, que hablaba maravillas de Elia, aunque siempre  agregaba que “su prima también era una belleza”, pensarías que todo fue una ilusión. Cuando con Toño las recordaban siempre se hacían el propósito de ir cuanto antes a Torreón.
    Esto fue posible a finales de noviembre de ese año, gracias a que recibiste el premio de un cuento que habías enviado a un concurso. Te entregaron un cheque por cinco mil pesos y de inmediato lo fuiste a cambiar. Compraste Terra Nostra, la novela de Carlos Fuentes recientemente aparecida y que deseabas leer por esos días. Recuerdas que llevabas el premio casi íntegro esa tarde, cuando Toño te invitó a una fiesta. Después fueron con dos o tres amigos a continuarla a su casa, en la colonia Peralvillo, y se encerraron en su recámara; allí fue a regañarlo su madre y él, haciéndose el ofendido, te dijo: “¡Vámonos a Torreón, vámonos a Torreón!”. Le tomaste la palabra y sin más se fueron a la terminal, con lo que traían puesto. No había boletos para ese destino y el vendedor les propuso que se fueran por Monterrey. De allí seguirían a Saltillo y luego a Torreón. Aceptaron su propuesta y subieron al autobús.
    Al día siguiente, cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho durante la borrachera, se propusieron arreglar un poco las cosas. Bajaron en Monterrey y se compraron una maletita, cepillos para dientes y el cabello. Decidieron también que Toño guardaría todo el dinero porque los bolsillos de su chamarra eran más seguros. Por eso le diste todo el dinero que él juntó con el suyo. Y continuaron el viaje. Al llegar a Torreón rentaron una pieza de hotel cerca de la plaza central, porque de allí podían seguir las indicaciones que Elia te había dado. Fueron a buscarlas temprano, al día siguiente; la calle que te anotó quedaba cerca de un cementerio, del que ella te había hablado, así que pronto dieron con el número. Tocaron y preguntaron, con la emoción desbordando por sus poros. Pero la mujer que les abrió sólo los observó, curiosa, y  les dijo que Elia ya no vivía allí. Que se había ido a Chihuahua con su hermana y desconocía la dirección. Y de la supuesta prima no sabía nada, no la conocía.
    Regresaste deprimido. Toño te trataba de animar diciéndote que Torreón tenía la zona roja más grande del país y te proponía ir a conocerla ese mismo día. Antes fueron a comer a un restaurante cercano al hotel, donde pidieron cervezas Nochebuena. Al poco rato Toño levantaba su vaso para brindar con una mujer que se hallaba sola, a unas mesas de donde estaban. Se levantó, fue hacia ella y la trajo a la mesa.
    Sería como de treinta años, de ademanes y hablar desenvueltos; la confianza con que se expresaba la hacía casi vulgar, pensaste, y más todavía cuando les propuso ir "a un mejor lugar, cerca de aquí”, dijo. Pagaron, salieron y caminaron dos cuadras, siempre guiados por ella. Cuando viste una farmacia donde había servicio de larga distancia, les pediste que esperaran un momento para hacer una llamada. Hasta ese día no habías avisado dónde andabas. Aunque a nadie le importaba, realmente. Sin embargo, esperabas que la constructora donde trabajabas como ayudante de arquitecto te ofreciera empleo en la Basílica de Guadalupe, que iniciaba su construcción por esos días.
    Para hacer la llamada te pidieron que pasara al fondo, donde estaba la caseta, avanzando por un largo pasillo; ellos se quedaron esperando en la entrada. Llamaste, pagaste y saliste. ¿Cuánto habrás tardado: tres, cinco minutos? El caso es que ya no estaban, se habían ido. Lo comprendías: Toño era muy listo, le gustaba llevar la delantera, y la conquista era suya. Así que fuiste al hotel y pediste la llave para subir a leer Terra nostra. Te embebiste en la lectura de ese novelón, tan diferente a lo que conocías de Carlos Fuentes: La región más transparente, Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz… Te pareció pretenciosa, incoherente, desmesurada. Cuando llegaste a la parte donde los náufragos se salvan de ser tragados por un remolino, en medio del mar, recordaste que los mismos detalles para explicar cómo se salvaban los empleaba Edgar Allan Poe en su cuento “Un descenso al Maëlstrom”. Después te quedaste dormido.
    Despertaste como a las tres de la madrugada, cuando Toño llegó, borracho, y sólo murmurando: “Pinche vieja, pinche vieja…”. No sabías si lo decía por gusto o por enojo, porque de pronto se dejó caer en su cama y se quedó dormido. Ya había avanzado el día cuando de nuevo te despertó, pero ahora por unos fuertes gritos que daba mientras mantenía en alto su pierna derecha. Sufría un calambre y se veía cómico con la pierna agarrotada y en alto. Le diste un jalón para ver si así le pasaba el calambre pero fue peor. Toño aulló  y la pierna seguía rígida, como si estuviera envuelta en yeso.
    Poco a poco fue disminuyendo el dolor y cuando lo viste por fin recuperado le preguntaste cómo le había ido con la mujer. Sólo entonces pareció darse cuenta de lo que había sucedido realmente, pues contestó enojado: “Pinche vieja, me quedé dormido y cuando desperté se había ido con mi chamarra. ¡Con el dinero! ¡Se llevó todo el dinero!”.
