HORAS AHORCADAS
NOÉ
AGUDO (23/JUNIO/2014)
Bien has hozado viejo
topo
Participo por estos
días en un curso para profesores de bachillerato organizado por la embajada de
la Unión Europea en México y la Dirección General de Asuntos del Personal
Académico de la UNAM, gracias a la generosa invitación de la dirección de mi
plantel, y descubro así una excelente oportunidad para obtener un panorama más
o menos coherente de la situación mundial actual, además de la pertinencia del
curso para las lecturas y artículos que actualmente realizo.
Entre la explicación del enorme y pronto
éxito de Occidente para crear riquezas, desarrollar la ciencia, la medicina y
la tecnología, el establecimiento de sus instituciones y estilo de vida en gran
parte del mundo, y las preocupaciones acerca del fin de al menos la primacía de
esas instituciones, contada por el historiador británico Niall Ferguson (Civilización. Occidente y el resto, Debate,
2010), y la historia específica de cómo llegamos a este mundo multipolar
surgido después de la Segunda Guerra con el respectivo paréntesis que significó
la bipolaridad y la Guerra Fría, el declive y caída del comunismo, el ascenso
del Mercado Común y la Unión Europea, el papel de personalidades como Stalin,
Churchill, Franco, Mitterrand y Jaruzelsky, y movimientos como el
existencialismo, los estudiantiles de 1968, los Beatles, el punk y aun el grupo
Monthy Python, contada por Tony Judt (Posguerra.
Una historia de Europa desde 1945, Debate, 2006), y la relectura de Orwell,
quien profetizó y previó muchos de los rasgos de la vida contemporánea, el
curso −Introducción a la Unión Europea−
resulta el espacio ideal para reflexionar hacia dónde podemos orientar y
encaminar nuestros esfuerzos en la búsqueda de esa utopía que significa
construir una sociedad mejor.
Impartido por la europeísta Samantha
Rullán, una joven doctora con indiscutibles credenciales académicas, a quien
apoyó durante dos sesiones otro joven doctor en economía, Edgar J. Saucedo, el
curso es una bocanada de oxígeno para ventilar concepciones provisionales y
visiones esquemáticas surgidas en los 80 −como fueron el fin del Estado
benefactor, la globalización, el neoliberalismo, el fin de la historia y la
instauración del Estado minimalista− y pensar en las nuevas formas de
organización política, social y económica que gobiernos y sociedades deben
buscar ante estos y otros fenómenos, como son el cambio climático y las
inesperadas consecuencias que puede traer la manipulación genética en plantas,
animales y humanos. Y digo que fueron concepciones provisionales porque si bien
la crisis económica europea surgida en 2008 pareció confirmar las predicciones
más negras elaboradas con valor y lucidez por ensayistas como Viviane Forrester
(El horror económico, FCE, 1995), y
confirmadas pocos años después por la bancarrota de países como España y
Grecia, demostró también la vitalidad de uno de los principales atributos de
las sociedades abiertas: su capacidad de autocorrección. No es que las
instituciones democráticas sirvieran para evitar la crisis ni para resarcir de
inmediato a los millones de personas que vieron desaparecer o descender sus
pensiones, la disminución de servicios tan elementales como los de salud,
educación y asistencia social, o para crear de inmediato fuentes de empleo; lo
que la democracia permite y obliga es a corregir los factores que originaron
dicha situación (generalmente un gasto indebido y desequilibrios financieros provocados por la
voracidad de grandes empresas), rescatar a las sociedades y gobiernos para
impedir su deriva hacia formas de organización autoritarias o menos democráticas, y sobre todo para
facilitar su reinserción a los mercados con equilibrios y finanzas sanas.
Los rasgos que definen la esencia de la
Unión Europea (UE), en su aspecto comercial, se fundan en cuatro libertades
básicas: libre movilidad de personas, de servicios, de bienes y de capitales.
Así que a nadie conviene tener como miembros o socios a sociedades con alta
explosividad social, con inestables o atrasadas economías, o con gobiernos que
renuncien al ejercicio de los derechos humanos. La UE reconoce que “Las simples
fuerzas del mercado o la acción unilateral de los países no bastan para
satisfacer las necesidades de los ciudadanos” (Pascal Fontaine, Doce lecciones sobre Europa, 2011), así
que era inexcusable su intervención para rescatar a los países en crisis, no
obstante su tardanza.
Otro aspecto a destacar es que los
mecanismos de pertenencia y participación no son dictados por alguien en
especial, sino que son resultado del consenso de los estados miembros y
posteriores a una atenta observación durante periodos determinados de tiempo.
