El alma de los animales
NOÉ AGUDO
Advierto en la mirada de mi perro, que me observa, algo más
que los ojos indiferentes de un animal que sólo mira. Percibo concentración,
atención, una mirada casi humana que se (me) pregunta: ¿Por qué no me habla(s)?
Así que le sonrío, voy y acaricio su cabeza y él, agradecido, se va a echar
satisfecho al sol.
Me
pregunto si no estamos con respecto a los animales como los europeos “cultos”
del siglo XVI con relación a los indios, que se cuestionaban si tenían alma. No
tengo la menor duda de que los animales sí la tienen, porque a cada rato me dan
pruebas de ello. Mis dos perros se “apenan” cuando expulsan sus desechos, y el
padre siempre viene a avisar, no importa si lo hizo él o su hijo; en alguna
ocasión, que lloraba, él vino y subió sus dos manitas a mis rodillas, mientras
movía amistosamente su cola, como diciéndome que estaba allí, conmigo, y qué
podía hacer; cuando voy a dormir dejo la puerta entreabierta porque siempre va
a “revisar” que todo esté bien y sólo entonces él se va a dormir.
Conservo
entre muchos recuerdos de mi infancia tres que me confirman los sentimientos de
los animales.
Tenía
alrededor de seis años cuando encontré por el camino a un polluelo de pavo
(coconitos, les decimos).Seguramente se salió de algún canasto y quien lo
llevaba no se dio cuenta. Por eso lo recogí y lo llevé a casa. Le daba maíz
molido, le pescaba chapulines y así fue creciendo. Cuando se volvió un señor
pavo yo corría en círculos delante de él y, si giraba a la izquierda, él extendía
majestuosa su ala derecha; si giraba a la derecha, recogía esa ala y extendía
entonces la izquierda. Y así nos divertíamos por horas.
En
algún tiempo fui pastor. Cuando por las tardes regresaba cansado con todo el
rebaño, separaba a dos chivatos (así llamamos a los chivos viejos, que hacen de
sementales, tienen una enorme barba e impresionantes cuernos) y los alineaba
uno con otro; después pasaba una a una mis piernas sobre sus cuellos y mis
brazos sobre sus lomos, y así me llevaban cargando hasta su corral. Al llegar
se mantenían unidos, como pidiéndome que no me bajara.
Pero
la historia más bella que viví fue con El Canelo, un caballo de ese color,
alto, desgarbado, de enormes y anchas pezuñas, que parecía cruzar las patas
cuando caminaba. Sin embargo era muy bueno, con él anduve la sierra, viajé a la
costa y fui muchas veces al valle. Dos veces salvó mi vida. En la primera yo
tendría siete años y acompañaba a mi padre. Pasábamos por un desfiladero, yo
iba montado en El Canelo y de su silla iba atada una mula. Tal vez ella comió
una hierba venenosa, tal vez le dio un ataque o le atrajo el vértigo del
desfiladero, pero a la mitad simplemente se dejó ir al abismo. El Canelo
resistía, resollaba e inclinaba trompa, lomo y cuello para no levantar las patas
delanteras y dejarse arrastrar. Yo no sabía qué hacer, mi papá se había quedado
atrás y la mula seguía jalando con su peso. El instinto de sobrevivencia me
hizo saltar, justamente cuando El Canelo y la mula rodaban hacia el abismo
levantando una polvareda. Cuando mi padre llegó y se dio cuenta de lo ocurrido,
me abrazó, mirando hacia abajo. Después descendimos, la mula estaba muerta y El
Canelo agonizaba. Le quitamos la silla, mi papá trozó los arreos y allí lo
dejamos, para que acabara de morir.
Pero
sobrevivió. Dos meses más tarde alguien le avisó a mi papá que su caballo
vagaba por el Cerro Gigante, así que fue por él. Tiempo después viajamos a la
costa. Íbamos cruzando un gran río cuando nos sorprendió la creciente*, que
arrastra troncos, árboles, basura, animales muertos y arrasa todo lo que se
atraviese a su paso. Mi papá ya había alcanzado la otra orilla con los animales
cargados de maíz y desde allí me hacía señas de que regresara. Inteligente, El
Canelo se dejó llevar un poco por la creciente hasta chocar contra un muro de
rocas; en el reflujo que allí se formaba pudo nadar y llegar a la orilla.
Dejé
el campo para venir a estudiar a la ciudad; en las vacaciones regresaba y allí
seguía El Canelo. Durante la secundaria me propuse no ir hasta que la
concluyera. Así que lo primero que pregunté después de tres años que no iba,
fue por mi caballo. “Lo solté, lo dejé libre para que muriera, ya estaba muy
viejo”, dijo mi padre. ¿Lo encontraré? “No te va a reconocer, hijo, los
animales libres se vuelven muy ariscos”.
Pero
fui a buscarlo. Me dio mucha alegría reconocer sus huellas, inconfundibles, por
el arroyo donde ramoneaba. Cuando lo hallé más adelante le grité: ¡Canelo! Paró
sus orejitas, me miró y no se movió cuando me acerqué. Dejó de masticar cuando
abracé su enorme cuello. Lloré un buen rato con él, y esa fue la última vez que
lo vi.
*La creciente se produce cuando llueve
en la sierra y los ríos de la costa reciben repentinamente enormes masas de
agua, que empujan todo lo que se atraviese en su avance. A veces se percibe un
ruido horrísono, el agua se enturbia y hay que regresar o atravesar rápido el
río. Todo lo que queda a la mitad simplemente es arrasado.
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