    Nunca olvidarás que era un jueves, por lo que siguió más adelante. Se habían quedado sin dinero, con sólo unas monedas para desayunar, para renovar el pago del hotel a la una de la tarde y para regresar tal vez ese mismo día. ¡No alcanzaba para nada! Hicieron cuentas de lo que la mujer se había llevado: de los cinco mil pesos del premio, tú solo habías gastado 175 en la novela, más los pasajes, los alimentos que habían pagado hasta ahí y las pocas cosas que compraron en Monterrey. Lo que restaba, más dos mil pesos que Toño puso…, la mujer les había robado alrededor de seis mil pesos. Les quedaba la maletita, un jorongo de buena lana, la novela, pasta dental, los cepillos dentales, calcetines y dos pares de calzoncillos, es decir, nada.
    Tenían dos opciones: regresar pidiendo aventón o conseguir dinero, pero ¿dónde? Entonces Toño recordó a una tía que vivía en Los Ángeles. Aprovecharon las últimas monedas para hacer una llamada por cobrar al DF y conseguir el número de la tía. Toño la llamó y ella, muy preocupada, le preguntó qué andaba haciendo en Torreón, por qué no estaba en su casa, si lo sabía su mamá y cómo le enviaría los mil pesos. Etcétera. Acordaron que los depositaría a lista de Telégrafos de Torreón y que nadie se enteraría de este “préstamo”, que Toño prometió pagar en cuanto llegara al DF. El giro, dijo la tía, llegará mañana mismo, es decir, el viernes.
    Pensaron que todo consistía en arreglárselas sólo ese día, así que fueron a sacar la maletita del hotel y avisaron que la habitación quedaba libre. Para comer fueron al mercado y cogiendo una naranja aquí, una manzana allá, o pidiendo “probar” pudieron comer algo. De un camión repartidor robaron unos refrescos y después de beberlos cambiaron los envases por Gansitos. Anduvieron vagando el resto del día y al anochecer se refugiaron en la terminal, donde por lo menos tenían techo y algunos asientos para dormir. Tuviste que prestarle tu jorongo porque Toño se había quedado sin chamarra y el frío era intenso en esa temporada.
***
Pensaron que sería sólo ese día y su noche pero se multiplicaron por cuatro. Lo que vivieron durante este tiempo te hizo cambiar la idea que tenías de Toño. Si hasta entonces te simpatizaba por su malicia, descaro y cierto tipo de audacia, después de esto te pareció más bobo que Asael, un badulaque y no un cábula. ¡Cómo se había dejado engañar tan tontamente! Aprendiste que para un vivillo siempre habrá otro más vivo; en este caso una mujer; la ladrona se había llevado casi todo el premio.
    El viernes por la mañana estuvieron antes que el más puntual empleado en las oficinas del Telégrafo. Planeaban desayunar en cuanto cambiaran el giro y de inmediato partir. Ya habían trazado la ruta, incluso: de Torreón irían a Durango, luego a Sinaloa, de allí a Guadalajara y por fin México. Era la vía más corta, les había dicho alguien. Sin embargo dieron las once, las doce, la una y a las tres de la tarde cerraron. El giro no llegó. Cómo tendrían la cara que un empleado, compadecido, les dijo: “Vuelvan mañana. Telégrafos abre los sábados de las nueve de la mañana a las doce del día”.
    Pero ni el sábado ni mucho menos el domingo, porque no abrían, llegó el giro. Debieron repetir la rutina de birlar algunas frutas, robar refrescos de los camiones y pasar la noche en la terminal de autobuses. Un punto bueno en tu haber es que nunca te rebajaste a mendigar algo, como Toño te proponía. Recuerdas que el domingo, cerca de una iglesia, un grupo de obreros abría zanjas. Entonces le dijiste a Toño: “Pidamos trabajo a cambio de comida”. Fuiste hacia el que parecía el capataz y le hiciste la propuesta. Los observó y tal vez los vio tan desvalidos y hambrientos que sólo movió la cabeza. Se acercó a una mochila y extrajo de allí un pan largo envuelto en una blanca servilleta. “Tomen mi lonche”, dijo. “Pero, déjenos ayudarle”, replicaste. “No se preocupen, coman nomás”, dijo el buen hombre.
    Era una torta rellena de jamón cocido, queso blanco, rodajas de tomate y cebolla. Un manjar para sus estómagos después de cuatro días sin comer nada parecido. Toño masticaba cerrando los ojos y quejándose lastimeramente, como seguro había visto en el cine que hacen los sobrevivientes de un naufragio cuando son rescatados.
    El lunes a las diez de la mañana por fin les entregaron el giro. Lo cambiaron y luego fueron a desayunar al que consideraron el mejor restaurante de Torreón. Después corrieron a la terminal, compraron los boletos para Guadalajara y subieron a un autobús semivacío. Viajaron en silencio. Toño pronto se quedó dormido pues llevaba, al igual que tú, casi cuatro noches sin hacerlo bien. El sonido monótono del motor y el calorcito del interior invitaban a ello. Tú mirabas por la ventanilla a las numerosas liebres que se erguían sobre sus patas traseras aguzando sus largas orejas. Un día volveré por aquí para cazarlas, pensaste. 

    Pero nunca más volviste por ese camino. Nunca más supiste nada de Elia, el fantasma que cambió tu vida, que marcó el antes y el después. Aún hoy, cuando convives con personas que gustan de esas canciones, tu voz se torna trémula cuando escuchas “El Arracadas” y “Se me olvidó otra vez”. Por eso te lo cuento.      

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