Es decir, son el resultado de una paciente labor de ingeniería social que se
traduce en la creación de instituciones eficaces, en las que paulatinamente se
van depositando funciones específicas de la UE, procurando además la
participación de gobiernos y ciudadanos de los estados miembros, y dejando las
atribuciones de carácter soberano a la responsabilidad de los gobiernos
nacionales. Esto garantiza el cumplimiento de los acuerdos y sobre todo
contribuye a lograr la unidad, respetando la particularidad de cada país, con
lo cual se previene que la Unión quede sujeta al estilo personal o la ideología
de una persona o grupo.
En este punto confluyen las observaciones
de Ferguson respecto al declive de Occidente y la primacía de sus instituciones
en el mundo, y la reescritura de la historia europea de 1945 al 2005 que Tony
Judt realiza, al considerar que esa historia descansaba “sobre los cimientos de
un nefando pasado”. Si el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del Muro de
Berlín pusieron al descubierto ese pasado, un saldo hasta entonces desconocido
de las dos conflagraciones mundiales del siglo XX, pienso que la manera como la
Unión Europea ha evolucionado a partir de 1950, cuando propuso la creación de
la Comunidad Europea del Carbón y del Acero –primer antecedente de lo que es la
Unión Europea actual−, para “poner fin al odio y la rivalidad entre las
naciones de Europa y crear las condiciones de una paz duradera” (Fontaine, 2011),
también vuelve a poner al día los valores democráticos y la vigencia de sus
instituciones. Aún más: las perfecciona y ensancha. Con ello demuestra también
que una sociedad puede confiar en sus gobiernos y dirigentes cuando se conducen
mediante instituciones y éstas funcionan cabalmente, con transparencia,
apegadas al derecho y con la obligación de rendir cuentas. De otra forma
dependemos de las élites del poder, que velan por sus intereses, o de las
personas que pueden ser arbitrarias, volubles y cambiantes.
En resumen, el nuevo modelo supranacional
que la Unión Europea construye revela la capacidad de actualizar y mejorar las
instituciones y valores democráticos para compartirlos con diversos países y
lograr nuevas formas de convivencia en un mundo globalizado, interdependiente y
diverso, sin sacrificar los rasgos culturales que dan identidad a los pueblos.
Es decir, significan su renovación y vigencia. Nos enseña también que la
defensa de la libertad y los derechos humanos puede ser el denominador común
sobre el cual debe basarse la cooperación de las naciones, y que la existencia
de bloques regionales, asociaciones comerciales, mercados comunes u otras
formas de organización supranacional, como la propia Unión Europea, no tienen
por qué plantearse como propósito la repartición del mundo, como lo imaginó
George Orwell en su profética novela 1984
–Oceanía, Eurasia y Estasia−, sino que pueden ser sociedades libres asociadas
para pugnar por una mejor educación, el cuidado del ambiente, la solidaridad
económica y social, el bienestar de la población y sobre todo el respeto a los
derechos humanos.
Si esta construcción metódica, paulatina,
capaz de generar las instituciones que las hicieran posible y les permitieran
funcionar sin menoscabar autonomía a los gobiernos nacionales, se aplicara a
las diversas formas de organización comercial de las cuales México forma parte
(esta semana fue anfitrión de la IX Cumbre de la Alianza por el Pacífico y
asumió su presidencia pro tempore), estoy
cierto que lograría un mejor desarrollo y hallaría el camino para mejor actuar
en el mundo globalizado de hoy. La Introducción
a la Unión Europea continuará durante la presente semana y concluirá el
viernes 27 del presente. Algunos temas restantes son “Instituciones Europeas”,
“La Unión Europea y América Latina”, “La Unión Europea y México”, y finalizará
con el diseño de un curso especializado sobre la UE para impartir a los
alumnos.
Entre los muchos visionarios que se
plantearon la unificación de Europa a través de distintos medios, incluso por
las armas como Napoleón y Hitler, queda la obra filosófica, económica y
sociológica de un estudioso de quien he tomado la frase que da título a este
texto, El 18 brumario de Luis Bonaparte,
de Karl Marx, en cuyo capítulo VII dice: “Y cuando la revolución haya llevado a
cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa entera se levantará y
gritará jubilosa: Bien has hozado, viejo
topo”.
NOS VEMOS EL 11 DE AGOSTO
Con esta entrega concluyo las
reflexiones de mis Horas Ahorcadas del presente ciclo. Nos leeremos al inicio
del próximo, el 2015-1, en el cual espero contar con la colaboración de otros
profesores para evitar la monotonía que pueden provocar los escritos de un solo
autor. En estos breves pero intensos días he conocido colegas estupendos, con ideas
y gran facilidad para la expresión escrita, a los cuales espero sumar en la
elaboración de una revista. Será un medio para comunicarnos, para ofrecer una
mejor imagen del Colegio, pero sobre todo un catalizador para enriquecer y
potenciar la vida cultural del CCH. Todos son bienvenidos.
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