lunes, 26 de marzo de 2018

MI VIDA CON LOS TRANSGÉNICOS


Mi vida con los transgénicos

PRIMERA ESCENA
Mi hermana mayor, Eva, se ha casado. Su marido tiene la obligación de trabajar durante un año en la casa de los suegros. Por eso al lado de mi padre, mi hermano, mi nuevo cuñado y dos peones siempre leales, Rufino y Jacquelino, la casa se llena de hombres que arrasan los cerros completos detrás del rancho, el lado de sol y el lado de sombra, para después quemar el monte y luego sembrar la tierra. Nunca hubo paisaje más hermoso. Antes de recoger la cosecha mi padre lleva un sahumerio y realiza un ritual al pie de los cerros. Presencio el primer acto chamánico de mi vida. Después elige las mazorcas mejor desarrolladas, de maíz amarillo, pinto y blanco, les baja algunas hojas, como desnudándolas, pero no las arranca sino que las entrelaza para hacer un racimo que colgará de un alambre del techo. Ha elegido los mejores granos que serán la simiente de la siguiente cosecha.

SEGUNDA ESCENA
Estoy en Epcot Center, en Orlando, Florida. Soy un muchacho que mira extasiado girar una rueda como de dos metros de diámetro. Parece la rueda de un batán o de un viejo molino hidráulico. En cada giro las semillas se irrigan y a las primeras vueltas aparecen unos pequeños brotes. En los siguientes giros esos brotes se transforman en verdes capullos compactos y en los siguientes comienzan a abrir como los pétalos de unas enormes rosas verdes hasta formar unas exuberantes lechugas que, de tan frescas y tiernas, invitan a devorarlas. Aquí está la solución contra las hambrunas, pienso, en unos minutos se han producido decenas de lechugas que las sonrientes empleadas comen y reparten entre quienes presenciamos el milagroso acto. Todo es completamente natural, nos tranquilizan: la pequeña base de tierra donde se ponen las semillas y el agua que las irriga tienen los nutrientes del suelo donde normalmente se producen las hortalizas; lo único que modulamos es el clima, hasta hacerlo ideal para su desarrollo.  

TERCERA ESCENA
No hay privilegio mayor después de ir a correr que sentarme frente a mi plato de frutas y aspirar el aroma del café. Ares y yo hemos liberado suficientes endorfinas, serotonina y dopamina que nos sentimos fuertes, plenos y casi eufóricos. Saco de mi plato una gran manzana verde porque necesito espacio para partirla, así que primero como la fruta en rebanadas y dejo la manzana para el final. Sé que es un producto transgénico (ésta o la Red Delicious, o la Manzana Gala o la Pera de Anjou) pero me da igual: es deliciosa, suave, jugosa y dulce. Y sobre todo enorme, cuatro de ellas hacen un kilo, así que estoy comiendo 250 gramos de transgénico. ¿Moriré de cáncer? ¿Me saldrán retoños en las orejas? ¿Tocará el alzheimer mi coco un día? ¡Pamplinas!, me digo. Y sigo comiendo porque ya viene el café caliente, que es el broche de lujo para esta mañana de fin de semana.
                La obra se podría llamar “Mi Vida con los Transgénicos”, pues siempre he convivido, consumido y aprovechado las modificaciones genéticas que de manera empírica y rústica, o deliberadamente planificada y con un conocimiento científico preciso, el ser humano ha hecho para mejorar los productos que cultiva y consume. Esta práctica hoy es condenada y muchos desearían que no se realizara, para prevenirnos de supuestos peligros a la salud y al ambiente que nadie ha podido demostrar. Hasta hoy, cuando podemos leer en un libro testimonios que más bien apuntan lo contrario.

