sábado, 22 de junio de 2013

Artículo: El alma de los animales

El alma de los animales

NOÉ AGUDO

Advierto en la mirada de mi perro, que me observa, algo más que los ojos indiferentes de un animal que sólo mira. Percibo concentración, atención, una mirada casi humana que se (me) pregunta: ¿Por qué no me habla(s)? Así que le sonrío, voy y acaricio su cabeza y él, agradecido, se va a echar satisfecho al sol.
    Me pregunto si no estamos con respecto a los animales como los europeos “cultos” del siglo XVI con relación a los indios, que se cuestionaban si tenían alma. No tengo la menor duda de que los animales sí la tienen, porque a cada rato me dan pruebas de ello. Mis dos perros se “apenan” cuando expulsan sus desechos, y el padre siempre viene a avisar, no importa si lo hizo él o su hijo; en alguna ocasión, que lloraba, él vino y subió sus dos manitas a mis rodillas, mientras movía amistosamente su cola, como diciéndome que estaba allí, conmigo, y qué podía hacer; cuando voy a dormir dejo la puerta entreabierta porque siempre va a “revisar” que todo esté bien y sólo entonces él se va a dormir.
    Conservo entre muchos recuerdos de mi infancia tres que me confirman los sentimientos de los animales.
    Tenía alrededor de seis años cuando encontré por el camino a un polluelo de pavo (coconitos, les decimos).Seguramente se salió de algún canasto y quien lo llevaba no se dio cuenta. Por eso lo recogí y lo llevé a casa. Le daba maíz molido, le pescaba chapulines y así fue creciendo. Cuando se volvió un señor pavo yo corría en círculos delante de él y, si giraba a la izquierda, él extendía majestuosa su ala derecha; si giraba a la derecha, recogía esa ala y extendía entonces la izquierda. Y así nos divertíamos por horas.
    En algún tiempo fui pastor. Cuando por las tardes regresaba cansado con todo el rebaño, separaba a dos chivatos (así llamamos a los chivos viejos, que hacen de sementales, tienen una enorme barba e impresionantes cuernos) y los alineaba uno con otro; después pasaba una a una mis piernas sobre sus cuellos y mis brazos sobre sus lomos, y así me llevaban cargando hasta su corral. Al llegar se mantenían unidos, como pidiéndome que no me bajara.
    Pero la historia más bella que viví fue con El Canelo, un caballo de ese color, alto, desgarbado, de enormes y anchas pezuñas, que parecía cruzar las patas cuando caminaba. Sin embargo era muy bueno, con él anduve la sierra, viajé a la costa y fui muchas veces al valle. Dos veces salvó mi vida. En la primera yo tendría siete años y acompañaba a mi padre. Pasábamos por un desfiladero, yo iba montado en El Canelo y de su silla iba atada una mula. Tal vez ella comió una hierba venenosa, tal vez le dio un ataque o le atrajo el vértigo del desfiladero, pero a la mitad simplemente se dejó ir al abismo. El Canelo resistía, resollaba e inclinaba trompa, lomo y cuello para no levantar las patas delanteras y dejarse arrastrar. Yo no sabía qué hacer, mi papá se había quedado atrás y la mula seguía jalando con su peso. El instinto de sobrevivencia me hizo saltar, justamente cuando El Canelo y la mula rodaban hacia el abismo levantando una polvareda. Cuando mi padre llegó y se dio cuenta de lo ocurrido, me abrazó, mirando hacia abajo. Después descendimos, la mula estaba muerta y El Canelo agonizaba. Le quitamos la silla, mi papá trozó los arreos y allí lo dejamos, para que acabara de morir.
    Pero sobrevivió. Dos meses más tarde alguien le avisó a mi papá que su caballo vagaba por el Cerro Gigante, así que fue por él. Tiempo después viajamos a la costa. Íbamos cruzando un gran río cuando nos sorprendió la creciente*, que arrastra troncos, árboles, basura, animales muertos y arrasa todo lo que se atraviese a su paso. Mi papá ya había alcanzado la otra orilla con los animales cargados de maíz y desde allí me hacía señas de que regresara. Inteligente, El Canelo se dejó llevar un poco por la creciente hasta chocar contra un muro de rocas; en el reflujo que allí se formaba pudo nadar y llegar a la orilla.
    Dejé el campo para venir a estudiar a la ciudad; en las vacaciones regresaba y allí seguía El Canelo. Durante la secundaria me propuse no ir hasta que la concluyera. Así que lo primero que pregunté después de tres años que no iba, fue por mi caballo. “Lo solté, lo dejé libre para que muriera, ya estaba muy viejo”, dijo mi padre. ¿Lo encontraré? “No te va a reconocer, hijo, los animales libres se vuelven muy ariscos”.
    Pero fui a buscarlo. Me dio mucha alegría reconocer sus huellas, inconfundibles, por el arroyo donde ramoneaba. Cuando lo hallé más adelante le grité: ¡Canelo! Paró sus orejitas, me miró y no se movió cuando me acerqué. Dejó de masticar cuando abracé su enorme cuello. Lloré un buen rato con él, y esa fue la última vez que lo vi.


*La creciente se produce cuando llueve en la sierra y los ríos de la costa reciben repentinamente enormes masas de agua, que empujan todo lo que se atraviese en su avance. A veces se percibe un ruido horrísono, el agua se enturbia y hay que regresar o atravesar rápido el río. Todo lo que queda a la mitad simplemente es arrasado.

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