sábado, 22 de junio de 2013

UNA TARDE CON RUFINO

Una tarde con Rufino
NOÉ AGUDO

En el cruce de dos caminos, a unos pasos del cementerio, el ingenio de un paisano lo inspiró para levantar una tiendita. Alejado del pueblo y bajo unos frondosos árboles de mango, advirtió que después de un entierro o al final de un novenario siempre tendría una clientela segura y nutrida: ¿quién no apetece una refrescante cerveza después de nueve bárbaras noches de rezos, o al final de una velada de llanto y dolor en la que también se ha derramado el mezcal? Así que todos los deudos, al finalizar los rituales de despedida en el cementerio, pasan a tomar sus cervezas mientras los niños y las mujeres se adelantan a volver a casa.
   Y al regresar del campo, con ese calor sólido de la tarde que parece inmovilizar cualquier corriente de aire, qué oportuna resulta la tiendita bajo la frescura de las ramas. Allí me detuve con mi sobrino para beber una cerveza. Platicábamos contemplando la alta sierra, hacia el norte, cuando por el camino de San Baltazar apareció Rufino. A pesar de los años y de su ultraje, pude reconocerlo. Él y Jacquelino (juro que así se llama) fueron peones de mi papá en una de las épocas más felices de mi vida. Junto con  mi hermano mayor y otros peones preparaban la tierra, la sembraban, la limpiaban, y al finalizar la cosecha seguían con el café: pizcarlo, limpiarlo, secarlo y llevarlo al punto de venta. Eran trabajos que consumían tres o cuatro meses y con ellos y otros quehaceres se iba el año.
   Rufino y Jacquelino eran medios hermanos, muy distintos entre sí. Jacquelino tenía una cara redonda y una boca ancha que parecía más grande porque siempre que uno le hablaba lo hallaba sonriente. Rufino era sombrío, de rostro alargado, ojos pequeños y más alto. Yo veía en ellos la personificación de la línea recta y el círculo. Pero ambos eran amables y serviciales. Jacquelino me hacía unos hermosos trompos, de madera de guayaba o de primavera, y su reto consistía en hacer que cada uno “durmiera más” (es decir, que se quedara más tiempo inmóvil sobre su eje). Los dejaba compactos, pulidos y exactos, y era un gusto oírlos zumbar.
   Rufino me mira y dice: ”Uyyy, ¡cómo has cambiado! Te recuerdo chiquitito. Así nomás”, y hace el ademán con el que uno indica el tamaño de un perro. Me da risa y gusto escucharlo mientras bebemos cerveza. Él habla el zapoteco de esta región así que es un placer oírlo decir: “Voy bish”, para avisar que va a orinar. ¿Cómo dices cuando te vas a dormir?, le pregunto. “Voy meme”, responde. Así habla, mezclando el español con el zapoteco.
   “¿Te acuerdas de aquella vez, en San Miguel?”, pregunta. Cómo no, le respondo. Mi papá me bajó del caballo, me sentó sobre sus hombros y caminamos el resto de la tarde y muchas horas en la noche hasta llegar a los linderos de Santa Catarina. Fue hasta llegar al rancho de un paisano, en Cerro Flores, que descansamos un rato. Allí te esperamos.
   −Los pinches migueleños se lo querían tronar.
   −Entonces, ¿fue cierto? –le pregunto. Y recuerdo como entre brumas la sierra, los pinos y encinos blancos bajo los que pasábamos corriendo. Mi papá sudaba y yo me aferraba al cuello de su camisa. No íbamos por el camino sino por entre el monte, huyendo yo no sabía de qué.
   −Fue cuando él andaba peleando por los linderos del pueblo –me aclara Rufino−. Vimos cuando tres migueleños iban con los rifles por la loma, querían agarrarnos por detrás. Entonces tu papá me dijo: “Arreas los animales y te vas con calma. A ti no te harán nada. Es a mí a quien quieren”.
   Sí, lo recuerdo y entiendo bien ahora. El eterno problema de los linderos de los pueblos, que han provocado muertes, venganzas y persisten a pesar de que hoy ya no se vive en el aislamiento, como en aquellos años. Pido otras cervezas y prefiero platicar de otros temas: qué sabe Rufino de esas piedras labradas y figurillas de barro que se encuentran en las altas cumbres (“Son cosas de los antiguos” dice); cómo se estableció La Cofradía; dónde estaba antes este pueblo; de dónde venimos; cómo vivían los de antes… Me explica una vieja canción, de la que yo sólo conocía su melodía, que habla de una competencia para agarrar conejos vivos, y cómo los “antiguos” podían correr y saltar de un cerro a otro. Me doy cuenta que Rufino es el sobreviviente de un pasado remoto. Me admira la magia de sus relatos, su forma de hablar y, a pesar de que bebemos cervezas heladas y que una bombilla eléctrica se ha encendido, percibo que lo antiguo palpita junto a mí. Y sólo por escuchar a Rufino esta tarde fue única, pienso, cuando nos despedimos.

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