UN REGALO DE LA CIENCIA
Respeto mucho el trabajo que realizan los activistas de Greenpeace y a veces me he sumado a sus campañas; creo que la preservación y cuidado del ambiente es una bandera que toda organización política inteligente debería enarbolar en nuestro país, y no debemos dejarla en manos de unos burdos mercenarios como los del PVEM. También respeto la opinión de los buenos amigos que no comen carne (finalmente, cada organismo debe privilegiar la dieta que mejor le funcione) y a quienes creen sinceramente que consumir productos transgénicos es dañino. (La última discusión que tuve de este tipo fue con Marisa Lara y Arturo Guerrero, dos talentosos pintores.)
                Estoy en contra de los fariseos e ignorantes que dicen no beber las “aguas negras del imperialismo” y el refrigerador lo tienen repleto de Coca-Colas para combinar con su ron. Dicen no consumir productos transgénicos y se llenan la boca de amaranto y nopales de Milpa Alta, sin saber que también son transgénicos. O los que gritan “Sin maíz no hay país”, e impiden a campesinos pobres y que cultivan las tierras menos favorables usar granos más resistentes a las sequías, a las plagas y a lo infértil del terreno.
                Contra esos farsantes e ignorantes ha aparecido un libro elaborado por un grupo de científicos mexicanos, miembros del Comité de Biotecnología de la Academia Mexicana de Ciencias, casi la mitad de ellos Premios Nacionales de Ciencias, y con un propósito más que bueno y pertinente: “presentar de manera sencilla y objetiva la amplia información disponible sobre los organismos genéticamente modificados (OGM)”. Está dirigido a la opinión pública y a la sociedad en general, pero también a los legisladores, funcionarios y profesionales de las secretarías de Economía, Salud, Agricultura y Medio Ambiente, entre otros, “con el fin de que las decisiones y resoluciones que se tomen en torno al uso de organismos transgénicos y sus productos se sustenten en la amplia y contundente evidencia científica documentada y verificable que aquí presentamos”.  
                El libro se titula Transgénicos. Grandes beneficios, ausencia de daños y mitos, está coordinado por Francisco Bolívar Zapata y fue editado por la Academia Mexicana de Ciencias, la UNAM, su Instituto de Biotecnología, y el Colegio Nacional. Tiene como antecedente otro libro publicado por la Academia Mexicana de Ciencias en 2011, Por un uso responsable de los organismos genéticamente modificados.
                Con un lenguaje claro, sobrio y cuidadoso como lo es el de la ciencia, el libro expone, entre otras razones, que “el ser humano ha utilizado la domesticación y el mejoramiento genético de las plantas durante los últimos 8,000-10,000 años”; que la evidencia científica sustenta la ausencia del supuesto daño ocasionado por el uso y consumo de los organismos genéticamente modificados, y que las plantas transgénicas usadas en el campo implican una tecnología perfeccionada, también llamada agricultura de precisión, más avanzada, segura y precisa que las anteriores. Asimismo, afirma que los productos transgénicos utilizados actualmente, como alimentos o medicamentos, han sido sujetos a numerosos análisis y evaluaciones que han demostrado que no generan daño a la salud humana ni animal, así como tampoco a la biodiversidad del medio ambiente.
                Todo lo contrario, el uso de plantas mejoradas permite contrarrestar el daño al medio ambiente causado por el uso de plaguicidas y herbicidas que, estos sí, afectan la salud humana. De hecho, la transgénesis ha traído más beneficios que daños a las especies vivas. Uno como lector se sorprende al conocer, por ejemplo, que ha sido factor importante en la evolución de las especies. Y que procesos hoy tan benéficos como la fotosíntesis fueron resultado de la transgénesis: los genes responsables de este proceso fueron transmitidos a las plantas verdes por bacterias fotosintéticas primitivas.
                Para mayor agradecimiento a este grupo de científicos que ha hecho un regalo invaluable a la sociedad, ustedes pueden leer gratuitamente el libro. Ésta es la liga:
http://www.conacytprensa.mx/index.php/libro/19642-transgenicos-grandes-beneficios-ausencia-de-danos-y-mitos

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Jamás adoctrinar Adoctrinar: instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o cre...