Una tarde con Rufino
NOÉ AGUDO
En el cruce de
dos caminos, a unos pasos del cementerio, el ingenio de un paisano lo inspiró
para levantar una tiendita. Alejado del pueblo y bajo unos frondosos árboles de
mango, advirtió que después de un entierro o al final de un novenario siempre
tendría una clientela segura y nutrida: ¿quién no apetece una refrescante
cerveza después de nueve bárbaras noches de rezos, o al final de una velada de
llanto y dolor en la que también se ha derramado el mezcal? Así que todos los
deudos, al finalizar los rituales de despedida en el cementerio, pasan a tomar
sus cervezas mientras los niños y las mujeres se adelantan a volver a casa.
Y
al regresar del campo, con ese calor sólido de la tarde que parece inmovilizar
cualquier corriente de aire, qué oportuna resulta la tiendita bajo la frescura
de las ramas. Allí me detuve con mi sobrino para beber una cerveza. Platicábamos
contemplando la alta sierra, hacia el norte, cuando por el camino de San
Baltazar apareció Rufino. A pesar de los años y de su ultraje, pude
reconocerlo. Él y Jacquelino (juro que así se llama) fueron peones de mi papá
en una de las épocas más felices de mi vida. Junto con mi hermano mayor y otros peones
preparaban la tierra, la sembraban, la limpiaban, y al finalizar la cosecha
seguían con el café: pizcarlo, limpiarlo, secarlo y llevarlo al punto de venta.
Eran trabajos que consumían tres o cuatro meses y con ellos y otros quehaceres
se iba el año.
Rufino y Jacquelino eran medios hermanos, muy distintos entre sí. Jacquelino
tenía una cara redonda y una boca ancha que parecía más grande porque siempre
que uno le hablaba lo hallaba sonriente. Rufino era sombrío, de rostro
alargado, ojos pequeños y más alto. Yo veía en ellos la personificación de la
línea recta y el círculo. Pero ambos eran amables y serviciales. Jacquelino me
hacía unos hermosos trompos, de madera de guayaba o de primavera, y su reto
consistía en hacer que cada uno “durmiera más” (es decir, que se quedara más
tiempo inmóvil sobre su eje). Los dejaba compactos, pulidos y exactos, y era un
gusto oírlos zumbar.
Rufino me mira y dice: ”Uyyy, ¡cómo has cambiado! Te recuerdo chiquitito. Así
nomás”, y hace el ademán con el que uno indica el tamaño de un perro. Me da
risa y gusto escucharlo mientras bebemos cerveza. Él habla el zapoteco de esta
región así que es un placer oírlo decir: “Voy bish”, para avisar que va a
orinar. ¿Cómo dices cuando te vas a dormir?, le pregunto. “Voy meme”, responde.
Así habla, mezclando el español con el zapoteco.
“¿Te acuerdas de aquella vez, en San Miguel?”, pregunta. Cómo no, le respondo.
Mi papá me bajó del caballo, me sentó sobre sus hombros y caminamos el resto de
la tarde y muchas horas en la noche hasta llegar a los linderos de Santa
Catarina. Fue hasta llegar al rancho de un paisano, en Cerro Flores, que
descansamos un rato. Allí te esperamos.
−Los pinches migueleños se lo querían tronar.
−Entonces, ¿fue cierto? –le pregunto. Y recuerdo como entre brumas la sierra,
los pinos y encinos blancos bajo los que pasábamos corriendo. Mi papá sudaba y
yo me aferraba al cuello de su camisa. No íbamos por el camino sino por entre
el monte, huyendo yo no sabía de qué.
−Fue cuando él andaba peleando por los linderos del pueblo –me aclara Rufino−.
Vimos cuando tres migueleños iban con los rifles por la loma, querían
agarrarnos por detrás. Entonces tu papá me dijo: “Arreas los animales y te vas
con calma. A ti no te harán nada. Es a mí a quien quieren”.
Sí, lo recuerdo y entiendo bien
ahora. El eterno problema de los linderos de los pueblos, que han provocado
muertes, venganzas y persisten a pesar de que hoy ya no se vive en el
aislamiento, como en aquellos años. Pido otras cervezas y prefiero platicar de
otros temas: qué sabe Rufino de esas piedras labradas y figurillas de barro que
se encuentran en las altas cumbres (“Son cosas de los antiguos” dice); cómo se
estableció La Cofradía; dónde estaba antes este pueblo; de dónde venimos; cómo
vivían los de antes… Me explica una vieja canción, de la que yo sólo conocía su
melodía, que habla de una competencia para agarrar conejos vivos, y cómo los
“antiguos” podían correr y saltar de un cerro a otro. Me doy cuenta que Rufino
es el sobreviviente de un pasado remoto. Me admira la magia de sus relatos, su
forma de hablar y, a pesar de que bebemos cervezas heladas y que una bombilla
eléctrica se ha encendido, percibo que lo antiguo palpita junto a mí. Y sólo por
escuchar a Rufino esta tarde fue única, pienso, cuando nos despedimos.
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